Jueves, 31 de mayo de 2012

Mayo fue un mes complicado. Cuando ocurre algo que me noquea busco lecturas cortas y sencillas que no requieran una atención continuada o novelas densas que me obliguen a poner toda mi atención en ellas. Este mes me decanté por los cuentos cortos y las novelas breves, no daba para más. Miro alrededor, fuera de las páginas, y sólo veo huecos.

De los siete libros leídos en mayo me quedo con dos sorpresas, los poemas de Virginal Aguilar Bautista en Seguir un buzón, unos poemas emocionantes donde lo cotidiano se mezcla con lo inesperado, planetas, buzones, kioscos, farolas, tristeza y humor, y los cuentos de Miroslav Penkov en Al este de occidente que hablan de Bulgaria, los partisanos, la caída del comunismo, gitanos, viajes a Estados Unidos y el cadáver de Lenin en ebay. Ha sido emocionante descubrir sus voces.

Volví a Bulgákov con Morfina, un puñado de cuentos que repasan su vida como médico rural y su adicción a la morfina, a Vonnegut con los cuentos póstumos de Mire al pajarito, humor absurdo y personajes entrañables, a Twain con Los diarios de Adán y Eva, una novela breve con un final que me dejó del revés, a Dexter con la intensa y salvaje Paris Trout que me recordó a las historias de Jim Thompson, y descubrí la voz de C. S. Lewis en su libro Una pena en observación, unos cuadernos donde intentaba entender el dolor por la muerte de su esposa.

He leído en trenes con destino a Madrid y Elche, he llenado la mochila roja de libros en mis dos viajes de este mes, he encontrado una nueva librería en la zona de Lavapies y otra frente al templo de Debod donde me esperaba un Vonnegut de segunda mano, he vuelto a Tipos infames y he hablado con Sonia en cuclillas sobre Harry Potter o Nunca me abandones. Ha sido un mes donde superpuse espacios y tiempos.

Tengo que agradecer a Isabel Bono y Anay Sala Suberviola su cariño y sus correos, son dos poetas y dos personas inolvidables, me regalaron un pedazo de magia, abrir el correo y encontrarme con un archivo con sus nuevos libros. Isabel y Anay me regalaron dos noches en la cocina con el estómago en un puño, no hay palabras para eso.

Mi lectura actual, Las lunas de Júpiter, de Alice Munro.


Paris Trout - Pete Dexter (tensión, violencia, locura)
Seguir un buzón - Virginia Aguilar Bautista (lo inesperado, Plutón, lo cotidiano vuelto del revés)
Los diarios de Adán y Eva - Mark Twain (humor, ternura, un final que te deja mudo)
Mire al pajarito - Kurt Vonnegut (humor absurdo, personajes entrañables, un chico que recupera la fe en su padre)
Morfina - Mijaíl Bulgákov (dudas, miedos, adicciones)
Una pena en observación - C.S. Lewis (entender el dolor, buscar dentro y fuera de uno mismo, ver los huecos alrededor)
Al este de occidente - Miroslav Penkov (Bulgaria, emigrar y sentirse entre dos tierras, un tornado y un baile bajo la lluvia)

 

 


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Hace un par de meses descubrí a Pete Dexter. Había comprado El chico del periódico por algunas páginas leídas al azar y por ser un escritor desconocido, un gesto repetido en mis tardes de librerías, elegir una novela de la que no tuviese referencia. Sin saberlo, había encontrado una de las lecturas de este año, intensa, triste, inteligente. Me atrajo la historia iniciática y nostálgica de El chico del periódico, el narrador que recuerda su pasado y ve a una distancia justa todo aquello que le había golpeado y le había hecho madurar. Era una historia dolorosa.

Encontré Paris Trout en una feria de Valladolid, un libro de segunda mano sin otros rastros o huellas. El inicio me llevó a El chico del periódico pero a las pocas páginas sentí que Pete Dexter no repetía el mismo esquema ni la misma voz. En Paris Trout no hay lugar para la nostalgia, es una historia dura, violenta, seca, llena de recovecos y una tensión que aumenta a cada capítulo. Por momentos Paris Trout me recordó a esas historias de Jim Thompson protagonizadas por personajes que encuentran en la violencia un hueco por donde sacar su locura.

Paris Trout es un comerciante y prestamista de una pequeña comunidad, atiende a blancos y negros pero sin darles el mismo trato, es distante y huraño, hay algo violento y oscuro en sus gestos, en su mirada, como si escondiese una personalidad a punto de estallar, no cree en la justicia de los libros de leyes, sólo aquella que ha visto en el estado sureño en el que vive, un pequeño incidente con un muchacho negro desencadenara toda la violencia que lleva contenida dentro de sí.

Dexter divide el libro entre los diferentes protagonistas, un rompecabezas que hace avanzar la historia desde distintos puntos de vista, la niña Rosie que vive en la zona de los negros, apartada, miserable, asesinada por Trout por una deuda con un muchacho, la mujer de Trout que buscaba estabilidad y se encuentra con un encierro en una casa extraña y un hombre violento que la golpea y la tortura, el abogado de Trout que teme sus reacciones, que sabe que es una bomba a punto de explotar y se debate entre salvarlo o dejar que lo condenen, otro abogado que vuelve a la ciudad y a través de él se ve cómo esa ciudad parece anclada en el tiempo y, hacia el final, el propio Trout que siente que la ley y la comunidad le da la espalda y estalla en un final violento, agónico.

La historia avanza con fuerza, se intuye el estallido final y aún así la tensión crece y se hace asfixiante, Trout está dibujado a través de las personas que le rodean, hay algo enigmático e imprevisible en él, hay escenas que tienen un tono irreal, desaforado. Dexter dibuja a unos personajes y una comunidad en el límite, algunos personajes violentos, otros hipócritas, la división patente entre blancos y negros, el miedo de estos últimos y la dignidad de una mujer que conserva en su cuerpo las balas que disparó Trout.

Paris Trout es un golpe en el estómago, es la tensión de Jim Thompson y la violencia de Sam Peckinpah y la mirada de Dexter sobre las pequeñas comunidades y los seres en el límite.



La otra persona mordida por un zorro fue una niña de catorce años llamada Rosie Sayers, que sufría frecuentes pesadillas.
Rosie Sayers era una niña alta, de huesos delicados, cuyos incisivos reposaban sobre sus labios, como bebés blancos y dormidos. Le daban miedo las cosas que no podía ver y se negaba a salir de su casa a menos que la obligaran.
La casa era de tejado plano y paredes combadas. Tenía cinco habitaciones y los tablones que formaban las paredes eran desiguales, por lo que desde cada una de las estancias podía verse el interior de la contigua.
Rosie vivía en esa casa con su madre y sus hermanos y hermanas. En total eran catorce personas, pero la niña nunca las había contado. Nunca se le había ocurrido hacerlo.
Los hermanos y las hermanas seguían durmiendo tranquilamente cuando Rosie chillaba en plena noche; los chillidos formaban parte natural de la vida, igual que el silbido de la respiración del más pequeño de los hermanos; pero las visitas que recibía su madre, al no estar acostumbrados a la aflicción de Rosie, a veces se sobresaltaban cuando la oían y a veces se ponían los pantalones apresuradamente, en la oscuridad, y se iban corriendo.
La madre llamaba «hechizos» a los sueños de la niña, y de vez en cuando le clavaba agujas en la espalda, a modo de exorcismo. Generalmente, después de que una de sus visitas se marchara en plena noche, Rosie se colocaba delante de ella, con la espalda desnuda, y se dejara hacer.
Pete Dexter
Paris Trout (traducción de Jordi Beltrán Ferrer. Círculo de lectores. Anagrama)


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Mi?rcoles, 30 de mayo de 2012

No sé si cuando espero, a la vez convoco algo
o a alguien.
Los brotes tiernos de una rama,
los nudos afilados que no punzan,
como la luz del día
o el olvido deseado del amor.
Como todo lo que es cuestión de tiempo.

Esperar se supone que es ser hacia adelante,
pero es también volver a un ámbito sombrío.
Donde se chocan ciegos,
igual que pececillos moribundos,
lo que se cumple tarde y lo que nunca llega,
lo que se quiere aún y lo que se desdeña.
En el agua podrida de una charca.
Luis Muñoz
Sencillo y complicado


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Martes, 29 de mayo de 2012

Mijaíl Bulgákov me sorprendió con Corazón de perro, una original crítica al comunismo, y me emocionó con El maestro y Margarita, una de mis historias de amor favoritas, un vuelo bajo el cielo moscovita y la magia que se cuela en la realidad de dos personajes entrañables. Llevaba tiempo buscando una nueva lectura de Bulgákov, miré en mis estanterías y encontré Morfina. Sentía curiosidad.

Morfina es una colección de relatos protagonizados por un joven médico que sale de la ciudad y llega a una pequeña comunidad rural para hacerse cargo del hospital y sus vecinos. Lo primero que me atrajo fue esa diferencia entre la vida que deja atrás un joven médico sin experiencia de veintipocos años y lo que se encuentra en medio del invierno y las tormentas de nieve. Leo la contraportada y descubro con estos relatos son autobiográficos, que Bulgákov se detiene en sus días de médico rural, que fue adicto a la morfina, una adicción de la que acabó saliendo con los años.

Hay algo que me sobrepasa de estos relatos de Bulgákov, las dudas constantes del médico protagonista, la diferencia entre los manuales de medicina y la realidad de su consulta y su hospital, el miedo que parece atenazará al joven médico en algunos momentos y la resolución con la que se enfrenta a cada caso, las victorias en la mesa de operación y los grandes desastres, todo narrado desde la distancia justa, a veces con energía y desolación, a veces con un dolor extraño. El joven médico vivirá un invierno inesperado, el insomnio, las visitas en mitad de la noche, los trineos que se quedan atascados en la nieve, el horizonte blanco y ningún punto de apoyo, la lucha con los campesinos para que acepten sus tratamientos, para que entiendan la enfermedad que padecen. Hay lugar para la luz y la esperanza, para los momentos distendidos y los agradecimientos, también para la derrota y la culpa, para la lucha sin recompensa, también para el invierno, incansable, enigmático.

En el último relato, el joven médico lee un diario de un colega destruido por su adicción a la morfina, son páginas oscuras, dolorosas, la voluntad quebrada del médico, su obsesión por la morfina, la asunción de su derrota, las hojas arrancadas al diario que intuyo abisales. Morfina es un relato que descoloca, no es la vida de un médico en su consulta sino la derrota de un hombre.

Poco a poco, Bulgákov se está convirtiendo en uno de mis escritores rusos favoritos. Morfina es un gran libro de cuentos



Visitaba a los pacientes del hospital con paso rápido. Me seguían el enfermero y tres enfermeras. Cada vez que me detenía junto a una cama en la cual, derritiéndose por la fiebre y respirando lastimeramente, yacía enfermo un ser humano, yo exprimía mi cerebro para sacar todo lo que había en él. Mis dedos tanteaba la piel seca y ardiente, examinaba las pupilas, daba golpecitos en las costillas, escuchaba cuán misteriosamente latía el corazón en lo profundo, y tenía un solo pensamiento: ¿cómo salvarle? ¡Y a éste! ¡A todos!
Era un combate que comenzaba cada día por la mañana, a la pálida luz de la nieve, y terminaba bajo el parpadeo amarillento de una ardiente lámpara de petróleo.

