Viernes, 31 de agosto de 2012

en el revés de las palabras cabalga una liturgia  
de malversaciones  
todo es andrógino ambiguo  
ambivalente  
un puñal  
escarba en el silencio
y hay un soborno antiguo
una historia bacapeada
una hora de la siesta
que abdica en supermán

la impracticable tarea
de domesticar
a mafalda
Gaciela Scarlatto
En el revés de las palabras... (en Ciclo lectivo. Monosabio. Ayuntamiento de Málaga)


Tags: el revés de las palabras, Graciela Scarlatto, ciclo lectivo, Monosabio

Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Poes?a
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Jueves, 30 de agosto de 2012

Me dice que Peter Stamm es como un hijo literario de Kjell Askildsen. Siento curiosidad por sus palabras. Voy a la estantería, busco algún libro de Stamm y encuentro En jardines ajenos. Leo el inicio camino del balcón, habla de una mujer que ve cómo su casa se vacía y ella se relega a las habitaciones justas para vivir. Hay algo que me conmueve en ese inicio del primer cuento de En jardines ajenos, es como sentirse tras una frontera y ver la vida como algo al otro lado. Me siento en el balcón y leo el libro sin pausa.

Stamm tiene una voz concisa y triste, sus personajes se mueven pero nunca se sabe con qué motivación, están en lugares de paso (estaciones, trenes, barcos, habitaciones y casas alquiladas, habitaciones de hotel), miran alrededor, se preguntan por lo que ven y lo que sienten, a veces el roce de una toalla con el olor de otra piel les devuelve a la vida. Es como ver andar a un funambulista en la cuerda floja y sentir que, en cualquier momento, puede caerse.

Las historias de En jardines ajenos se centran en la vida cotidiana, hay tensión y una extraña espera en los personajes, decorados inesperados, un espectáculo de coches y motos, las calles de Londres o Lisboa, una nevada que sepulta Nueva York, una solitaria casa irlandesa. Los personajes de Stamm andan por estos decorados y paisajes como extranjeros, como seres extrañados.

En La visita una mujer encuentra en el olor de otra piel en una toalla un momento de epifanía; en La pared en llamas se cruzan dos solitarios, un hombre que pertenece a un circo de coches y especialistas y una joven camarera, dos personas que esperan un cambio en sus vidas a través del otro; el cuento que da título al libro me habla de un mujer que cuida la casa de su vecina, entra en ese hogar extraño, la oscuridad, las habitaciones cerradas, los pequeños objetos y fotografías cotidianas, una lista para una estancia en un hospital, adentrarse en los objetos que forman otra vida; Toda la noche es una nueva espera, dos amantes que van a encontrarse en un piso de Nueva York, nieva y él sale a la calle blanca y anochecida; en Como una niña, como un ángel, Stamm habla de la amistad entre dos extraños y habitaciones de hotel, Fado me recordó por momentos a La nave de los muertos de Traven, un hombre que pasa la última noche en tierra antes de embarcar; en Todo lo que falta se habla de una nueva vida en Londres, un hombre que llega a la ciudad para vivir un año, los vacíos en su nueva casa, las vistas desde el balcón, su vecina japonesa, las dudas y las visiones de otra vida; La parada es un cuento extraño, unos jóvenes esperan su tren, hablan y pasean por la estación, ven llegar otro tren con destino a Lourdes, dentro de las ventanas, las caras de los enfermos que les miran (A veces pienso que la vida sería más fácil si uno estuviera enfermo -dijo Daniel- Uno sabría a qué atenerse); Deep Furrows es un encuentro entre dos desconocidos, una casa en Irlanda, una familia que levanta un muro para no tener que cruzarse con sus vecinos; El experimento es uno de mis cuentos favoritos de Stamm, una pareja decide renunciar al sexo para mantener intacta la pasión que sienten por el otro (se acuestan con otras parejas pero permanecen fieles a su amor); El beso se centra en un encuentro entre padre e hija, su forma de estar juntos, de cambiar los papeles.

En jardines ajenos es intenso e inteligente.



Tumbada en la cama, oyó que Philip entraba en el cuarto de baño y empezaba a ducharse. Quiso levantarse y alcanzarle una toalla, pero no lo hizo. Se lo imaginó saliendo de la ducha, secándose con la toalla húmeda de Martina y atravesando el pasillo para entrar en la cocina donde lo esperaba su nieta. Entonces los chicos se abrazaban, subían a la segunda planta y se metían en la misma cama. Tonterías, había dicho Verena: que cuidara de que no hicieran tonterías. Pero no lo eran. Todo pasaba tan deprisa.
Regina se levantó de nuevo y salió al pasillo sin encender la luz. Se quedó de pie en la oscuridad y agudizó el oído. No se oía ningún ruido. Entró en el cuarto de baño. Un farol de la calle arrojaba un poco de luz en el interior. La toalla colgaba del borde de la bañera. Regina la cogió y la apretó contra su cara. Notó el frío en la frente y un olor ajeno. La dejó donde estaba y volvió a la habitación.

