Martes, 31 de julio de 2012

Leí Medidas cautelares en una noche de viernes. Tenía el poemario en mis manos (la letra de Anay en la primera página, al lado una tortuga y una piedra de Estambul), por le ventana veía las farolas encendidas y el parque de juegos solitario. Los poemas de Anay calaron de a poco, llegué a la última página y me quedé en silencio. Estaba noqueado. A veces encuentro una lectura que siento tan cercana que influye en las siguientes lecturas (El lobo estepario, El palacio de la Luna, Carver, El rumor de la montaña, Pan comido, Las uvas de la ira). Después de Medidas cautelares tardé una semana en encontrar un libro que me llamase la atención, una pequeña crisis lectora que pasó con HHhH, el libro donde Binet reconstruye el atentado sufrido por Heydrich, el carnicero de Praga y homenajea a los soldados Gabcik y Kubis que arriesgaron su vida para acabar con uno de los hombres fuertes del nazismo. 

Este mes volví a Dick en Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, e Isabel Bono con Ciego Montero, ¿dónde te metes?, ambas historias me hacen pensar en la delgada frontera entre realidad y sueño. Bono y Dick me hicieron sonreír, nada es lo que parece, las relaciones amorosas son extrañas, inesperadas, la duda de los propios sentimientos y realidad.

En julio descubrí nuevas voces. En Utz, Chatwin retrata a un extraño barón que colecciona porcelana, sobrevive en un pequeño piso al nazismo y comunismo y viaja una vez al año a Francia con la ilusión de escapar, al inicio, y de regresar al hogar en los siguientes viajes. Levé se suicidó tres días después de entregar el manuscrito de Suicidio a su editor. Suicidio es una colección de fotografías y reflexiones sobre la muerte, no hay una tristeza extrema, sólo alguien que escribe una última conversación. La voz de Miyazawa es tierna, delicada, fantasiosa, imagina trenes que viajan por la Vía Láctea o niños que esconden a un genio del viento dentro de sí. La enfermedad de Sachs fue otra de las sorpresas de este mes, un médico rural retratado por las miradas de sus pacientes y vecinos, una historia certera, sin aspavientos, cercana y con una hermosa historia de amor.

La conferencia Caminar de Thoreau me habló de la domesticación del ser humano, de la necesidad de regresar a la Naturaleza y a lo salvaje, de deambular y entregarse a aquello que vemos. Aunque casi todos los hombres se sienten atraídos por la sociedad, a pocos les ocurre lo propio con la Naturaleza. Dada su reacción frente a ella, la mayoría de los hombres me parecen, a pesar de sus artes, inferiores a los animales. Por lo general, no hay una relación hermosa, como en el caso de estos. ¡Qué poco aprecio por la belleza del paisaje se da entre nosotros! Tienen que decirnos que los griegos llamaban al mundo [Cosmos], Belleza u Orden, y aún no vemos con claridad por que lo hacían; como mucho, lo consideramos un curioso dato filosófico. (Traducción de Federico Romero. Ediciones Árdora)

Lecturas entre las lecturas: un par de cuentos de Joyce, los poemas de Algo de invierno de Isabel Bono, algunos artículos de Richard Ford. Hoy empezaré La fortaleza de la soledad, de Jonatham Lethem.


Utz - Bruce Chatwin (cerámicas, coleccionismo, supervivencia)
Suicidio - Édouard Levé (una última conversación, muerte, ausencia)
Fluyen mis lágrimas, dijo el policia - Philip K. Dick (dimensiones cruzadas, búsqueda, socarronería)
La enfermedad de Sachs - Martin Winckler (dudas, dolor, alguien que escucha)
Caminar - Henry David Thoreau (volver a la naturaleza, la llamada de lo salvaje, deambular)
Ciego Montero, ¿dónde te metes? - Isabel Bono (sueños, amores extraños, niebla)
El tren nocturno de la Vía Láctea - Kenji Miyazawa (ternura, un viaje entre estrellas, un genio del viento)
Medidas cautelares - Anay Sala Suberviola (frío, faros, seguir en la partida)
HHhH - Laurent Binet (genocidio, la valentía de quienes resistieron, una bomba en una curva)

 

 


Tags: Bruce Chatwin, Henry David Thoreau, Isabel Bono, Laurent Binet, Philip K. Dick, Martin Winckler, Kenji Miyazawa

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Lunes, 30 de julio de 2012

Hace unos días explicaba a una amiga por qué era una tortuga, le confesaba que, cuando decía “estoy tranquilo”, quería decir “a pesar de todo intento sonreír”. En ese “a pesar de todo” estaban las dudas y los huecos a mi alrededor, las heridas y los momentos donde soy una montaña rusa. Con los años he aprendido a sonreír (y lo he hecho a través del dolor). Le había hablado de este proceso en una cafetería con libros de segunda mano en las estanterías (la descubrimos al encontrar el fin del mundo cerrado) y se lo repetí en una larga carta escrita a mano: a pesar de todo, sonrío.

Es. me trae un lunes de 2006. Hacemos trampas en estas semanas de ausencia de Anay, ella busca en sus archivos y elige un lunes. Es un trabajo arqueológico. Es. me envía un lunes que habla de la sonrisa como actitud. En aquel año no existía este blog sino otro (Antártida), no había bailado salsa en Serbia ni había descubierto los saltos en los abrazos, yo era parte de la estela de un avión, bailaba bajo la lluvia para demostrar que no tenía miedo a morir, hacía pequeñas locuras por amor. Ahora veo las estelas de los aviones desde la ventanilla de un tren, colecciono mapas, piedras y cruces de caminos, hago listas y cuentas regresivas, sonrío al escribir (sobre el pasado, brújulas, árboles y pasaportes) y al acariciar una pequeña tortuga.


Los lunes de Anay. Sonreír como actitud...

"Durar también es vivir, y en algunas sonrisas se puede descubrir el tiempo como en el tronco de los árboles. ¿Cuánto tiempo, cuánto fracaso, cuánto dolor vivido habían hecho posible su sonrisa? Porque se tarda mucho en aprender a sonreír. Sobre los ojos, sobre la boca, sobre las sienes pálidas se le quedaba la alegría, igual que si corriese un agua soleada bajo ella. Los años gastan la hermosura, pero no pueden desgastar la gracia, que se hace cada día más inasible, más suave. Yo la miraba y la miraba. Entre el labio inferior y la barbilla, después de ida la risa, aún le quedaba como un eco, un estremecimiento imperceptible, que después se detenía en sus hombros, en los débiles hombros que aleaban con un temblor de pájaro. Yo la he mirado mucho. Yo la miraba comprendiendo que la sonrisa es siempre más profunda que la alegría."
             LAS HOJAS VUELVEN - Luis Rosales -



Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.

Era alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
(Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía.)

Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.

Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que ha sido en la tristeza
a las divinidades de la vida.
            JOSÉ HIERRO


Tags: Anay Sala Suberviola, Luis Rosales, José Hierro

Publicado por elchicoanalogo @ 16:51  | Los lunes de Anay
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Domingo, 29 de julio de 2012

el gris del cielo
me ha recordado tus ojos

durante un segundo
he creído ver un rayo
y he pensando en ti
no en tus ojos

en ti
abriéndote paso
a través de la tormenta
Isabel Bono
El gris del cielo (en Algo de invierno. Luces de Gálibo)


Tags: El gris del cielo, Algo de invierno, Isabel Bono, Luces de Gálibo

Publicado por elchicoanalogo @ 11:04  | Isabel Bono
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S?bado, 28 de julio de 2012

Me dice que escriba algo para la presentación de Medidas cautelares. Le respondo que uniré momentos, no le digo que me atasco cuando alguien me pide escribir. Como dice Ib, escribo al dictado. Estos momentos unidos fue mi manera de estar en la presentación del poemario de Anay.

Busco Ý (turno de réplica) en las estanterías. Hojeo algunos poemas al azar, La frontera, Exilio, Estrellas fugaces, Volver. Entonces, me doy cuenta de que el poemario de Anay Sala es un mapa, los poemas cartografían ausencias, fríos, vacíos, regresos, extinciones. Me quedo en silencio, el libro en mi mano, sorprendido por la voz de Anay que me habla de forma queda, certera y desnuda de las emociones que nos desorientan y nos noquean. Anay no necesita aspavientos ni experimentos formales, su voz me llega de forma cristalina, sus poemas son fotografías que se centran en la médula de las cosas, como decía Raymond Carver. Cierro Ý (turno de réplica), me quedo en silencio, siento que algo ha cambiado.

Hace unas semanas Anay me envió un archivo con Medidas cautelares. Me fui a la cocina con el portátil, miré los huecos alrededor y durante dos horas desaparecí en sus poemas (sólo los escritores que me emocionan me hacen desaparecer y amplían mi mirada). Pasaba las páginas del archivo y volví a sentirme descolocado por unos poemas concisos que reflexionan sobre el amor, la pérdida, las despedidas, el frío, el silencio, el equilibrio siempre precario ante las emociones que nos habitan. Apagué el ordenador. Estaba desbordado, se cruzaba la sorpresa con el silencio, mis recuerdos con las palabras de Anay. Sus poemas calaron de a poco en mí, se quedaron dentro.

Anay Sala ha sido uno de los descubrimientos de este año, sus poemarios me acuchillan y me emocionan, me dejan en silencio y me mencionan, me hablan de deseo y desgarro, del vértigo del vacío y recuerdos sin tiempo, del amor huidizo y del amor que nos deja sin aire, de cicatrices y el dolor de la lucidez, de silencios, faros, vacíos, lluvia y desafíos inesperados. Anay es escritora, yo, lector, nos encontramos a mitad de camino. La voz y los poemas de Anay ya forman parte de mí.