( … )

Quería llegar a algún sitio. Un camino siempre conduce a algún sitio habitado.

( … )

El trineo se sacudía en medio de la tormenta, que ya había amainado; los sombríos bosques me miraban con reproche, sin esperanza, con desesperación. Me sentía derrotado, deshecho, aplastado por el cruel destino. Él me había arrojado a este lugar perdido y me había obligado a luchar solo, sin ningún tipo de apoyo ni indicaciones. ¡Cuántas dificultades tan increíbles me veo obligado a soportar! A mí pueden traerme cualquier caso complicado o difícil, la mayoría de las veces quirúrgico, y yo debo hacerle frente, con mi rostro sin afeitar, y vencerlo. Y cuando no lo venzo, sufro como ahora, que voy dando tumbos por los baches del camino y he dejado atrás el cadáver de un recién nacido y a su madre. Mañana, en cuanto cese la tormenta, Pelagueia Ivánovna la traerá al hospital y la gran interrogante será: ¿podré salvarla? ¿Y cómo debo salvarla? ¿Cómo entender esa grandiosa palabra? En realidad actúo al azar, no sé nada. Hasta ahora había tenido suerte, algunos casos asombrosos han terminado bien, pero hoy, hoy no he tenido suerte. Ah, mi corazón se siente agobiado por la soledad, el frío, porque no hay nadie alrededor.
Mijaíl Bulgakov
Morfina (traducción de Selma Ancira. Anagrama)


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Lunes, 28 de mayo de 2012

1. Miro hacia delante
Estoy en el apeadero de mi pueblo. Hay viento sur y las luces de las estrellas. Un hombre quita la bandera rojiblanca de la antena de su coche delante de su hijo, da la final por perdida, me pregunto qué pensará el hijo de ese gesto, si no hubiese sido mejor dejar la bandera y sentir aquello de “la gloria en la derrota” por unos días. Escucho la narración de la final, los gritos y aplausos a través de las ventanas iluminadas. Pongo música y siento que desaparezco de a poco. Estoy en ese momento donde nada ni nadie puede alcanzarme, donde estoy dentro de un espacio en blanco. Pienso en lo que está por llegar. Miro hacia delante.

2. Sm
Me dicen gracias por venir. Me dicen que me escondo tras la barba y mis gafapastas. Soy tímido, me cuesta mostrarme, pero lo hago a pesar de todo. Nunca sé cómo despedirme, la frase adecuada, el gesto inesperado. Miro las despedidas alrededor, abrazos y besos rápidos, manos que se separan en el último metro del andén, viajeros que se dan la vuelta antes de entrar en el vagón y saltan y agitan los brazos. Siento el peso de la mochila en el hombro, llena de recuerdos libros. Me siento y abro los relatos de Penkov que hablan de viajes, exilios, mundos en extinción. Llevo los recuerdos dentro de mí. No pesan, nutren.

Bajo del tren en Elche. Veo a Sonia en el andén. Me dice que buscaba una mochila roja entre los pasajeros. Sonrío. Llego cansado tras las doce horas de viaje, Madrid de rojiblanco, el amanecer desde el tren, el cielo cambiante y las casas solitarias en la línea del horizonte. andamos hasta mi hotel. La recepcionista mira el libro que dejo sobre el mostrador, me pregunta qué tal está, me dice que es ver un libro y se le van los ojos. Le respondo que es un libro de relatos cortos, que hay viajes y exilios, que el autor es búlgaro, me responde que no ha leído nada de un autor búlgaro, que le gustan los alemanes y los rusos. Dejo la mochila en el armario, estoy en un bungalow en medio de un palmeral, es una habitación de hotel diferente a las que he tenido, las pequeñas y ruidosas en argentina o la gran vía madrileña, las gaditanas inspiradas en 1812, las que parecen sacadas de moteles estadounidenses.

Es mi quinto viaje a Elche. Hace años que no viajo a ciudades, sino a personas. Elche es la calidez, las conversaciones desvariadas y las sonrisas de Sonia, Esther y María, no hay mapas que cartografíen sus gestos. Comemos paella (siento que por primera vez en mi vida como paella), la tarta de cumpleaños de María, nos hacemos fotos, hablamos del partido, de mi anterior visita, de una película angustiosa donde un silencio significaba un disparo inesperado y de una taberna de pintxos. En mi primer viaje me sentía acobardado por la presencia de Esther y María, luego sorprendido por ver cómo sonreían a cada instante.

Sonia y yo hablamos de política y relaciones, de libros y niños, de nuestra situación personal, a veces me siento como un equilibrista, como alguien que anda por una cuerda floja. Soy más fuerte de lo que creo. Hace calor. Me dejo hacer fotos en poses tontas. Cuando era niño hacía lo mismo, sacaba la lengua o componía el gesto más tonto para las fotos. Nunca me ha gustado posar. Le enseño la piedra de Ib, Sonia no sabe que en ese pequeño espacio confluyen las huellas de Ib, de Oier, Clara o Inés, ahora también las suyas. Me deja en el hotel para que descanse un rato, no lo consigo, duermo poco y con sueños asfixiantes desde que cavé un hueco en la tierra y vi dentro de él el cuerpo inmóvil de Gora.

Lara está a mi lado. Es preciosa. Me hace gestos cariñosos, le doy helado de chocolate, a veces me dice gracias y me sonríe, como su madre. Es la imagen del domingo. Como Judith corriendo para abrazarme. O Rubén preguntándome mi edad nada más verme. O Víctor que se sienta en el suelo y mira excitado el parque de juegos.

Llegamos a la estación de tren. Meto los libros comprados en la mochila. Los cuentos de Munro y Eggers, el segundo libro que Valdemar le dedica a las historias del oeste, el primer Harry Potter que me regala Sonia para que Oier y yo lo leamos juntos. La mochila pesa pero no es una carga. Me dicen gracias por venir. Soy yo quien debería agradecerles esta locura.

3. Huecos
Deshago la mochila. Saco los libros y la ropa. Por un instante siento los huecos que me rodean. Me siento cansado, un cansancio que pesa en mi cuerpo. Dejo la mochila en una esquina. Está vacía. Yo no.


The boy lies in the grass, unmoving
staring at the sky...


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Llego de Elche. La mochila roja llena de recuerdos y libros. Me siento cansado, a cámara lenta, sonrío por los recuerdos, la calidez de mis amigas ilicitanas, estar bajo otro cielo, sentir que me muevo y que, por un instante, estoy fuera del espacio y del tiempo. Anay me da la bienvenida con uno de sus lunes y siento que, de nuevo, pone el final a uno de mis viajes.

Hace unos días Anay me envió un archivo con su nuevo poemario. Me senté en la cocina y abrí el documento. Poco a poco, los poemas de Anay se fueron colando dentro, la tristeza, la lucidez, los momentos de calma entre tormentas, me sentía acuchillado, mencionado y acogido por su voz. Pienso en todo lo que ha llegado a mi vida por el aleteo de una mariposa...


Los lunes de Anay. Dudas razonables...

"Pero qué inseguro se está aquí, sobre las cumbres del corazón..."

                                                              RAINE MARIA RILKE

ROSA ROSAE

¿Por qué
si te provoco con verdades
insistes en salvar
todas mis dudas?

Porque el amor de pétalos no sabe
-le aclara tu silencio a mi impostura.

                                                    ANAY SALA



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 12:02  | Los lunes de Anay
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Viernes, 25 de mayo de 2012

Ib me habla de Autorretrato con radiador de Christian Bobin, me dice que me emocionará porque se detiene en briznas de hierba, árboles y luz. Me gusta la idea, un libro que no tiene acción más allá de la que puede haber tras alguien que mira y se entrega a lo que ve. Recibo el libro y me siento en el suelo, la espalda contra las estanterías. A cada párrafo, a cada entrada del diario de Bobin, mi sonrisa se amplía, me siento emocionado y mencionado, me sorprende un libro que habla sobre briznas de hierba, tulipanes, las ramas de los árboles, el hecho de escribir, la línea de la luz sobre la cocina o un campo y que capte mi atención con tanta intensidad como las historias de Raymond Chandler o James M. Cain. “A la pregunta siempre embarazosa: ¿qué estás escribiendo ahora?, respondo que escribo sobre flores, y que otro día elegiré un tema todavía más nimio, más humilde si cabe. Una taza de café solo. Las aventuras de una flor de cerezo. Pero por ahora tengo ya mucho para ver: nueve tulipanes muriéndose de risa en un jarrón transparente. Miro su estremecimiento bajo las alas del tiempo que pasa. Tienen una manera radiante de estar indefensos, y escribo esta frase a su dictado. Lo que constituye un acontecimiento es lo que está vivo y lo que está vivo es lo que no se protege de su pérdida”.

Autorretrato con radiador está escrito en forma de diario, pequeñas entradas de alguien que mira y busca la dicha en aquello que observa, es lo hermoso de este libro, la alegría no viene por las posesiones sino por ver crecer los tulipanes, por encontrar un camino inesperado, por la forma de un árbol o el abrazo de una niña. Bobin se fija en lo efímero, en los detalles pasajeros, en todo aquello que tenemos alrededor pero que es invisible ante nuestra prisa. Suena sensiblero pero Bobin huye de sentimentalismos, es una escritura pura, pausada, tranquila, es mirar alrededor con una mirada limpia y nueva, es dejarse sorprender y que lo que vemos nos habite y nos saque una sonrisa.

Hay momentos para el dolor, la muerte de la esposa, pero Bobin lo convierte en una conversación entre dos mundos, la muerte no como ausencia sino como recuerdo y presencia, algo así como la nostalgia en Montedidio. A lo largo de un año que dura el diario sabemos de esa muerte, de las visitas familiares a la tumba, de las flores y las conversaciones con la esposa muerta (me recuerda al cine de John Ford, hay una escena en La legión invencible donde Nathan Brittles visita la tumba de su esposa con flores y habla con ella). En Autorretrato con radiador se deja un espacio para el recuerdo de la mujer muerta, el narrador le cuenta cómo están sus hijas, qué siente al verla por un segundo en el gesto de otra mujer, cómo sigue adelante. Es hermoso.

Una de mis partes favoritas es el momento del autorretrato, mirar fuera y dentro de uno mismo para decir a los que queremos quiénes somos y dónde estamos, una forma de ubicarnos, desnudarnos y fotografiarnos. No hace falta gastar páginas en ese autorretrato, bastan unas líneas para describirnos en un momento exacto de nuestra vida. 

En Autorretrato con radiador hay dicha y humor, hay amor por la vida y una entrega absoluta a lo que vemos, hay un viaje a los objetos y la naturaleza, hay una forma de estar en el mundo que parece una pequeña locura pero que es emocionante. Hay otras miradas posibles.



