Viernes, 18 de mayo de 2012

1. … los tiempos se cruzan.
Me senté en el balcón con un libro de Vonnegut en mis manos. Lo había encontrado junto a las novelas de Pynchon en una de las estanterías de lecturas pendientes. Había viento sur, nubes sucias y grises. El viento sur me desubica. Al pasar una de las páginas encontré la factura del libro. Dejo pequeñas huellas entre las hojas, facturas, postales, marcapáginas, mapas, horarios de metro, caminos y recuerdos futuros. Me fijé en la fecha y la hora de la factura, las 19.38 del 17 de diciembre. Por un instante me sentí fuera de tiempo. Recordé una librería con vinos y libros, su mirada que parecía desentrañar una enrevesada fórmula matemática, sus apariciones y desapariciones. Sonreí, y mi sonrisa era como el bumerán de Montedidio, alegre y triste al mismo tiempo. Sus huellas y las mías en las páginas del libro de Vonnegut, mismo espacio, diferente tiempo. Eran los últimos días de otoño.

Terminé el libro y me quedé prendido a la imagen de un chaval de diez años, se sentía derrotado porque le habían asegurado que su padre era un cobarde, un sheriff le sigue y le cuenta que sí, que su padre tenía miedo, pero que era capaz de vivir con esa carga, seguir adelante y conseguir pequeñas victorias a pesar de todo. El chaval vuelve a creer que su padre es un héroe, había que salvar su inocencia. Sentí la calidez de la voz de Vonnegut y la tristeza por llegar al final de sus cuentos. Me levanté del suelo, el libro agarrado con fuerza en la mano. Saqué la factura de la primera página y la perdí entre las hojas centrales, una historia dentro de otra, aunque, creo, nadie sabrá desentrañar el misterio de esa huella. Cerré el libro de Vonnegut y lo dejé en la estantería.

2. ...el libro que llevo dentro.
Abro el buzón. Hay una carta. “De las de toda la vida”. Sonrío al reconocer la letra de Carolina. Hace años le conté una idea para un cuento que nunca escribiré, un tipo que recibe postales de una mujer y compra un mapa y clava pequeños alfileres en él para seguir los pasos de la mujer y ve cómo se sale del mapa. Carolina me dice que tengo un libro dentro, intenta que lo escriba, me envía postales y mapas, me pregunta por mi historia cada vez que nos vemos y le respondo que la historia ha crecido, se ha desbocado, le cuento todo lo que he anotado en cuadernos, le hablo de mapas, brújulas, ventanas de cafetería, trenes, la línea del amanecer, un pedazo de luna en el bolsillo, tipos que paran la lluvia y que son transparentes, no invisibles, sino transparentes y en su pecho se confunden otras personas y calles. Me vale con eso, escribir en alto el libro que llevo dentro. Abro la carta y me encuentro una pequeña nota con su letra y cuatro fotos de su bebé recién nacido. Sonrío con más fuerza.

1. …los espacios se cruzan.
Meto la ropa justa para dos días, la piedra que me regaló Ib, una libreta para escribir, música y un libro de Bulgákov. Me siento extraño por los huecos que me rodean. Miro la mochila roja sobre la cama, deslavazada y encogida. Decía el personaje de Clooney en Up in the air, lleva encima sólo la carga imprescindible, decía no te involucres, decía todo eso en el inicio de su historia. Miro dentro de la mochila, en dos días la llenaré de nuevos libros y recuerdos y sentiré su peso (no su carga) en el hombro; miro dentro de mí, me esperan los encuentros, las librerías, los paseos solitarios donde estoy perdido y todo es nuevo, el cruce con mi pasado, el cansancio y el regreso. Cuando me vaya no sé qué voy a encontrar, cuando me vaya no sé qué voy a dejar atrás.






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Publicado por elchicoanalogo @ 8:35  | Espacios en blanco
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