( … )

La felicidad es una cuestión de actitud, pensó. Londres era una ciudad estupenda, lo decían todos. Saldría por las noches, iría a conciertos, al cine, a musicales. Conocería gente nueva. En efecto, ya era un poco amigo de Rosemary. La llamaría, mañana mismo. Y tal vez conocería a la japonesa del piso de al lado. Sólo en ese momento se le ocurrió pensar que quizá no estaba sola como él. Este pensamiento lo deprimió. Fue a la cocina. Quería prepararse un té. Abrió todos los armarios. Luego escribió en su lista de la compra: bolsitas de té. Y de una vez: café, filtros de café, azúcar, crema de leche. Y: comestibles.
Peter Stamm
En jardines ajenos (traducción de María Esperanza Romero. Acantilado)


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Mi?rcoles, 29 de agosto de 2012

Estaba echado boca arriba sobre la alfombra roja, contemplando la irregular superficie del techo. Supuso que debía de ser el efecto de algún tipo de espuma antiincendios con que lo habían rociado todo; era como un requesón enmohecido a punto de caerle sobre la cabeza en cualquier momento. Se estaba perdiendo en los detalles. Detalles del entorno que lo envolvía. Le pareció que era un buen sitio. Encerrado; donde el granizo no podía caerle encima. Tal vez no abandonara nunca más aquella habitación. Se fijó en las formas de las sombras que el sol que se filtraba por los pliegues de las cortinas de plástico proyectaba en la pared. Miró cómo se movían y oscilaban, y pensó en lo difícil que sería dibujarlas correctamente. Incluso en blanco y negro. Escuchó voces provenientes de otras habitaciones; tan solo el rumor de esas voces, sin ser capaz de descifrar las palabras concretas que decían los hombres riéndose, con el televisor a todo trapo. Viendo la televisión a pleno día. Béisbol. Dos hombres riéndose; pensando que ojalá tuviesen la compañía de alguna mujer. De cualquier mujer. Un cortacésped a lo lejos..., alguien que se dedicaba a mantener bonita su pequeña parcela. La máquina de hielo. La lejana carretera. De pronto, los rayos del sol cambiaron de ángulo y borraron todas las sombras de la pared con su luz fría y grisácea. Le dolía la espalda; pensó que debía de ser por todo el tiempo que había pasado conduciendo. Todo el tiempo que había pasado conduciendo a lo largo de su vida. Tal cantidad de kilómetros que era imposible tratar de contabilizarlos. Había atravesado el país por motivos que ya era incapaz de recordar. Conducía por conducir. Imaginó un mapa del país en la irregular superficie del techo, sin Canadá ni México; un continente isla. Y atravesándolo de costa a costa y de norte a sur había montones de largas líneas amarillas en espiral que representaban todos sus viajes. Viajes sin consecuencias, hasta donde podía recordar. Excepto aquel en que la conoció. Esa línea era roja y nacía en Salt Lake, en la feria estatal. Estaban de pie el uno junto al otro, asistiendo al espectáculo de las mulas. Dos completos desconocidos. Fue totalmente accidental. Ambos estaban tan hipnotizados ante aquellas mulas voladoras que saltaban desde una plataforma situada a treinta metros de altura que ni se fijaron en quién tenían al lado. Las mulos aterrizaban con el vientre en un tanque de agua, con un tremendo golpe, despatarradas, con la mirada aterrorizada, y mientras caían lanzaban unos horripilantes rebuznos. Al final, una de las mulas cayó fuera del tanque y ella se echó en sus brazos, tapándose la boca y gimoteando como si hubiese recibido el impacto en su propia carne. La sostuvo y le dio unas palmaditas en la espalda. Dejó que la rodease con sus brazos. La abrazó tal como habría hecho con un niño aterrorizado. La multitud que los rodeaba se empezó a dispersar. Las tripas de la mula accidentada, humeantes y azuladas, se habían desperdigado por el aparcamiento. Varios empleados corrían de un lado a otro con cubos y cuerdas, gritándose órdenes unos a otros. La alejó de aquella escena y la condujo hacia un apartado tenderete amarillo en el que servían perritos calientes y cerveza. Ella se dejó llevar, como si se conociesen desde hacía mucho tiempo. Cruzó las muñecas sobre el pecho y apretó la barbilla contra sus puños cerrados. La gente que corría hacia el lugar del accidente se cruzaba con ellos. Se oían voces chillonas, excitadas. Alguien gritó que se había cometido un asesinato e inmediatamente todas las voces subieron de tono y se acercó más gente corriendo. De pronto, ella se detuvo y le miró a la cara. «Oh, lo siento», le dijo, y se marchó precipitadamente. Le llevó todo el día dar con ella de nuevo. Después de eso vivieron juntos cinco años.

7/91 (Kadoka, Dakota del Sur)

Sam Shepard
Cruzando el paraíso (traducción de Mauricio Bach. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:52  | Libros...
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Lunes, 27 de agosto de 2012

1.
Me dice que se ha acostumbrado a andar agarrada a mi brazo. Hablamos de los libros que llevamos dentro (ella tiende al erotismo y el deseo, yo a escribir diapositivas de aquello que veo), de sexo y masturbación (a veces de forma seria, a veces con bromas surrealistas), de cargas y decepciones, de los poemas de Anay Sala y los lugares donde nos gustaría vivir (ella en la costa, yo en una aldea). Me saca fotografías, hago burlas a la cámara, intento mirar al cielo, a cualquier esquina. Llegamos a una plaza en forma de teatro romano. Me siento en una escalera de piedra, ella se detiene en un punto señalado en el suelo a varios metros lejos de mí. Dice que desde ese punto se puede escuchar incluso la voz más baja. Habla en susurros y yo respondo sus preguntas. Se acerca y sonríe.

2.
Son las 6.30 de la mañana. Las calles están en silencio, sólo escucho mis pisadas en la acera. Observo a Marte en el cielo que amanece. Me sorprende su cercanía. Recuerdo a aquel fantasma marciano de las crónicas de Bradbury.

3.
Busco un lunes de Anay en Sopa de poetes. Me encuentro con uno de septiembre de 2011 que habla de tiempos.


Los lunes de Anay. Acta est fabula...

