Mi?rcoles, 20 de junio de 2012

Escribo algo que no es un libro. Lo he divido en tres partes, es la única estructura que tiene. No hay una historia, personajes o un clímax final. Hablo de mapas y piedras, de una mochila roja, estelas de avión y el espacio-tiempo, hablo de un hueco en la tierra y un gorrión en la mano, de un corazón tallado en madera y un taller de carpintero bajo un hórreo, hablo de los colectivos tucumanos, los reflejos en las ventanas y las calles de Belgrado, hablo de brújulas, estaciones de trenes y librerías. Son fotografías.

Lo inicié en una habitación de hospital, lo continúo en la cocina o en el suelo, apoyado contra una estantería de libros. Salen las palabras y al terminar un fragmento me siento vulnerable, a punto de romperme. Miro por la ventana, se mezclan los paisajes, un jardín japonés con un edificio de ladrillos rojos, y sigo escribiendo.

Escribo qué veo y qué siento, escribo para cruzar espacios (y tiempos), para vaciarme y mantenerme en pie. Es un viaje.


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