S?bado, 14 de julio de 2012

Cierro La enfermedad de Sachs. Dentro de mí siento las voces de los pacientes, médicos, vecinos enfermeras y telefonistas que me hablan de Bruno Sachs, un médico que escribe, escucha, diagnostica, pasa consulta en un pequeño pueblo y, también se encarga de la interrupción voluntaria del embarazo en un hospital, un médico a veces cercano y tierno, a veces nervioso y enrabietado. Cuando un libro me emociona siento que llevo sus historias y personajes a la siguiente lectura, se convierte en un recuerdo vívido, permanente, una parte de mí.

Hace años escribí una crítica de Las confesiones del doctor Sachs en una revista cultural argentina. La película de Michel Deville era una historia sutil, pausada, una mirada al mundo de los médicos y los enfermos, de las comunidades rurales y la fragilidad del ser humano, también una historia de amor diferente. He tardado varios años en hacerme con el libro, el miedo a que la imagen de aquella película se resquebrajara. El miedo a la decepción es extraño. Termino el libro de Winckler y sonrío (una sonrisa bumerán, como en Montedidio, puede ser alegre y triste al mismo tiempo).

Winckler toma la decisión de hablar de un personaje dándole voz a aquellos que le rodean. Los narradores de La enfermedad de Sachs son los pacientes y vecinos del médico, cada capítulo empieza con una descripción de lo que ve y lo que siente el narrador de ese capítulo, de los movimientos de Sachs y su forma de hablar. Así, Sachs no es un ser plano y de una pieza sino el reflejo de una docena de miradas que ven aspectos distintos en el médico (pureza, desidia, preocupación, amor, perplejidad, rabia contenida). Winckler arma un rompecabezas en La enfermedad de Sachs, nos acerca tantos las emociones del médico como de los pacientes, nos muestra la fragilidad en la que nos movemos, el riesgo que es la vida, los miedos y las frustraciones, los dramas y las pequeñas victorias.

Paso de una voz a otra, de una mujer que decide interrumpir su embarazo a un hombre con una enfermedad crónica, de la secretaria de Sachs a la farmacéutica de cincuenta y dos años que ha perdido una oportunidad tras otra, de un anciano que afronta la muerte de cara a pacientes que lloran porque sienten que no pueden más. Las voces se cruzan durante un año, seguimos su evolución, sus cambios, sus nuevas vidas. Y entre esas voces, el médico Sachs que carga con todas esas enfermedades, un tipo solitario, hosco, metódico, sin pareja, sin niños, con su propia carga que llevar. A veces sentía esa ira contenida de Sachs, a veces me preguntaba cómo sigue adelante.

En algunas páginas Winckler da la voz a Sachs y nos deja leer las notas que escribe. "Elegir ser médico, no es elegir entre dos especialidades o dos formas de ejercicio, sino primero entre dos actitudes, entre dos posiciones. La de doctor, la de curador. Los médicos son más a menudo doctores que curadores. Es más cómodo, es más gratificante, queda mejor en las fiestas y en las cenas, queda mejor en el cuadro. El doctor "sabe" y su saber prevalece sobre todo lo demás. El curador busca ante todo aliviar el sufrimiento. El doctor espera de los pacientes y de sus síntomas que tengan conformidad con los cuadros de análisis que le han inculcado en la facultad; el curador hace lo que puede (cuestionándose sus escasas certezas) para comprender aunque sólo sea un poco lo que le pasa a la gente. El doctor receta. El curador venda. El doctor cultiva el verbo y el poder. El curador las pasa canutas. En cuanto al enfermo, ya dé con uno o con otro, se va a morir igual. ¿Pero en qué salsa?".

La enfermedad de Sachs habla de furia, miedos, caos, habla de redención, mierda, una mirada sonriente, habla del dolor de la muerte, la soledad y el amor, habla de la fragilidad de la vida, qué es ser médico y de los riesgos a tomar. 



Hoy en día, se incita a los médicos a meterlo todo en un ordenador, con fines epidemiológicos, estadísticos, contables. Pero nadie parece querer grabar en su memoria el nombre ni la cara de la gente, recordar el primer encuentro, las primeras emociones, las sorpresas, los detalles cómicos, las historias trágicas, las incomprensiones, los silencios. He visto pasar a miles de personas, pero en este preciso instante, no podría evocar espontáneamente a más de una docena, veinte si me concentro, puede que cincuenta con un poco de esfuerzo, pero poco más...
Entonces, creo que escribir, para un médico como para cualquier otra persona, es tomar la medida de aquello que uno no recuerda, de lo que uno no retiene. Escribir, es intentar tapar huecos de lo real evanescente con trozos de cuerda, hacer nudos en velas transparentes sabiendo que se romperán por otro lado. Escribir, se hace contra la memoria y no con ella.
Escribir, es medir la pérdida.
Martin Winckler
La enfermedad de Sachs (Naomi Ruiz de la Prada. Akal literatura)


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Publicado por elchicoanalogo @ 21:08  | Libros...
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