Sobre las vías

De vuelta a la ciudad,
sobre las vías
los trenes de todas las edades.

La misma antesala de frontera,
el tiempo que dobla sus verdades.

De vuelta a la ciudad.
Sobre las vías,
los trenes.

Las mismas veleidades.

Un hombre que reclama
en la estación:
Los viejos no eran tan felices.
Anay Sala Suberviola
Sobre las vías (en Medidas cautelares. Rúbrica editorial)


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Publicado por elchicoanalogo @ 9:33  | Poes?a
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Jueves, 26 de julio de 2012

La llanura infinita y el cielo su reflejo. 
Deseo de ser piel roja. 
A las ciudades sin aire llega a veces sin ruido 
el relincho de un onagro o el trotar de un bisonte. 
Deseo de ser piel roja. 
Sitting Bull ha muerto: no hay tambores
que anuncien su llegada a las Grandes Praderas.
Deseo de ser piel roja.
El caballo de hierro cruza ahora sin miedo
desiertos abrasados de silencio.
Deseo de ser piel roja.
Sitting Bull ha muerto y no hay tambores
para hacerlo volver desde el reino de las sombras.
Deseo de ser piel roja.
Cruzó un último jinete la infinita
llanura, dejó tras de sí vana
polvareda, que luego se deshizo en el viento.
Deseo de ser piel roja.
En la Reservación no anida
serpiente cascabel, sino abandono.
DESEO DE SER PIEL ROJA.
(Sitting Bull ha muerto, los tambores
lo gritan sin esperar respuesta. )
Leopoldo María Panero
Deseo de ser piel roja  


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:02  | Poes?a
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Mi?rcoles, 25 de julio de 2012

No somos más que seres fragmentarios de una contextura tan informe y diversa, que cada pieza de las que nos forman, y cada momento de nuestra vida, hacen un juego distinto, y se encuentra diferencia grande entre nosotros y nosotros mismos como la que existe entre nosotros y los demás hombres (Montaigne) 

 

A media tarde entro en el restaurante Mirasoles. Un poco de soledad para mirar alrededor, volver a los recuerdos cercanos y sorprenderme por las escenas cazadas al azar. La vista a través de la ventana: el cruce de la calle Pellegrini con la avenida Mate de Luna, la esquina del parque, una pileta blanca convertida un santuario dedicado a los nonatos, un colegio infantil, el descampado donde sobreviven medio docena de mendigos con sus perros callejeros. Al fondo, los cerros de San Javier. 

El sol desciende entre las ramas de los lapachos. Los corredores dan vueltas acompañados por algunos perros callejeros con marcas de peleas y cicatrices. Un niño deja en silencio una estampita en cada mesa del restaurante. Cuando deja la última, desanda el camino y recoge la estampita o la plata que ocupa su lugar. Apenas levanta la voz para decir gracias. Ahora, en mi cartera llevo una plegaria a La virgen del Rosario de San Nicolás.

Me atiende un camarero apellidado Aguirre, un hombre jovial y sonriente. Le pregunto si tiene parientes vascos, me responde nada que ver, ¡soy criollo! Hace unos días me crucé con un taxista de sangre española, irlandesa y criolla, estaba casado con una mujer de ascendencia vasca, me habló de sus raíces, me preguntó por el equipo de fútbol de mi ciudad, la belleza de las mujeres españolas y el precio de los pasajes. 

Intento comprender la realidad argentina. Veo los noticieros, estoy atento a las charlas en las cafeterías, a las palabras de Gabriela y su familia. Me resulta difícil seguir esta realidad tan compleja. Paseo por Tucumán y veo las paredes y farolas con publicidad electoral. Se agolpan docenas de rostros y siglas desconocidos. A veces Gabriela me habla del desastre de 2001, los dueños de negocios que se encerraron con armas en sus tiendas para salvar lo poco que les quedaba, la inseguridad en las calles, las rejas y muros que empezaron a cercar las casas. Se padre me recuerda que “los cagaron” unos políticos corruptos y un primer mundo corruptor, que Argentina pasó de ser un país lleno de incertidumbre. Al fin encuentro una palabra donde asirme: incertidumbre.

Entre sorbos de café pienso en los santuarios que se construyen en las calles para cumplir una promesa, las fogatas y charlas de los mendigos del descampado en mitad de la noche invernal, los vendedores ambulantes que empujan sus bicicletas con fruta o pasteles, las historias de vagabundas que roban gatos negros para cocinarlos, la nieve que me acogió nada más llegar a Buenos Aires, las banderas en las ventanillas de los coches para celebrar la independencia de España.

El tiempo en la esquina del Mirasoles pierde su rigidez, se convierte en elástico, se contrae o dilata según mi estado de ánimo y las imágenes e historias capturadas.


Tags: espacios en blanco, Tucumán

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Martes, 24 de julio de 2012

Encuentro un cuaderno Rivadavia de color crema con unas notas escritas en Tucumán. En cada uno de mis viajes compro un cuaderno (a veces escribo pequeñas notas, a veces los dejo en blanco). Pierdo esos cuadernos entre los libros y cuando los encuentro tiempo después releo las palabras escritas. Me siento en el otro lado del espejo. 
 

(… y agosto era invierno)
 

Me siento en el parque de la avenida Mate de Luna a leer y ver el mundo alrededor. En el suelo, las flores violetas de los lapachos, los árboles de formas enrevesadas y ramas parecidas a alvéolos pulmonares. A veces Gabriela toma una de esas flores del suelo, hace un extraño arabesco con sus hojas y la explota con sus manos, un acto que me recuerda a mis días de infancia en Galicia cuando mi padre arrancaba una rama de un árbol y la hacía sonar como si se tratara de una armónica.

Hay un parque de juegos con un tren gusano, castillos hinchables y columpios. Los domingos, cerca de la medianoche, aún se puede sentir a docenas de niños que gritan alborozados y piden una vuelta más en el tren o juegan improvisados partidos de fútbol. Alrededor de los columpios, puestos de patatas, palomitas de maíz y artesanía. Las madres se sientan en los bancos mientras toman mate y vigilan a sus hijos. Hace poco besé a Gabriela en el parque y los niños exclamaron “¡se besan en público!” Gabriela y yo nos reímos y yo, travieso, la volví a besar delante de los niños.

Paso de las páginas de Lord Jim a un padre que lleva a sus hijos en bicicleta. A veces, uno de esos niños se baja de la bicicleta y recoge los tapones de las botellas de coca cola del suelo. Algunos estudiantes de bata blanca se sientan en los bancos y se besan. Un par de hombres envejecidos desmontan una cama improvisada con bolsas de plástico. Veo a unos niños que comen los restos de los desayunos del bar Mirasoles, de noche venden flores y quinielas entre las mesas de los restaurantes o piden una moneda. Y yo no sé a quién darle la moneda, por qué a un crío sí y a otro no. Los que no reciben una moneda me dicen que los que se han ido con cincuenta centavos se gastan el dinero en “los vídeos”.

***

Hay doce cuadras hasta el centro de Tucumán. Subo a la línea 4 de la empresa El corcel. En el reverso de los billetes de los colectivos se pueden leer frases como “verdaderamente rico es aquel que teniendo poco le sobra mucho” (Rharo) o “cuando no se puede corregir algo, lo mejor es saberlo sufrir” (Séneca). Me siento y observo el pequeño santuario que suelen poner los conductores en el cristal, estampas de santos y vírgenes o muñecos saltimbanquis. Suena cumbia. En algunas esquinas las calles se elevan más de un metro sobre el asfalto para guardar las casas de las acometidas de las riadas.

Entro en un par de librerías. Busco libros de Gelman, De Molinari, Pizarnik y Sabines. Me demoro en la búsqueda para perderme en otros libros, los detectives de Hammett, los cuentos de Borges, la trilogía de Levi. Encuentro un libro de Abelardo Castillo, salgo de la librería y busco una cafetería para leerlo. Cuando paseo solo extraño la mano de Gabriela que me guía por el centro.

***

Entro en un restaurante chino de tenedor libre que se encuentra en un antiguo teatro. La primera vez que entré vi la palabra Esplendor en un escenario vacío. Cerca del restaurante, han transformado un cine antiguo en una iglesia. Se acerca una mujer que vende mecheros, tiene unos 50 años, pelo encanecido, mirada tranquila y media sonrisa. Lleva un par de bolsas de plástico en una mano y un monedero en la otra. Saco unas monedas, me da tres mecheros y, al notar mi acento, me pregunta de qué parte de España soy, si me parece lindo Tucumán, cuánto cuesta el pasaje de avión. Contesto que soy del norte, que tengo el mar a sólo diez kilómetros, que mi tierra es montañosa, le digo que Tucumán es lindo, que he descubierto los lapachos y que me gusta estar acá, le aclaro que debe ahorrar unos 2500 pesos para el pasaje (me mira incrédula). La mujer me habla de sus raíces españolas, me dice que le tira la sangre y que le gustaría ver España antes de morir.


Tags: espacios en blanco, tucumán

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Lunes, 23 de julio de 2012

Me dice que guarda los lunes de su hermana desde 2008. Entonces, le pido que me ayude a hacer trampas y que elija uno para el blog. Me quedo con una frase “dejar que el rompecabezas del corazón humano sea lo que es”. Pienso en esa imagen, en huesos de ratón, en heridas, en permitirnos ser incoherentes, en todo aquello que guardamos dentro y fuera de nosotros, en todo lo que está por llegar..

Hacer trampas es la única manera de seguir con estos lunes hasta la vuelta de Anay en septiembre.


Los lunes de Anay. Tal como eramos...