Una vez a la semana me las encuentro en una calle en cuesta. Me las llevo a casa y las miro vivir. Aparentemente son flores. Aparentemente. Las cosas nunca son sólo cosas. Estas por ejemplo, unos tulipanes, hacen que en la casa resuene una nota alegre, fraterna. Los libros que no puedo resistirme a abrir son menos generosos. Los libros no saben, como los tulipanes, morir y nacer de nuevo y finalmente morir sin más. Lo que ayuda, es lo pasajero. Lo que aspira a lo eterno no resulta de ningún consuelo.

( … )

Hacer al menos una vez lo que nunca se hace. Seguir, aunque sólo sea un día, una hora, un camino distinto que aquél en el que el carácter nos puso.

( … )

Con frecuencia citabas esta frase, la habías tomado de un libro, nunca supe de cuál, te iba bien, te iba de maravilla como el zapato que le faltaba al pie de Cenicienta: Nadie está exactamente en su sitio y más vale así, una adecuación estricta sería insoportable
Christian Bobin
Autorretrato con radiador (traducción de José Areán. Árdora)


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Jueves, 24 de mayo de 2012

Las piedras tienen sus propias respuestas 
sobre dios, sobre la vida,  
sobre la frescura de la piel de una mujer.  
Y hay tantas piedras como hombres, 
diré, por decir, que hay más,  
pues quizás hombres haya sólo uno.  
El mismo del que no puedo deshacerme,  
aquel que me persigue,
que habla por mí cuando respiro,
que miente a mi vida
sobre aquello que nunca conocí.
El mismo que ignora todas las preguntas..
Juan Pardo Vidal
Las piedras tienen sus propias respuestas (en Poemas de amor a una piedra. Celya)


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Mi?rcoles, 23 de mayo de 2012

1.
Me dice escribe un libro. Estamos en un café, en la mesa dos cupuccinos, un par de libros, escribo una dedicatoria en uno de ellos. Nos preguntamos cuántos libros nos habremos dedicado, yo creo que una veintena, ella cree que son más. Me dice que le gustaría entrar en un vagón de metro y encontrar mi nombre en un libro. Le respondo que soy vago para escribir, que no es lo mismo hacerlo en el blog que inventar una historia, le digo que escribo fotografías, que mi historia no tiene una estructura, que se iniciaría con un final y el frío de los muebles y terminaría con un inicio incierto y entre esos dos puntos un tipo que mira alrededor, mapas, brújulas y piedras. Me mira y sonríe.

Nos despedimos con dos abrazos. Puedo ver cómo ha crecido nuestra amistad a través de nuestras despedidas. La primera, una despedida tímida. Había reanudado mis viajes para olvidar una ruptura, fue un primer paso que me llevo a media docena de ciudades. El movimiento me calmaba y me aturdía, tomaba distancia con quien era, me sentía libre por unos días y descansaba de todo aquello que me hacía daño. Fuimos de librerías. Se despidió diciéndome que fuese a la casa del libro. Sonreí. Porque llevaba una bolsa cargada de libros.

Una vez me dijo vuelve pronto. Es mi mejor despedida. La he visto saltar ante un libro descatalogado, la he abrazo al borde del llanto, me ha contenido cuando yo era quien estaba perdido, la he dejado sola en la calle para buscar una película. Le gusta ese recuerdo, me lo contó de nuevo hace un par de días, paseábamos juntos por el centro, hablábamos de Rebeca, la novela y la película, de repente le doy mis bolsas llenas de libros y le digo que espere donde está, sonríe cuando lo cuenta, ella en mitad de la calle, desorientada al verme desaparecer tras una puerta. Regresé sin nada, pero días después recibió la película por correo.

Me habla de amapolas y de Juego de tronos, del último libro que leería si tuviese la oportunidad de elegir, de amores pasados y presentes, de empezar mal las cosas para luego enderezarlas, me descubrió Grandes esperanzas. Me gusta escuchar cuando habla, es directa, tierna, no tiene dobleces, hay pocas personas tan bonitas como ella.

Quiere que escriba un libro, me gustaría que fuese tan sencillo como sentarse una tarde de mayo en la cocina y dejar que las palabras salgan como hasta ahora, pero escribir un libro es una lucha y heridas abiertas, es sentirse indefenso y en duda constante, es un camino en el que es fácil perderse y fracasar. Pero ella me lo pide y yo lo intentaré. “La gloria en la derrota”.

2.
Llegamos al fin del mundo. Estaba cerrado. Le dije que sería un buen inicio para un cuento. Hemos intercambiado los papeles, ella tiene veintipocos años y no cree en el amor, yo, con el corazón lleno de marcas, intento que vea que hay un espacio para la magia. Me cuenta la historia de una moneda que pierde y que le llega días más tarde, una historia llena de señales que parecen indicar un amor predestinado y que terminan en un final abrupto. Nos despedimos delante de un edificio rehabilitado.

Improvisamos nuestro paseo. Comemos en un restaurante gaditano, La caleta, y siento la luz de la plaza San Francisco en la comida, el sur que se cuela en su acento, las noches bajo otro cielo. Cádiz también formó parte de esos viajes donde intentaba seguir adelante. Salimos en busca del fin del mundo. Llovía cuando lo encontramos cerrado. Acabamos en un café con libros de segunda mano y una decoración retro, hablamos de amores y decepciones, le enseñé la piedra de Ib, ella su moneda de la suerte.

Volvemos sobre nuestros pasos a una tienda artesanal. Llegamos cinco minutos antes de tiempo y nos colamos en una librería “bajo el volcán”. Encuentro a Chatwin y a Thoreau, una cajetilla con el lema “la poesía mata”, hablo con el dueño de Vonnegut y con ella de la historia que esconde Hierro 3, un fantasma que vive en otras casas hasta que ella lo descubre y lo ve y se enamora, una historia muda, intensa, desvariada. Salimos a la tienda artesanal, la dueña es argentina, hablamos de Tucumán y de las distancias en Argentina, ella le pregunta si puede grabarla recitando un texto, tiene una prueba donde debe actuar con acento argentino.

Pienso, un pedazo de Cádiz, el fin del mundo cerrado, un café con libros usados, una librería bajo el volcán, una tienda artesanal con acento argentino. Todo improvisado, sin señales ni objetos extraños que nos indiquen el camino. Me gustaría que ella lo viera, que la vida aparece y desaparece ante nuestros ojos y somos nosotros quienes nos tenemos que dejar llevar, sin miedo ni esperanza.

3.
Escucho la canción de Bruce Springsteen. Me siento así. Y me pregunto cómo originar una chispa que inicie un horizonte de sucesos.



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Lunes, 21 de mayo de 2012

Llego de Madrid. Me siento cansado, tranquilo, lleno de recuerdos y libros. Durante dos días callejeé sin rumbo, confundí mis huellas presentes con las pasadas, descubrí una nueva librería “bajo el volcán”, me sentí acompañado y tuve tiempo para desaparecer y estar solo. Abro el correo y me recibe Anay. Sonrío. Es lunes.


Los lunes de Anay. In itinere...

"La ciudad dilata sus pupilas de tigre."
                                                        ALMUDENA GUZMÁN


En breve puedo encontrar gotas
de agua en calma
esparcidas en el suelo.
No voy a saber si quiero recogerlas
o no me aportan nada
y responsablemente las dejo para el sol.
Alguien debería avisarme
si voy a tener valor,
si acierto conmigo en unos años.
Es tan peligroso sentarse sin oficio
como caminar sin vocación.

                                          LAURA RODRÍGUEZ POMBO






...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Los lunes de Anay
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1. Domingo.
Estaba sentado en los escalones de la estación. Miraba la confluencia de carreteras, el cielo nocturno, las luces parpadeantes de un avión, el sonido de las maletas sobre la acera, una chica que se despedía con una docena de besos y una caricia en la mejilla y un hombre que fumaba y levantaba la cabeza cada vez que se abría la puerta de la estación. La mochila roja a mis pies, llena de recuerdos y libros. Sonreía, una de esas sonrisas bumerán que puede ser tanto triste como alegre. Estaba cerrando un libro.

Nos despedimos con dos abrazos. Esta vez fui yo quien necesitaba sentirse protegido y contenido, en ese abrazo estaban los huecos alrededor, el otoño tan extraño, las palabras escritas pero no pronunciadas hasta que estuve delante de ti. Fuiste un embarcadero y un refugio, un lugar donde reponer fuerzas y sentir que todo volvía a estar bien, que había que seguir adelante a pesar de todo. Me indicaste cómo llegar hasta Río Rosas, asentí, me di la vuelta, levanté la mano y empecé a andar. No te hice caso, llovía y yo quería andar bajo la lluvia y el cielo gris iluminado por los relámpagos.

Nuestro primer abrazo fue delante de una librería. Me habías enviado un mensaje, ya llego, tu amiga la tardona. Me gusta esperarte, anticipar nuestro encuentro y no adivinar nunca nuestras conversaciones. Llegas con una sonrisa y eso me basta. Paseamos entre estanterías y libros, me enseñas La soledad de los números primos y te digo que es una historia preciosa y triste y que hay que leerla con buen ánimo, me haces recordar pasadas lecturas, revivir personajes y cruces de caminos, me pones libros en la mano de Dickens y Wilkie Collins, pareces una hechicera, yo de Zweig o Ángel González, te digo que sientas el tacto de las hojas, es extraño que algo tan real te ayude a desaparecer ante los demás.

Tú desapareciste en el café. Te había regalado Montedidio. Busqué el fragmento donde De Luca habla de nostalgias, echar de menos es sentir la presencia del otro. Veía tu mirada saltar de una línea a otra y, de repente, supe que no estabas allí sino en un taller de Nápoles, con un chico de trece años que vive su primer amor y un viejo de cien que guarda unas alas de ángel bajo su joroba. Me gustó verte emerger de las páginas de Montedidio.

Te enseñé la piedra que me regaló Ib. Es pequeña y plana, te dije que no era un amuleto ni una metáfora, que sólo es una piedra en el bolsillo y me gusta sentir su frío en los días de calor. Ahora tus huellas están en esa piedra, confundidas con las de Ib, Oier o Inés. Te contaba cómo llegué a una ausencia y un silencio en los últimos días de otoño, te hablé de apariciones, desapariciones y reapariciones, de This must be the place como mensaje en una botella, de espacios y tiempos divididos, de un libro de Vonnegut que cierra dos historias. También te hablé de un hueco en la tierra que cavé con mis propias manos y una despedida, cómo intento, a pesar de todo, apoyarme en aquello que me hace sonreír. Mejor una piedra en mi bolsillo que en mi corazón.

2. Sábado
Es linda Inés. Tal vez ella no lo vea. Tiene veintipocos años, estudia interpretación, a veces su acento tiene un tono gaditano que me lleva a la luz y los naranjos de la plaza de San Francisco. Comimos juntos, dimos un pequeño paseo donde llegamos al fin del mundo, tomamos un café rodeado de libros y nos metimos bajo el volcán, una librería y tienda de discos donde venden cajetillas de tabaco con el lema “La poesía mata”, dentro, poemas enrollados como cigarrillos. Le dije a Inés que no, que la poesía no mata sino que acuchilla, una expresión que he robado a Es. Me habitan otras voces y presencias. Me despedí de ella de forma tímida, no soy Bogart en las despedidas, siempre el gesto y las palabras torpes.