LOS TIEMPOS SON TRES.

"Lo que ahora se me aparece claro y evidente es que ni el futuro ni el pasado son. Impropiamente, pues, decimos: los tiempos son tres: pretérito, presente y futuro. Con mayor propiedad se diría acaso: los tiempos son tres: presente del pasado, presente del presente, presente del futuro. Estas tres modalidades están en el alma; en otra parte no las veo: memoria presente de lo pasado, intuición presente de lo presente, expectación presente de lo futuro. Si se me permiten estas expresiones, entonces yo veo tres tiempos y reconozco su existencia. Sí, los tiempos son tres.
 
Continúese, pues, diciendo: los tiempos son tres: pretérito, presente y futuro, como la rutina nos lo hace decir abusivamente; continúese diciendo. Me importa poco; no me opongo ni lo desapruebo mientras se comprenda lo que se dice y no se imagine que lo futuro ya es y que el pasado aún sea. Pocas son las cosas que decimos con propiedad; las más de las cosas las expresamos impropiamente, pero con facilidad se comprende lo que queremos decir."
 
CONFESIONES, San Agustín.
 
 
SUDOKU
 
No hace falta creer en el futuro
para temerle a su bordón.
Suenan las campanadas y sabe que es momento
de hacerle sitio a nuevas dicciones de su nombre.
La memoria se llena de recuerdos
que a su vez van quemando la memoria,
deshaciéndola, diluyéndola,
volviéndola a su origen de memoria en penumbra.
No es cierto que ya sólo reconozca.
Pero hay otra verdad tras el siguiente trago:
la certidumbre de que hoy
sentir sólo es tocar.
Vivir: ahora o nunca.
Basta de recordar lo no vivido.
 
                                             ALBERTO CHESSA
 


 
 
...Feliz lunes.
 
Un beso,
 
Anay



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Publicado por elchicoanalogo @ 19:13  | Los lunes de Anay
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Martes, 21 de agosto de 2012

Abro Poemas de amor a una piedra. Leo la dedicatoria de Juan Pardo Vidal. Sonrío (lo primero que me da este poemario), y recuerdo un mapa en la mochila, un cabaret ibérico, una conversación sobre Richard Yates y saltos en los abrazos. Empiezo a leer y algo hace clic. Los poemas me hablan de pieles frías o habitadas, de deseos por cumplir y dudas, de lluvia y pequeños giros cómicos e inesperados, de miedos y ausencias, de amores que nos dejan en tierra de nadie, de las palabras dichas (queremos olvidar algunas), de las palabras nunca pronunciadas (que acabamos por olvidar). Leo Poemas de amor a una piedra y me viene la imagen de un espejo que refleja al mismo tiempo qué vemos, lo que nos gustaría ver y lo que realmente hay delante de él. Hay momentos donde los poemas de Juan Pardo Vidal me hacen sonreír, otros donde la sonrisa se convierte en una mueca de dolor, en sentimientos que acuchilla.

Cierro el poemario de Juan Pardo Vidal y pienso en los mensajes que nunca escribí.

Cada día salgo a buscarte
con mi traje de buzo




La tristeza es mi color favorito
(el tuyo es mi dolor),
por eso he pintado las paredes
de una lluvia muy delgada
y he dejado, en las esquinas de mi vida,
hojas secas de un sauce muy antiguo
que obstinadamente sueñas para mí.

Hoy me he acordado de ti
y, sólo por eso, comenzó a llover.




Cuando llueve muy despacio
hay razones diminutas,
razones sobre la piel
que me empujan a vivir
entendiéndome contigo
en el espacio de tu sola presencia,
o ausencia,
o angostas galerías que conducen
a la locura.
A veces la piel se incendia,
y entonces, con un dedo
puedo señalar mi destino.




Supe,
desde el primer momento,
que la distancia que nos separaba
no era la muralla insalvable
de los amantes desconocidos,
tan sólo una barra metálica
en aquel pub irlandés.
Si eso no era poesía,
al menos era pasión,
y si no era un cuento de hadas
no me negarás que fue un buen principio.
-Si me pones otra cerveza
te entrego mi corazón.
(El hígado ya le pertenecía)




Podría decirte te quiero
y escribirlo tan despacio
que el amor que te tengo
floreciera mientras tanto.
O tal vez podría llamarte en sueños
porque el mundo es pequeño
que no puedo dejar
de estar despierto en tus ojos.
Pero no encuentro tus pasos
pues mi amor nunca ha sabido dónde está
el camino que conduce al corazón




A menudo me he preguntado
si soy yo quien elige mi destino,
conscientemente, desde el principio,
con la voluntad que se supone
a los seres libres como yo.

Y si esto es así,
por qué son tantas las dudas
sobre aquello que consigo,
cuando lo que anhelaba se me muestra
con tan insultante nitidez.

Sería más lógico pensar
que con el tiempo
olvidaríamos cuál es la diferencia
entre vivir y estar vivo.




