Martes, 17 de julio de 2012

Señalo Buenos Aires en el mapa, dibujo una línea imaginaria hasta San Miguel de Tucumán y recuerdo las bolsas de plástico y los perros abandonados, las casas de dos plantas y las cuadras geométricas, las raíces de los naranjos que agrietaban las aceras, los lapachos con flores violetas y un beso a oscuras (me dijo, cierra los ojos, me dijo, no hagas trampas, no dijo nada más y me besó ).

Entra una niña china de diez años en el autobús. Está sola. Mete su abono en la máquina y se queda quieta. No sabe qué hacer. Observa la máquina, la mirada alta como ante un tótem. Siento que está en blanco. Le preguntamos dónde va. No responde, no aparta la mirada de la máquina, tiembla un poco, está bloqueada, el conductor se acerca y le susurra “me llamo Juan Carlos”. Entonces, la niña reacciona, pulsa un número al azar, recoge su abono y corre por el pasillo. Tiene diez años, está sola en una tierra extraña. Entendía su bloqueo.

Los colectivos de Tucumán me recordaban a los autobuses de mi infancia, el piso y las sillas de madera, el conductor sin cabina, las puertas que se abrían con una palanca. Había conductores que ponían estampas de santos en la luna del colectivo. Me sentaba en los últimos asientos, miraba la ciudad e intentaba aprenderla, no perderme por las cuadras que en los primeros días sentía idénticas. Cuando reconocía un edificio, tocaba el timbre y bajaba por las escaleras del colectivo.

A veces me perdía y preguntaba por una calle. Me indicaban cómo llegar, me preguntaban por mi acento (no ubicaban Bilbao en el mapa, y yo sonreía), me contaban la historia de sus abuelos. Siempre usaban las mismas expresiones, pobreza, un viaje en barco, la madre patria y me tira la sangre. Imaginaba sus historias en blanco y negro.

Guardo un billete de la línea 4 tucumana en mi cartera. Compraba una ficha en un kiosco, subía al colectivo, daba la ficha al conductor y me devolvía un billete de un rollo de papel. Tiene una cita de Goethe en el reverso, “hay que aprender a hacer las cosas más pequeñas de la manera más grande”. Aprendí las calles de Tucumán. Andaba una docena de cuadras hasta llegar al centro, de la avenida Mate de luna a la plaza de la Independencia. Callejeaba, escuchaba otro acento, miraba las fachadas de los edificios, el hospital de maternidad, la tienda de música Barbieri, el restaurante Carlos V, el hotel Bristol, decía buen día y chau, decía lindo, remera, mina y chango, decía computadora, boludo y vos. A veces llevaba una mochila al hombro con un pequeño mapa y libros (Lord Jim, El gran Meaulnes). Dejé de subir a los colectivos.

Lo primero que vi de Tucumán fueron perros en la cuneta y bolsas de plástico. Salí del aeropuerto, la carretera recta, los pueblitos pobres, el humo de los campos de caña de azúcar que parecía calima, me pareció una tierra dura. No sabía nada de esa tierra, no había callejeado por la ciudad ni me había detenido a mirar a mi alrededor. La primera mirada es injusta, no capta la realidad y te intimida. Con los días la ciudad formó parte de mí.



Veo el reflejo de la niña en el cristal.

 


Tags: espacios en blanco, road, nick drake

Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios