Domingo, 05 de agosto de 2012

El verano empezaba en la vieja estación de autobuses de Bilbao. Entrábamos por un bar alargado, las maletas arrastradas por el pasillo y el olor de la gasolina. Eran aquellos autobuses antiguos, la zona trasera para fumadores (el humo azulado en la noche), los asientos pequeños, el cenicero metálico en el respaldo. En una ocasión un pasajero se levantó y pidió que rezásemos un padrenuestro para tener buen viaje. Juntó las manos, agachó la cabeza y rezó en alto. Miré a mi hermana, intentamos contener una sonrisa burlona.

Viajábamos de noche por la carretera de la costa, en esos viajes descubrí que me gustaban los faros, su luz intermitente en la oscuridad, las sombras que dejaban sobre el mar, la sensación de estar dentro de un sueño. Tardábamos diez horas en llegar a Galicia. Dormía en el hombro de mi madre, intentaba adivinar el horizonte tras la niebla, me sentaba en un muro de Luarca a ver las truchas en el río antes de volver al autobús. Aquellos viajes me mareaban, las carreteras estrechas y llenas de curvas. Descansaba cuando veía el primer indicador con la distancia a Meira y buscaba el siguiente para descontar los kilómetros que faltaban para llegar.

Mi abuelo nos esperaba en Meira, nos llevaba a desayunar donuts y café con leche al bar Centro, sus ojos azules, su mirada pícara, su sordera que nos hacía repetir la misma frase. Cogíamos un taxi a la Ribeira, el final del viaje lo marcaba el eucalipto que plantó mi padre y el tejado de la casa de mis abuelos a la altura de la carretera. Era una imagen curiosa, el tejado de una casa que apenas sobresalía de la carretera.

Mis hermanas y yo dejábamos las maletas en la habitación y salíamos a los caminos de tierra y piedras, el ruido de los tractores, las campanas de la iglesia al atardecer. Buscábamos las diferencias con el año anterior, de un año para otro aparecían farolas en las aldeas (fuera de sus límites, las luciérnagas y la luz de luna), cambiaban los puentes de madera por otros de hormigón, algunos caminos de tierra quedaban bajo el asfalto. Me tumbaba en la hierba (en aquellas campas de las fotos de mi padre) y anticipaba las tardes de río y pastoreo, las mañanas con el angazo, las luciérnagas como pequeñas estelas de luz. Después de cenar veía anochecer en las escaleras del hórreo, levantaba la mirada a la carretera y aparecían las piernas de mis vecinos, como en aquellas películas americanas donde los protagonistas vivían en un sótano. Había cosas que nunca cambiaban, los tazones de leche más grandes que mis manos, la cocina de leña (el fuego que crepitaba en su interior), el banco de madera, las canastas rotas de la escuela, la ermita octogonal de Boel.

Dormíamos en una habitación con tres camas, las paredes desconchadas, el sonido del río Eo, las luces de los faros sobre las camas (la sombra del eucalipto en la pared).



El primer paso del verano era la vieja estación de Bilbao.


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Comentarios

Yo también fui una vez en bus a Galicia, desde aquella oscura estación... Qué suerte tener un lugar al que volver! Cómo he envidiado tus recuerdos! En mi próxima vida seré una niña con pueblo, y abuelos gallegos.

Publicado por Vir
Domingo, 05 de agosto de 2012 | 22:02

Aquella estación bilbaína era mítica, tan extraña, con ese bar en el que se olía a gasolina y el humo de los tubos de escape. Eran viajes cansados y hermosos, pero conseguíamos llegar a la Ribeira con ganas de salir e investigar el mundo alrededor. Un abrazo

Publicado por elchicoanalogo
Domingo, 05 de agosto de 2012 | 22:30

Estoy sumergiéndome poco a poco en tu blog y cada vez me engancha más Gui?o un besazo

Publicado por Cris ZS
Lunes, 06 de agosto de 2012 | 12:49

Hola Cris, es lindo tenerte por acá. Ya sabes, a veces me da por desvariar. Muchos cariños

Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 06 de agosto de 2012 | 13:01