No ha dejado de llover
desde el día en que te conocí.
Seis meses es mucho tiempo
y el agua llega a mi ventana.
Cada día salgo a buscarte
con mi traje de buzo,
pues aún no he perdido la esperanza
de encontrarte con vida
flotando sobre mis lágrimas.
Juan Pardo Vidal
Poemas de amor a una piedra (CELYA)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:48  | Libros...
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Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco tiempo volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifanía. Como cuando se te aparece la Virgen. En Centroamérica lo asaltaron varias veces, lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. ¿Tú crees que existen palabras comunes y corrientes? Yo creo que sí, decía Jim. Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Me mostró una foto de ella. No era particularmente bonita. Su rostro expresaba sufrimiento y debajo del sufrimiento asomaba la rabia. La imaginé en un apartamento de San Francisco o en una casa de Los Ángeles, con las ventanas cerradas y las cortinas abiertas, sentada a la mesa, comiendo trocitos de pan de molde y un plato de sopa verde. Por lo visto a Jim le gustaban las morenas, las mujeres secretas de la historia, decía sin dar mayores explicaciones. A mí, por el contrario, me gustaban las rubias. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debería ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso. Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treintaicinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca de líquido inflamable y luego escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba, apreciaba su arte y seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto la cara de un antiguo amigo o de alguien que había matado. Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Pasado un tiempo me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Al volverse observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe caí en que eso, precisamente, esperaba Jim. Chingado, hechizado / Chingado, hechizado, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis. Chingado y hechizado parecía Jim. El embrujo de México lo había atrapado y ahora miraba directamente a la cara a sus fantasmas. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y al poco rato nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.
Roberto Bolaño
Jim (en El gaucho insufrible. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:49  | Libros...
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Lunes, 20 de agosto de 2012

Hago un pequeño trabajo arqueológico en Sopa de poetes, donde Anay publica sus lunes. Encuentro Altavoz, del cinco de julio de 2010, y sonrío (como cuando de niño leía Tom Sawyer y creía en tesoros y el sonido de una sirena sobre el río). Busco el artículo que yo subí ese día al blog y descubro que no escribí ninguna palabra en aquel mes de julio. A veces necesito distancia y silencio.

Leo el lunes de Anay y pienso que si quisiera expresar lo que siento a través de una imagen, esa sería Marte en el cielo a las 6.30 de la mañana.


Los lunes de Anay. Altavoz...

"Esto diré mientras viva y la tierra se mueva."

MARIA LUISA MORA


MUDO QUE ROMPE A HABLAR

He querido expresarme.
Toda mi vida he querido expresarme.
No tengo otro destino, otro afán, otra ley.

Fui actos sucesivos
y el olvido que destilaban
los corroía a ellos y a mí.

Sobre los actos fui palabras
y ellas buscaban una lumbre
que no me calentaba a mí.

Palabras y actos juntos
nada son sin placer del cuerpo.

Ahora regreso de esa vida umbría
buscando siempre calor de mujer.
Palabras y actos sólo allí me expresan.

Tu piel junto a mi piel, eso es lenguaje.

Todo cuanto pretenda enmudecerlo
maldito sea.

FÉLIX GRANDE





...Feliz lunes.

Un beso.

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, María Luisa Mora, Félix Grande, Edith Piaf

Publicado por elchicoanalogo @ 17:52  | Los lunes de Anay
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Domingo, 19 de agosto de 2012

Hay días donde no me satisface ningún libro que abro. Inicio novelas que dejo a las pocas páginas, busco algún libro que me hable desde las estanterías, pero nada me convence. Entonces, siento que debo volver a Raymond Carver y leer alguno de sus relatos. Hoy elegí Belvedere (en la versión que aparece en De qué hablamos cuando hablamos de amor). Una pareja se encierra en una habitación de motel, saben que algo ha cambiado entre ellos, que algo se ha roto. En unas pocas páginas la voz desnuda y concisa de Carver me habla de fragilidades, amores y sueños que se desvanecen, parejas que están ante su final.


Belvedere (Raymond Carver)

Por la mañana me echa Teacher's en la barriga y lo apura a lametones. Y esa misma tarde trata de tirarse por la ventana.
Yo digo:
-Holly, esto no puede seguir así. Esto tiene que acabar.
Estamos sentados en el sofá de una de las suites de arriba. Había muchas habitaciones libres para elegir. Pero necesitábamos una suite, espacio donde poder movernos y poder charlar. Así que aquella mañana cerramos la oficina del motel y subimos a una suite.
Ella corrobora:
-Duane, esto me está matando.
Bebemos Teacher's con agua y hielo. Entre la mañana y la tarde hemos dormido un poco. Y luego se ha levantado de la cama y amenazado con tirarse por la ventana en ropa interior. He tenido que agarrarla. Sólo es el segundo piso. Pero aun así.
-Estoy harta -confiesa-. No lo aguanto más.
Se pone la mano en la mejilla y cierra los ojos. Mueve la cabeza de un lado para otro y emite como un zumbido.
Me siento morir viéndola en ese estado.
-¿Qué es lo que no aguantas? -pregunto, aunque naturalmente sé a lo que se refiere.
-No tengo por qué explicártelo otra vez con pelos y señales - responde - He perdido el control. He perdido la dignidad. Antes era una mujer orgullosa de mí misma.
Es una mujer atractiva de poco más de treinta años. Es alta y tiene el pelo negro y largo, y ojos verdes. La única mujer de ojos verdes que he conocido en toda mi vida. Antes, en otros tiempos, solía decirle cosas sobre sus ojos verdes, y ella me decía que gracias a ellos tenía la certeza de que estaba destinada a algo especial.
¡Si lo sabría yo!
Me siento horriblemente mal entre unas cosas y las otras.
Me llega el timbre del teléfono que suena en la oficina. Ha estado sonando a ratos durante todo el día. Lo oía incluso cuando estaba dormitando. Abría los ojos y miraba al techo y lo oía sonar y me asombraba de lo que nos estaba pasando.
Pero quizás adonde debería mirar es al suelo.
-Tengo el corazón destrozado - declara-. Se me ha vuelto de piedra. No valgo nada.
Eso es lo peor de todo, que ya no valgo nada.
-Holly -protesto.