"Regresé y, antes de darme cuenta, estaba sumida en un verdadero frenesí. A media noche, le había sacado lustre a toda la habitación.
Me dediqué incluso a repasar mis cosas y a librarme de algunas. Cabos viejos de lápiz, un par de historias que había escrito y que eran demasiado embarazosas para que las leyera alguien, unos pantalones cortos rotos, un peine al que le faltaba la mayoría de las púas.
A continuación, saqué los huesos de ratón que guardaba en el bolsillo porque, de repente, me había dado cuenta de que ya no los necesitaba. Pero era incapaz de tirarlos, de modo que los até con una cinta roja para el pelo y los deposité en el estante, junto al ventilador. Los observé un minuto y me pregunté cómo una persona podía tomar apego a unos huesos de ratón. Decidí que, en ocasiones, todos necesitamos cuidar de algo, nada más.
Para entonces empezaba a estar cansada, pero saqué las cosas de mi madre de la sombrerera (el espejo de carey, el cepillo, el libro de poesía, la aguja en forma de ballena y la fotografía de las dos con las caras juntas) y las coloqué en el estante con los huesos de ratón. Tengo que admitir que hacía que toda la habitación pareciese distinta.
Mientras me dormía, pensé en ella. En que nadie es perfecto. En que tienes que cerrar los ojos, soltar el aire y dejar que el rompecabezas del corazón humano sea lo que en realidad es."
                           LA VIDA SECRETA DE LAS ABEJAS, Sue Monk Kidd



UN CANTO

Y eso al cabo qué importa.
Tira de ti hacia arriba, sal de ti.
Alza los ojos, sin pensar en nada.
Ábrelos bien y mira
toda esa luz que viene del cielo como música.
Respírala con ganas, que hasta el fondo
de tu pulmón sombrío se abra paso.
Si la recibes sin temor y dejas
pasivamente que en tu ser se adentre,
se encenderá tu barro y te irás convirtiendo
tú mismo en luminosa criatura.
La luz de un solo instante, tan poderosa y dulce,
sabe saldar del todo cualquier cuenta
que un ser humano tenga con la vida,
y aún sobraría oro para aquellos
que incrédulos y tristes a mirar se acercaran.
Todo lo puede este fulgor dorado:
borra los daños de mayor alcance,
y hasta los más pequeños
(que son a veces los que más se obstinan).
¿No lo ves? Ya estás limpio. Ha sido fácil.
No hay en tu piel heridas ni turbias cicatrices.
Y eres alguien, al fin, inocente, invencible,
un hombre que está vivo como nunca
y del que brota sin esfuerzo un canto.

                                    ELOY SÁNCHEZ ROSILLO



Tags: Anay Sala Suberviola, Sue Monk Kidd, Eloy Sánchez Rosillo, Amaral

Publicado por elchicoanalogo @ 16:06  | Los lunes de Anay
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S?bado, 21 de julio de 2012

Hace unas semanas Anay me envió un archivo con su nuevo poemario. Me fui a la cocina, encendí el portátil, sentí los huecos alrededor. Aquella primera lectura de Medidas cautelares me descolocó, miraba de la pantalla a la noche y luz de las farolas, en silencio, dejaba que los poemas de Anay calaran de a poco, tomaran forma dentro de mí.

Esperé a tener el libro en las manos para una segunda lectura de Medidas cautelares (su letra en la primera página, el tacto suave del papel, la portada donde un peón negro parece tener la partida perdida). Abrí el poemario de Anay, volví a aquella noche de mayo, huecos y luces de farolas.

Me desarma la voz de Anay, si Turno de réplica me recuerda a un mapa, Medidas cautelares me lleva a un faro, a ese instante donde desaparece la luz y queda la ilusión de las sombras pasadas. Su voz me habla de fríos y ausencias, de pérdidas y soledad, de algo que se aleja y una mirada interior que intenta entender el caos de nuestras emociones. Los poemas de Anay me cambian el paso, llego a la última página en silencio, aturdido por los vacíos y (des)amores cartografiados, siento una tristeza extraña e inesperada.

Medidas cautelares es una de las lecturas de este año, un libro al que regresaré (como regreso a Turno de réplica) cuando necesite una voz que me hable de forma queda e íntima.


http://www.laie.es/libro/medidas-cautelares/802042/978-84-96986-35-0


Lance

Prestidigitación de la sospecha.

Observa.

El aire
sin la llama
es sólo humo.



Aquello

Esto
es sólo una ventisca.

Un zarpazo del agua,
una requisa.

Una página en blanco,
una hoja sisa.

Pero aquello

Aquello fue perder.




Despedida

Palabras y mentiras
como clavos
que el tiempo no consiga
desbrozar.

Es otra,
la dificultad.

Hallar un silencio
digno de tus ojos.



La insignia

De la insignia
de tu mirada clara.

De todas las promesas
y pronombres.

De cada equidistancia que cedí
queda este acontecer
con alma de faro.
Anay Sala Suberviola
Medidas cautelares (Rúbrica editorial)


Tags: Medidas cautelares, Anay Sala Suberviola, Rúbrica editorial

Publicado por elchicoanalogo @ 20:20  | Libros...
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Viernes, 20 de julio de 2012

1. Anay
Abro el sobre. En la mesa aparecen Medidas cautelares y un sobre más pequeño. Me fijo en la portada del poemario de Anay, un tablero de ajedrez, un peón solitario contra un muro sin fisuras. En la primera página, la letra de Anay en una dedicatoria que me arranca una segunda sonrisa. Hojeo Medidas cautelares al azar, Aquello, After All, Despedidas, la realidad y el tacto del papel, la voz de Anay que me habla de fríos, ausencias, esperas, faros y luchas, de peones solitarios que siguen en la partida a pesar de todo. Sus poemas me mencionan, me dejan en un equilibro precario y un silencio último. Anay es uno de los descubrimientos de este año.

Y ahora puedo
vivir sin trampantojos.

Dejar el corazón
con sus momentos.

Sentir que pesa menos
el silencio.

Mi deuda con el frío es colosal.
(Anay Sala Suberviola
After All)



2. Elena
Me dijo, cuenta hasta diez. Cuento hasta diez y abro el sobre más pequeño. Oigo un sonido extraño, metálico. En mi mano aparecen una pequeña tortuga y una piedra de Estambul. Sonrío, una sonrisa bumerán que se queda en su parte alegre. Una vez le dije que era una tortuga, por fuera, la apariencia de un hombre tranquilo y anodino, por dentro un laberinto y miles de emociones en ebullición. Cierro mi mano sobre la piedra de Estanbul. Siento las marcas sobre su superficie, el frío que calma el calor de mi piel. Busco un lugar donde colocar la piedra y la tortuga. Veo la arena del Monument Valley en una estantería y pienso que ese es su lugar, el de los sueños por hacer. Pienso en el misterio y el vértigo de coincidir, un paso diferente y el poemario, la tortuga y la piedra no serían parte de mi vida. Elena es uno de los descubrimientos de este año.


3. Hermanas


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Jueves, 19 de julio de 2012

Fue por el título. El tren  nocturno de la Vía Láctea me hablaba de un viaje, un inicio y un lugar inalcanzable. Hojeé el libro en una cafetería de la estación, leí los títulos de los capítulos, hacían referencia a columnas de deseos, atrapapájaros, genios del viento. Fuera, los trenes de cercanías, el tren a Madrid, la sensación de que todo viaje empieza por un sueño.

Miyazawa escribe tres relatos tiernos, oníricos, entrañables, relatos donde la realidad y los sueños se mezclan hasta que no se distinguen entre sí, donde los niños pueden ser genios de viento, viajan en trenes que cruzan la Vía Láctea y hablan con los muertos en su camino a otros mundos. Me sorprendió la dulzura de Miyazawa, su voz queda, de cuento infantil donde todo es posible.

En El tren nocturno de la Vía Láctea el niño Giovanni sueña junto a la columna de los deseos un viaje en un tren extraño, diferente, que cruza un espacio inesperado. En ese tren, los muertos que viajan a su destino, niños naufragados, atrapapájaros, fareros, tutores, su amigo Campanella; los paisajes vistos a través de las ventanillas, la cruz del norte, la costa del pleoceno, el bosque misterioso, el nuevo mundo. Imaginé este cuento con una luz entre azulada y blanquecina, una luz de sueño y misterio, de noches donde se encienden faros para las fiestas de las estrellas. Giovanni es el único pasajero de ese tren con billete de vuelta, hablará con su amigo Campanella, con  los niños naufragados y pasará de la sorpresa inicia al asombro, la ira, el entendimiento. Este cuento es un viaje entre varios mundos, el mundo real y el onírico, el mundo de las creencias y la ciencia, es una historia pausada y cercana, me llevó a aquellas noches tumbado en la hierba y el cielo sobre mi cabeza, girando sin control. El tren nocturno de la Vía Láctea me recordó una vieja emoción.

Matasabaru, el genio del viento, es otro cuento protagonizado por niños. Son los primeros días de septiembre, se reanuda la escuela del pueblo (los niños de primero a sexto curso se agrupan en la misma clase) y hay un nuevo alumno vestido de forma occidental. Sus compañeros lo toman por Matasabaru, el genio del viento. Miyazawa describe esos primeros días de septiembre, las tardes de río, la niebla en los montes, las travesuras y juegos, el mundo que parece abrirse de nuevo para ser explorado. Hay, de nuevo, un cruce entre la realidad y lo onírico, un niño que puede esconder un genio dentro, un camino en la niebla, el sonido del viento.

Gauche, el violoncelista, es un cuento pequeño, un músico mediocre que, de madrugada, recibe la visita de varios animales con los que habla y ensaya sus composiciones. Esas intromisiones de los animales le convierten en un mejor músico, aprende a tocar de una manera diferente, viva, enérgica, llena de matices. Lo mejor del cuento, esas madrugadas donde Gauche habla con ratones, tejones, gatos, ratones de campo y cuclillos.

