Mi?rcoles, 23 de mayo de 2012

1.
Me dice escribe un libro. Estamos en un café, en la mesa dos cupuccinos, un par de libros, escribo una dedicatoria en uno de ellos. Nos preguntamos cuántos libros nos habremos dedicado, yo creo que una veintena, ella cree que son más. Me dice que le gustaría entrar en un vagón de metro y encontrar mi nombre en un libro. Le respondo que soy vago para escribir, que no es lo mismo hacerlo en el blog que inventar una historia, le digo que escribo fotografías, que mi historia no tiene una estructura, que se iniciaría con un final y el frío de los muebles y terminaría con un inicio incierto y entre esos dos puntos un tipo que mira alrededor, mapas, brújulas y piedras. Me mira y sonríe.

Nos despedimos con dos abrazos. Puedo ver cómo ha crecido nuestra amistad a través de nuestras despedidas. La primera, una despedida tímida. Había reanudado mis viajes para olvidar una ruptura, fue un primer paso que me llevo a media docena de ciudades. El movimiento me calmaba y me aturdía, tomaba distancia con quien era, me sentía libre por unos días y descansaba de todo aquello que me hacía daño. Fuimos de librerías. Se despidió diciéndome que fuese a la casa del libro. Sonreí. Porque llevaba una bolsa cargada de libros.

Una vez me dijo vuelve pronto. Es mi mejor despedida. La he visto saltar ante un libro descatalogado, la he abrazo al borde del llanto, me ha contenido cuando yo era quien estaba perdido, la he dejado sola en la calle para buscar una película. Le gusta ese recuerdo, me lo contó de nuevo hace un par de días, paseábamos juntos por el centro, hablábamos de Rebeca, la novela y la película, de repente le doy mis bolsas llenas de libros y le digo que espere donde está, sonríe cuando lo cuenta, ella en mitad de la calle, desorientada al verme desaparecer tras una puerta. Regresé sin nada, pero días después recibió la película por correo.

Me habla de amapolas y de Juego de tronos, del último libro que leería si tuviese la oportunidad de elegir, de amores pasados y presentes, de empezar mal las cosas para luego enderezarlas, me descubrió Grandes esperanzas. Me gusta escuchar cuando habla, es directa, tierna, no tiene dobleces, hay pocas personas tan bonitas como ella.

Quiere que escriba un libro, me gustaría que fuese tan sencillo como sentarse una tarde de mayo en la cocina y dejar que las palabras salgan como hasta ahora, pero escribir un libro es una lucha y heridas abiertas, es sentirse indefenso y en duda constante, es un camino en el que es fácil perderse y fracasar. Pero ella me lo pide y yo lo intentaré. “La gloria en la derrota”.

2.
Llegamos al fin del mundo. Estaba cerrado. Le dije que sería un buen inicio para un cuento. Hemos intercambiado los papeles, ella tiene veintipocos años y no cree en el amor, yo, con el corazón lleno de marcas, intento que vea que hay un espacio para la magia. Me cuenta la historia de una moneda que pierde y que le llega días más tarde, una historia llena de señales que parecen indicar un amor predestinado y que terminan en un final abrupto. Nos despedimos delante de un edificio rehabilitado.

Improvisamos nuestro paseo. Comemos en un restaurante gaditano, La caleta, y siento la luz de la plaza San Francisco en la comida, el sur que se cuela en su acento, las noches bajo otro cielo. Cádiz también formó parte de esos viajes donde intentaba seguir adelante. Salimos en busca del fin del mundo. Llovía cuando lo encontramos cerrado. Acabamos en un café con libros de segunda mano y una decoración retro, hablamos de amores y decepciones, le enseñé la piedra de Ib, ella su moneda de la suerte.

Volvemos sobre nuestros pasos a una tienda artesanal. Llegamos cinco minutos antes de tiempo y nos colamos en una librería “bajo el volcán”. Encuentro a Chatwin y a Thoreau, una cajetilla con el lema “la poesía mata”, hablo con el dueño de Vonnegut y con ella de la historia que esconde Hierro 3, un fantasma que vive en otras casas hasta que ella lo descubre y lo ve y se enamora, una historia muda, intensa, desvariada. Salimos a la tienda artesanal, la dueña es argentina, hablamos de Tucumán y de las distancias en Argentina, ella le pregunta si puede grabarla recitando un texto, tiene una prueba donde debe actuar con acento argentino.

Pienso, un pedazo de Cádiz, el fin del mundo cerrado, un café con libros usados, una librería bajo el volcán, una tienda artesanal con acento argentino. Todo improvisado, sin señales ni objetos extraños que nos indiquen el camino. Me gustaría que ella lo viera, que la vida aparece y desaparece ante nuestros ojos y somos nosotros quienes nos tenemos que dejar llevar, sin miedo ni esperanza.

3.
Escucho la canción de Bruce Springsteen. Me siento así. Y me pregunto cómo originar una chispa que inicie un horizonte de sucesos.



Tags: espacios en blanco, dancing in the dark, Bruce Springsteen

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