Jueves, 05 de julio de 2012

1.
Está sola frente al palacio Euskalduna. Llevo una mochila a la espalda con libros de Munro y Vonnegut y sus poemarios (dentro de Pan comido, un mapa con una línea que marca la distancia entre dos puntos y el mundo después de su final). Me ve llegar, levanta los brazos hacia mí y sonríe de forma cálida. Me abraza y salta, se le escapa un grito de alegría. Me pregunta por mi padre, cómo está él y cómo estoy yo tras los días de hospital (sólo consigo hacer un gesto de cansancio), me dice que siempre piensa que no me reconocerá, que llevo zapatos de hombre. Le respondo que ya soy un hombre. Cierra sus dedos índice y pulgar, siento la calidez de su gesto que dice “un poquito”.

Mira el interior del palacio. Se pone la acreditación, me confiesa que siempre cree que no la dejarán pasar. Ana Rosetti recita sus poemas. Observo la sobriedad del escenario, las butacas blancas, unas flechas, las luces tenues. Escuchamos poemas en español, euskera, gallego, tailandés, danés e inglés. Pasa Manuel Rivas a nuestro lado y me dice que alargue la mano y le roce la chaqueta o el brazo. Está emocionada. De Ib me gusta la calidez de su sonrisa, su emoción sincera ante lo que ve. A veces se quita las gafas y las deja en sus piernas, a veces pone la mirada bizca ante algún poema extraño. Nos hace sonreír Rafael Cadenas cuando pide disculpas por la sencillez de sus poemas, dice qué bien escriben los que escriben bien con Atxaga, nos miramos extrañados cuando Rivas deja sobres blancos en el escenario, elige uno al azar y lee el poema que lleva dentro.

Se sorprende cuando abre Pan comido y encuentra un mapa dentro. Es un truco de magia (los mapas son algo más que un papel con nombres y montes cartografiados). Le paso el teléfono y recita el inicio de uno de sus poemas a Es. Hablan por teléfono, ríen, siento que todo está bien por primera vez en las últimas semanas (la muerte de Gora, el hueco en la tierra y, dentro, su cuerpo inmóvil, el viaje a Madrid para cerrar un libro y acabar con una espera, la enfermedad de mi padre).

Me dice que deberíamos volver al autoabastecimiento en estos momentos de crisis, me dice que todas las baldosas de las ciudades son iguales, me dice que debería escribir un libro (le respondo que ya lo hice), me dice todo eso mientras me agarra del brazo y andamos por una ciudad que conozco.

Se emociona al ver el auditorio del palacio, las palabras proyectadas en la pared, la austeridad del escenario, el gesto tímido de Kirmen Uribe y los aplausos de Wim Mertens. Miramos a la pantalla del techo, leemos los poemas traducidos de Uribe, escuchamos el piano de Mertens, a veces cierra los ojos. Pienso en Kurosawa, decía que nunca miraba fijamente al centro de la escena que rodaba, así captaba mejor los detalles que ocurrían a su alrededor.

Nos despedimos con un abrazo, es una despedida corta.


2.
Ib me pasa los poemas del desierto que va a leer en el festival de poesía. Estamos sentados en un un banco del parque. Leo sus poemas, pequeñas fotografías que remueven algo dentro de mí. Cuando sube al escenario, Ib sopla sobre el atril (el agua de lluvia cae por uno de sus lados), da las gracias a los que quedamos, al árbol que la resguardó de la lluvia durante el recital (lo señala), y lee sus poemas. Pienso, los mismos poemas, dos voces distintas. Su voz me noquea.

Miro las hojas que tapan el cielo y escucho las voces de Iribarren, Itziar Mínguez, Isabel Pérez Montoya. Sé que a Nal le hubiese gustado escuchar poemas bajo la lluvia. Nal me enviaba fotografías de árboles invernales, ramas desnudas que parecían estelas. Cada imagen, una pequeña historia.

Tomo café con Ib y Kepa Murua, hablamos de zen, de no morirse nunca, los gestos de bailarín o boxeador de Murua, la congoja en la mirada de Ib. Kepa Murua me da la mano y se despide de mí, muchacho, ten suerte. Ib me dice que me avisará de cualquier lectura que tenga, nos abrazamos por última vez y me doy la vuelta. Todo está bien.

 

 


Tags: Isabel Bono

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