S?bado, 23 de junio de 2012

Termino Kapitoil. Cierro el libro, observo la portada roja, la torre de prospección, las letras blancas y pienso en Karim, el protagonista, y su lenguaje pulcro y robotizado, en las calles de Nueva York, en un amor inesperado, en algoritmos y programas informáticos, en cómo la realidad es más compleja y extraña que esos programas.

Hay momentos donde Kapitoil me recuerda a las historias de Frank Capra, un muchacho humilde, una gran empresa, un programa informático que puede ayudar a predecir pandemias además de los movimientos bursátiles del petróleo, la encrucijada del muchacho por hacer lo correcto, por no dejarse comer por una gran empresa. 

Karim llega a Nueva York para trabajar en una multinacional. Es un programador autodidacta, vive de forma modesta en Qatar, perdió a su madre en la infancia, discute con su padre por su diferentes formas de entender la vida, ayuda a su hermana pequeña en sus estudios, entiende las fórmulas matemáticas, crea un programa para predecir las fluctuaciones del mercado del petróleo. Es la primera vez que viaja en avión. Kapitoil también es una historia iniciática, un muchacho que abre los ojos, descubre otro mundo y acaba por aprender cómo vivir en él sin perder su esencia.

Nueva York es un personaje más en esta historia. Los paneles electrónicos de los edificios que dan las noticias, las entradas de metro, las calles y Central Park, los apartamentos solitarios con cuatro sillas vacías. Karim deja atrás su tierra e intenta entender la nueva ciudad, verla no con los ojos del lector de noticias sino con la mirada de quien vive en ella. Karim se desprenderá de algunas ideas preconcebidas y descubrirá que otras son ciertas.

Karim trabaja en un cubículo con tres compañeros, lleva una grabadora que le ayuda a perfeccionar su inglés, habla de una manera extraña, mecánica, tiene un sentido del humor sutil, se siente extraño ante algunas expresiones que anota en la parte trasera de un diccionario, llama por teléfono a su familia desde un apartamento vacío, descubre la música de Leonard Cohen y Bob Dylan, se siente perdido en el amor y el sexo, sube en el escalafón de la empresa gracias a un programa para predecir el comportamiento del mercado a través de las noticias que aparecen en Internet. Karim es un ser extraño, parece que está fuera de la realidad que vive, le resulta más sencillo el mundo que aparece en una pantalla de ordenador.

En Kapitoil Teddy Wayne escribe una historia iniciática y una historia de amor, una crítica a las grandes empresas que ven el mundo como recursos y números y la valentía de quien no se deja doblegar, hay una ciudad de ventanas iluminadas en la noche y un personaje que aprende que la vida es más complicada que cualquier fórmula matemática.



Ahora no podía recuperar la grabadora y tampoco podía dormir, así que me puse a mirar por la ventana de mi cuarto. Miraba la luz de la luna, que se veía solo a medias, y las estrellas, que en Nueva York son invisibles y que tanto echo de menos cuando voy a ver a mis primos en Al Khor. No soy de esas personas que creen que su madre las estará observando desde las estrellas, pero resulta provechoso recordar que a veces nuestros problemas son pequeños y el universo, infinitamente enorme, y que, en última instancia, al universo le da igual lo que pase en la tierra, sobre todo a una sola persona. Aunque, además de resultar provechoso, puede hacer que te sientas solo.
Teddy Wayne
Kapitoil (traducción de Marta Alcaraz. Blackie Books)


Tags: Kapitoil, Teddy Wayne, Marta Alcaraz, Blackie Books

Publicado por elchicoanalogo @ 20:03  | Libros...
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