Viernes, 06 de julio de 2012

¿Es esto real?” se pregunta Jason Taverner, protagonista de Fluyan mis lágrimas, dijo el policía. Taverner pasa de ser una estrella de la televisión con una audiencia de treinta millones de personas a despertarse en un hotel sucio y ajado, sin documentos de identidad ni nadie que recuerde su programa o su nombre. Durante dos días intentará encontrar la respuesta a su “no existencia”. En esos dos días nada de lo que vea o sienta será fiable, Taverner se cruzará con falsificadores, policías, antiguas amantes, ceramistas, piezas de un rompecabezas donde el tiempo y el espacio se altera y nada es seguro.

Me asombra la capacidad de Dick para crear mundos en permanente duda, nada es lo que parece, lo que vemos puede ser la realidad alterada por las drogas, un sueño, una dimensión paralela o imágenes inventadas por un psicótico. Es esa fragilidad lo que me atrae de sus historias. Dick voltea y juego con el concepto de qué es real, te hace dudar de cada personaje e imagen, no acabas de definir qué existe y qué es invención, hasta que llegas a una página donde decides dejarte llevar y sientes que nada de lo que lees, nada de lo que te rodea, es real, como en aquellas clases de filosofía donde discutíamos si los sentidos nos engañaban.

En las novelas de Dick hay un personaje que huye e intenta definir la realidad, hay mujeres extrañas, caóticas, cercanas, las historias de amor van a impulsos, son febriles, retorcidas, inesperadas, los estados son autoritarios y la humanidad se divide en seres vulgares o alterados genéticamente, las drogas difuminan la percepción de la realidad, se busca a dios, una respuesta última, la verdad. Cierras un libro de Dick y sientes que estás caminando por el aire y que todo es posible.

Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, tiene trazas de novela negra, hay un personaje principal que busca desentrañar un misterio, una galería de personajes secundarios que lo arrastran por un laberinto y lo confunden y noquean después de despertar y descubrir que su vida ha desaparecido, un policía que lo acosa y mujeres fatales que lo llevan al precipicio. Parece una novela de Chandler o Cain pero en un mundo donde la realidad es inasible.

Taverner se cuestionará su propia identidad en su búsqueda de una explicación a su “no existencia”, no tiene documentos, nadie le recuerda y sólo le ata a su vida anterior su traje de seda. En ese camino por llegar a una respuesta encontrará a un puñado de mujeres extrañas, una falsificadora, una antigua amante y actriz con la que conversará sobre el amor (Dick, a su manera, es un romántico), una mujer drogodependiente que toma sustancias capaces de alterar el espacio/tiempo y abrir un universo con infinitud de posibilidades, una ceramista que vive apartada de la sociedad y disfruta de las pequeñas cosas que crea con sus manos. Dick escribe a trazos, a impulsos, está lejos de un estilo perfecto y cristalino, es una lucha.

Me gusta este Dick, se ha convertido en uno de mis favoritos junto a Ubik y El hombre en el castillo.



—Hay distintos tipos de amor —explicó Jason.
—Como el conejo de Emily Fusselman —Ruth alzó la vista para mirarle—. Era una mujer a la que conocía, casada y con tres hijos; tenía dos gatitos, y luego se compró uno de esos grandes conejos belgas de color gris que van dando saltitos, saltitos, saltos sobre sus enormes patas traseras. Durante el primer mes, el conejo tenía miedo de salir de su jaula. Por su aspecto creíamos que era un macho. Luego, al cabo de un mes, empezó a salir de su jaula y a saltar por la sala de estar. Al cabo de dos meses había aprendido a subir la escalera y arañar la puerta del dormitorio de Emily para despertarla por la mañana. Luego comenzó a jugar con los gatos, y allí empezaron los problemas, porque no era tan inteligente como un gato.
—Los conejos tienen el cerebro más pequeño —dijo Jason.
—No sé —prosiguió Ruth Rae—. De cualquier forma, adoraba a los gatos, y trataba de hacer todo lo que ellos. O Incluso aprendió a usar el cajón de aserrín de los gatos en la mayor parte de las ocasiones. Utilizando mechones de pelo que se arrancaba del pecho, hizo un nido tras su colchoneta, y quiso que los gatitos se metieran en él. Pero ellos nunca querían. El fin de todo llegó casi cuando trató de jugar a que lo atraparan con un pastor alemán que trajo una señora. Mira, el conejo aprendió a jugar a esto con los gatos y con Emily Fusselman y los niños: se ocultaba tras su colchoneta, y entonces salía corriendo, corriendo muy aprisa en círculos, y todo el mundo trataba de atraparlo; pero habitualmente no podían, y él regresaba a su santuario tras la colchoneta, donde se suponía que nadie tenía que seguirlo. Pero el perro no sabía las reglas del juego, y cuando el conejo corrió tras la colchoneta, el perro fue tras él y le clavó las mandíbulas en la parte trasera. Emily consiguió abrirle la boca al perro y lo sacó de la casa, pero el conejo estaba malherido. Se recobró, pero tras esto sentía pánico por los perros, y escapaba a la carrera si veía a uno aunque fuese por la ventana. Y la parte en que le había mordido el perro... esa parte la mantenía siempre oculta tras las cortinas, porque allí no tenía pelo, y le daba vergüenza. Pero lo que era más enternecedor de él era que siempre estaba luchando contra los límites de su... ¿cómo podría decirlo... fisiología? de sus limitaciones como conejo, tratando de convertirse en una forma de vida más evolucionada, como los gatos. Deseando constantemente estar con ellos y jugar en un plan de igualdad. En realidad eso es todo. Los gatos no querían meterse en el nido que les construyó, y el perro no conocía las reglas y lo cazó. Vivió varios años. ¿Pero quién podría haber pensado que un conejo pudiera desarrollar una personalidad tan compleja? Y cuando uno estaba sentado en un sillón y deseaba usarlo él para acostarse, lo empujaba con el hocico y, si uno no se movía, le mordía. Pero observa las aspiraciones de ese conejo y también su fracaso. Toda su pequeña vida intentándolo. Y durante todo ese tiempo no tenía ninguna posibilidad. Pero el conejo no lo sabía. O quizá lo sabía, pero seguía intentándolo. Aunque yo creo que no lo comprendía. Simplemente, lo deseaba con todas sus fuerzas.
Philip K. Dick
Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (traducción de Domingo Santos. Minotauro)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:14  | Libros...
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