Inicié mi paseo en La tabacalera, me perdí por sus pasillos y vi una exposición fotográfica de Gervasio Sánchez, entré en Tipos infames y busqué entre las estanterías libros desconocidos, me resguardé del granizo en un portal y sonreí por el olor a lluvia, me detuve un instante en el edificio España, es extraño su abandono y quietud, me recuerda a aquel edificio de oficinas de “Y el mundo marcha”, y acabé en una pequeña librería de viejo frente al templo de Debod. Te gustaría esa librería, Clara, los libros apilados en columnas encima de una mesa, las estanterías abarrotadas, los pasillos estrechos, un lugar para la magia y lo inesperado. Encontré un Vonnegut descatalogado. Leí las primeras páginas mientras cruzaba hacia el parque. El espacio/tiempo se cruza.

3. Lunes.
La mochila roja a mis pies, llena de recuerdos y libros. Dicen que es una metáfora de mi corazón. Sonrío al recordar nuestro encuentro, saber que cuento con la amistad de una de las personas más bonitas que he conocido. Entonces, lo veo, los huecos y los vacíos están fuera de mí.







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Viernes, 18 de mayo de 2012

He llegado a Kurt Vonnegut poco a poco. Hace años leí uno de sus cuentos en una antología del relato norteamericano, había algo distinto en su voz al resto de los relatos, ironía, humor absurdo, un futuro donde el sexo era algo arcaico y había salones de suicidio ético; luego, la sorpresa de Matadero 5, una lectura laberíntica y llena de recovecos y salto temporales, una locura; en el pasado otoño Galápagos, el apocalípsis más extraño, divertido y entrañable que recuerde, un fantasma de un millón de años que siente curiosidad por el destino de la humanidad, un fin del mundo que se inicia con una crisis económica y los problemas que dan los cerebros de tres kilos que no saben ser felices, un puñado de personajes a cada cual más estrafalario y un humor del que beberían los hermanos Coen. Cada lectura de Vonnegut me sorprendía por su mezcla de ternura, humor absurdo e ironía, me preguntaba cómo un superviviente del bombardeo de Dresde seguía “luchando por los derechos de los desconocidos”, como se dice en uno de los cuentos de Mire al pajarito. Me gustan las historias y la voz de Vonnegut, me ayudan a quedarme con la mejor parte del ser humano.

Mire al pajarito es una colección de cuentos inéditos. Abrí el libro y sentía que me reencontraba con un amigo, con alguien que ha calado hondo dentro de mí poco a poco, como Yasunari Kawabata o Richard Yates. Lo leí en dos tardes, los cuentos enganchaban, la lectura era rápida, había calidez y un humor despiadado, había caminos inesperados e imágenes que se quedaban prendidas en mí, los cuentos me hablaban de aparatos maquiavélicos, psiquiatras criminales, un hipnotizador que hace desaparecer viudas “tras el espejo”, hormigas petrificadas, el amor de un adolescente por su compañera de clase, un niño que descubre que su padre tiene miedo, una pareja joven y rica que descubren el mundo de los desahuciados, un hombre gris y olvidado que aprende a reír. Se mezclaban personajes y escenas, calidez y tristeza.

Hay imágenes que perdurarán dentro de mí, un repartidor de periódicos de diez años cabizbajo porque le han confesado que su padre es un cobarde, un sheriff que lo sigue para decirle que sí, que su padre tiene miedo pero que es capaz de vivir con esa pesada carga, luchar contra ella y lograr pequeñas victorias, el niño que asiente mientras recupera la fe en su padre. O una pareja de jóvenes ricos y estúpidos que pasean por el parque tras salir de un baile y se encuentran con un hombre extraño y triste que les llama el rey y la reina del universo por la belleza de sus cuerpos y trajes, que les pide ayuda para engañar a su madre moribunda y que crea que es un gran inventor, un encuentro donde la pareja madurará y descubrirá un mundo al que nunca había accedido. O la pareja de hermanos que se desplazan a un un yacimiento de hormigas fosilizadas en la Rusia comunista, unas hormigas premesozoicas que construían instrumentos musicales, libros, vivían en pequeñas y que fueron masacradas por hormigas gregarias. Esa es la voz de Vonnegut que me deja del revés.

Vonnegut me ayuda a sonreír, una sonrisa bumerán, entrañable cuando los personajes son bondad y valentía, triste ante nuestra parte cruel y ciega. Me queda otro libro de cuentos en las estanterías de lecturas pendientes y mi búsqueda de sus libros descatalogados en las ferias de libro antiguo. Poco a poco su voz se filtra dentro de mí.



- ¡Mark! Gritó-. ¡Tu padre entregó el periódico! ¡Está en la casa! ¡Lo llevó a pesar de la cellisca, del perro y de todo!
- Me alegro -dijo Mark. En su tono no había el menor asomo de felicidad. Lo había pasado tan mal que no sería feliz durante una larga temporada-. Esas cosas que el señor Hedlund ha dicho sobre mi padre... aunque me haya dado su palabra de honor, no son necesariamente ciertas, ¿verdad, señor Howes?
Charley tenía dos respuestas posibles. Podía mentir, decir que no, que las historias no eran ciertas; o podía decir la verdad con la esperanza de que Mark comprendiera que todas esas historias sobre su padre convertían la entrega del periódico en casa de Eral Hedlund en uno de los capítulos más gloriosos de los anales del pueblo.
- Todas esas historias son ciertas, Mark -contestó Charley-. Tu padre no podía hacer nada con el miedo, nació así, igual que nació con los ojos azules y el cabello castaño. Ni tú ni yo alcanzamos a imaginar lo que se siente al llevar la carga de todo ese temor. Para vivir con él, hay que ser un hombre verdaderamente valiente... luego piensa en lo valiente que tuvo que ser tu padre para llevar ese periódico a Earl Hedlund en lugar de romper las normas.
Mark lo pensó, después, asintió y su expresión mostró que lo había entendido. Estaba satisfecho. Su padre era lo que todo padre de un niño de diez años debía ser: un héroe.
Kurt Vonnegut
Mire al pajarito (traducción de Jesús Gómez Gutiérrez. Sexto piso)




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Publicado por elchicoanalogo @ 20:53  | Libros...
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1. … los tiempos se cruzan.
Me senté en el balcón con un libro de Vonnegut en mis manos. Lo había encontrado junto a las novelas de Pynchon en una de las estanterías de lecturas pendientes. Había viento sur, nubes sucias y grises. El viento sur me desubica. Al pasar una de las páginas encontré la factura del libro. Dejo pequeñas huellas entre las hojas, facturas, postales, marcapáginas, mapas, horarios de metro, caminos y recuerdos futuros. Me fijé en la fecha y la hora de la factura, las 19.38 del 17 de diciembre. Por un instante me sentí fuera de tiempo. Recordé una librería con vinos y libros, su mirada que parecía desentrañar una enrevesada fórmula matemática, sus apariciones y desapariciones. Sonreí, y mi sonrisa era como el bumerán de Montedidio, alegre y triste al mismo tiempo. Sus huellas y las mías en las páginas del libro de Vonnegut, mismo espacio, diferente tiempo. Eran los últimos días de otoño.

Terminé el libro y me quedé prendido a la imagen de un chaval de diez años, se sentía derrotado porque le habían asegurado que su padre era un cobarde, un sheriff le sigue y le cuenta que sí, que su padre tenía miedo, pero que era capaz de vivir con esa carga, seguir adelante y conseguir pequeñas victorias a pesar de todo. El chaval vuelve a creer que su padre es un héroe, había que salvar su inocencia. Sentí la calidez de la voz de Vonnegut y la tristeza por llegar al final de sus cuentos. Me levanté del suelo, el libro agarrado con fuerza en la mano. Saqué la factura de la primera página y la perdí entre las hojas centrales, una historia dentro de otra, aunque, creo, nadie sabrá desentrañar el misterio de esa huella. Cerré el libro de Vonnegut y lo dejé en la estantería.

2. ...el libro que llevo dentro.
Abro el buzón. Hay una carta. “De las de toda la vida”. Sonrío al reconocer la letra de Carolina. Hace años le conté una idea para un cuento que nunca escribiré, un tipo que recibe postales de una mujer y compra un mapa y clava pequeños alfileres en él para seguir los pasos de la mujer y ve cómo se sale del mapa. Carolina me dice que tengo un libro dentro, intenta que lo escriba, me envía postales y mapas, me pregunta por mi historia cada vez que nos vemos y le respondo que la historia ha crecido, se ha desbocado, le cuento todo lo que he anotado en cuadernos, le hablo de mapas, brújulas, ventanas de cafetería, trenes, la línea del amanecer, un pedazo de luna en el bolsillo, tipos que paran la lluvia y que son transparentes, no invisibles, sino transparentes y en su pecho se confunden otras personas y calles. Me vale con eso, escribir en alto el libro que llevo dentro. Abro la carta y me encuentro una pequeña nota con su letra y cuatro fotos de su bebé recién nacido. Sonrío con más fuerza.

1. …los espacios se cruzan.
Meto la ropa justa para dos días, la piedra que me regaló Ib, una libreta para escribir, música y un libro de Bulgákov. Me siento extraño por los huecos que me rodean. Miro la mochila roja sobre la cama, deslavazada y encogida. Decía el personaje de Clooney en Up in the air, lleva encima sólo la carga imprescindible, decía no te involucres, decía todo eso en el inicio de su historia. Miro dentro de la mochila, en dos días la llenaré de nuevos libros y recuerdos y sentiré su peso (no su carga) en el hombro; miro dentro de mí, me esperan los encuentros, las librerías, los paseos solitarios donde estoy perdido y todo es nuevo, el cruce con mi pasado, el cansancio y el regreso. Cuando me vaya no sé qué voy a encontrar, cuando me vaya no sé qué voy a dejar atrás.






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Publicado por elchicoanalogo @ 8:35  | Espacios en blanco
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Jueves, 17 de mayo de 2012

No recuerdo cómo llegó Follas novas a mis manos, si lo robé, me lo prestaron o lo encontré. Lleva más de veinte años conmigo, las hojas crujen y tienen un ligero olor a vejez al abrirlas. Me gustaba leer ese libro porque estaba en gallego, sus palabras me devolvían a los campos junto al río, los corazones tallados en las puertas de madera, los caminos de tierra, las tardes tumbado en la hierba mientras pastaban las vacas, la maquinaría del cielo sobre mi cabeza y las pequeñas luces de luciérnagas. Follas novas era un aroma, una aventura, una puerta.

A veces me encontraba con una palabra imposible dentro de un poema, preguntaba a mis padres, a mis tíos, y me la traducían. Hubo un momento donde dejé de preguntar, leía una y otra vez la palabra desconocida y le daba un significado según su musicalidad. La interpretaba, no la traducía. Me gustaba ese juego, era un truco de magia, una palabra que podría cambiarla por cualquiera de las que existían.

Hoy he vuelto a abrir Follas novas, el crujido y el olor de las hojas. Encontré un aroma, una aventura y una puerta.



Sempre un ¡ai! prañideiro, unha duda,
un deseio, unha angustia, un delor...
É unhas veces a estrela que brila,
é outras tantas un raio do sol;
é que as follas dos árbores caen,
é que abrochan nos campos as frors,
               i é o vento que zoa;
               i é o frío, é a calor...
E no é o vento, no é o sol, nin é o frío;
               non é..., que é tan só
a alma enferma, poeta e sensibre,
               que todo a lastima,
               que todo lle doi.
Rosalia de Castro
¿Qué ten? (en Follas novas. Librería y editorial Galí )


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Publicado por elchicoanalogo @ 8:29  | Poes?a
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Martes, 15 de mayo de 2012

En mis estanterías hay libros que me llevan a mis primeros años de lector, una especie de mapa de libros que se inicia con los libros de barco de vapor y El pequeño Nicolás y termina en Néstor Sánchez, mi última compra. Entre esos dos puntos, Las aventuras de Tom Sawyer, la primera vez que sentí que abandonaba mi mirada de infancia y descubría un mundo de aventura, amor y sombras. Aún conservo mi ejemplar de Tom Sawyer, las hojas crepitantes y amarillas, los dibujos entre las páginas, las marcas de lectura. Lo toco y recuerdo mi corazón desbocado. Cada vez que leo un nuevo Twain me lleva a esos días donde Twain y Wells me hablaban de otros mundos posibles.

Leí Los diarios de Adán y Eva con una sonrisa cómplice y una mirada sorprendida, Twain reescribió la historia bíblica con una ternura y un humor que te desarman. Twain intercala los diarios de Adán y Eva, una forma de combinar sus diferentes miradas, de completar los espacios en blanco que dejan los dos protagonistas en sus palabras.

Adán es un solitario, no necesita nombrar lo que le rodea, el lenguaje o la compañía, es feliz en su soledad y le extraña e incomoda la intromisión de Eva, a la que ve con una mezcla de curiosidad y miedo. Sus entradas son cortas, las interrupciones de su rutina por parte de Eva, la extrañeza por querer ponerle nombre a cada lugar de la tierra, el abandono del paraíso y la llegada de dos pequeñas criaturas, Caín y Abel, que le desconciertan, incapaz de definirlas, de fijarlas a la realidad. Adán está ciego ante lo que le rodea.

Para Eva el mundo es un descubrimiento continuo, la sorpresa de lo nuevo, de lo primigenio, pone nombre a los lugares, a los colores, adjetiviza el mundo, busca la compañía de Adán, y en esa búsqueda no habla de “yo” sino de “nosotros”. Eva es la candidez y la inquietud, la inteligencia y la mirada alrededor, es el caos y la locura aventurera que entra en la vida de Adán para voltear su plácida rutina y arrancarlo del paraíso para conocer el amor y el dolor.

Estos diarios de Twain son una asombrosa historia de amor, el final, apenas dos líneas, te noquean y dejan en la cuerda floja, una docena de palabras que describen el amor puro. La edición de Libros del zorro rojo cuenta con las extraordinarias ilustraciones de Francisco Meléndez que completan las palabras de Mark Twain. Leer de nuevo a Twain fue estar entre dos tiempos, creer en el humor y el amor, en que hay aventuras que merecen ser vividas a pesar de las ausencias y pérdidas futuras.



Del diario de Adán: Esta nueva criatura de pelo largo se entromete bastante. Siempre está merodeando y me sigue a todas partes. Eso no me gusta; no estoy habituado a la compañía. Preferiría que se quedara con los otros animales. Hoy está nublado, hay viento del este; creo que tendremos lluvia… ¿Tendremos? ¿Nosotros? ¿De dónde saqué esta palabra…? Ahora lo recuerdo: la usa la nueva criatura.

( ... )

Del diario de Eva: Toda la semana lo seguí y traté de entablar relaciones con él. Yo soy la que tuvo que hablar, porque él es tímido, pero no me importa. Parecía complacido de tenerme alrededor, y usé el sociable «nosotros» varias veces, porque él parecía halagado de verse incluido.
Mark Twain
Los diarios de Adán y Eva (traducción de Patricia Willson. Los libros del zorro rojo)


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Publicado por elchicoanalogo @ 8:27  | Libros...
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Lunes, 14 de mayo de 2012

Estoy en la cocina, escucho This Kind Of Life Keeps Breaking Your Heart, hace semanas que escribo sobre mapas, piedras y brújulas (los mapas se pliegan, las piedras te atan al cielo y las brújulas te indican la única dirección a evitar).

Es lunes y abro el correo esperando las palabras de Anay, una cita, un poema, una canción, algo que me deje boca abajo e inicie la semana con una pequeña hoguera resplandeciendo. Este lunes se ha convertido en mi favorito (se tapan unos a otros), cambios, miedos y encuentros; mapas, piedras y brújulas. Anay consigue dejarme del revés.


Los lunes de Anay. Piedra de toque...


"pues no hay en ella un sólo lugar que no te vea.
Debes cambiar tu vida."
                                     RAINER MARÍA RILKE


MARZO 10, NY

El miedo es encontrar, pues encontrar
es encontrar la propia semejanza.
Interpretar los sueños
constituye aún nuestra peor pesadilla.
¿A quién representamos? ¿Qué parte del insecto
encierra en sí el veneno?
Cada estación, como cada palabra,
traen su muerte
-apenas alcanzada, remanso
de espaciadas, esparcidas violetas. ¿Y el Logos?
Para qué quiero un Logos
si lo que busco es alojar la luz en otra luz y
que juntas, justas, den negro.

                                           JEANNETTE L. CLARIOND





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 8:51  | Los lunes de Anay
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Domingo, 13 de mayo de 2012

Un desierto es un espacio y un espacio se cruza
  (en Cielo Amarillo, de William Wellman)

3.
Pienso en las cosas que he encontrado esta semana, una piedra con la forma y el color de un riñón, un pequeño cuaderno de hojas blancas con la portada de El principito, un par de libros de Néstor Sánchez. La piedra me sirve para buscar su frío en los días de viento sur y hacer pequeños malabares con ella en mi mano; en el cuaderno apunto los libros que me recomienda Ib (Chatwin, Sanmartín), también pensamientos fugaces que inician un horizonte de sucesos o un espacio en blanco; Néstor Sánchez escribe “¿quiénes seremos, Clara, los memoriosos, los ausentes?” y me deja en silencio en medio de una librería. Pienso en lo que he perdido esta semana, pero esas palabras están en mí, junto con la tristeza, me pertenecen, son íntimas, son mías.

2.
Decían en Cielo amarillo que los espacios se cruzan. Miro mis mapas, algunos con marcas de mis viajes (rutas a seguir, círculos en plazas y museos), otros con puntos donde sigo los viajes de Carolina y Diana, un mapa de la Europa del siglo XV que ha sido tragado por las estanterías y otro con una línea recta dibujada en él, un pequeño truco de magia. He dejado mapas de Madrid, Cádiz o Lisboa entre las hojas de mis libros, en habitaciones de hotel, en aeropuertos, en manos amigas, como si esos mapas fuesen migas que me ayudasen a volver sobre mis pasos. En unos días desempolvaré mi mochila roja, volveré a una ciudad que acoge una librería donde no hay espacio/tiempo, a la calidez y las sonrisas expansivas de Elche, trazaré una estela en un mapa que se confundirá con las pasadas, cruzaré un espacio.

1.
Mi sobrino me pide que invente una historia antes de dormir. Divago, soy onomatopeyas, frases que no termino, vuelvo atrás hasta que encuentro un inicio. Le hablo de un hombre que busca cosas perdidas, piedras, libros, mapas, platos, medallas, fotos, le digo que viaja mucho, que lleva una mochila al hombro donde guarda lo que encuentra, le digo que le gusta encontrar cosas perdidas porque dejan de estarlo y tienen una nueva oportunidad. No sé cómo continuar, pienso unos segundos, entonces le digo que en uno de sus viajes el chico encuentra una brújula mágica, le indica dónde están las cosas perdidas, no necesita pasarse horas y horas sin encontrar nada. Extiendo la palma de mi mano, muevo el dedo índice en rápidos círculos y señalo a un lado. Le digo que una vez la brújula señaló al frente, que el chico siguió la dirección que le marcaba la brújula y que al otro lado de la flecha se encontraba una chica. Oier me pregunta si la chica estaba perdida, le respondo que no, que era el chico quien lo estaba y que gracias a la chica dejó de estarlo. ¿Fin?, pregunta. Sí, fin, e intenta inventarse una historia, es parte de nuestro trato.

0.
Escribo para sobrevivir (y cruzar espacios).

 

 


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S?bado, 12 de mayo de 2012

hoy la cocina se está llenando de niebla, desde abajo 
como hace la niebla 
y ya me llega a los tobillos 

y yo sólo quisiera un día normal 
mirar por la ventana y ver sólo dos gatos 
jugando a cazar nada 

un día en el que no me hablen las hormigas 
mientras barro la terraza 
un día de bajar al mercado 
y hablar de lo cara que está la vida 
y decir ujum 
cuando me den a probar una aceituna negra 
y sí, me llevaré un cuarto, sin más 
sin pensar en olivos que se retuercen 
ni en los bosques de soutine 

quisiera un día en el que los gritos de los vencejos
no fueran cuchillas oxidadas
y que esa grúa no fuera más que una grúa
y que las antenas de los edificios
no fueran mantis religiosas esperando descabezarme

hoy quisiera que los charcos no tiraran de mí
como tiraban las arenas movedizas
de las sesiones matinales
y que la veleta de la iglesia
girara hacia cualquier parte de una maldita vez

esa grúa es mi veleta
esos gatos, la vida

mucho me temo que los gritos de los vencejos
seguirán siendo, siempre, cuchillas oxidadas
Isabel Bono
¿qué fue de las arenas movedizas?

 

http://algunascosasqueleo.blogspot.com.es/2012/05/que-fue-de-las-arenas-movedizas.html

 


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Publicado por elchicoanalogo @ 7:07  | Isabel Bono
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Viernes, 11 de mayo de 2012

Conocí a Virginia Aguilar Bautista dentro de un sueño de Isabel Bono. La segunda vez que coincidimos fue en su libro Seguir un buzón, ella como escritora, yo como lector. Son cruces inesperados, dentro de un sueño y un libro.

Me siento descolocado por los poemas de Seguir un buzón. Suelo leer poesía de manera desordenada, primero hojeo al azar los poemas, un rompecabezas al revés, luego sigo el orden del libro. Decía que me siento descolocado, la voz de Virginia Aguilar Bautista que me acerca retazos de la vida cotidiana, noticias de periódicos, kioscos, noches, insomnios, moscas, faros de un coche, mitos revestidos, piedras, planetas a los que obligan dejar de serlo, es la mirada ante lo que nos rodea, hacer visible aquello que pasamos por alto en una primera mirada y darles un protagonismo, un giro inesperado, hay algo de tristeza y, también, de magia en ello.