Kenji Miyazawa tiene una voz suave, me habla de la misma manera cálida que William Saroyan en La comedia humana, dibuja una realidad donde se disipa la frontera con el sueño, la naturaleza tiene su propia voz y los niños viajan en trenes por la Vía Láctea.



Si estudias y aprendes a distinguir lo cierto de lo falso, utilizando un buen método, te darás cuenta de que, al final, la fe es lo mismo que la ciencia. Mira, échale una ojeada a este libro. Es un tratado de geografía e historia. En esta página se describe la geografía y la historia de 2.200 años a.C. Fíjate bien, no cuenta cómo era en realidad, sino cómo lo veía la gente de aquellos tiempos. Por lo tanto, tan solo esta página equivale a un volumen entero de geografía e historia. ¿Verdad que me entiendes? Y lo que describe en ella era en su mayoría cierto en aquella época. Si buscas un poco, podrás encontrar montones de pruebas que lo confirma. Pero empieza a plantearte dudas y ya verás cuando pases a la página siguiente. En el año 1.000 a.C., la geografía y la historia ya habían cambiado bastante, ¿no? Y también son distintas a como se conocen en la actualidad. Pero no pongas esa cara de extrañeza. Nuestros cuerpos, nuestras ideas, la Vía Láctea, este tren, la historia... solo son como son porque así lo percibimos nosotros. Ahora, trata de relajarte conmigo, ¿estás listo?
El sabio levantó un dedo y lo volvió a bajar lentamente. Entonces Giovanni vio que él mismo y sus ideas, el tren, el sabio, la Vía Láctea... todos brillaban al mismo tiempo, apagándose luego en silencio y volviéndose a encender y apagar. Con cada destello de luz se descubría ante sus ojos un nuevo mundo, junto con una historia. Al apagarse, tan solo quedaba un enorme vacío. Poco a poco, las imágenes se sucedieron más y más rápidamente, hasta que, al final, todo quedó como al principio.
Kenji Miyazawa
El tren nocturno de la Vía Láctea (traducción de Montse Watkins. Satori)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:39  | Libros...
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Martes, 17 de julio de 2012

Señalo Buenos Aires en el mapa, dibujo una línea imaginaria hasta San Miguel de Tucumán y recuerdo las bolsas de plástico y los perros abandonados, las casas de dos plantas y las cuadras geométricas, las raíces de los naranjos que agrietaban las aceras, los lapachos con flores violetas y un beso a oscuras (me dijo, cierra los ojos, me dijo, no hagas trampas, no dijo nada más y me besó ).

Entra una niña china de diez años en el autobús. Está sola. Mete su abono en la máquina y se queda quieta. No sabe qué hacer. Observa la máquina, la mirada alta como ante un tótem. Siento que está en blanco. Le preguntamos dónde va. No responde, no aparta la mirada de la máquina, tiembla un poco, está bloqueada, el conductor se acerca y le susurra “me llamo Juan Carlos”. Entonces, la niña reacciona, pulsa un número al azar, recoge su abono y corre por el pasillo. Tiene diez años, está sola en una tierra extraña. Entendía su bloqueo.

Los colectivos de Tucumán me recordaban a los autobuses de mi infancia, el piso y las sillas de madera, el conductor sin cabina, las puertas que se abrían con una palanca. Había conductores que ponían estampas de santos en la luna del colectivo. Me sentaba en los últimos asientos, miraba la ciudad e intentaba aprenderla, no perderme por las cuadras que en los primeros días sentía idénticas. Cuando reconocía un edificio, tocaba el timbre y bajaba por las escaleras del colectivo.

A veces me perdía y preguntaba por una calle. Me indicaban cómo llegar, me preguntaban por mi acento (no ubicaban Bilbao en el mapa, y yo sonreía), me contaban la historia de sus abuelos. Siempre usaban las mismas expresiones, pobreza, un viaje en barco, la madre patria y me tira la sangre. Imaginaba sus historias en blanco y negro.

Guardo un billete de la línea 4 tucumana en mi cartera. Compraba una ficha en un kiosco, subía al colectivo, daba la ficha al conductor y me devolvía un billete de un rollo de papel. Tiene una cita de Goethe en el reverso, “hay que aprender a hacer las cosas más pequeñas de la manera más grande”. Aprendí las calles de Tucumán. Andaba una docena de cuadras hasta llegar al centro, de la avenida Mate de luna a la plaza de la Independencia. Callejeaba, escuchaba otro acento, miraba las fachadas de los edificios, el hospital de maternidad, la tienda de música Barbieri, el restaurante Carlos V, el hotel Bristol, decía buen día y chau, decía lindo, remera, mina y chango, decía computadora, boludo y vos. A veces llevaba una mochila al hombro con un pequeño mapa y libros (Lord Jim, El gran Meaulnes). Dejé de subir a los colectivos.

Lo primero que vi de Tucumán fueron perros en la cuneta y bolsas de plástico. Salí del aeropuerto, la carretera recta, los pueblitos pobres, el humo de los campos de caña de azúcar que parecía calima, me pareció una tierra dura. No sabía nada de esa tierra, no había callejeado por la ciudad ni me había detenido a mirar a mi alrededor. La primera mirada es injusta, no capta la realidad y te intimida. Con los días la ciudad formó parte de mí.



Veo el reflejo de la niña en el cristal.

 


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Lunes, 16 de julio de 2012

Hace unos días Anay me envió uno de sus lunes favoritos. Es del 23 de noviembre de 2009 (aquel día yo escribí sobre Wong Kar Wai). Le digo que me ha descolocado, que voy a hacer trampas y subirlo como si fuese un nuevo lunes. A veces se puede descruzar el tiempo.


Los lunes de Anay. Destellos...


"Eras, instante, tan claro..."
                       (LUIS CERNUDA)
     
     
     
A VECES
     
A veces
alguien te sonríe tímidamente en un supermercado
alguien te da un pañuelo
alguien te pregunta con pasión qué día es hoy en la sala de espera del dentista
alguien mira a tu amante o a tu hombre con envidia
alguien oye tu nombre y se pone a llorar.

A veces
encuentras en las páginas de un libro una vieja foto de la persona que amas y eso te da un tremendo escalofrío
vuelas sobre el Atlántico a más de mil kilómetros por hora y piensas en sus ojos y en su pelo
estás en una celda mal iluminada y te acuerdas de un día luminoso
tocas un pie y te enervas como una quinceañera
regalas un sombrero y empiezas a dar gritos.

A veces
una muchacha canta y estás triste y la quieres
un ingeniero agrónomo te saca de quicio
una sirena te hace pensar en un bombero o en un equilibrista
una muñeca rusa te incita a levantarle las faldas a tu prima
un viejo pantalón te hace desear con furia y con dulzura a tu marido.

A veces
explican por la radio una historia ridícula y recuerdas a un hombre que en vida fue tu amigo
disparan contra ti sin acertar y huyes pensando en tu mujer y en tu hija
ordenan que hagáis esto o aquello y enseguida te enamoras de quien no hace ni caso
hablan del tiempo y sueñas en una chica egipcia
apagan las luces de la sala y ya buscas la mano de tu amigo.

A veces
esperando en un bar a que ella vuelva escribes un poema en una servilleta de papel muy fino
hablan en catalán y quisieras de gozo o lo que sea morder a tu vecina
subes una escalera y piensas que sería bonito que el chico que te gusta te violara antes del cuarto piso
repican las campanas y amas al campanero o al cura o a Dios si es que existiera
miras a quien te mira y quisieras tener el poder necesario para ordenar que en ese mismo instante se detuvieran todos los relojes del mundo.

A veces
sólo a veces gran amor.
     
                                                           
                                                        JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO
 


    

...Feliz lunes.
     
Un beso,
     
Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 17:19  | Los lunes de Anay
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S?bado, 14 de julio de 2012

Cierro La enfermedad de Sachs. Dentro de mí siento las voces de los pacientes, médicos, vecinos enfermeras y telefonistas que me hablan de Bruno Sachs, un médico que escribe, escucha, diagnostica, pasa consulta en un pequeño pueblo y, también se encarga de la interrupción voluntaria del embarazo en un hospital, un médico a veces cercano y tierno, a veces nervioso y enrabietado. Cuando un libro me emociona siento que llevo sus historias y personajes a la siguiente lectura, se convierte en un recuerdo vívido, permanente, una parte de mí.

Hace años escribí una crítica de Las confesiones del doctor Sachs en una revista cultural argentina. La película de Michel Deville era una historia sutil, pausada, una mirada al mundo de los médicos y los enfermos, de las comunidades rurales y la fragilidad del ser humano, también una historia de amor diferente. He tardado varios años en hacerme con el libro, el miedo a que la imagen de aquella película se resquebrajara. El miedo a la decepción es extraño. Termino el libro de Winckler y sonrío (una sonrisa bumerán, como en Montedidio, puede ser alegre y triste al mismo tiempo).

Winckler toma la decisión de hablar de un personaje dándole voz a aquellos que le rodean. Los narradores de La enfermedad de Sachs son los pacientes y vecinos del médico, cada capítulo empieza con una descripción de lo que ve y lo que siente el narrador de ese capítulo, de los movimientos de Sachs y su forma de hablar. Así, Sachs no es un ser plano y de una pieza sino el reflejo de una docena de miradas que ven aspectos distintos en el médico (pureza, desidia, preocupación, amor, perplejidad, rabia contenida). Winckler arma un rompecabezas en La enfermedad de Sachs, nos acerca tantos las emociones del médico como de los pacientes, nos muestra la fragilidad en la que nos movemos, el riesgo que es la vida, los miedos y las frustraciones, los dramas y las pequeñas victorias.

