Viernes, 10 de agosto de 2012

Matadero 5 fue una de las lecturas más extrañas, caóticas, febriles y alucinadas que recuerde, pasaba las hojas y me decía que no era posible ese salto de espacios, tiempos y planetas. Esa novela, leída tal vez demasiado pronto, me hizo iniciar la búsqueda de los libros descatalogados de Vonnegut en ferias y librerías de viejo en Bilbao, Valladolid o Madrid. A veces mis amigos se unían a la búsqueda, me preguntaban cómo se llamaba ese autor que me gustaba y buscábamos en las casetas de la feria, nunca preguntaba por Vonnegut a los libreros, decía a mis amigos que era cosa de magia y azar. Encontré libros escritos por los cineastas Sam Fuller o Satyajit Ray pero nada de Vonnegut. No sé si dejé de creer en la magia y el azar o qué, sólo sé que las ganas de leer Madre Noche eran superiores a la espera de un cruce de caminos. Encargué el libro en Hijazo libros, de Logroño. En un par de días me llegó una edición casi perfecta de Madre Noche, las hojas algo amarillentas pero no crepitantes. Hojeé el libro, leí el prólogo de Manel G. Palacio, la introducción del propio Vonnegut que me hablaba de sus días como prisionero del ejército alemán, la sinrazón de las guerras y cómo nos comportaríamos en ellas. Sentí que estaba ante una lectura que cambiaría algo dentro de mí. No me equivoqué.

En la introducción Vonnegut escribe: Éste es el único de mis relatos cuya moraleja conozco. No creo que sea una moraleja extraordinaria. Sólo que en esta ocasión sé cuál es: somos lo que aparentamos ser, así que debemos tener cuidado con lo que aparentamos ser. Madre Noche es la voz de Howard W. Campbell Jr. en una celda israelí. Espera juicio por su crímenes de guerra. El inicio es demoledor: Me llamo Howard W. Campbell, Jr. Soy norteamericano de nacimiento, nazi por reputación y apátrida por vocación. Ya en las primeras líneas aparece la idea de la apariencia que enmascara la realidad, Campbell, encarcelado por su pasado nazi, fue un espía norteamericano que pasaba información secreta en sus arengas radiofónicas contra los judíos. Reclutado en un parque, Campbell parece que necesita de alguien que le indique el camino a seguir. Lo que no esperaba Campbell es que aquella propaganda de sus emisiones ayudara a que los alemanes no se sintieran culpables por apoyar al régimen nacionalsocialista en el que vivían.

Vonnegut describe un personaje que intenta andar en varias direcciones, en apariencia un nazi convencido que idea eslóganes y milicias favorables al nazismo, en la sombra un espía que intenta ayudar a ganar una guerra contra el mal, y fuera de todo eso, forma una nación de dos con su esposa Helga, el único territorio al que cree pertenecer. Es doloroso ver cómo este hombre en apariencia bueno es comido por el papel que representa. Ayuda a pasar informes a los aliados, pero también es una pieza importante en la maquinaria nazi. En la introducción Vonnegut dice: Si hubiese nacido en Alemania, supongo que habría sido nazi, habría liquidado a judíos y gitanos y polacos, habría dejado botas sobresaliendo de montículos de nieve y me habría reconfortado con mis propias entrañas, secretamente virtuosas. Así suele suceder. Lo que me gusta de Vonnegut es su estilo directo, sus personajes extraños, el sarcasmo y, también, la ternura con la que trata al ser humano, su mirada a la realidad para mostrar la incoherencia en la que participamos.

En Madre Noche Campbell pasa sus días de cárcel escribiendo sus memorias, rodeado de personajes extraños, un judío húngaro que fue miembro de las SS, otro que no sabe quién fue Goebbels, también la sombra de aquellos que estuvieron a su lado, su esposa Helga, que desaparece en Crimea, las personas que encontró en su exilio y silencio tras el fin de la guerra: Campbell regresa a Nueva York, vive en un pequeño apartamento, no hace nada más que mirar un parque de juegos, encuentra un amigo en un vecino (un espía ruso), conoce al reverendo Lionel Jason David Jones, doctor en Cirugía Dental y doctor en Teología, que intenta mantener los ideales nazis con la ayuda de un grupo de chalados y un führer negro. Campbell es una sombra, ha perdido su nación de dos, nadie conoce su pasado de espía, vive recluido y, de repente, todo regresa, lo buscan para juzgarlo en Israel, forma una nueva nación de dos con su cuñada, se deja llevar por los acontecimientos. Campbell escribe todo los pasos que le llevaron a esa celda y, como el protagonista de Justicia para un hombre solo, elige decidir su futuro, una justicia personal y última para dar un sentido a una extraña vida dual.