Me gusta la voz de Virginia Aguilar Bautista, a veces tierna, a veces con un punto de humor inesperado, a veces invernal, es una voz que cala de a poco, que te hace dar marcha atrás para releer un poema, que te habla de forma hipnótica y te hace pensar en todo lo que está por llegar, en miedos e inseguridades, en una sonrisa despreocupada y mapas de ciudades. Seguir un buzón es de esos libros que, al cerrarlo, miras alrededor en silencio sintiendo que algo ha cambiado.


[…]
El tiempo con puntos suspensivos:
El tiempo...
es cuerda floja de lado a lado.

Equilibrio sobre estos tres puntos
...

El vértigo
               de los días
                                  por venir.




Plutón
Yo -que no creo en Dios
ni en el cambio climático-
reivindico, bajito,
que Plutón siga siendo
el lejano y remoto
planeta que fue siempre.

Mantengan este título
mientras sea imposible
llegar.
                    Sola proclamo.     




Presencia
Muy pocas cosas
hacen más compañía
que un dolor leve.




Faros
Una de la mañana,
pasa despacio un coche:
deja en el dormitorio,
sin anuncio, sin cortes,
una secuencia breve
de cine de verano
proyectada en el techo.
Hago siempre de público.
Por más que la repitan
no comprendo el final.




Inflamable
                                       Calcina mil novecientas hectáreas
                                       al quemar las cartas de su ex. EFE

Sin pólvora y sin cerillas, así
prendieron nueve años, con sus festivos,
y dos mil hectáreas de forestal.
(También tus cartas, al principio diarias,
después más espaciadas).

Tres días de fastos por lo que pudo haber sido
y dos de ceniza en suspenso por lo que fue.

Por seis municipios en llamar
se extendió un final, palmo a palmo.




Pequeño gesto
Escribiré
de un trazo con el dedo
todas las letras
que componen tu nombre,
invisible y secreto.
Virginia Aguilar Bautista
Seguir un buzón (Renacimiento)


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Publicado por elchicoanalogo @ 0:02  | Libros...
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Jueves, 10 de mayo de 2012

Practicar un arte, y no importa lo malo que seas, es una manera de hacer crecer tu alma. Canta en la ducha. Baila la música de la radio. Cuenta un chiste. Escribe un poema a una amiga. Hazlo tan bien como seas capaz. Obtendrás una enorme recompensa: habrás creado algo. (Kurt Vonnegut)

Miro a las estanterías alrededor, los libros amontonados, las películas que han perdido su espacio, los discos sobre los libros, el equilibrio es extraño, caótico, como si no pudiera deshacerme de los objetos que pasan por mi vida. Intento dejar un pequeño espacio para la magia, fotografías de amigos que tapan el título de las novelas, una cajita de madera donde guardaba las pelotas de Gora, lo único que he querido conservar, y que ahora contiene mis piedras, un pequeño mapa con una línea recta, la distancia entre nosotros, y que perderé entre las páginas de un libro para crear una huella futura, imagina el tiempo desdoblado, Es., la mañana donde arranqué el mapa de una agenda e hice una línea al descubrir tu pueblo y preguntarme cuántas paredes y sueños nos separan, el mañana de un desconocido que le dará a esa línea docenas de caminos diferentes. No hay huecos en las estanterías pero estos días los siento a mi alrededor (me agarro a lo que dice De Luca, echar de menos es tener presente al otro (me gustan los paréntesis, es como caer en el infinito, y a veces crean la ilusión de una sonrisa al final de una frase, como un emoticono)).

Hay quien me deja huecos, y estos huecos no se rellenan ni se intercambian, y quienes son estelas de vapor, presencias efímeras que pasan como nubes, hay quien me habita y quien apenas es un roce, hay un laberinto dentro de mí, cientos de voces que me traen otras palabras, horizontes y sueños. Y me gusta esa mezcla de voces en mi pecho, todas esas personas de distintos tiempos y espacios que me habitan, que me hacen quien soy. A veces me siento como el profesor de matemáticas de la novela de Ogawa que llevaba notas prendidas en su traje para no olvidar el presente cercano, yo llevo canciones y libros que otros me habéis acercado, son como notas a otras personas, la distancia doblada en la mitad. Tú eres la teoría del caos, unas alas de mariposa que aletean al otro lado de esa línea recta y cambias mis lunes, me haces vivir una noche de febrero acuchillado por los poemas de Anay Sala, me dices hola con un cortometraje que me lleva a Keaton y me ayudas a seguir creyendo en la bondad y en los gestos cálidos y desinteresados. Dentro de mí hay una parte de ti.

Pienso en tantos viajes, sueños, noches de insomnio, marcas, libros y decisiones hasta llegar a esta distancia entre los dos. El vértigo de coincidir.

 

 


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Mi?rcoles, 09 de mayo de 2012

Hay momentos donde los libros se acumulan en columnas en el suelo o encima de cualquier mueble, pequeñas torres en un equilibro extraño que dejo crecer hasta que el desorden exterior parece colarse en mi interior. Entonces, voy a una de las estanterías de cine, saco medio centenar de películas, las dejo desordenadas en otra habitación, y coloco los libros en el hueco que han dejado. Hace años pasaba las tardes en los multis bilbaínos o el cine del museo de Bellas Artes, se cruzaban las imágenes de Dreyer, Capra o Huston con los estrenos de Woody Allen, Scorsese o Aki Kaurismäki.

De Kaurismäki me atrajo su mirada desnuda, austera y directa, su humor inesperado, los personajes cercanos, de gesto imperturbable y monolítico, supervivientes que en las primeras películas salían derrotados (algo que me hacía pensar en la gloria en la derrota de John Ford) y que en las últimas son capaces de una impensable victoria, del más difícil todavía. Su cine sigue siendo parte de mi vida.

Kaurismäki nos acerca a seres invisibles, limpiabotas, panaderos, músicos sexagenarios, comisarios bondadosos, les da una voz, muestra sus sueños y su mirada desnuda de dramatismo o queja ante la vida. Los decorados son los justos, una casa humilde, los muelles, un bar portuario donde parecen revivir los personajes de El muelle de las brumas, el tono es pausado y la historia por momentos parece un cruce de Capra y De Sica.

El Havre es el encuentro entre un limpiabotas bohemio y un muchacho (“inmigrante ilegal” ) que desembarca en la costa errónea, un par de decorados sin artificios y su estilo desnudo y minimalista para contarnos una historia emotiva, inteligente y cálida. A los dos protagonistas se le unen un comisario con un inesperado sentido de la justicia, la dueña de un bar que aún retiene parte de su belleza, un vecino sombrío y delator y la mujer del limpiabotas, tan extranjera como el muchacho que rescata su marido, una nórdica que encontró otro lugar en el mundo. Kaurismäki cree en la solidaridad, el limpiabotas sólo busca ayudar al muchacho a reunirse con su madre en Londres. No hay duda ni miedo, sí el amor hacia el otro y una mano tendida. 

Aún hoy me sorprende el cine de Kaurismäki, coloca la cámara ante los ojos de sus personajes, los hace hablar sin que apenas cambien el gesto, viven pequeñas odiseas, y sientes que la vida atraviesa la pantalla, que hay esperanza y verdad en sus imágenes, un mundo donde todo es posible. A veces parece que Kaurismäki atrapa el tiempo, y lo hace sin apenas mover la cámara, sin que los personajes parpadeen, griten o hagan extraños aspavientos. El Havre es creer en la mejor parte del ser humano.

 

 


Tags: El Havre, Aki Kaurismäki

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Martes, 08 de mayo de 2012

Me siento en la cocina a escribir, me coloco en una esquina, junto a la ventana, y hablo de espejos, recuerdos, espacio-tiempo, lecturas, horizontes de sucesos y viajes. Gora se tumbaba a mi lado, en el suelo, me acompañaba en silencio. A veces gimoteaba o movía sus patas traseras en mitad de un sueño, entonces, bajaba mi mano y le acariciaba detrás de las orejas hasta que se calmaba. Pensaba en qué podría soñar un perro. Ahora que llega la primavera aprovecho para leer en el balcón hasta que anochece. Gora salía y se mostraba inquieto cuando pasaba otro perro o un vecino. Leía con su respiración al lado, de noche escuchaba algo de música, miraba a la luna, soñaba con amores imposibles, me iba a dormir, triste o calmado, y le dejaba descansar del calor de la noche en el balcón. Se ponía nervioso cuando me veía hacer la mochila, con el tiempo aprendió que la mochila significaba un viaje corto y la maleta meses fuera de casa. Al verme llegar corría a por una pelota y la agarraba fuerte entre sus dientes para que jugase con él, saltaba del sofá al suelo, del suelo corría a la cama y yo debía seguirle. La primera vez que me sorprendió fue una vez que lloré y él, un cachorro, se puso delante de mí, me golpeaba con su pata, como cuando pedía mimos, y gimoteaba conmigo, me lamía la cara, las manos. Gora me acompañaba mientras escribía, leía o preparaba mis viajes, dábamos largos paseos y nunca supe si en esos paseos era yo quien cuidaba de él o era al revés. Hoy mi sobrino me preguntó si ayer me puse triste, le dije que sí, si lloré, y le respondí de nuevo que sí. Él me confesó que había llorado dos veces en la cama y le dije que es bueno llorar, que estaba bien. Ib me dice que todo son huecos. Algo así, huecos, vacíos, ausencias, también presencias que me habitan.

Escribo para iniciar una sonrisa, para desaparecer, para sacar fotografías y toda la tristeza y el dolor de dentro. Escribo para entender y para sobrevivir. La salida de la luna fue el último espacio en blanco que escribí con la compañía de Gora.


XCVIII La salida de la luna

1.
Sueño contigo. Me despierto desubicado, aún no sé si soy real o sigo dentro de mi sueño. Miro alrededor, busco algo que me ancle a la realidad, sé que no te encontraré, nunca nos hemos despertado en el mismo espacio. En el sueño nos encontramos por azar y me enseñas tus lugares favoritos de Bilbao. Mientras preparo el café pienso qué eso fue lo primero que me extrañó, tú en Bilbao mostrándome los bares y cafeterías que te gustaban. Estamos en la calle, junto a un puesto de tacos me hablas de dos hombres, tienes problemas con ellos, escucho tus palabras en mi cabeza pero no abres la boca, como si estuviésemos en una de esas historias de Philip K. Dick donde los protagonistas leen las mentes. Me siento en la cocina con una taza de café, veo amanecer y pienso en la parte más extraña del sueño. Estamos sentados en una cafetería, la misma mesa pero tú parece que estás a cinco metros de distancia, entonces, saco un sobre con sello y escribo mi dirección en el remite, te digo que voy a hacer un truco de magia, adivinar el futuro, en el sobre hay una hoja con todo lo que te ocurrirá en los próximos dos días. Te dejo el sobre y te pido que pongas tu dirección. Escribes en silencio, confundida y decido contarte el truco, he vivido este momento miles de veces porque vivo mi vida en un bucle. Me tomo el café, la luz y el silencio en las nubes (que cuando pasan, pasan como nubes) y yo, aún desubicado, repaso el sueño una vez más. Intento atrapar tu cara, tus gestos, y, como un eco, me quedo en las últimas palabras que digo en el sueño. Vivo mi vida  en un bucle. Una pesadilla que necesito escribir para deshacerme de ella. 

