Mi?rcoles, 25 de julio de 2012

No somos más que seres fragmentarios de una contextura tan informe y diversa, que cada pieza de las que nos forman, y cada momento de nuestra vida, hacen un juego distinto, y se encuentra diferencia grande entre nosotros y nosotros mismos como la que existe entre nosotros y los demás hombres (Montaigne) 

 

A media tarde entro en el restaurante Mirasoles. Un poco de soledad para mirar alrededor, volver a los recuerdos cercanos y sorprenderme por las escenas cazadas al azar. La vista a través de la ventana: el cruce de la calle Pellegrini con la avenida Mate de Luna, la esquina del parque, una pileta blanca convertida un santuario dedicado a los nonatos, un colegio infantil, el descampado donde sobreviven medio docena de mendigos con sus perros callejeros. Al fondo, los cerros de San Javier. 

El sol desciende entre las ramas de los lapachos. Los corredores dan vueltas acompañados por algunos perros callejeros con marcas de peleas y cicatrices. Un niño deja en silencio una estampita en cada mesa del restaurante. Cuando deja la última, desanda el camino y recoge la estampita o la plata que ocupa su lugar. Apenas levanta la voz para decir gracias. Ahora, en mi cartera llevo una plegaria a La virgen del Rosario de San Nicolás.

Me atiende un camarero apellidado Aguirre, un hombre jovial y sonriente. Le pregunto si tiene parientes vascos, me responde nada que ver, ¡soy criollo! Hace unos días me crucé con un taxista de sangre española, irlandesa y criolla, estaba casado con una mujer de ascendencia vasca, me habló de sus raíces, me preguntó por el equipo de fútbol de mi ciudad, la belleza de las mujeres españolas y el precio de los pasajes. 

Intento comprender la realidad argentina. Veo los noticieros, estoy atento a las charlas en las cafeterías, a las palabras de Gabriela y su familia. Me resulta difícil seguir esta realidad tan compleja. Paseo por Tucumán y veo las paredes y farolas con publicidad electoral. Se agolpan docenas de rostros y siglas desconocidos. A veces Gabriela me habla del desastre de 2001, los dueños de negocios que se encerraron con armas en sus tiendas para salvar lo poco que les quedaba, la inseguridad en las calles, las rejas y muros que empezaron a cercar las casas. Se padre me recuerda que “los cagaron” unos políticos corruptos y un primer mundo corruptor, que Argentina pasó de ser un país lleno de incertidumbre. Al fin encuentro una palabra donde asirme: incertidumbre.

Entre sorbos de café pienso en los santuarios que se construyen en las calles para cumplir una promesa, las fogatas y charlas de los mendigos del descampado en mitad de la noche invernal, los vendedores ambulantes que empujan sus bicicletas con fruta o pasteles, las historias de vagabundas que roban gatos negros para cocinarlos, la nieve que me acogió nada más llegar a Buenos Aires, las banderas en las ventanillas de los coches para celebrar la independencia de España.

El tiempo en la esquina del Mirasoles pierde su rigidez, se convierte en elástico, se contrae o dilata según mi estado de ánimo y las imágenes e historias capturadas.


Tags: espacios en blanco, Tucumán

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