Mi?rcoles, 08 de agosto de 2012

Había algo en los artículos de guerra de John Steinbeck que me recordaba a las películas de caballería de John Ford, tanto Steinbeck como Ford mostraban el ejército como una familia y hablaban de camaradería y miedo, de héroes forzosos y la gloria en la derrota.

En el prólogo, Steinbeck escribe sobre su labor de corresponsal de guerra, cómo debía entregar sus artículos de forma diaria, sin tiempo para pulirlos, pasar por varias censuras, la del ejército para evitar dar pistas al enemigo de emplazamientos de tropas y planes de invasión, la propia del escritor, escribir sobre la vida de los soldados de forma realista pero sin mostrarlo todo “reinaba un sentimiento general de protección hacia nuestro ejército y de que la verdad podía provocar el pánico”.

Los artículos están escritos en Inglaterra, África e Italia a lo largo del año 43. Quedan dos años para el fin de la guerra, los soldados se preguntan por sus misiones, los recuerdos de casa, la sensación de estar en otro mundo. Steinbeck se detiene en escenas cotidianas, conversaciones, miedos, camastros, cartas, chicles, los nombres de un avión, muestra todo aquello que hay antes y después de un combate, la muerte. Piensan en el rostro de los amigos, para el caso de que ocurra lo peor: la muerte. ¿Quién seguirá vivo mañana por la noche? En una guerra siempre muere más de uno. Si en las guerras sólo muriera uno, éstas no existirían. No es posible que muera uno solo. Cada hombre a la luz de la luna, mira extrañamente a los otros: ve la muerte. Este es el peor de todos los momentos de la noche anterior al día fijado para el asalto por tropas formadas por soldados novatos. Nunca se repetirá. Cada uno de los hombres se imagina a su manera cómo será, pero jamás acierta. Cuando uno se lo imagina, lo hace prescindiendo y hasta desconociendo el pensamiento de los demás. Todos están solos bajo la luna, y la multitud de alrededor de cada uno, tomado individualmente, está compuesta de extraños. Nada, al producirse el asalto, será como esto. El fuego y el terrible ejercicio harán de ese tiempo que va a llegar algo que no se conoce ahora. Será un tiempo malo, sin duda, una de esas épocas que evitamos recordar. No será uno solo de entre estos hombres el que muera. Es imposible que sea sólo uno. Acaso sea más exacto decir que todos ellos son presuntos muertos. La verdad es que, de algún modo, todos están ya un poco muertos. Y casi todos han escrito su carta y la han dejado en algún sitio, con el ruego de que sea enviada si, al final, les llega la muerte. Cartas, algunas preñadas de faltas de ortografía; otras, de deficiente redacción; unas terceras, exageradamente pulidas y llenas de ideas; otras, en fin, breves y escuetas. Todas dicen la misma cosa. Todos dicen: «Desearía haberte dicho esto; pero nunca lo he hecho, nunca he podido hacerlo. Siempre ha habido alguna cosa que me ha impedido decírtelo, y sólo ahora, cuando ya es tarde, puedo hacerlo. He pensado en todo esto más de una vez, pero siempre, cuando he querido empezar a hablar, algo me ha detenido. Ahora puedo decírtelo, pero no quiero que sea una carga para ti. Sé que siempre ha sido así, sólo que no te lo había dicho». En todas las cartas se escribe lo mismo, idéntico mensaje. Toda la soberbia, el orgullo, se derrumba en las últimas cartas. Las cartas a las esposas, a las madres y a las hermanas, a los padres. Hay unas ganas locas de haber sido una parte de alguien.

Lo que me gusta de los artículos de Steinbeck es su acercamiento a la muerte y el miedo, no a las grandes batallas sino a la historia que cada soldado tiene dentro, los momentos distendidos donde se juega a los dados, las noches en un camastro tras completar un bombardeo, la luz y el calor del desierto africano, la toma de una isla de forma accidental y sin apenas disparar, son artículos ágiles, fotografías de una guerra.