Cuando al principio nos mudamos al motel y nos hicimos cargo de la gerencia, pensamos que habíamos salido del apuro. Alojamiento y servicios gratis, y trescientos al mes. Era bastante chollo.
Holly se encargaba de la contabilidad. Era buena con los números, y casi siempre era ella quien alquilaba las habitaciones. Le gustaba la gente, y a la gente le gustaba ella. Yo me cuidaba de los jardines, cortaba el césped y arrancaba las malas hierbas, mantenía limpia la piscina, hacía pequeñas reparaciones.
Todo fue bien el primer año. Yo tenía otro empleo nocturno, y salíamos adelante. Teníamos planes. Hasta que una mañana... No sé. Acababa de poner unos azulejos en el baño de una de las habitaciones cuando entró a limpiar la mexicana. Era Holly quien la había contratado. En realidad no puedo decir que me hubiera fijado antes en aquella poquita cosa, aunque sí es cierto que hablábamos cuando nos veíamos. Me llamaba -recuerdo- Mister.
En fin, las cosas.
Así que a partir de aquella mañana empecé a fijarme en ella. Era una cosita menuda y pulcra con unos bonitos dientes blancos. Solía mirarle la boca.
Empezó a tutearme.
Una mañana estaba yo colocando una arandela en un grifo de un baño cuando entró ella y puso la televisión como suelen hacer siempre las chicas de la limpieza. Mientras limpian, quiero decir. Dejé lo que estaba haciendo y salí del cuarto de baño. Al verme se sorprendió. Sonrió y pronunció mi nombre.
Y al poco de pronunciarlo nos tumbamos en la cama.


-Holly, sigues siendo una mujer digna -le aseguro-. Sigues siendo de lo mejor. Venga, Holly...
Ella sacude la cabeza.
-Algo ha muerto en mí -anuncia-. Le ha llevado tiempo, pero ha muerto. Has matado algo; es igual que si lo hubieras partido con un hacha. Ahora todo se ha ido al traste.
Se acaba la copa. Luego empieza a llorar. Intento abrazarla. Pero inútilmente.
Echo hielo en las copas y me pongo a mirar por la ventana.
Dos coches con matrícula de otro estado están aparcados frente a la recepción; los conductores están junto a la Puerta de la oficina, charlando. Uno de ellos acaba de decirle algo al otro, y mira hacia las habitaciones y se manosea la barbilla. También hay una mujer; tiene la cara pegada al cristal, hace pantalla sobre los ojos con la mano y mira al interior. Intenta abrir la puerta.
El teléfono de abajo empieza a sonar.
- Hasta cuando hacíamos el amor hace un rato estabas pensando en ella - me acusa Holly -. Me hace daño, Duane.
Coge la copa que le alargo.
- Holly - empiezo.
- Es cierto, Duane - insiste ella -. No discutas conmigo.
Se pasea de un lado a otro de la habitación, en bragas y sostén, con el vaso en la mano.
Añade:
- Te has puesto al margen del matrimonio. Es la confianza lo que has matado.
Me pongo de rodillas y empiezo a suplicar. Pero estoy pensando en Juanita. Es horrible. No sé lo que va a ser de mí, o de quien sea en este mundo.
Protesto:
- Holly, cariño. Te quiero.
Allá abajo alguien se apoya sobre el claxon, hace una pausa, vuelve a apoyarse. Holly se seca los ojos. Me pide:
- Prepárame una copa. Esta está aguada. Deja que toquen sis jodidas bocinas. Me la sopla. Me largaré a Nevada.
- No te vayas a Nevada - suplico . Estás diciendo tonterías.
- No digo tonterías. No es ninguna tontería irse a Nevada. Tú puedes quedarte aquí con tu chica de la limpieza. Yo me voy a Nevada. O eso, o me mato.
- ¡Holly!
- ¡Ni Holly ni nada!
Se sienta en el sofá y sube las rodillas hasta pegarlas a la barbilla.
- Ponme otro trago, hijo de perra - exige. Y sigue -: Que les den por el culo a esos bocineros. Que se vayan a hacer sus marranadas al otro motel. ¿No es allí donde ahora trabaja tu mujer de la limpieza? ¡Ponme otro trago, hijo de perra!
Aprieta los labios Y me dedica esa mirada especial.


La bebida es algo extraño. Cuando miro hacia atrás y pienso en ello, veo que todas las decisiones importantes las hemos tomado mientras bebíamos. Hasta cuando hablábamos de la necesidad de beber menos: nos sentábamos en la mesa de la cocina o en la de picnic de afuera con un cartón de seis latas o una botella de whisky. Cuando pensábamos instalarnos aquí, estuvimos un par de noches bebiendo mientras sopesábamos los pros y los contras.
Sirvo lo que queda de Teacher's en los vasos y pongo cubitos de hielo y unos chorritos de agua.
Holly se levanta del sofá y se echa en la cama.
Pregunta:
-¿Lo has hecho con ella en esta cama?
No tengo nada que decir. Dentro de mí noto que no tengo palabras. Le alargo el vaso y me siento en la silla. Apuro mi copa y pienso que ya nunca será lo mismo.
-¿Duane?
- ¿Holly?
Mi corazón late más despacio. Espero.
Holly era mi verdadero amor.