Paso de una voz a otra, de una mujer que decide interrumpir su embarazo a un hombre con una enfermedad crónica, de la secretaria de Sachs a la farmacéutica de cincuenta y dos años que ha perdido una oportunidad tras otra, de un anciano que afronta la muerte de cara a pacientes que lloran porque sienten que no pueden más. Las voces se cruzan durante un año, seguimos su evolución, sus cambios, sus nuevas vidas. Y entre esas voces, el médico Sachs que carga con todas esas enfermedades, un tipo solitario, hosco, metódico, sin pareja, sin niños, con su propia carga que llevar. A veces sentía esa ira contenida de Sachs, a veces me preguntaba cómo sigue adelante.

En algunas páginas Winckler da la voz a Sachs y nos deja leer las notas que escribe. "Elegir ser médico, no es elegir entre dos especialidades o dos formas de ejercicio, sino primero entre dos actitudes, entre dos posiciones. La de doctor, la de curador. Los médicos son más a menudo doctores que curadores. Es más cómodo, es más gratificante, queda mejor en las fiestas y en las cenas, queda mejor en el cuadro. El doctor "sabe" y su saber prevalece sobre todo lo demás. El curador busca ante todo aliviar el sufrimiento. El doctor espera de los pacientes y de sus síntomas que tengan conformidad con los cuadros de análisis que le han inculcado en la facultad; el curador hace lo que puede (cuestionándose sus escasas certezas) para comprender aunque sólo sea un poco lo que le pasa a la gente. El doctor receta. El curador venda. El doctor cultiva el verbo y el poder. El curador las pasa canutas. En cuanto al enfermo, ya dé con uno o con otro, se va a morir igual. ¿Pero en qué salsa?".

La enfermedad de Sachs habla de furia, miedos, caos, habla de redención, mierda, una mirada sonriente, habla del dolor de la muerte, la soledad y el amor, habla de la fragilidad de la vida, qué es ser médico y de los riesgos a tomar. 



Hoy en día, se incita a los médicos a meterlo todo en un ordenador, con fines epidemiológicos, estadísticos, contables. Pero nadie parece querer grabar en su memoria el nombre ni la cara de la gente, recordar el primer encuentro, las primeras emociones, las sorpresas, los detalles cómicos, las historias trágicas, las incomprensiones, los silencios. He visto pasar a miles de personas, pero en este preciso instante, no podría evocar espontáneamente a más de una docena, veinte si me concentro, puede que cincuenta con un poco de esfuerzo, pero poco más...
Entonces, creo que escribir, para un médico como para cualquier otra persona, es tomar la medida de aquello que uno no recuerda, de lo que uno no retiene. Escribir, es intentar tapar huecos de lo real evanescente con trozos de cuerda, hacer nudos en velas transparentes sabiendo que se romperán por otro lado. Escribir, se hace contra la memoria y no con ella.
Escribir, es medir la pérdida.
Martin Winckler
La enfermedad de Sachs (Naomi Ruiz de la Prada. Akal literatura)


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Publicado por elchicoanalogo @ 21:08  | Libros...
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Jueves, 12 de julio de 2012

Me descubre el blog de Emma Gunst. Leo poemas al azar, voces desconocidas, otras tierras y nuevas miradas. Es un blog generoso, cada día una entrada que me hace sentir en una biblioteca laberíntica. Me detengo en Carmen Beltrán, recuerdo que Ib me ha hablado de ella. De repente la costumbre de vivir me habla de forma queda y cercana.



De repente la costumbre de vivir
nos resultó dolorosa.
Con el vértigo en las venas intuimos
el absurdo de nuestra finitud
y de la mecánica
(dormir, comer, trabajar
dormir, comer, trabajar,
morir cada día).
Comprendimos
que jugar a ignorar el tiempo
apenas logra silenciar un rato
los labios de la herida abierta
que supone seguir vivos.
Carmen Beltrán
De repente la costumbre de vivir (en 23 Pandoras. Poesía alternativa española. Baile del Sol)


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:38  | Poes?a
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Martes, 10 de julio de 2012

Con Rodrigo Fresán largamente hemos hablado de Philip K. Dick, sin llegar a agotar jamás el tema, en bares y restaurantes de Barcelona o en nuestras respectivas casas.
Estas son algunas de las conclusiones a las que hemos llegado: Dick era un esquizofrénico. Dick era un paranoico. Dick es uno de los diez mejores escritores del siglo XX en Estados Unidos, que no es decir poco. Dick era una especie de Kafka pasado por el ácido lisérgico y por la rabia. Dick, en El hombre en el castillo, nos habla, como luego sería frecuente en él, de lo alterable que puede ser la realidad y de lo alterable que, por lo tanto, puede ser la historia. Dick es Thoreau más la muerte del sueño americano. Dick escribe, en ocasiones, como un prisionero porque realmente, ética y estéticamente, es un prisionero. Dick es quien de manera más efectiva, en Ubik, se acerca a la conciencia o a los retazos de conciencia del ser humano, y su puesta en escena, el acoplamiento entre lo que cuenta y la estructura de lo contado, es más brillante que en algunos experimentos sobre el mismo fenómeno debidos a las plumas de Pynchon o DeLillo. Dick es el primero, literariamente, en hablar con elocuencia de la conciencia virtual. Dick es el primero, y si no el primero, el mejor, en hablar sobre la percepción de la velocidad, la percepción de la entropía, la percepción del ruido del universo, en Tiempo de Marte, donde un niño autista, como un Jesucristo mudo del futuro, se dedica a sentir y a sufrir la paradoja del tiempo y del espacio, la muerte a la que todos estamos abocados. Dick, pese a todo, no pierde en ningún momento el sentido del humor y por lo tanto no es un descendiente de Melville sino un descendiente de Twain, aunque Fresán, que sabe más de Dick que yo, oponga algún reparo. Para Dick todo arte es política. No olvidar eso. Dick es posiblemente uno de los autores más plagiados del siglo XX. Para Fresán, La flecha del tiempo, de Martin Amis, es un plagio descarado de El mundo contra reloj. Yo prefiero creer que Amis rinde con esta novela un tributo a Dick o a algún antecesor del mismo Dick (no olvidemos que su padre, el poeta Kingsley Amis, también cultivó la ciencia ficción y fue un gran lector de este género). Dick es el escritor norteamericano de estos últimos años (junto a Burroughs) que más ha influido en poetas, novelistas y ensayistas no norteamericanos. Dick es bueno incluso cuando es malo y me pregunto, aunque ya sé la respuesta, de qué escritor latinoamericano se podría decir lo mismo. Dick expresa el dolor de forma tan contundente como Carson McCullers. Sin embargo Sivainvi es más inquietante que cualquier novela de McCullers. Dick parece, en determinadas ocasiones, el rey de los mendigos, y en otras el millonario oculto y misterioso, y con esto quizá nos quiso decir que ambos papeles son en realidad uno solo. Dick escribió Dr. Bloodmoney, que es una obra maestra, y revolucionó la nueva narrativa norteamericana, en 1962, con El hombre en el castillo, pero también escribió novelas que nada tienen que ver con la ciencia ficción, como las Confesiones de un artista de mierda, escrita en 1959 y publicada en 1975, lo que demuestra bien a las claras el afecto que la industria editorial norteamericana le profesaba.
Hay tres imágenes del Dick real que siempre llevaré conmigo, junto a sus innumerables libros. Primera imagen: Dick y todos sus matrimonios, ese gasto incesante en divorcios californianos. Segunda imagen: Dick y algunos miembros del Black Panther que lo visitan en su casa, con un automóvil del FBI detenido en la acera de enfrente. Tercera imagen: Dick y su hijo enfermo y las voces que escucha dentro de su cerebro y que le aconsejan volver otra vez al médico, sugerirle otro tipo de enfermedad, muy rara, más grave, cosa que Dick hace, y los médicos se dan cuenta de su error, y operan de urgencia y salvan la vida al niño.
Roberto Bolaño
Philip K. Dick (en Entre paréntesis. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:56  | Libros...
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Lunes, 09 de julio de 2012

Abro mi cuenta de correo. Me falta el lunes de Anay, la cita, el poema, la canción. Deberé esperar a septiembre. Ese pequeño gesto conseguía hacerme sonreír y recordarme que, además de fanatismos, egoísmos y ceguera, también hay bondad, comprensión y generosidad.

Escucho un disco de Aarktica. Un personaje de Dick se preguntaba ¿Es esto real? Miro a mi alrededor, la baldosas rojas del balcón, las líneas rectas de la barandilla, la ropa tendida, las torres de electricidad que sobresalen de los tejados,  las nubes distantes y una estela de avión. Me fijo en la estela, se difumina y pierde su forma, se confunde con las nubes, desaparece. Siento la realidad parecida a esa estela, algo no del todo definido, algo que se confunde con el fondo y que termina por desaparecer. Me pregunto si el azul del cielo, las toallas rectangulares, el sonido de la carretera es todo lo que puedo ver, si no habrá otra realidad detrás de esta.

Pienso en las confluencias del espacio y tiempo y lo vertiginoso que es coincidir, en una mochila roja plegada en una esquina, en los libros que me quedan por leer, en los que nunca leeré, en las ausencias que duelen y los recuerdos que calman, pienso en las consultas, especialistas y hospitales del último mes y medio, en el doctor Sachs de la novela de Winkler que estoy leyendo, pienso en las hojas en blanco de mi pasaporte, en el mapa que hay en mi mochila, en los mapas que he perdido entre mis libros.

Se encienden las farolas. Es un no lunes.