2.
Mi sobrino y yo miramos al cielo, esperamos la salida de la luna. Jugábamos al trivial para niños, le decía que la luna de esa noche sería la más grande del año y que sería lindo verla antes de acostarnos. Oier sonríe cuando digo lindo con mi acento del norte. Intento poner una voz misteriosa, que sienta la magia de ver la luna antes de dormir. Nos apoyamos en la barandilla y conseguimos verla en un claro del cielo. Hablamos de la cara que parece hay en su superficie y de su brillo que viene del sol, me gustaría hablarle de espejos y reflejos y de que la luz de una estrella sobrevive a la estrella misma. Cuando la luna se oculta nos vamos a la cama con un libro de Stilton. Cada uno lee una hoja, si el texto es pequeño dos. Combinamos nuestras voces. Hace años Oier levantaba el dedo índice para que yo le guiara por las palabras de los tebeos y mis libros. Le explico las que no entiende, trigésimo primero, manzanilla, hasta que nos encontramos con un mensaje cifrado en el alfabeto del reino de la fantasía. Cojo una hoja en blanco y un bolígrafo y lo desciframos poco a poco, es un pequeño misterio, cada signo una letra del alfabeto, han raptado a la reina de las hadas. Escondo la hoja con mi letra en el libro, una manera de dejar una huella futura, y espero a que mi sobrino se duerma. De madrugada, sentado en el balcón, pienso en esa noche, los juegos, la luna, el libro del ratón Stilton, la conversación improvisada con Sm por internet, los viajes que me esperan en mayo, el laberinto que hay dentro de mí, el sueño del bucle. Miro la luna. Entonces, lo veo, yo intento que Oier sienta magia pero es él quien trae un pedazo de ella a mi vida.

3.
Encuentro un par de piedras en la orilla de la ría, son pequeñas, una parece una canica, la otra es alargada y amarilla y tiene una media luna sobre su superficie, depende cómo la coloque parece una sonrisa alegre o triste, como el bumerán del niño de Montedidio. Sonrío. Las escondo en mi mano para notar su tacto y aprender su forma. No son un amuleto, no son una carga, son piedras en el bolsillo, una manera de sentir la magia de lo inesperado. La primera vez que escribí sobre ellas me trajeron las palabras de la mujer del sueño. Me pregunto por qué busco la magia y una sonrisa, si estoy vacío y triste o he aprendido a disfrutar de aquello que me rodea. Siento que camino por una cuerda suspendida en el aire.




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Lunes, 07 de mayo de 2012

Combino poemas y relatos cortos entre mis lecturas, mezclo a De Luca con García Montero, a Pete Dexter con Anay Sala. La semana pasada volví a algunos de los poemas de Ý (Turno de réplica), de nuevo me sentí boca abajo, desubicado, mencionado y tocado en la línea de flotación. No sé cómo lo hace Anay, cómo inicia la primera palabra de sus poemas, cómo consigue crear algo que traspasa la piel.

Me gusta sentirme habitado por otras palabras, aunque duelan, que dentro de mí estén Carver, Kawabata o Hamett y que haya lecturas que me fijen en un momento del espacio y el tiempo.

Este lunes me ha descolocado, me gusta eso, que me desubiquen y me muevan del lugar donde creo estar.


Los lunes de Anay. Para siempre...


"Ojalá que el amor y la poesía
nos eviten morir."
                          JUAN VICENTE PIQUERAS



DESAFÍO

Cierra los ojos:
Mira el mar.
Y ahora olvídalo,
si puedes.
                     ANAY SALA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay

Tags: Anay Sala Suberviola, Juan Vicente Piqueras, Gino Paoli

Publicado por elchicoanalogo @ 9:41  | Los lunes de Anay
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S?bado, 05 de mayo de 2012

Leía en el tren de vuelta a casa, fue un gesto repetido en abril, el tren, el horizonte en movimiento, un libro en mis manos, la sensación de un doble viaje, el que yo vivía, el que me proponía la lectura en mis manos. En ese regreso a casa leía 35 maneras de sentirse solo. Recordé el título de la colección de cuentos de Richard Yates, las palabras de emoción de Juan Pardo Vidal cuando me habló de su descubrimiento, su voz al leer alguno de los pasajes de este libro de cuentos. Por una vez se confundía su voz con la mía, me sentía extraño ante esas dos voces en las mismas palabras.

35 maneras de sentirse solo se inicia con Para acordarme de ti, un diario de un solitario al que interrumpen en su intento de suicidio para pedirle que cuide de una extraña. Y es en esa interrupción donde el protagonista encontrará un motivo para seguir adelante, enfrentarse a su pasado y dejar su dolor en un último plano. Sentía cómo ese encuentro entre dos náufragos crecía a lo largo de los días con pequeños gestos y miradas. El final de este cuento me dejó del revés, un cruce entre dos seres perdidos que no saben qué será de ellos, que tiene dentro de sí grandes cargas y dolores y, aún así, se dejan llevar por un atisbo de esperanza. 

Hay algo que me atrajo desde el inicio de esta colección de cuentos, su forma sin fronteras donde no se sabe qué es cuento y qué poesía, la mirada sobre el amor a veces triste, a veces cómica, la soledad dolorosa de algunos personajes y cómo intentan acabar con todo, los diferentes estilos, de la ciencia-ficción al diario, de la poesía al humor, la tristeza que aparece y desaparece por los cuentos como una estela de vapor.

Dentro de mí se quedaron docenas de imágenes, besos en ascensores, encuentros con el pasado en un tren, abrazos que contienen un mundo impensable y un nuevo inicio, pianistas que pierden sus manos dentro de la ropa interior de una mujer y ejecutan una melodía en su piel, la soledad en el mar, parejas que intentan animar su vida sexual, el suicidio como la última frontera, un último viaje en busca de la tormenta que acabe con todo, una cucaracha que se salva de un naufragio o un puesto de piedras.

35 maneras de sentirse solo es un viaje, cada cuento una parada y la sensación de que en cada cuento, en cada parada, te espera una historia diferente.



Los recuerdos se guardan en cajones. Cajones diminutos conectados por axones y por enlaces químicos y eléctricos que dibujan haces de luz, como las estrellas pero con forma de cajón. Son como el carro de la Osa Mayor que ahora veo desde mi ventana, pero un poco más cuadrado. Dentro de ese espacio eléctrico guardamos los recuerdos a nuestro antojo. Inconscientemente algunas personas eligen ordenarlos siguiendo un criterio cronológico, pero yo decidí hace tiempo utilizar un criterio de dolor. Tengo un cajón para los recuerdos amables, uno para los que me hacen sonreír, hay cajones que apenas frecuento por pereza, cajones de sastre con recuerdos que no consigo catalogar, y hay también un cajón para el dolor. En él guardo todas y cada una de las imágenes que me han hecho daño, las palabras que me hirieron, las veces que alguien me hizo sentir mezquino, las veces que me equivoqué.

( … )

9. Soledad
si te divides por tres salgo yo en el resto,
soy un número impar, o primo tal vez:
parte de ti.

( … )

12. El secreto de las acelgas
El secreto de las acelgas cocidas es parar el fuego antes de que estén hechas. Sé que este plato siempre te ha impresionado más que yo, pero no tengo ningún truco especial. Siento decepcionarte. Se trata tan solo de apartarlas mucho antes de lo que parecería lógico. No es fácil dejar de hacer las cosas. Detener el fuego es más difícil que encenderlo.
Eso fue todo lo que le dije mientras cenábamos. Sólo eso. Y no volví a verla más. No sé qué demonios entendió, pero nuestro amor le quedó en su punto.
Juan Pardo Vidal
35 maneras de sentise solo (afortiori editorial)


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Viernes, 04 de mayo de 2012

(mientras pueda) 

llamaré a las cosas 
por tu nombre 
Joan Masip 
(mientras pueda) en Comida china y subfusiles. Monosabio


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Jueves, 03 de mayo de 2012

Me dices que me parezco al protagonista de Alta fidelidad, ambos hacemos listas, como si buscásemos un orden en medio del caos al que agarrarnos, un apoyo y una forma de sentir que todo tiene sentido. Sonrío por la comparación y te explico que no busco un orden sino algo que inicie una sonrisa, que escribo esas listas sólo cuando la tristeza me acuchilla. Tu mirada se pone bizca y cierras la boca con fuerza. Te digo que hay una tristeza suave y tenue que me acompaña y me calma y otra que me desgarra y me da en la línea de flotación. Entonces, escribo listas de aquello que me hace sonreír porque mientras escribo nace esa sonrisa y consigo alejar la tristeza más puta. Te quedas en silencio, piensas en lo que acabo de decir y me preguntas si no me aburro de escribir la misma lista una y otra vez.

Miro al cielo y descubro la estela de un avión, te la señalo, una curva blanca en el cielo que se deshace en unos minutos. Te cuento que me gustan las estelas porque aparecen y desaparecen de forma inesperada, porque empiezan siendo una recta que divide el cielo y se desgajan en nubes que adoptan cualquier forma. Te digo, es como el amor. Sueltas una carcajada. Me sonrojo, siento el calor en mis mejillas, me gustaría disculparme por ser tan ñoño, por no ser un tipo duro. Observo el avión desaparecer tras el horizonte.

Cuando recupero la calma te digo que no siempre hago la misma lista, también escribo sobre mis amaneceres favoritos. Me agarras del brazo y me das un suave masaje con tus manos, a veces eres capaz de ver qué genera cada gesto tuyo en mí, es tu manera de decir que no tome en cuanto tu carcajada, que no sea tan sensible. Somos amigos, nos tenemos confianza, no hay un amor que condicione nuestras conversaciones ni gestos, no buscamos sorprender al otro, simplemente somos nosotros, sin máscaras. Empiezo a hablar sobre los amaneceres en Galicia. Me despertaba con las primeras luces y bajaba a una cocina gallega de leña donde siempre había una cafetera sobre el fuego. Tomé mi primer café solo en aquella cocina, apenas tenía doce años y me sentí un hombre adulto con el primer sorbo amargo. Cuando sonaba el tractor salía de la cocina. M me esperaba en una curva del camino y yo subía al remolque junto a los angazos. Me quedaba de pie, el traqueteo del tractor y el polvo del camino a nuestro alrededor. Me creía Tom Sawyer. Te pregunto si te aburro, me dices que continue, que quiere aprovechar uno de esos momentos donde hablo de mí y no divago sobre estelas de avión. Siento el pellizco juguetón en el brazo. Era un niño torpe y asmático, me vigilaban siempre, aquellas mañanas eran mi manera de sentirme libre. Ayudaba a mi primo a recoger hierba verde, él segaba y yo angazaba y dejaba dos hileras que luego él recogía y echaba sobre el remolque. La mejor parte era la final, pasábamos unas cuerdas sobre el montón de hierba antes de subirme a él. Tumbado, veía las nubes del cielo al escape, el olor de la hierba cortada, la luz que se asentaba y el sonido distante de otros tractores. Te confieso que extraño a aquel muchacho, la idea que tenía aquel muchacho sobre la vida antes de los miedos y los fracasos, algo se pierde en el camino. Tu mirada dice, ésto es la vida.