HISTORIAS

LONDRES (10 de julio de 1943). La gente está nerviosa debido al fuego y las explosiones. Todos tienen algo que contar. Sea cual sea la conversación, sean quienes sean los interlocutores, no tarda en surgir el recuerdo. Se diría que el terror causado por las bombas es ya una cosa aceptada como inevitable, como natural y propia de todas las edades.
—A mí —dice uno—, lo que más me afecta es el sonido del cristal, ese tintineo del cristal en pedazos, barrido por los encargados de la limpieza. Mi perro rompió uno de los cristales de una ventana, hace de ello unos días, y mi esposa barrió los fragmentos. El ruido de los cristales arrastrados por el suelo, con su sonido de siempre, me hizo sentir escalofríos. Me costó calmar la excitación que surgió en mi subconsciente.
A veces, vas a comer a un restaurante y resulta que enfrente de él hay una casa derruida. Y siempre hay alguien al que la destruida casa de piedra le recuerda algo.
—Una noche, me cité aquí mismo con una señorita. Yo llegué un poco antes de la hora acordada, para esperarla aquí. Estalló una bomba. Salí a la calle. La bomba había caído en esa casa de ahí, y había ocasionado un incendio. Todo estaba iluminado por el fuego. La fachada de la casa se había hundido, hecha mil pedazos. Podía verse el morro de un taxi sobresaliendo de las ruinas esparcidas sobre el arroyo. Hallé una zapatilla azul cuando salí a la calle. Y me fijé en que su puntera me señalaba...
Otro mira hacia una pared; el edificio ha desaparecido, pero aún quedan en pie cinco chimeneas, como construidas encima mismo del suelo.
—Esto fue una bomba de enorme potencia —dice—. Yo paso siempre por aquí para ir a trabajar. Durante seis meses ha habido un par de calcetines colgando de una cuerda. Sin duda, los pusieron a secar poco antes de que estallara la bomba. Sí, han estado en la cuerda durante seis meses. Ahora alguien debe de haberlos robado.
—Yo —interviene otro— paseaba por Hyde Park cuando empezó un bombardeo. Me metí en una zanja. Siempre lo hago cuando no tengo tiempo para llegar a un refugio. Vi saltar en el aire un gran árbol, uno como éstos; y vi que iba a parar justo a mi lado, ahí justamente, en donde el suelo se ve hundido. En la zanja cayó un gorrión que, por lo visto, había estado posado en una de las ramas del árbol: estaba completamente muerto. Las sacudidas matan a los pájaros con suma facilidad. No sé por qué, levanté al pájaro y lo tuve durante un rato en la mano, contemplándolo. No tenía sangre ni nada que se le pareciera. Me lo llevé a casa... Sí, fue una tontería, hubiera sido mejor tirarlo lejos enseguida.
Se cuenta que un refugiado, una de las noches en que las bombas más bramaban, con largas horas de tortura en unos campos a sus espaldas, no pudo dominarse más: se degolló y, al momento, saltó por la ventana. Habiendo llegado ya a Londres casi en el paroxismo del desespero, unas pocas bombas más le resultaron insoportables. Pues bien; una muchacha que aquella noche conducía una ambulancia y vio al suicida, dice:
—Llegó a irritarme su proceder. Ahora lo comprendo, pero aquella noche me puso furiosa. Y no fui la única. Mientras lo llevaba en la ambulancia, le iba gritando que se muriera. Y lo hizo.
—La gente ha llegado a cometer los actos más absurdos —empieza otro—. Un hombre de edad avanzada, que perdió la casa entera en un bombardeo, logró, sin embargo, salvar una mecedora. Y ahora la lleva a todas partes consigo, sin querer abandonarla un solo instante. Toda su familia ha muerto. Pero él se aferra a su mecedora constantemente. Jamás se sienta en ella; se sienta en el suelo, a su lado. Pero no permite a nadie que se la arrebate.
Cientos de historias, todas terminadas en algún hecho digno de compasión. Cosas en el fondo terribles, un poco intrascendentes en apariencia, que permanecen en la memoria de todos.
Cualquiera podría decir: «Recuerdo los ojos que tenía la gente antes, veo los que muestran todos ahora, cuando van a trabajar, por la mañana. Son los de ahora ojos cansados. Ojos rendidos por la fatiga, por esa fatiga que produce el creer que hasta morir no descansaremos ya. Ojos profundos, hundidos en la cabeza. Y la voz... La voz de las gentes de ahora parece llegarnos del más allá, de muy lejos... ».
Cientos de historias... Como la del ciego que, de pie en el bordillo de la acera y golpeando en éste con su bastón en un intento de llamar la atención de alguien, espera a que le lleven a la acera de enfrente. No es por miedo al tráfico, que no existe; sino por miedo al crepitar de las llamas, a un nuevo bombardeo. El ciego espera que lo acompañen hasta el refugio.
Como la historia de la mujer que iba vendiendo pulverizadores llenos de agua de colonia. La ciudad se estremecía bajo el impacto de las bombas, y el fuego de muchas casas incendiadas la iluminaba como si fuera de día. El sonido de la destrucción lo invadía todo, pero, entre tanto ruido, una vocecilla aún tenía fuerzas para anunciar:
«¡Agua de colonia! ¡Agua de colonia; da buena suerte!»
John Steinbeck
Hubo una vez una guerra (traducción de Leonardo Domingo. Edhasa)


Tags: Historias, John Steinbeck, Hubo una vez una guerra, Leonardo Domingo, Edhasa

Publicado por elchicoanalogo @ 20:29  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

guauuu me gusta mucho tu blog, gracias!

este es mi sitio

Publicado por Invitado
S?bado, 27 de octubre de 2012 | 0:47

Mola tu sitio. Éste es uno de los artículos de Steinbeck que más me llamaron la atención. Un saludo

Publicado por elchicoanalogo
Domingo, 28 de octubre de 2012 | 0:01