Jueves, 30 de agosto de 2012

Me dice que Peter Stamm es como un hijo literario de Kjell Askildsen. Siento curiosidad por sus palabras. Voy a la estantería, busco algún libro de Stamm y encuentro En jardines ajenos. Leo el inicio camino del balcón, habla de una mujer que ve cómo su casa se vacía y ella se relega a las habitaciones justas para vivir. Hay algo que me conmueve en ese inicio del primer cuento de En jardines ajenos, es como sentirse tras una frontera y ver la vida como algo al otro lado. Me siento en el balcón y leo el libro sin pausa.

Stamm tiene una voz concisa y triste, sus personajes se mueven pero nunca se sabe con qué motivación, están en lugares de paso (estaciones, trenes, barcos, habitaciones y casas alquiladas, habitaciones de hotel), miran alrededor, se preguntan por lo que ven y lo que sienten, a veces el roce de una toalla con el olor de otra piel les devuelve a la vida. Es como ver andar a un funambulista en la cuerda floja y sentir que, en cualquier momento, puede caerse.

Las historias de En jardines ajenos se centran en la vida cotidiana, hay tensión y una extraña espera en los personajes, decorados inesperados, un espectáculo de coches y motos, las calles de Londres o Lisboa, una nevada que sepulta Nueva York, una solitaria casa irlandesa. Los personajes de Stamm andan por estos decorados y paisajes como extranjeros, como seres extrañados.

En La visita una mujer encuentra en el olor de otra piel en una toalla un momento de epifanía; en La pared en llamas se cruzan dos solitarios, un hombre que pertenece a un circo de coches y especialistas y una joven camarera, dos personas que esperan un cambio en sus vidas a través del otro; el cuento que da título al libro me habla de un mujer que cuida la casa de su vecina, entra en ese hogar extraño, la oscuridad, las habitaciones cerradas, los pequeños objetos y fotografías cotidianas, una lista para una estancia en un hospital, adentrarse en los objetos que forman otra vida; Toda la noche es una nueva espera, dos amantes que van a encontrarse en un piso de Nueva York, nieva y él sale a la calle blanca y anochecida; en Como una niña, como un ángel, Stamm habla de la amistad entre dos extraños y habitaciones de hotel, Fado me recordó por momentos a La nave de los muertos de Traven, un hombre que pasa la última noche en tierra antes de embarcar; en Todo lo que falta se habla de una nueva vida en Londres, un hombre que llega a la ciudad para vivir un año, los vacíos en su nueva casa, las vistas desde el balcón, su vecina japonesa, las dudas y las visiones de otra vida; La parada es un cuento extraño, unos jóvenes esperan su tren, hablan y pasean por la estación, ven llegar otro tren con destino a Lourdes, dentro de las ventanas, las caras de los enfermos que les miran (A veces pienso que la vida sería más fácil si uno estuviera enfermo -dijo Daniel- Uno sabría a qué atenerse); Deep Furrows es un encuentro entre dos desconocidos, una casa en Irlanda, una familia que levanta un muro para no tener que cruzarse con sus vecinos; El experimento es uno de mis cuentos favoritos de Stamm, una pareja decide renunciar al sexo para mantener intacta la pasión que sienten por el otro (se acuestan con otras parejas pero permanecen fieles a su amor); El beso se centra en un encuentro entre padre e hija, su forma de estar juntos, de cambiar los papeles.

En jardines ajenos es intenso e inteligente.



Tumbada en la cama, oyó que Philip entraba en el cuarto de baño y empezaba a ducharse. Quiso levantarse y alcanzarle una toalla, pero no lo hizo. Se lo imaginó saliendo de la ducha, secándose con la toalla húmeda de Martina y atravesando el pasillo para entrar en la cocina donde lo esperaba su nieta. Entonces los chicos se abrazaban, subían a la segunda planta y se metían en la misma cama. Tonterías, había dicho Verena: que cuidara de que no hicieran tonterías. Pero no lo eran. Todo pasaba tan deprisa.
Regina se levantó de nuevo y salió al pasillo sin encender la luz. Se quedó de pie en la oscuridad y agudizó el oído. No se oía ningún ruido. Entró en el cuarto de baño. Un farol de la calle arrojaba un poco de luz en el interior. La toalla colgaba del borde de la bañera. Regina la cogió y la apretó contra su cara. Notó el frío en la frente y un olor ajeno. La dejó donde estaba y volvió a la habitación.

( … )

La felicidad es una cuestión de actitud, pensó. Londres era una ciudad estupenda, lo decían todos. Saldría por las noches, iría a conciertos, al cine, a musicales. Conocería gente nueva. En efecto, ya era un poco amigo de Rosemary. La llamaría, mañana mismo. Y tal vez conocería a la japonesa del piso de al lado. Sólo en ese momento se le ocurrió pensar que quizá no estaba sola como él. Este pensamiento lo deprimió. Fue a la cocina. Quería prepararse un té. Abrió todos los armarios. Luego escribió en su lista de la compra: bolsitas de té. Y de una vez: café, filtros de café, azúcar, crema de leche. Y: comestibles.
Peter Stamm
En jardines ajenos (traducción de María Esperanza Romero. Acantilado)


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Publicado por elchicoanalogo @ 17:10  | Libros...
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