Lo de Juanita era cinco días a la semana, entre las diez y las once. Lo hacíamos en cualquiera de los cuartos que estuviera limpiando. Yo entraba donde ella estaba trabajando y cerraba la puerta a mi espalda.
Pero la mayoría de las veces era en la 11. La 11 era nuestra habitación de la suerte.
Eramos muy cariñosos el uno con el otro. Pero rápidos. Era estupendo.
Creo que Holly quizá podría haberlo soportado. Creo que lo que tenía que haber hecho era intentarlo de verdad.
Yo, por mi parte, conservaba mi empleo nocturno. Hasta un mono era capaz de hacer ese trabajo. Pero las cosas comenzaron a empeorar vertiginosamente. Nos faltaban fuerzas para seguir, así de simple.
Dejé de limpiar la piscina. Se llenó de un légamo verde y los clientes ya no pudieron usarla. Ya no arreglé más grifos ni puse más azulejos ni hice más retoques de pintura. Bien, la verdad es que estábamos empinando el codo a conciencia. Si bebes en serio, la bebida exige una gran cantidad de tiempo y de esfuerzo.
Holly tampoco registraba a los huéspedes como es debido. O les cobraba demasiado o cobraba menos de la cuenta. A veces ponía a tres personas en un cuarto con una sola cama, y otras a una sola persona en donde la cama era enorme. Había quejas, cómo no, y a veces hasta hubo gritos. La gente liaba sus bártulos y se iba a otra parte.
Y lo siguiente fue una carta de la dirección de la empresa. Y luego otra, certificada.
Hay llamadas telefónicas. Alguien va a venir de la ciudad.
Pero hemos dejado de preocuparnos: las cosas están así. Sabíamos que nuestros días estaban contados. Habíamos echado a perder nuestras vidas y nos estábamos preparando para recibir la sacudida.
Holly es una mujer inteligente. Fue la primera en saberlo.


Entonces, aquel sábado por la mañana, nos despertamos después de pasarnos una noche dándole vueltas a la situación. Abrimos los ojos y nos volvimos para miramos el uno al otro. Los dos lo sabíamos, desde entonces. Habíamos llegado al final de algo, y la cuestión era encontrar. El modo de empezar otra vez.
Nos levantamos y nos vestimos, tomamos café y decidimos discutirlo. Sin que nada nos interrumpiera. Ni el teléfono ni los clientes.
Fue entonces cuando eché mano del Teacher's. Cerramos con llave y nos subimos aquí, con hielo, vasos, botellas. Antes que nada vimos la televisión en color y retozamos un poco y dejamos que el teléfono sonara abajo. Para comer, fuimos a sacar de la máquina patatas fritas al queso.
Teníamos esa extraña sensación de que, ahora que nos dábamos cuenta de que ya había sucedido todo, podía suceder cualquier cosa.


-¿Y cuando éramos unos chiquillos, antes de casarnos? -pregunta Holly-. ¿Cuando teníamos grandes planes y esperanzas? ¿Recuerdas?
Estaba sentada en la cama, abrazándose las rodillas y sosteniendo el vaso.
-Lo recuerdo, Holly.
-No fuiste el primero, ¿sabes? El primero fue Wyatt. Figúrate. Wyatt. Y tú te llamas Duane. Wyatt y Duane. Quién sabe lo que me estaba perdiendo durante aquellos años...
Tú lo eras todo para mi, como en la canción.
Digo:
-Eres una mujer maravillosa, Holly. Sé que has tenido oportunidades.
-¡Pero no aproveché las de esta clase -se lamenta-. No era capaz de salirme del matrimonio.
-Holly, por favor - corto -. Basta ya, cariño. Dejemos de torturarnos. ¿Qué crees que podríamos hacer ahora?
-Escucha - dice-. ¿Recuerdas aquella vez que llegamos a una vieja granja, más allá de Yakima, pasado Terrace Heights, cuando recorríamos en coche los alrededores, y estuvimos en aquel pequeño camino de tierra y hacia calor y había mucho polvo? ¿Recuerdas que seguimos y que llegamos a aquella casa vieja y preguntaste si nos podían dar un poco de agua? ¿Nos imaginas a los dos haciéndolo ahora? ¿Ir a una casa a pedir un vaso de agua?
»Aquellos viejos estarán ya muertos. Uno al lado del otro, por allí, en algún cementerio. ¿Recuerdas que nos dijeron que pasáramos a tomar pastel? ¿Y que luego nos enseñaron los alrededores? ¿Y que había un belvedere allá atrás, andando un trecho? ¿No era allá atrás, bajo unos árboles? Tenía un pequeño techo puntiagudo y se le había ido la pintura y sobre los escalones crecía maleza. Y la mujer contó que años antes, quiero decir muchos años atrás, solían ir tipos a tocar allí el domingo, y que la gente se sentaba a escuchar la música. Yo pensé que también nosotros estaríamos así cuando nos hiciéramos viejos. Con dignidad. Y en un sitio fijo. Y que la gente vendría a nuestra puerta.
Así, de pronto, no sé qué decir. Luego se me ocurre:
-Holly, también recordaremos todo esto un día. Diremos: ¿te acuerdas del motel con toda aquella mierda en la piscina? - pregunto -. ¿Comprendes lo que digo, Holly?
Pero Holly sigue sentada allí en la cama con el vaso.
Veo que no, que no entiende.
Voy hasta la ventana y miro a través de la cortina. Alguien grita algo allá abajo y zarandea la puerta de la oficina. Me quedo donde estoy. Ruego para que Holly haga algún gesto. Ruego para que se me manifieste.
Oigo como arranca un coche. Luego otro. Proyectan los faros sobre el edificio y, uno después de otro, se retiran y se sumergen en el tráfico.
- Duane - dice Holly.
También en esto tenía razón ella.
Raymond Carver
Belvedere (en De qué hablamos cuando hablamos de amor. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama)


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S?bado, 18 de agosto de 2012

Compré Cruzando el paraíso en una feria de libro antiguo de Madrid. Sonreí al encontrar una novela del director Sam Fuller y el libro de cuentos de Sam Shepard. Te conté que Shepard me gustaba como actor (te hice una pequeña lista de sus películas) y que me emocionaban sus cuentos y poemas. Te hablé de una voz solitaria y pausada, de moteles, desiertos y caballos, sus cuentos son lo más parecido a desaparecer tras una cortina de arena y agua.

