Mi?rcoles, 29 de agosto de 2012

Estaba echado boca arriba sobre la alfombra roja, contemplando la irregular superficie del techo. Supuso que debía de ser el efecto de algún tipo de espuma antiincendios con que lo habían rociado todo; era como un requesón enmohecido a punto de caerle sobre la cabeza en cualquier momento. Se estaba perdiendo en los detalles. Detalles del entorno que lo envolvía. Le pareció que era un buen sitio. Encerrado; donde el granizo no podía caerle encima. Tal vez no abandonara nunca más aquella habitación. Se fijó en las formas de las sombras que el sol que se filtraba por los pliegues de las cortinas de plástico proyectaba en la pared. Miró cómo se movían y oscilaban, y pensó en lo difícil que sería dibujarlas correctamente. Incluso en blanco y negro. Escuchó voces provenientes de otras habitaciones; tan solo el rumor de esas voces, sin ser capaz de descifrar las palabras concretas que decían los hombres riéndose, con el televisor a todo trapo. Viendo la televisión a pleno día. Béisbol. Dos hombres riéndose; pensando que ojalá tuviesen la compañía de alguna mujer. De cualquier mujer. Un cortacésped a lo lejos..., alguien que se dedicaba a mantener bonita su pequeña parcela. La máquina de hielo. La lejana carretera. De pronto, los rayos del sol cambiaron de ángulo y borraron todas las sombras de la pared con su luz fría y grisácea. Le dolía la espalda; pensó que debía de ser por todo el tiempo que había pasado conduciendo. Todo el tiempo que había pasado conduciendo a lo largo de su vida. Tal cantidad de kilómetros que era imposible tratar de contabilizarlos. Había atravesado el país por motivos que ya era incapaz de recordar. Conducía por conducir. Imaginó un mapa del país en la irregular superficie del techo, sin Canadá ni México; un continente isla. Y atravesándolo de costa a costa y de norte a sur había montones de largas líneas amarillas en espiral que representaban todos sus viajes. Viajes sin consecuencias, hasta donde podía recordar. Excepto aquel en que la conoció. Esa línea era roja y nacía en Salt Lake, en la feria estatal. Estaban de pie el uno junto al otro, asistiendo al espectáculo de las mulas. Dos completos desconocidos. Fue totalmente accidental. Ambos estaban tan hipnotizados ante aquellas mulas voladoras que saltaban desde una plataforma situada a treinta metros de altura que ni se fijaron en quién tenían al lado. Las mulos aterrizaban con el vientre en un tanque de agua, con un tremendo golpe, despatarradas, con la mirada aterrorizada, y mientras caían lanzaban unos horripilantes rebuznos. Al final, una de las mulas cayó fuera del tanque y ella se echó en sus brazos, tapándose la boca y gimoteando como si hubiese recibido el impacto en su propia carne. La sostuvo y le dio unas palmaditas en la espalda. Dejó que la rodease con sus brazos. La abrazó tal como habría hecho con un niño aterrorizado. La multitud que los rodeaba se empezó a dispersar. Las tripas de la mula accidentada, humeantes y azuladas, se habían desperdigado por el aparcamiento. Varios empleados corrían de un lado a otro con cubos y cuerdas, gritándose órdenes unos a otros. La alejó de aquella escena y la condujo hacia un apartado tenderete amarillo en el que servían perritos calientes y cerveza. Ella se dejó llevar, como si se conociesen desde hacía mucho tiempo. Cruzó las muñecas sobre el pecho y apretó la barbilla contra sus puños cerrados. La gente que corría hacia el lugar del accidente se cruzaba con ellos. Se oían voces chillonas, excitadas. Alguien gritó que se había cometido un asesinato e inmediatamente todas las voces subieron de tono y se acercó más gente corriendo. De pronto, ella se detuvo y le miró a la cara. «Oh, lo siento», le dijo, y se marchó precipitadamente. Le llevó todo el día dar con ella de nuevo. Después de eso vivieron juntos cinco años.

7/91 (Kadoka, Dakota del Sur)

Sam Shepard
Cruzando el paraíso (traducción de Mauricio Bach. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:52  | Libros...
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