Hay momentos extraordinarios en Madre Noche, la nación de dos que forma Campbell primero con Helga y luego con su cuñada, la única patria a la que servir, el encuentro con George Kraft, un espía ruso encubierto con el que juega al ajedrez, la escena donde se queda quieto en medio de la calle, sin saber qué dirección tomar y esperando que alguien le diga el siguiente paso a dar, cualquiera que sea. Lo que me dejó helado fue el hecho de que no tenía ningún motivo para moverme en una u otra dirección. Lo que me había impulsado a movilizarme durante tantos años muertos y vacíos había sido la curiosidad.
Y ahora hasta eso se había extinguido.
No sé decir cuánto tiempo estuve allí, helado. Si iba a moverme otra vez, alguien tendría que ofrecerme una buena razón para hacerlo.
Y alguien lo hizo.
Un policía me observó durante un rato. Luego se me acercó y me dijo:
- ¿Está bien?
- Sí.
- Ha estado ahí parado mucho tiempo.
- Lo sé.
- ¿Espera a alguien?
- No.
- Entonces es mejor que siga su camino, ¿no le parece? – dijo-.
- Sí, señor, - asentí-.
Y seguí mi camino.

Madre Noche se ha convertido en mi libro favorito de Vonnegut. Seguiré buscando sus libros, el sarcasmo, la ternura y un mundo inesperado.



4. Correas de cuero
Bernard Mengel, el judío polaco que monta guardia desde la medianoche hasta las seis de la mañana, es un hombre de mi edad. Durante la Segunda Guerra Mundial salvó su vida haciéndose pasar por muerto de tal manera que un soldado alemán le arrancó tres dientes sin sospechar siquiera que Mengel no era un cadáver auténtico. El soldado quería sus tres coronas de oro.
Las obtuvo.
Mengel dice que aquí, en la cárcel, hago mucho ruido al dormir; que me agito y hablo durante toda la noche.
–Usted es el único hombre, que yo sepa –me dijo Mengel esta mañana–, que esté tan lleno de remordimientos de conciencia por lo que hizo en la guerra. Todos los demás, no importa del lado que estuvieran, no importa lo que hicieran, se mantienen firmes en la seguridad de que un hombre bueno no podría haber actuado de otra manera.
–¿Y qué le hace pensar que me remuerde la conciencia?
–La forma en que duerme; la manera de soñar que tiene. Ni siquiera Hoess dormía así. Durmió como un santo hasta el último momento.
Mengel habla de Rudolf Franz Hoess, el comandante del campo de concentración de Auschwitz. Bajo su tierno cuidado, literalmente millones de judíos marcharon a la cámara de gas. Mengel sabía algo acerca de Hoess. Antes de emigrar a Israel en 1947, Mengel ayudó a ahorcarlo.
Y no con su sola testimonio. Lo hizo con sus dos manos enormes.
–Cuando lo colgamos, yo le puse la correa alrededor de los tobillos y la ajusté bien tirante.
–¿Le produjo eso alguna satisfacción?
–No; yo era casi como todos los que estuvieron en esa guerra.
–¿Qué quiere decir? –le pregunté.
–Que llegué a convertirme en alguien incapaz de sentir nada. Cada trabajo era un deber que cumplir y nada más; ninguno era peor o mejor que otro... Después que terminamos de colgar a Hoess, hice la maleta y me fui a casa. El cierre de mi maleta estaba roto, así que la sujeté con una gruesa correa de cuero. En una hora hice la misma acción dos veces: una vez con Hoess y otra con mi maleta. Ambos trabajos fueron para mí casi lo mismo.

( … )

–¿Sabes? Cuando cayó la bomba sobre nuestro apartamento, aquella noche, y la mató y me dejó solo con la motocicleta... el hombre del mercado negro me ofreció cuatro mil cigarrillos a cambio de la moto...
–Lo sé –dije.
Porque Heinz me contaba la misma historia siempre que se embriagaba.
–Y dejé de fumar de golpe, porque quería tanto a mi moto...
–Todos nos aferramos a algo.
–Sí; a cosas equivocadas... Y empezamos a aferrarnos a ellas demasiado tarde. Te diré lo único en que creo de veras, de entre todas las cosas que hay que creer.
–Bueno.
–Todo el mundo está loco. Todos harían cualquier cosa en cualquier momento, y que Dios ayude al que quiera buscar las razones.
Kurt Vonnegut
Madre noche (traducción de J. C. Guiral. Anagrama. Círculo de lectores)


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Publicado por elchicoanalogo @ 17:56  | Libros...
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