Tardo casi un año en leer Cruzando el paraíso. Hay un billete de metro del pasado octubre, el olor de libro viejo y usado, las páginas amarillas. Nos gustan los libros que crepitan y tienen el lomo doblado, sentimos que guardan más de una historia dentro. Si ahora estuvieses a mi lado te diría que al cerrar el libro de Shepard sentí que me despedía de un amigo, que esos textos de moteles y carreteras secundarias me hablaban de pérdidas y paraísos ficticios.

Hay algo en la voz de Shepard que me golpea poco a poco. Su estilo es preciso, directo, desnudo, y es eso lo que me deja sin habla y que me hace buscar sus libros. En Cruzando al paraíso Shepard vuelve al desierto y los caballos, a las habitaciones de motel y personajes errantes, a amores misteriosos y el polvo del camino. Es eso lo que me atrae de Shepard, la soledad de sus paisajes y personajes, la tristeza de los moteles, el desierto que puede ser un paraíso o un espejismo.

Los textos de Shepard hablan de las relaciones difíciles y extrañas entre padres e hijos, entre hombres y mujeres, de adolescentes que trabajan en granjas y ranchos, de caballos domados y salvajes, del amor platónico del juez Roy Bean por Lillie Langtry (me llevó a El juez de la Horca, de John Huston), de hombres que mueren quemados en el colchón de un motel, jinetes solitarios y mujeres que desaparecen, de caballos que ganan a coches en carreras improvisadas y de espacios abiertos. Hay equipajes, carreteras, recuerdos de infancia, mujeres distantes, En los últimos textos Shepard escribe un diario de rodaje, los preparativos de la película, un viaje a México, las conversaciones con el equipo, cómo encarar su personaje, la mirada que se detiene en indios mexicanos que no hablan español y que se ríen de lo extraño que es estar ante una cámara.

Siempre que nos vemos hay un momento donde entramos a una cafetería a hablar de los libros comprados y de pasadas lecturas. Tal vez, en nuestro próximo encuentro, te hable de Cruzando el paraíso, donde unos adolescentes van al motel en el que murió calcinado el padre de uno de ellos y roban el colchón para quemarlo en un acueducto; o de Nuevo Mundo, un vaquero quinceañero que teme perder su libertad (soledad) al encontrarse con unos indios que quieren acogerlo en su tribu; o de Todo un hombre, el primer día de trabajo de un adolescente, los músculos doloridos y un caballo que corre más que un coche; o de Granizo surgido de la nada, un hombre que se despierta solo en su habitación de motel, sin saber qué ha sido de su mujer, sale a buscarla y le sorprende el granizo. Te diré que, a primera vista, pueden parecer temas leves, pero que es la mirada abarcadora de Shepard y su voz desnuda la que me deja hace seguir buscando sus libros.



Crewlaw vertió toda la gasolina sobre el colchón procurando no salpicarse y tiró la lata vacía encima para redondear la faena.
-Vamos, alejémonos, porque este cabrón va a quedar reducido a cenizas – dijo, y me tiró del codo.
Nos situamos a una distancia prudencial. Crewlaw cogió del suelo una piedra lisa y plana de color corcho, sacó de su paquete de Lucky Strike los tres últimos cigarrillos que le quedaban, metió la piedra y estrujó con fuerza el envoltorio. Prendió fuego al celofán con su Zippo, esperó hasta que la llama pasó de azulada a anaranjada y lanzó el encendido proyectil con una especie de gancho que le había visto ejecutar en la cancha de baloncesto. La piedra describió un arco como un cometa contra el lejano horizonte antes de caer sobre el colchón sin ruido alguno. Durante unos instantes no sucedió nada. Pensamos que se había apagado. Ni rastro de llamas. Nada. Se oyó algo parecido a un susurro y, de pronto, con la violencia de una ráfaga de viento del desierto, emergieron las llamas y todo el acueducto pareció arder.
-Por fin mi padre descansa definitivamente en paz -comentó Crewlaw mientras contemplaba la columna de arremolinado humo negruzco que ascendía desde el agujero del colchón-. Supongo que hay quien tiene que arder un par de veces antes de lograrlo.

( … )

-Las tribus indias de las llanuras tenían un ritual muy interesante relacionado con los dedos. Se cortaban uno como señal de duelo por la pérdida de un ser querido. El meñique por un hijo, el anular por la esposa, el índice por los padres, y así sucesivamente. Por eso, si mira con detenimiento las viejas fotografías de ese trágico periodo en que el gobierno los internó en reservas, si se fija en las manos de los ancianos de la tribu, verá que a algunos de ellos no les queda ni un solo dedo en ninguna de las dos manos. Sólo se ven muñones.

