Jueves, 28 de junio de 2012

Busca Ý (turno de réplica) en la estantería. Señalo un libro de Maalouf y le digo que está al lado. Lo saca de la estantería, mira el ordenador y anula el pedido. Hojeo algunos poemas al azar, La frontera, Exilio, Estrellas fugaces, Volver. En ese instante me doy cuenta de que el poemario de Anay es una especie de mapa, los poemas como puntos que señalan ausencias, fríos, vacíos, regresos, extinciones. Me quedo en silencio, me sorprende la capacidad de Anay para cartografiar sentimientos.

Le pregunto por Miyazawa. Se encoge de hombros, me confiesa que es un librero que no tiene tiempo para leer, los hijos, dice. En algunos libros hay pequeñas notas escritas por otros lectores. Alguien escribió en Diario de invierno de Auster “extraordinario, espectacular”. Encontramos un libro de Miyazawa, El tren nocturno de la Vía láctea. El título es un inicio, me habla de viajes y sueños, del otro lado del espejo y el espacio-tiempo desdoblado.

Entro en la cafetería de la estación. Me acomodo junto a un ventanal, me gusta ese lugar de la cafetería porque miro a mi alrededor y siento que todo es transitorio, el café insípido, las maletas en el suelo, el tren a Madrid. Paso del viaje onírico de Miyazawa a los puntos en el mapa de Anay, leo “escribo para olvidar qué escribo”. Pienso, eso. Escribo una cuenta que inicié de manera regresiva y ahora avanza hacia un final indefinido, hablo de posos de café y aceras, de horizontes de sucesos, mochilas y huecos (me dijo, cuenta hasta treinta, me dijo avísame, le respondí, no sabes qué te puede caer). Escribo y desaparezco.

Hace uno días saqué el pasaporte del cajón donde estaba guardado. Lo he dejado a la vista, junto a la arena rojiza del Monument Valley y las monedas de otros países. A veces lo abro y me encuentro con las fechas desordenadas de mis viajes a Argentina y Serbia. Miro los sellos y los años, me fijo en las cuatro páginas selladas y me detengo en las que están en blanco. Me sorprendo al pensar qué dejaría atrás, no qué me encontraría, sino qué dejaría detrás de mí.

 

(Escrito en una cafetería tras comprar y releer el poemario de Anay Sala Suberviola. Sus poemas sacaron estas palabras)


Tags: Anay Sala Suberviola

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