Jueves, 14 de junio de 2012

Buscaba Hacia la tormenta de Sanmartín y me encontré con Guía de Mongolia, de Svetislav Basara. Me sedujo el título, pensé que sería un libro de viajes, que me hablaría de una tierra desconocida y nuevas costumbres, de otros tiempos y espacios, de fotografías y el misterio de estar en el otro lado de la frontera. No abrí el libro, lo compré sin leer un párrafo.

Cuando llegué a casa y abrí el libro, el asombro, la extrañeza y una sonrisa inesperada. Estaba ante una voz nueva, una forma de contar laberíntica, unos personajes delirantes, el sueño, la realidad y el delirio que se unen en un mismo punto y nadie sabe si es real o el sueño de otro, unos espejos que distorsionaba las imágenes y las reflejaban a su antojo. Basara rompe con el espacio y el tiempo, con la frontera entre sueño y realidad, todo es inesperado en esta Guía de Mongolia.

El libro se inicia con un suicidio, una carta de despedida, un encuentro con un pope serbio, una borrachera donde los personajes son seres translúcidos y hablan sobre los demonios del mundo y un viaje a Mongolia para redactar una guía del país. El inicio es demoledor, puro humor absurdo y delirante. Sonreí, Basara no escribía un libro de viajes, escribía sobre la realidad, lo que creemos que vemos, lo que está detrás de los reflejos, los apoyos en los que nos acomodamos para seguir con nuestra vida. Basara rompe con todo eso, la realidad es engañosa, nos acostumbramos a mirar de una manera rutinaria para seguir adelante y no alarmarnos ante la verdad, los sueños pueden ser más reales que la vida y la vida una mascarada sin gracia.

El narrador, el propio Basara, pasa de su tierra natal a Mongolia, de una tierra de mierda a otra, según sus palabras. El libro de viajes se rompe en pedazos, Basara no descubre nuevas ciudades ni costumbres, no hay una descripción pintoresca de la tierra ni se centra en los aspectos de la vida cotidiana. Basara habla de pescaderías que esconden prostíbulos, de los gobiernos comunistas, de la realidad falseada, los personajes son un obispo holandés que es un sueño, un cadáver filosófico, un oficial ruso reconvertido en lama, un periodista sin periódico, la actriz Charlotte Rampling. Cada página una sorpresa, la realidad subvertida.

La segunda parte del libro transcurre en una habitación, las ventanas ciegas, Basara que pasea de manera vertical por el techo, que habla de escribir, de la maldad circundante, de una mujer desnuda en una ventana, de duendes en el bosque, piedras con nombres de mujer y Dios. Todo es inesperado, todo es absurdo, tan libre como sueños encadenados.

Guía de Mongolia es una de las sorpresas de este año, el delirio, el sarcasmo, las reflexiones metafísicas de Basara que te hace dudar de la realidad circundante, te sacan una sonrisa y te reafirman en lo absurdo de la realidad.



—A la muerte —comentó—, no hay que temerla. Es terrible solo porque se encuentra, por decirlo de algún modo, al otro lado de la cortina. Hay que tener miedo mientras se vive. En la vida abundan los diablos negros, las brujas, los hechiceros, los espíritus malignos. Y todos se esfuerzan por demostrar que se trata de meras supersticiones. Y reciben gran ayuda de los diseñadores de moda, el programa educativo de la televisión, las industrias de maquillaje y perfumes, los fabricantes de preservativos y accesorios sexuales, los creadores de ropa íntima erótica... De todos aquellos que se ganan la vida empujando a la gente al infierno; una labor por lo demás inútil porque, sea como fuere, todos irán al infierno, aunque estos quizá al círculo más profundo. Desde 1796 nadie ha ido al paraíso. Ni irá. Está cerrado. Quedan unas pocas plazas libres en el infierno. La avaricia y los aparatos de vídeo han destrozado completamente el mundo. La gente no hace otra cosa que mirar la pantalla, de donde, a intervalos imperceptibles e invisibles para los sentidos humanos, llegan mensajes de la maquinaria propagandística del diablo.
En ese momento hizo un paréntesis. Apuró de un trago la copa de ron y echó un vistazo a mi reloj. Todo etéreo él, parecido al espejismo que la canícula hace flotar sobre el pavimento recalentado, era casi translúcido. A través de su cabeza se vislumbraba la puerta abierta de la cocina del bar y a unos muchachos que cocían cabezas de ternera en una olla.
—Estoy de acuerdo con lo de la televisión —le respondí—, es algo más o menos sabido, pero eso del paraíso... Me cuesta creerlo.
—Cuesta creer cualquier cosa. Así va el mundo. Por ejemplo, nadie sabe que Mitterrand es un robot, y que más del noventa por ciento de los políticos, banqueros y funcionarios de la ONU son solo personajes virtuales creados por ordenador, criaturas holográficas, quanta tridimensionales de la nada.
Svetislav Basara
Guía de Mongolia (traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pištelek. Minúscula)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:59  | Libros...
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