S?bado, 18 de agosto de 2012

Compré Cruzando el paraíso en una feria de libro antiguo de Madrid. Sonreí al encontrar una novela del director Sam Fuller y el libro de cuentos de Sam Shepard. Te conté que Shepard me gustaba como actor (te hice una pequeña lista de sus películas) y que me emocionaban sus cuentos y poemas. Te hablé de una voz solitaria y pausada, de moteles, desiertos y caballos, sus cuentos son lo más parecido a desaparecer tras una cortina de arena y agua.

Tardo casi un año en leer Cruzando el paraíso. Hay un billete de metro del pasado octubre, el olor de libro viejo y usado, las páginas amarillas. Nos gustan los libros que crepitan y tienen el lomo doblado, sentimos que guardan más de una historia dentro. Si ahora estuvieses a mi lado te diría que al cerrar el libro de Shepard sentí que me despedía de un amigo, que esos textos de moteles y carreteras secundarias me hablaban de pérdidas y paraísos ficticios.

Hay algo en la voz de Shepard que me golpea poco a poco. Su estilo es preciso, directo, desnudo, y es eso lo que me deja sin habla y que me hace buscar sus libros. En Cruzando al paraíso Shepard vuelve al desierto y los caballos, a las habitaciones de motel y personajes errantes, a amores misteriosos y el polvo del camino. Es eso lo que me atrae de Shepard, la soledad de sus paisajes y personajes, la tristeza de los moteles, el desierto que puede ser un paraíso o un espejismo.

Los textos de Shepard hablan de las relaciones difíciles y extrañas entre padres e hijos, entre hombres y mujeres, de adolescentes que trabajan en granjas y ranchos, de caballos domados y salvajes, del amor platónico del juez Roy Bean por Lillie Langtry (me llevó a El juez de la Horca, de John Huston), de hombres que mueren quemados en el colchón de un motel, jinetes solitarios y mujeres que desaparecen, de caballos que ganan a coches en carreras improvisadas y de espacios abiertos. Hay equipajes, carreteras, recuerdos de infancia, mujeres distantes, En los últimos textos Shepard escribe un diario de rodaje, los preparativos de la película, un viaje a México, las conversaciones con el equipo, cómo encarar su personaje, la mirada que se detiene en indios mexicanos que no hablan español y que se ríen de lo extraño que es estar ante una cámara.

Siempre que nos vemos hay un momento donde entramos a una cafetería a hablar de los libros comprados y de pasadas lecturas. Tal vez, en nuestro próximo encuentro, te hable de Cruzando el paraíso, donde unos adolescentes van al motel en el que murió calcinado el padre de uno de ellos y roban el colchón para quemarlo en un acueducto; o de Nuevo Mundo, un vaquero quinceañero que teme perder su libertad (soledad) al encontrarse con unos indios que quieren acogerlo en su tribu; o de Todo un hombre, el primer día de trabajo de un adolescente, los músculos doloridos y un caballo que corre más que un coche; o de Granizo surgido de la nada, un hombre que se despierta solo en su habitación de motel, sin saber qué ha sido de su mujer, sale a buscarla y le sorprende el granizo. Te diré que, a primera vista, pueden parecer temas leves, pero que es la mirada abarcadora de Shepard y su voz desnuda la que me deja hace seguir buscando sus libros.



Crewlaw vertió toda la gasolina sobre el colchón procurando no salpicarse y tiró la lata vacía encima para redondear la faena.
-Vamos, alejémonos, porque este cabrón va a quedar reducido a cenizas – dijo, y me tiró del codo.
Nos situamos a una distancia prudencial. Crewlaw cogió del suelo una piedra lisa y plana de color corcho, sacó de su paquete de Lucky Strike los tres últimos cigarrillos que le quedaban, metió la piedra y estrujó con fuerza el envoltorio. Prendió fuego al celofán con su Zippo, esperó hasta que la llama pasó de azulada a anaranjada y lanzó el encendido proyectil con una especie de gancho que le había visto ejecutar en la cancha de baloncesto. La piedra describió un arco como un cometa contra el lejano horizonte antes de caer sobre el colchón sin ruido alguno. Durante unos instantes no sucedió nada. Pensamos que se había apagado. Ni rastro de llamas. Nada. Se oyó algo parecido a un susurro y, de pronto, con la violencia de una ráfaga de viento del desierto, emergieron las llamas y todo el acueducto pareció arder.
-Por fin mi padre descansa definitivamente en paz -comentó Crewlaw mientras contemplaba la columna de arremolinado humo negruzco que ascendía desde el agujero del colchón-. Supongo que hay quien tiene que arder un par de veces antes de lograrlo.

( … )

-Las tribus indias de las llanuras tenían un ritual muy interesante relacionado con los dedos. Se cortaban uno como señal de duelo por la pérdida de un ser querido. El meñique por un hijo, el anular por la esposa, el índice por los padres, y así sucesivamente. Por eso, si mira con detenimiento las viejas fotografías de ese trágico periodo en que el gobierno los internó en reservas, si se fija en las manos de los ancianos de la tribu, verá que a algunos de ellos no les queda ni un solo dedo en ninguna de las dos manos. Sólo se ven muñones.

( … )

Avanzaron hasta el borde de otra garganta, y en esta ocasión Price ni siquiera hizo que el caballo se detuviese un momento. Se limitó a agarrarse a la crin y dejó que saltase a lo desconocido. Dejó de ejercer el más mínimo control sobre las riendas y permitió que su montura vagase por el fondo, avanzando entre rocas y sorteando las torrenteras en las zonas donde el agua había ido abriendo profundos y oscuros cauces. Price pensó que si erraba por allí el tiempo suficiente, acabaría perdiéndose. Se encontraría tan desesperadamente perdido que descubriría alguna parte de sí mismo hasta ese momento desconocida para él. Una parte de sí mismo con la que se vería obligado a trabar conocimiento. La idea le hizo temblar y sentirse aterrorizado. Su mente no cooperaba. No podía controlar las imágenes. No tenían sentido aparente. Las veía aparecer en su cabeza como si llevase mucho tiempo sentado en una sala de cine para asistir a una sesión matinal, completamente solo. Vio a John Wayne con un abrigo de piel de búfalo. Al presidente Bush con una gorra de béisbol y corbata. Bombas cayendo sobre Bagdad. Bombas vistas desde las alturas, como si estuviese mirando a través del escotillón de un avión. El rostro regordete y satisfecho del general Schwarzkopf. Un chico golpeando el muro de Berlín con un martillo de herrero sin hacer mella en él. Imágenes de noticias. Imágenes de rostros que generaban noticias. Imágenes de cuervos y halcones. La cabeza de una liebre muerta. Y Madilia. Sus intensos y magníficos ojos.
Sam Shepard
Cruzando el paraíso (traducción de Mauricio Bach. Anagrama)


Tags: Cruzando el paraíso, Sam Shepard, Mauricio Bach, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 9:55  | Libros...
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Comentarios

Un autor de cuentos imprescindibles. Tanto en Crónicas de motel, como en Cruzando el paraíso.

Publicado por Escueladeescritores
Domingo, 01 de enero de 2017 | 13:08