Había otros amaneceres que me dejaban del revés, las madrugadas donde G se metía en mi cama. Las primeras veces sentía que era un sueño. Apartaba la sábana, me abrazaba y sentía su cuerpo junto al mío. Dormíamos dos horas en una cama pequeña, a veces le decía que me gustaba que la cama fuese tan pequeña, ella sonreía sin decirme nada. Nos despertábamos y preparábamos el desayuno juntos. Sentía que esa vez sí iba a ser posible. Me preguntas si me arrepiento y, como siempre, digo que no, que los amores imposibles sólo me gustan en los libros, que prefiero arriesgarme y perder, como hasta ahora (vuelves a quedarte bizca), que pasarme la vida preguntándome qué hubiera sido si...

Hablo de los amaneceres en habitaciones de hotel, ese momento donde me despierto y no reconozco  el lugar o quién soy. Me siento perdido, realmente perdido, podría estar en cualquier lugar, y ser cualquier persona. Entonces, de a poco (¡bizca de nuevo!), todo vuelve a oleadas, recuerdo quién soy y dónde estoy. Me gusta ese momento donde nada está definido ni es mío, donde me despierto y no encuentro lo esperado, donde no hay libros ni mapas ni piedras, sólo un espacio en blanco.

Nos sentamos en un parque y miramos la ciudad. Te cuento que ahora me levanto a ver amanecer, que sigo la línea de la luz sobre el horizonte y la sombra que crea a mi alrededor, que es mi momento favorito del día porque siento que es un nuevo inicio, que todo es posible, que, tal vez, en un mismo amanecer, se junten el muchacho que fui, el enamorado ñoño y el viajero perdido en uno. Me miras en silencio, señalas mi pecho y te centras en los tejados de la ciudad.



Tags: espacios en blanco

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Mi?rcoles, 02 de mayo de 2012

Cuando necesito algo insólito e inesperado que me haga sentir otras realidades, otros mundos imposibles, una historia donde las dimensiones se cruzan y se alteran, se busca a dios en los confines del espacio o se plantea una realidad subvertida, me acerco a mi biblioteca y busco entre mis libros pendientes a Philip K. Dick. Sé que encontraré todo eso, también locura, el espacio y tiempo desplazados de su eje, el amor como algo incontrolable, una voz irónica y triste, un puñado de protagonistas que se sienten perdidos y golpeados en un mundo que no acaban de comprender y, aún así, plantan cara e intentan encontrar una respuesta que ordene el caos.

Nuestros amigos de Frolik 8 tiene una fuerte carga política, la humanidad se ha dividido entre los antiguos, humanos que no han evolucionado en los últimos siglos, y la clase gobernante, telépatas y seres de una inteligencia fuera de lo común que se suceden en el poder, semi dioses que todo lo ven, que deciden destinos y vidas a su antojo. Dentro de esa sociedad dictatorial hay quien lucha y resiste, pequeños grupos de antiguos que conservan añejas tradiciones, distribuyen panfletos con un tono religioso y político y esperan el regreso de Provoni, un hombre que viajó a los confines de la galaxia en busca de ayuda entre los planetas desconocidos. Resistencia, espera y salvación, el tono, política y religión, uno de los puntos fuertes de Dick.

En este futuro, Nick Appleton, un antiguo, despierta de su letargo tras ver cómo rechazan a su hijo para entrar en el servicio civil, conoce a algunos de los miembros de la resistencia, se enamora de una joven impulsiva y descubre un mundo subterráneo que desconocía. Hay un amor extraño, pura aventura, una toma de conciencia paulatina, el cansancio de sentirse esclavo, una esperanza, la necesidad de desmarcarse del rumbo marcado. Los protagonistas de Dick son imperfectos, pocas veces saben qué ocurre a su alrededor, son golpeados y pierden muchas peleas, pero llega un punto donde se cuestionan la realidad y es en esa duda donde descubren otras realidades invisibles.

Al conflicto político, la toma de conciencia, el amor aventurero e irreal y la lucha, se le une la llegada de Provoni con ayuda del espacio exterior, un habitante del planeta Frolik 8. El clima se enrarece, la clase dirigente ve amenazada su hegemonía, los antiguos sienten la esperanza de un nuevo mundo. Dick se detiene en cada escenario, en cada protagonista de la historia, el tono es de tensión y espera. Me gusta la escritura imperfecta y a trazos de Dick, que abra varios caminos y los deje inconclusos, esa ironía salvaje que me hace sonreír, que nunca adivine cuál será el siguiente paso en la historia, que me haga sentir que dentro de la realidad hay cientos de posibilidades que no consigo ver.

¡Gaditano lindo, muchísimas gracias por este regalo!



Charley, sin responder, cogió uno de los folletos, lo abrió y leyó en voz alta:
«La medida de un hombre no es su inteligencia. No es la altura a la que se eleva en este terrible Estado. La medida de un hombre es ésta: ¿con qué rapidez sabe reaccionar ante las necesidades ajenas? ¿Y cuánto es capaz de dar de sí mismo? Darse a sí mismo es una verdadera donación, sin recibir nada a cambio, o al menos...»
-Seguro – razonó Nick-, dar siempre te da algo a cambio. Tú le das algo a alguien y, más tarde, ese alguien te devuelve el favor dándote algo a cambio. Eso está claro.
-Eso no es dar, sino traficar. Escuche esto: « Dios nos dice...»
-Dios ha muerto -la interrumpió Nick-. Encontraron su cadáver en 2019, flotando en el espacio cerca de Alfa.
-Encontraron los restos de un organismo varios miles de veces más avanzado que nosotros -explicó Charley-. Evidentemente, podía crear mundos habitables y poblarlos con organismos vivos, derivados de él mismo. Pero esto no demuestra que fuese Dios.

( ... )

—Esto es verdad —asintió el Frolikan—. Me trastorna cuando se duerme... como tú lo llamas.
—Morgo Rahn Wilc —dijo Provoni, en la oscuridad—. Siempre estás preocupado. Nosotros dormimos cada veinticuatro horas; dormimos de ocho a...
—Lo sé —dijo Morgo— Pero considera esto: gradualmente pierdes la personalidad, tu corazón late más despacio, lo mismo hace el pulso... Pareces un muerto. —Pero uno sabe que no lo está —objetó Provoni.
—Es el funcionamiento mental lo que más cambia, y eso nos pone nerviosos. Tú no te das cuenta, pero mientras duermes tiene lugar una actividad mental violenta, inusitada. Primero, penetras en un mundo que, hasta cierto punto, te resulta familiar y, en tu mente, hay amigos personales, enemigos y seres a los que has conocido socialmente...
—En otras palabras —le atajó Provoni—, sueños.
—Esta clase de sueño forma una especie de recapitulación de la jornada, de lo que has hecho, de las personas en las que pensaste, con las que hablaste. Y eso no nos alarma. Es la siguiente fase. Entonces, caes en un nivel mucho más inferior; encuentras seres a los que no conoces, situaciones en las que jamás has estado. Y se inicia una desintegración de tu propio yo; te fundes con entidades primordiales de un tipo semejante a Dios, poseyendo una fuerza enorme; y mientras tanto corres el peligro...
—El inconsciente colectivo —le interrumpió Provoni—. Esto es lo que descubrió el más grande de los pensadores humanos, Carl Jung. Retroceder hasta antes del momento de nacer, retroceder a vidas anteriores, a otros lugares poblados por arquetipos, como Jung.
—¿Subrayó Jung el hecho de que uno de esos arquetipos podía, en un momento dado, absorberse? ¿Y que jamás tendría lugar una reforma de tu yo? ¿Que podrías llegar a ser sólo una extensión móvil y parlante del arquetipo?
—Por supuesto que lo subrayó. Pero el arquetipo no surge durante el sueño nocturno, sino durante el día. Cuando aparece de día es precisamente cuando uno queda destruido.
—O sea, cuando sueñas despierto.
Philip K. Dick
Nuestros amigos de Frolik 8 (traducción de Antonio Ribera. Minotauro)


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Publicado por elchicoanalogo @ 8:48  | Libros...
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Martes, 01 de mayo de 2012

Siento el peso de los libros en mi mano. Los dejo en la mesa de la cocina. Miro los títulos y pienso en las diferentes voces y formas de mirar y entender el mundo. Es lo que me gusta de la literatura, tantas miradas, tantas historias, poder pasar de la tristeza y pérdida a la euforia homérica. En las diez lecturas de abril hubo espacio para la calidez, lo imposible, los artículos de guerra, el desgarro, la dicha y la luz, el desbordamiento de Cosmos, y los haikus de Nieve, el entrañable taxista de Un campeón desparejo y el valiente muchacho de Trenes rigurosamente vigilados, la prosa poética de Juan Pardo Vidal y Christian Bobin y el puñetazo en el estómago de Walter Mosley, los mundos imposibles de Philip K. Dick y los artículos de guerra de Steinbeck y Velickovic. Ha sido un buen mes lector.

He leído en cafeterías con grandes ventanales, mientras andaba por las aceras de mi pueblo y en trenes, fuera el horizonte en movimiento y yo, desaparecido entre dos puntos, me sentía inquieto, emocionado o cabreado según el libro que tuviese en las manos; he visitado la feria del libro antiguo de Valladolid, Mariola me ayudaba en mi búsqueda de Vonnegut y se sorprendía al ver cómo me detenía en cada caseta, en cada libro; he asistido a una lectura poética de Isabel Bono y Juan Pardo Vidal y hablado con ellos de literatura; he descubierto que se puede saltar en los abrazos y he vuelto con una bolsa de libros y, sobre todo, una sonrisa.

Entre una lectura y otra, los poemas de Juan Pardo Vidal, Isabel Bono y Fernando Luis Chivite, los artículos de Bolaño de Entre paréntesis, los lunes y los poemas de Anay Sala. Mi lectura actual, París Trout de Pete Dexter.


Nuestros amigos de Frolik 8 - Philip K. Dick (Mundos imposibles, lucha, toma de conciencia)
Cosmos - Witold Gombrowicz (Desbordamiento, voluptuosidad, señales)
Trenes rigurosamente vigilados - Bohumil Hrabal (Picaresca, resistencia, valentía)
El blues de los sueños rotos - Walter Mosley (Desgarro, recuerdos, Robert Johnson)
Nieve - Maxence Fermine (Blancura, un viaje en la nieve, una mujer bajo el hielo)
Amos Mundi - Dusan Velickovic (Un intento de captar los bombardeos sobre Belgrado, miedo, preguntas)
Un campeón desparejo - Adolfo Bioy Casares (Calidez, aventura, un amor imposible)
35 maneras de sentirse solo - Juan Pardo Vidal (Besos en ascensores, amores en su punto, un abrazo)
Autorretrato con radiador - Christian Bobin (Dicha, luz y darse al mundo alrededor)
Hubo una vez una guerra - John Steinbeck (El miedo en combate, el heroísmo inesperado, el agotamiento absoluto)

 






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