La frontera (Anay Sala Suberviola)

Entre serenarme              o sofocarme
entre enmudecer              o entristecerme
entre lamentarme             o sonreírme
entre resignarme              o resistir
entre recordar                  o recordarte
entre ser amable              o maldecirte
sobreviven los versos
que te di.
                                                           Ajenos
                                                           a la polémica.





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Domingo, 08 de julio de 2012

Tan temprano que casi está oscuro todavía.
Me acerco a la ventana con una taza de café
y el atasco de siempre a estas horas de la mañana
en la cabeza.
Veo entonces al chico y a su amigo
calle arriba
repartiendo el periódico.
Llevan gorras y sudaderas,
uno de ellos con una bolsa al hombro.
Son tan felices
que no se dicen nada, estos chicos.
Creo que si pudieran, se cogerían
del brazo.
Es temprano por la mañana
y están haciendo esto juntos.
Se acercan, despacio.
El cielo empieza a cubrirse de luz,
aunque todavía cuelga pálida la luna sobre el agua.
Tanta belleza que, durante un instante,
la muerte o la ambición, incluso el amor,
no tienen cabida aquí.
Felicidad. Llega
de forma inesperada. Y sigue su camino, realmente.
Cualquier madrugada te lo dice.
Raymond Carver
Felicidad (en Todos nosotros. Traducción de Jaime Priede. Bartleby editores)



So early it's still almost dark out.
I'm near the window with coffee,
and the usual early morning stuff
that passes for thought.
When I see the boy and his friend
walking up the road
to deliver the newspaper.
They wear caps and sweaters,
and one boy has a bag over his shoulder.
They are so happy
they aren't saying anything, these boys.
I think if they could, they would take
each other's arm.
It's early in the morning,
and they are doing this thing together.
They come on, slowly.
The sky is taking on light,
though the moon still hangs pale over the water.
Such beauty that for a minute
death and ambition, even love,
doesn't enter into this.
Happiness. It comes on
unexpectedly. And goes beyond, really,
any early morning talk about it.


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Publicado por elchicoanalogo @ 15:59  | Raymond Carver
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Viernes, 06 de julio de 2012

¿Es esto real?” se pregunta Jason Taverner, protagonista de Fluyan mis lágrimas, dijo el policía. Taverner pasa de ser una estrella de la televisión con una audiencia de treinta millones de personas a despertarse en un hotel sucio y ajado, sin documentos de identidad ni nadie que recuerde su programa o su nombre. Durante dos días intentará encontrar la respuesta a su “no existencia”. En esos dos días nada de lo que vea o sienta será fiable, Taverner se cruzará con falsificadores, policías, antiguas amantes, ceramistas, piezas de un rompecabezas donde el tiempo y el espacio se altera y nada es seguro.

Me asombra la capacidad de Dick para crear mundos en permanente duda, nada es lo que parece, lo que vemos puede ser la realidad alterada por las drogas, un sueño, una dimensión paralela o imágenes inventadas por un psicótico. Es esa fragilidad lo que me atrae de sus historias. Dick voltea y juego con el concepto de qué es real, te hace dudar de cada personaje e imagen, no acabas de definir qué existe y qué es invención, hasta que llegas a una página donde decides dejarte llevar y sientes que nada de lo que lees, nada de lo que te rodea, es real, como en aquellas clases de filosofía donde discutíamos si los sentidos nos engañaban.

En las novelas de Dick hay un personaje que huye e intenta definir la realidad, hay mujeres extrañas, caóticas, cercanas, las historias de amor van a impulsos, son febriles, retorcidas, inesperadas, los estados son autoritarios y la humanidad se divide en seres vulgares o alterados genéticamente, las drogas difuminan la percepción de la realidad, se busca a dios, una respuesta última, la verdad. Cierras un libro de Dick y sientes que estás caminando por el aire y que todo es posible.

Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, tiene trazas de novela negra, hay un personaje principal que busca desentrañar un misterio, una galería de personajes secundarios que lo arrastran por un laberinto y lo confunden y noquean después de despertar y descubrir que su vida ha desaparecido, un policía que lo acosa y mujeres fatales que lo llevan al precipicio. Parece una novela de Chandler o Cain pero en un mundo donde la realidad es inasible.

Taverner se cuestionará su propia identidad en su búsqueda de una explicación a su “no existencia”, no tiene documentos, nadie le recuerda y sólo le ata a su vida anterior su traje de seda. En ese camino por llegar a una respuesta encontrará a un puñado de mujeres extrañas, una falsificadora, una antigua amante y actriz con la que conversará sobre el amor (Dick, a su manera, es un romántico), una mujer drogodependiente que toma sustancias capaces de alterar el espacio/tiempo y abrir un universo con infinitud de posibilidades, una ceramista que vive apartada de la sociedad y disfruta de las pequeñas cosas que crea con sus manos. Dick escribe a trazos, a impulsos, está lejos de un estilo perfecto y cristalino, es una lucha.

Me gusta este Dick, se ha convertido en uno de mis favoritos junto a Ubik y El hombre en el castillo.



—Hay distintos tipos de amor —explicó Jason.
—Como el conejo de Emily Fusselman —Ruth alzó la vista para mirarle—. Era una mujer a la que conocía, casada y con tres hijos; tenía dos gatitos, y luego se compró uno de esos grandes conejos belgas de color gris que van dando saltitos, saltitos, saltos sobre sus enormes patas traseras. Durante el primer mes, el conejo tenía miedo de salir de su jaula. Por su aspecto creíamos que era un macho. Luego, al cabo de un mes, empezó a salir de su jaula y a saltar por la sala de estar. Al cabo de dos meses había aprendido a subir la escalera y arañar la puerta del dormitorio de Emily para despertarla por la mañana. Luego comenzó a jugar con los gatos, y allí empezaron los problemas, porque no era tan inteligente como un gato.
—Los conejos tienen el cerebro más pequeño —dijo Jason.
—No sé —prosiguió Ruth Rae—. De cualquier forma, adoraba a los gatos, y trataba de hacer todo lo que ellos. O Incluso aprendió a usar el cajón de aserrín de los gatos en la mayor parte de las ocasiones. Utilizando mechones de pelo que se arrancaba del pecho, hizo un nido tras su colchoneta, y quiso que los gatitos se metieran en él. Pero ellos nunca querían. El fin de todo llegó casi cuando trató de jugar a que lo atraparan con un pastor alemán que trajo una señora. Mira, el conejo aprendió a jugar a esto con los gatos y con Emily Fusselman y los niños: se ocultaba tras su colchoneta, y entonces salía corriendo, corriendo muy aprisa en círculos, y todo el mundo trataba de atraparlo; pero habitualmente no podían, y él regresaba a su santuario tras la colchoneta, donde se suponía que nadie tenía que seguirlo. Pero el perro no sabía las reglas del juego, y cuando el conejo corrió tras la colchoneta, el perro fue tras él y le clavó las mandíbulas en la parte trasera. Emily consiguió abrirle la boca al perro y lo sacó de la casa, pero el conejo estaba malherido. Se recobró, pero tras esto sentía pánico por los perros, y escapaba a la carrera si veía a uno aunque fuese por la ventana. Y la parte en que le había mordido el perro... esa parte la mantenía siempre oculta tras las cortinas, porque allí no tenía pelo, y le daba vergüenza. Pero lo que era más enternecedor de él era que siempre estaba luchando contra los límites de su... ¿cómo podría decirlo... fisiología? de sus limitaciones como conejo, tratando de convertirse en una forma de vida más evolucionada, como los gatos. Deseando constantemente estar con ellos y jugar en un plan de igualdad. En realidad eso es todo. Los gatos no querían meterse en el nido que les construyó, y el perro no conocía las reglas y lo cazó. Vivió varios años. ¿Pero quién podría haber pensado que un conejo pudiera desarrollar una personalidad tan compleja? Y cuando uno estaba sentado en un sillón y deseaba usarlo él para acostarse, lo empujaba con el hocico y, si uno no se movía, le mordía. Pero observa las aspiraciones de ese conejo y también su fracaso. Toda su pequeña vida intentándolo. Y durante todo ese tiempo no tenía ninguna posibilidad. Pero el conejo no lo sabía. O quizá lo sabía, pero seguía intentándolo. Aunque yo creo que no lo comprendía. Simplemente, lo deseaba con todas sus fuerzas.
Philip K. Dick
Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (traducción de Domingo Santos. Minotauro)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:14  | Libros...
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Y si te amo, es porque veo en ti la Portadora, 
la que, sin saberlo, trae la blanca estrella de la mañana, 
el anuncio del viaje 
a través de días y días trenzados como las hebras de la lluvia 
cuya cabellera, como la tuya, me sigue.
Pues bien sé yo que el cuerpo no es sino una palabra más,
más allá del fatigado aliento nocturno que se mezcla,
la rama de canelo que
los sueños agitan tras cada muerte ,
que nos une
pues bien sé yo que tú y yo no somos sino una palabra más
que terminará de pronunciarse
tras dispensarse una a otra
como los ciegos entre ellos se dispensan el vino, ese sol
que brilla para quienes nunca verán.

