Lunes, 28 de mayo de 2012

1. Miro hacia delante
Estoy en el apeadero de mi pueblo. Hay viento sur y las luces de las estrellas. Un hombre quita la bandera rojiblanca de la antena de su coche delante de su hijo, da la final por perdida, me pregunto qué pensará el hijo de ese gesto, si no hubiese sido mejor dejar la bandera y sentir aquello de “la gloria en la derrota” por unos días. Escucho la narración de la final, los gritos y aplausos a través de las ventanas iluminadas. Pongo música y siento que desaparezco de a poco. Estoy en ese momento donde nada ni nadie puede alcanzarme, donde estoy dentro de un espacio en blanco. Pienso en lo que está por llegar. Miro hacia delante.

2. Sm
Me dicen gracias por venir. Me dicen que me escondo tras la barba y mis gafapastas. Soy tímido, me cuesta mostrarme, pero lo hago a pesar de todo. Nunca sé cómo despedirme, la frase adecuada, el gesto inesperado. Miro las despedidas alrededor, abrazos y besos rápidos, manos que se separan en el último metro del andén, viajeros que se dan la vuelta antes de entrar en el vagón y saltan y agitan los brazos. Siento el peso de la mochila en el hombro, llena de recuerdos libros. Me siento y abro los relatos de Penkov que hablan de viajes, exilios, mundos en extinción. Llevo los recuerdos dentro de mí. No pesan, nutren.

Bajo del tren en Elche. Veo a Sonia en el andén. Me dice que buscaba una mochila roja entre los pasajeros. Sonrío. Llego cansado tras las doce horas de viaje, Madrid de rojiblanco, el amanecer desde el tren, el cielo cambiante y las casas solitarias en la línea del horizonte. andamos hasta mi hotel. La recepcionista mira el libro que dejo sobre el mostrador, me pregunta qué tal está, me dice que es ver un libro y se le van los ojos. Le respondo que es un libro de relatos cortos, que hay viajes y exilios, que el autor es búlgaro, me responde que no ha leído nada de un autor búlgaro, que le gustan los alemanes y los rusos. Dejo la mochila en el armario, estoy en un bungalow en medio de un palmeral, es una habitación de hotel diferente a las que he tenido, las pequeñas y ruidosas en argentina o la gran vía madrileña, las gaditanas inspiradas en 1812, las que parecen sacadas de moteles estadounidenses.

Es mi quinto viaje a Elche. Hace años que no viajo a ciudades, sino a personas. Elche es la calidez, las conversaciones desvariadas y las sonrisas de Sonia, Esther y María, no hay mapas que cartografíen sus gestos. Comemos paella (siento que por primera vez en mi vida como paella), la tarta de cumpleaños de María, nos hacemos fotos, hablamos del partido, de mi anterior visita, de una película angustiosa donde un silencio significaba un disparo inesperado y de una taberna de pintxos. En mi primer viaje me sentía acobardado por la presencia de Esther y María, luego sorprendido por ver cómo sonreían a cada instante.

Sonia y yo hablamos de política y relaciones, de libros y niños, de nuestra situación personal, a veces me siento como un equilibrista, como alguien que anda por una cuerda floja. Soy más fuerte de lo que creo. Hace calor. Me dejo hacer fotos en poses tontas. Cuando era niño hacía lo mismo, sacaba la lengua o componía el gesto más tonto para las fotos. Nunca me ha gustado posar. Le enseño la piedra de Ib, Sonia no sabe que en ese pequeño espacio confluyen las huellas de Ib, de Oier, Clara o Inés, ahora también las suyas. Me deja en el hotel para que descanse un rato, no lo consigo, duermo poco y con sueños asfixiantes desde que cavé un hueco en la tierra y vi dentro de él el cuerpo inmóvil de Gora.

Lara está a mi lado. Es preciosa. Me hace gestos cariñosos, le doy helado de chocolate, a veces me dice gracias y me sonríe, como su madre. Es la imagen del domingo. Como Judith corriendo para abrazarme. O Rubén preguntándome mi edad nada más verme. O Víctor que se sienta en el suelo y mira excitado el parque de juegos.

Llegamos a la estación de tren. Meto los libros comprados en la mochila. Los cuentos de Munro y Eggers, el segundo libro que Valdemar le dedica a las historias del oeste, el primer Harry Potter que me regala Sonia para que Oier y yo lo leamos juntos. La mochila pesa pero no es una carga. Me dicen gracias por venir. Soy yo quien debería agradecerles esta locura.

3. Huecos
Deshago la mochila. Saco los libros y la ropa. Por un instante siento los huecos que me rodean. Me siento cansado, un cansancio que pesa en mi cuerpo. Dejo la mochila en una esquina. Está vacía. Yo no.


The boy lies in the grass, unmoving
staring at the sky...


Tags: espacios en blanco

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