Viernes, 18 de mayo de 2012

He llegado a Kurt Vonnegut poco a poco. Hace años leí uno de sus cuentos en una antología del relato norteamericano, había algo distinto en su voz al resto de los relatos, ironía, humor absurdo, un futuro donde el sexo era algo arcaico y había salones de suicidio ético; luego, la sorpresa de Matadero 5, una lectura laberíntica y llena de recovecos y salto temporales, una locura; en el pasado otoño Galápagos, el apocalípsis más extraño, divertido y entrañable que recuerde, un fantasma de un millón de años que siente curiosidad por el destino de la humanidad, un fin del mundo que se inicia con una crisis económica y los problemas que dan los cerebros de tres kilos que no saben ser felices, un puñado de personajes a cada cual más estrafalario y un humor del que beberían los hermanos Coen. Cada lectura de Vonnegut me sorprendía por su mezcla de ternura, humor absurdo e ironía, me preguntaba cómo un superviviente del bombardeo de Dresde seguía “luchando por los derechos de los desconocidos”, como se dice en uno de los cuentos de Mire al pajarito. Me gustan las historias y la voz de Vonnegut, me ayudan a quedarme con la mejor parte del ser humano.

Mire al pajarito es una colección de cuentos inéditos. Abrí el libro y sentía que me reencontraba con un amigo, con alguien que ha calado hondo dentro de mí poco a poco, como Yasunari Kawabata o Richard Yates. Lo leí en dos tardes, los cuentos enganchaban, la lectura era rápida, había calidez y un humor despiadado, había caminos inesperados e imágenes que se quedaban prendidas en mí, los cuentos me hablaban de aparatos maquiavélicos, psiquiatras criminales, un hipnotizador que hace desaparecer viudas “tras el espejo”, hormigas petrificadas, el amor de un adolescente por su compañera de clase, un niño que descubre que su padre tiene miedo, una pareja joven y rica que descubren el mundo de los desahuciados, un hombre gris y olvidado que aprende a reír. Se mezclaban personajes y escenas, calidez y tristeza.

Hay imágenes que perdurarán dentro de mí, un repartidor de periódicos de diez años cabizbajo porque le han confesado que su padre es un cobarde, un sheriff que lo sigue para decirle que sí, que su padre tiene miedo pero que es capaz de vivir con esa pesada carga, luchar contra ella y lograr pequeñas victorias, el niño que asiente mientras recupera la fe en su padre. O una pareja de jóvenes ricos y estúpidos que pasean por el parque tras salir de un baile y se encuentran con un hombre extraño y triste que les llama el rey y la reina del universo por la belleza de sus cuerpos y trajes, que les pide ayuda para engañar a su madre moribunda y que crea que es un gran inventor, un encuentro donde la pareja madurará y descubrirá un mundo al que nunca había accedido. O la pareja de hermanos que se desplazan a un un yacimiento de hormigas fosilizadas en la Rusia comunista, unas hormigas premesozoicas que construían instrumentos musicales, libros, vivían en pequeñas y que fueron masacradas por hormigas gregarias. Esa es la voz de Vonnegut que me deja del revés.

Vonnegut me ayuda a sonreír, una sonrisa bumerán, entrañable cuando los personajes son bondad y valentía, triste ante nuestra parte cruel y ciega. Me queda otro libro de cuentos en las estanterías de lecturas pendientes y mi búsqueda de sus libros descatalogados en las ferias de libro antiguo. Poco a poco su voz se filtra dentro de mí.



- ¡Mark! Gritó-. ¡Tu padre entregó el periódico! ¡Está en la casa! ¡Lo llevó a pesar de la cellisca, del perro y de todo!
- Me alegro -dijo Mark. En su tono no había el menor asomo de felicidad. Lo había pasado tan mal que no sería feliz durante una larga temporada-. Esas cosas que el señor Hedlund ha dicho sobre mi padre... aunque me haya dado su palabra de honor, no son necesariamente ciertas, ¿verdad, señor Howes?
Charley tenía dos respuestas posibles. Podía mentir, decir que no, que las historias no eran ciertas; o podía decir la verdad con la esperanza de que Mark comprendiera que todas esas historias sobre su padre convertían la entrega del periódico en casa de Eral Hedlund en uno de los capítulos más gloriosos de los anales del pueblo.
- Todas esas historias son ciertas, Mark -contestó Charley-. Tu padre no podía hacer nada con el miedo, nació así, igual que nació con los ojos azules y el cabello castaño. Ni tú ni yo alcanzamos a imaginar lo que se siente al llevar la carga de todo ese temor. Para vivir con él, hay que ser un hombre verdaderamente valiente... luego piensa en lo valiente que tuvo que ser tu padre para llevar ese periódico a Earl Hedlund en lugar de romper las normas.
Mark lo pensó, después, asintió y su expresión mostró que lo había entendido. Estaba satisfecho. Su padre era lo que todo padre de un niño de diez años debía ser: un héroe.
Kurt Vonnegut
Mire al pajarito (traducción de Jesús Gómez Gutiérrez. Sexto piso)




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Publicado por elchicoanalogo @ 20:53  | Libros...
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