Y nuestros días son palabras pronunciadas por otros,
palabras que esconden palabras más grandes.
Por eso te digo tras las pálidas máscaras de estas palabras
y antes de callar para mostrar mi verdadero rostro:
"Toma mi mano. Piensa que estamos entre la multitud aturdida
y satisfecha ante las puertas infernales,
y que ante esas puertas, por un momento, llenos de compasión,
aprisionamos amor en nuestras manos
y tal vez nos será dispensado
conservar el recuerdo de una sola palabra amada
y el recuerdo de ese gesto,
lo único nuestro".
Jorge Teillier
La portadora (en Poemas secretos)


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Publicado por elchicoanalogo @ 8:06  | Poes?a
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Jueves, 05 de julio de 2012

1.
Está sola frente al palacio Euskalduna. Llevo una mochila a la espalda con libros de Munro y Vonnegut y sus poemarios (dentro de Pan comido, un mapa con una línea que marca la distancia entre dos puntos y el mundo después de su final). Me ve llegar, levanta los brazos hacia mí y sonríe de forma cálida. Me abraza y salta, se le escapa un grito de alegría. Me pregunta por mi padre, cómo está él y cómo estoy yo tras los días de hospital (sólo consigo hacer un gesto de cansancio), me dice que siempre piensa que no me reconocerá, que llevo zapatos de hombre. Le respondo que ya soy un hombre. Cierra sus dedos índice y pulgar, siento la calidez de su gesto que dice “un poquito”.

Mira el interior del palacio. Se pone la acreditación, me confiesa que siempre cree que no la dejarán pasar. Ana Rosetti recita sus poemas. Observo la sobriedad del escenario, las butacas blancas, unas flechas, las luces tenues. Escuchamos poemas en español, euskera, gallego, tailandés, danés e inglés. Pasa Manuel Rivas a nuestro lado y me dice que alargue la mano y le roce la chaqueta o el brazo. Está emocionada. De Ib me gusta la calidez de su sonrisa, su emoción sincera ante lo que ve. A veces se quita las gafas y las deja en sus piernas, a veces pone la mirada bizca ante algún poema extraño. Nos hace sonreír Rafael Cadenas cuando pide disculpas por la sencillez de sus poemas, dice qué bien escriben los que escriben bien con Atxaga, nos miramos extrañados cuando Rivas deja sobres blancos en el escenario, elige uno al azar y lee el poema que lleva dentro.

Se sorprende cuando abre Pan comido y encuentra un mapa dentro. Es un truco de magia (los mapas son algo más que un papel con nombres y montes cartografiados). Le paso el teléfono y recita el inicio de uno de sus poemas a Es. Hablan por teléfono, ríen, siento que todo está bien por primera vez en las últimas semanas (la muerte de Gora, el hueco en la tierra y, dentro, su cuerpo inmóvil, el viaje a Madrid para cerrar un libro y acabar con una espera, la enfermedad de mi padre).

Me dice que deberíamos volver al autoabastecimiento en estos momentos de crisis, me dice que todas las baldosas de las ciudades son iguales, me dice que debería escribir un libro (le respondo que ya lo hice), me dice todo eso mientras me agarra del brazo y andamos por una ciudad que conozco.

Se emociona al ver el auditorio del palacio, las palabras proyectadas en la pared, la austeridad del escenario, el gesto tímido de Kirmen Uribe y los aplausos de Wim Mertens. Miramos a la pantalla del techo, leemos los poemas traducidos de Uribe, escuchamos el piano de Mertens, a veces cierra los ojos. Pienso en Kurosawa, decía que nunca miraba fijamente al centro de la escena que rodaba, así captaba mejor los detalles que ocurrían a su alrededor.

Nos despedimos con un abrazo, es una despedida corta.


2.
Ib me pasa los poemas del desierto que va a leer en el festival de poesía. Estamos sentados en un un banco del parque. Leo sus poemas, pequeñas fotografías que remueven algo dentro de mí. Cuando sube al escenario, Ib sopla sobre el atril (el agua de lluvia cae por uno de sus lados), da las gracias a los que quedamos, al árbol que la resguardó de la lluvia durante el recital (lo señala), y lee sus poemas. Pienso, los mismos poemas, dos voces distintas. Su voz me noquea.

Miro las hojas que tapan el cielo y escucho las voces de Iribarren, Itziar Mínguez, Isabel Pérez Montoya. Sé que a Nal le hubiese gustado escuchar poemas bajo la lluvia. Nal me enviaba fotografías de árboles invernales, ramas desnudas que parecían estelas. Cada imagen, una pequeña historia.

Tomo café con Ib y Kepa Murua, hablamos de zen, de no morirse nunca, los gestos de bailarín o boxeador de Murua, la congoja en la mirada de Ib. Kepa Murua me da la mano y se despide de mí, muchacho, ten suerte. Ib me dice que me avisará de cualquier lectura que tenga, nos abrazamos por última vez y me doy la vuelta. Todo está bien.

 

 


Tags: Isabel Bono

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Ni un pensamiento mío al cual tu realidad no haya prestado su nitidez, ni un pensamiento mío al cual tu sueño no haya otorgado su pureza, ni un pensamiento mío al cual tu amor no haya hecho transparente como un diamante.
Desde el instante de conocerte tú has concedido a mi delirio tu frente intacta para que en ella se posaran mis imágenes deshechas. Sin ti yo nada hubiera sabido del mundo, tú me has revelado la almohada y la tempestad. Tu cuerpo se ha hecho transparente para que yo pudiera entrar hasta tu amor a devorar su fruto.
Para verte yo me cerré todas las puertas. Corté todo hilo, todo puente, toda salida. Quise estar contigo frente a frente. A solas contigo. Es decir, yo a solas contigo. Tú podías frecuentar el mundo. Era yo el que quería estar a solas contigo. Siempre, desde el instante de conocerte, yo he estado a solas contigo. No ha habido una hora del día y de la noche en que yo no haya estado a solas contigo. Ni en el sueño ni en la vigilia he dejado de estar siempre contigo.
Esto es, mal que mal, lo que yo entiendo por el amor.
Braulio Arenas
El amor (en La gran vida)


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Publicado por elchicoanalogo @ 17:45  | Poes?a
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Mi?rcoles, 04 de julio de 2012

Me imagina en el hospital, me dice que sé mirar y que encontraré la belleza allá donde esté. Levanto la vista de la pantalla del móvil, veo San Mamés y dos grúas amarillas e inmóviles a través de la cafetería del hospital. No encuentro belleza en esa imagen, tampoco en la cafetería vacía ni en las pisadas de quienes pasan delante de la ventana. Me tapo los ojos con la mano derecha, estoy cansado. Intento encontrar una imagen a la que agarrarme.

Me siento con mis padres en la sala de espera, queda una hora para la eco endoscopia. Este año he esperado regresos, análisis, trenes. El tiempo se desvanece en esas esperas. Miro las caras cansadas, los pies que se agitan nerviosos y taconean en el suelo, los paseos en círculos. Leo Suicidio de Levé (Levé se mató tres días después de enviar el manuscrito a sus editores). Paso las páginas, es un diálogo antes del fin entre Levé y yo, él me habla de su forma de entender la muerte, yo lo leo desde el otro lado de las páginas, a veces asiento, a veces muevo la cabeza en un no tímido.

Mi padre tiene la mirada húmeda, mi madre está en silencio. Salgo al pasillo, me apoyo en la barandilla, juego con la piedra en mis manos y observo la recepción, la escultura que imita a un árbol, el gris y blanco del suelo y las paredes del hospital. La gente mira al suelo, está sentada, impaciente, lee revistas, arrastra bolsas. Las salas de espera se parecen entre sí, podría estar en un aeropuerto, una estación o un hospital. Es un juego de espejos.  

Al salir de la prueba mi padre me dice que soñó con la cena, su mirada de niño travieso y sin miedo. Nos sentamos en un bordillo y esperamos. Recuerdo unas horas atrás: la mochila del ordenador al hombro (una carga real), la música de Gotye, las formas de las baldosas bajo mis pies. Veo a mis padres a un centenar de metros delante de mí, van juntos hacia el apeadero y parecen la imagen borrosa de un espejismo. En el tren mi madre apoya su mano en la espalda de mi padre.





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Leo la pequeña biografía de Levé antes de empezar Suicidio. Descubro que se suicidó tres días después de entregar el libro a sus editores. Termino de leer el libro y releo las escenas y los fragmentos donde Levé anticipa su decisión. Es extraño, pero no siento una tristeza extrema en sus palabras. “No temías a la muerte. Te adelantaste a ella, sin desearla realmente: ¿cómo desear algo que no conocemos? No negaste la vida sino que afirmaste tu gusto por lo desconocido al apostar a que si en el otro lado había algo, sería mejor que esto.

Suicidio se inicia con la muerte del protagonista. Baja al sótano de su casa, se coloca una escopeta en la boca y dispara sin un atisbo de duda o de marcha atrás. No hay morbo ni contundencia, es una muerte seca, directa, dura. A partir de ese instante el narrador intenta reconstruir la vida de su amigo, pasa de recuerdos de adolescencia a reflexiones sobre el suicidio, quienes se quedan y envejecen, quienes eligen morir y permanecen anclados a un tiempo, repite las preguntas de qué le llevó a ese último acto, qué hubiera sido de su vida de no haber colocado aquella escopeta en la boca. “Tu suicidio hace más intensa la vida de los que te han sobrevivido. Si los acecha el tedio, o si lo absurdo de sus vidas surge en el reflejo de un espejo cruel, se acuerdan de ti y el dolor de existir se les antoja preferible a la inquietud de dejar de ser. Lo que tú ya no ves, ellos lo miran. Lo que tú ya no oyes, ellos lo escuchan. Y lo que ya no cantas, ellos lo entonan. La alegría de las cosas simples se les aparece a la luz de tu triste recuerdo. Eres esa luz negra pero intensa que, desde tu noche, aclara de nuevo el día que habían dejado de ver.

La escritura de Suicidio es fragmentada, son como fotografías, bosquejos de una vida, un tipo solitario que disfruta de vivir entre cuatro paredes, del silencio, de las ciudades desconocidas. No acaba de ser visible, no le gusta la rutina en la que acaba la vida, se decanta por el rock y la escritura de tercetos. Es un hombre alejado de lo que le rodea, intenta pasar desapercibido, de pasar de puntillas por la vida. Su suicidio hace que se convierta en un actor que ha planificado una puesta en escena, el momento adecuado para no ser descubierto días después, un tebeo abierto en una página determinada como último mensaje.

