Viernes, 17 de agosto de 2012

Doblo la esquina de la página 64 de HHhH. Binet me hablaba de Heydrich, el carnicero de Praga, de las pequeñas decisiones que pueden cambiar la vida de una persona y, en efecto dominó, la de miles de desconocidos. Miro a Bienvenido. Tiene los ojos cerrados, se apoya en los barrotes blancos de su jaula, parece dormido pero cualquier ruido le hace mover la cabeza buscando su origen.

Hace una semana E. subió con Bienvenido, quería que lo cuidase durante sus vacaciones de verano. E. tiene más de setenta años, dice cojona al final de cada frase, se queja del dolor de su cuerpo y me confiesa que no hay hueso que no le duela, se sorprende cuando salgo a correr en pantalón corto en los peores días de invierno, no sabe que lo hago para buscar el silencio, me pregunta por mi vida en Argentina, extraña no darle pan duro a Gora y a veces me pide que le dé dos besos.

La jaula tiene un cordón atado a la puerta y un pequeño espejo dentro. Bienvenido pía cuando siente la luz del sol, se balancea en su trapecio naranja, se mira al espejo, me pregunto si se reconocerá o creerá estar ante otro canario blanco, si se sorprenderá al ver el reflejo del paisaje en el espejo. A veces hago ruidos extraños con la boca, intento imitar el sonido de su canto, pero acaba por parecerme infantil y le hablo como le hablaba a Gora.

Estamos en el balcón, las nubes grises, los charcos en las aceras, la lluvia tímida, el viento frío como un traje de buzo y yo dentro de él. Paso de las páginas del libro de Binet a Bienvenido. Pienso que está a salvo dentro de su jaula, ningún depredador puede hacerle daño, tiene alpiste y agua, lechuga y un espejo, un trapecio naranja en el que da giros de trescientos sesenta grados. Mueve el pico como si hablara para sí mismo, me recuerda a los actores de las películas mudas. Salta del trapecio a una de las paredes da la jaula, se coloca boca abajo, vuelve al trapecio, mueve la cabeza, come alpiste. Una bandada de pájaros negros se acerca a la torre eléctrica y se posa en ella, veo su vuelo acompasado, la curva que toman antes de dejarse caer en los hierros de la torre. De vez en cuando aparece una sombra solitaria y se une a la bandada.

Bienvenido me observa, gira la cabeza, abre y cierra los ojos, alguna de sus plumas cae al suelo, está de espaldas al espejo. Sigo la dirección de su mirada, los montes como la línea del horizonte, las luces de la torre de Iberdrola en Bilbao (un faro en medio de la ciudad que refleja los edificios alrededor y cambia su forma), los rascacielos de Barakaldo, los árboles del nuevo parque.

Un personaje de Dick se preguntaba ¿Es esto real? Miro a mi alrededor, la baldosas rojas del balcón, las líneas rectas de la barandilla, las torres de electricidad, las nubes distantes y una estela de avión. Me fijo en la estela, se difumina y pierde su forma, se confunde con las nubes, desaparece. Siento la realidad parecida a esa estela, algo no del todo definido, algo que se confunde con el fondo y que termina por desaparecer. Me pregunto si el azul del cielo, las toallas rectangulares, el sonido de la carretera es todo lo que puedo ver, si no habrá otra realidad detrás de ésta.

Pienso en las confluencias del espacio y tiempo y lo vertiginoso que es coincidir, en una mochila roja dentro de un armario, en los libros que me quedan por leer, en los que nunca leeré, en las ausencias que duelen y los recuerdos que calman, pienso en las consultas, especialistas y hospitales del último mes y medio, en las hojas en blanco de mi pasaporte, en el mapa que hay en mi mochila, en los mapas que he perdido entre mis libros, en trucos de magia y el más difícil todavía.



Se encienden las farolas tras los barrotes blancos del balcón. Cruzo las manos para no desanudar el cordón y abrir la jaula de Bienvenido.


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