Levé intercala fragmentos donde habla de su amigo muerto, de sus sentimientos alejados de las convenciones sociales, con las reflexiones sobre el suicidio y la muerte, el tiempo que se ha detenido para su amigo, siempre tendrá la misma cara, su historia siempre empezará por su final; el tiempo que transcurre para los que se quedan y parece que pierden algo de sí mismos y coleccionan decepciones y cuerpos decrépitos.

Lo que me gusta de este libro es su escritura, el tono pausado y alejado del morbo, el suicidio tomado como elección, las preguntas que quedan sin respuesta pero que ayudan a reflexionar sobre la muerte, esas páginas donde se cruzan la vida y la muerte del protagonista, un paseo solitario por una ciudad desconocida y los últimos días, ya tomada la decisión de morir, donde sonríe y disfruta de momentos de intimidad queda y luz. Suicidio es una buena lectura, es una conversación con Édouard Levé antes del fin.



Un sábado del mes de agosto sales de tu casa vestido para jugar al tenis y acompañado por tu mujer. En medio del jardín le haces saber que se te ha olvidado la raqueta en casa. Vuelves a por ella pero, en vez de encaminarte hacia el armario de la entrada donde sueles guardarla, bajas al sótano. Tu mujer no lo ve, se ha quedado fuera, hace buen tiempo, disfruta del sol. Unos instantes después oye la descarga de un arma de fuego. Corre hacia el interior de la casa, grita tu nombre, se da cuenta de que la puerta de la escalera que da al sótano está abierta, la baja y te encuentra allí. Te has pegado un tiro en la cabeza con la escopeta que habías preparado cuidadosamente. Sobre la mesa has dejado un tebeo abierto por una página doble. Con la emoción tu mujer se apoya contra la mesa, el libro bascula y se cierra antes de que comprenda que se trataba de tu último mensaje.
Édouard Levé
Suicidio (traducción de Julia Osuna Aguilar. 451 editores)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:56  | Libros...
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Martes, 03 de julio de 2012

Te gusta llegar a la estación 
cuando el reloj de pared tictaquea, 
tictaquea en la oficina del jefe-estación. 
Cuando la tarde cierra sus párpados 
de viajera fatigada 
y los rieles ya se pierden 
bajo el hollín de la oscuridad. 

Te gusta quedarte en la estación desierta
cuando no puedes abolir la memoria,
como las nubes de vapor
los contornos de las locomotoras,
y te gusta ver pasar el viento
que silba como un vagabundo
aburrido de caminar sobre los rieles.

Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo
los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste,
el pueblo donde querías llegar
como el niño el día de su cumpleaños
y los viajes de vuelta de vacaciones
cuando eras –para los parientes que te esperaban—
sólo un alumno fracasado con olor a cerveza.

Tictaqueo del reloj. El jefe-estación
juega un solitario. El reloj sigue diciendo
que la noche es el único tren
que puede llegar a este pueblo,
y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo
mientras el hollín de la oscuridad
hace desaparecer los durmientes de la vía.
Jorge Teillier
Andenes (en El árbol de la memoria. Huerga y Fierro editores)


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Publicado por elchicoanalogo @ 22:55  | Poes?a
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Lunes, 02 de julio de 2012

Busco los libros de junio entre las estanterías, hago una pequeña columna en una esquina y saco una foto. Mientras devuelvo los libros a las estanterías recuerdo el inicio de junio, la semana en una habitación de hospital, las diferentes consultas y especialistas, las pruebas que nos quedan por hacer. No pude leer nada en los primeros días de junio, lo intenté con varios libros de cuentos, pero no conseguía concentrarme en las palabras, me sentía sin un apoyo claro. Entonces, escribí algo que no es un libro en aquella habitación de hospital (cierro los ojos y veo una cruz de madera, un televisor negro colgado de la pared, una mesa de madera, la ventana a un campanario envuelto en una red y un jardín japonés). Me vacié al escribir aquellas páginas. Fue catártico. Fue necesario.

Dejo los libros en las estanterías, hojeo algunas páginas, me reencuentro con el protagonista de Kapitoil, los poemas de Iribarren, la voz certera de Sanmartín, recuerdo los poemas bajo la lluvia del parque, los gestos de Wim Mertens, la timidez de Kirmen Uribe, el abrazo de Ib que inició el festival de poesía de Bilbao. Fue un mes de poemas y cuentos cortos.

Este mes de junio he descubierto a Iribarren, su mirada alrededor y los poemas que hablan de pérdidas, seguir de pie, bares, cafeterías, lluvias, otras vidas. Me emocionó el poemario Apuntes para un futuro manifiesto de Chivite y encontrar una voz que siento amiga y cercana en Sanmartín y su dietario Hacia la tormenta. Descubrí la locura y los sueños que se confunden en Guía de Mongolia, un libro inesperado, salvaje y onírico, leí Kapitoil y sentí que estaba ante una historia de Frank Capra, regresé a Zweig y los cuentos póstumos de Vonnegut (Vonnegut me hace sonreír, es una sonrisa bumerán, puede ser alegre, irónica o extrañada). Y, sobre todo, terminé el mes con la relectura de Crónicas marcianas de Ray Bradbury (la primera vez: hace quince años). De nuevo la emoción por su voz triste y pesimista, por las imágenes de una soledad pura, por los pueblos marcianos extintos y los colonos terrestres que miran a un cielo estrellado y descubren la Tierra en llamas verdes.

Entre mis lecturas, un par de cuentos de Alice Munro, alguno de los ensayos y conferencias del último libro de Richard Ford, los poemas de Virginia Aguilar Bautista. Mi lectura actual, Utz, de Bruce Chatwin. Junio fue un mes para poemas en la lluvia.


Guía de Mongolia - Svetislav Basara (sueños y realidad confundidos, el espacio/tiempo descruzado, una historia alocada)
Apuntes para un futuro manifiesto - Fernando Luis Chivite (la mirada alrededor, la pausa, el tiempo que pasa)
Viaje al pasado - Stefan Zweig (una marcha de cruces gamadas, un amor imposible, un viaje en tren hacia la derrota)
Mientras los mortales duermen - Kurt Vonnegut (aparatos y máquinas impensables, una sonrisa irónica, dos desconocidos en una parada de autobús)
Hacia la tormenta - Fernando Sanmartín (la voz certera, la mirada a lo que nos rodea, las anotaciones sobre tiempos, películas, viajes, cuadros y personas)
Atravesando la noche - Karmelo C. Iribarren (cafeterías, centros comerciales, la vida apagada)
Kapitoil - Teddy Wayne (ser extranjero, la honestidad en el mundo de los negocios, un amor inconcluso)
Otra ciudad, otra vida - Karmelo C. Iribarren (la lluvia en los cristales, las bocas de metro, las miradas reflejadas en espejos)
Crónicas marcianas - Ray Bradbury (no hay palabras para describir la emoción por el reencuentro con este libro)

 

 


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Arantza abre el regalo y sonríe. Es Ý (turno de réplica). Me dice que le gustan los poemas que pongo en mi muro de facebook, la cadencia y el ritmo, las imágenes que crea Anay. Me pregunta cómo la conocí y le hablo de un correo y un enlace (el aleteo de una mariposa). Sergio se sorprende por la ausencia de rima en los poemas de Anay, se pregunta cómo analizarían sus alumnos esos poemas. Le digo que lea Volver, le hablo de fotografías y emociones.

Hablamos de relaciones, hospitales, viajes, cansancios, mochilas, huecos en la tierra, recuerdos y profesores. Me preguntan por mi próximo viaje (me encojo de hombros) y divagamos sobre expectativas y anticipar cada aspecto de nuestra vida. Entonces me doy cuenta de que los momentos más hermosos de este año han sido inesperados (un encuentro más que una búsqueda), la aparición de Es que aletea y me lleva a Anay (sus poemas, sus lunes), los poemails de Ib, aquel momento de mayor calma de este año: cuando le daba helado de chocolate a la niña de María (ella me sonreía, me daba las gracias tras cada cucharada).

Anay se despide hasta septiembre. Extrañaré estos dos meses sin lunes.



Los lunes de Anay. Identidades...


A todas las que, finalmente, desistieron.


HELMER: Ante todo, eres esposa y madre.
NORA: No creo ya en eso. Creo que, ante todo, soy un ser humano, igual que tú...

CASA DE MUÑECAS, H. Ibsen


"Nadie puede aconsejarle ni ayudarle. Nadie. Sólo hay un único medio: entre en sí mismo. Indague cuál es la causa que lo mueve a escribir; examine si ella expande sus raíces hasta lo más profundo de su corazón. Confiésese a sí mismo si moriría, en el supuesto caso de que se le privara de escribir. Ante todo, pregúntese en la más silente hora de la noche: "Debo escribir?". Hurgue dentro de sí mismo en busca de una profunda respuesta. Y si esta resultara afirmativa, si puede afrontar tan serio interrogante con un enérgico y sencillo "debo", entonces construya su vida según esa necesidad."

CARTAS A UN JOVEN POETA, Rainer Maria Rilke


A escondidas saca el cuaderno
a la sombra del café
aspira con placer el tabaco,
se mira en el espejo,
se pasa la mano por la cara
y escribe.

                           IRENE PRIETO




...Feliz lunes, hasta septiembre.

Un beso,

Anay


Tags: Henrik Ibsen, Rainer Maria Rilke, Irene Prieto, Fleetwood Mac, Anay Sala Suberviola

Publicado por elchicoanalogo @ 9:54  | Los lunes de Anay
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