( … )

Avanzaron hasta el borde de otra garganta, y en esta ocasión Price ni siquiera hizo que el caballo se detuviese un momento. Se limitó a agarrarse a la crin y dejó que saltase a lo desconocido. Dejó de ejercer el más mínimo control sobre las riendas y permitió que su montura vagase por el fondo, avanzando entre rocas y sorteando las torrenteras en las zonas donde el agua había ido abriendo profundos y oscuros cauces. Price pensó que si erraba por allí el tiempo suficiente, acabaría perdiéndose. Se encontraría tan desesperadamente perdido que descubriría alguna parte de sí mismo hasta ese momento desconocida para él. Una parte de sí mismo con la que se vería obligado a trabar conocimiento. La idea le hizo temblar y sentirse aterrorizado. Su mente no cooperaba. No podía controlar las imágenes. No tenían sentido aparente. Las veía aparecer en su cabeza como si llevase mucho tiempo sentado en una sala de cine para asistir a una sesión matinal, completamente solo. Vio a John Wayne con un abrigo de piel de búfalo. Al presidente Bush con una gorra de béisbol y corbata. Bombas cayendo sobre Bagdad. Bombas vistas desde las alturas, como si estuviese mirando a través del escotillón de un avión. El rostro regordete y satisfecho del general Schwarzkopf. Un chico golpeando el muro de Berlín con un martillo de herrero sin hacer mella en él. Imágenes de noticias. Imágenes de rostros que generaban noticias. Imágenes de cuervos y halcones. La cabeza de una liebre muerta. Y Madilia. Sus intensos y magníficos ojos.
Sam Shepard
Cruzando el paraíso (traducción de Mauricio Bach. Anagrama)


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Viernes, 17 de agosto de 2012

Doblo la esquina de la página 64 de HHhH. Binet me hablaba de Heydrich, el carnicero de Praga, de las pequeñas decisiones que pueden cambiar la vida de una persona y, en efecto dominó, la de miles de desconocidos. Miro a Bienvenido. Tiene los ojos cerrados, se apoya en los barrotes blancos de su jaula, parece dormido pero cualquier ruido le hace mover la cabeza buscando su origen.

Hace una semana E. subió con Bienvenido, quería que lo cuidase durante sus vacaciones de verano. E. tiene más de setenta años, dice cojona al final de cada frase, se queja del dolor de su cuerpo y me confiesa que no hay hueso que no le duela, se sorprende cuando salgo a correr en pantalón corto en los peores días de invierno, no sabe que lo hago para buscar el silencio, me pregunta por mi vida en Argentina, extraña no darle pan duro a Gora y a veces me pide que le dé dos besos.

La jaula tiene un cordón atado a la puerta y un pequeño espejo dentro. Bienvenido pía cuando siente la luz del sol, se balancea en su trapecio naranja, se mira al espejo, me pregunto si se reconocerá o creerá estar ante otro canario blanco, si se sorprenderá al ver el reflejo del paisaje en el espejo. A veces hago ruidos extraños con la boca, intento imitar el sonido de su canto, pero acaba por parecerme infantil y le hablo como le hablaba a Gora.

Estamos en el balcón, las nubes grises, los charcos en las aceras, la lluvia tímida, el viento frío como un traje de buzo y yo dentro de él. Paso de las páginas del libro de Binet a Bienvenido. Pienso que está a salvo dentro de su jaula, ningún depredador puede hacerle daño, tiene alpiste y agua, lechuga y un espejo, un trapecio naranja en el que da giros de trescientos sesenta grados. Mueve el pico como si hablara para sí mismo, me recuerda a los actores de las películas mudas. Salta del trapecio a una de las paredes da la jaula, se coloca boca abajo, vuelve al trapecio, mueve la cabeza, come alpiste. Una bandada de pájaros negros se acerca a la torre eléctrica y se posa en ella, veo su vuelo acompasado, la curva que toman antes de dejarse caer en los hierros de la torre. De vez en cuando aparece una sombra solitaria y se une a la bandada.

Bienvenido me observa, gira la cabeza, abre y cierra los ojos, alguna de sus plumas cae al suelo, está de espaldas al espejo. Sigo la dirección de su mirada, los montes como la línea del horizonte, las luces de la torre de Iberdrola en Bilbao (un faro en medio de la ciudad que refleja los edificios alrededor y cambia su forma), los rascacielos de Barakaldo, los árboles del nuevo parque.

Un personaje de Dick se preguntaba ¿Es esto real? Miro a mi alrededor, la baldosas rojas del balcón, las líneas rectas de la barandilla, las torres de electricidad, las nubes distantes y una estela de avión. Me fijo en la estela, se difumina y pierde su forma, se confunde con las nubes, desaparece. Siento la realidad parecida a esa estela, algo no del todo definido, algo que se confunde con el fondo y que termina por desaparecer. Me pregunto si el azul del cielo, las toallas rectangulares, el sonido de la carretera es todo lo que puedo ver, si no habrá otra realidad detrás de ésta.

Pienso en las confluencias del espacio y tiempo y lo vertiginoso que es coincidir, en una mochila roja dentro de un armario, en los libros que me quedan por leer, en los que nunca leeré, en las ausencias que duelen y los recuerdos que calman, pienso en las consultas, especialistas y hospitales del último mes y medio, en las hojas en blanco de mi pasaporte, en el mapa que hay en mi mochila, en los mapas que he perdido entre mis libros, en trucos de magia y el más difícil todavía.



Se encienden las farolas tras los barrotes blancos del balcón. Cruzo las manos para no desanudar el cordón y abrir la jaula de Bienvenido.


Tags: espacios en blanco

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Mi?rcoles, 15 de agosto de 2012

Dibujo tu perfil del faro a las murallas.  
Luz de alucinaciones son tus ojos de hierro.  
El mar salta en las piedras y mi alma se equivoca.
El sol se hunde en el agua y el agua es puro fuego.
Eres casi de sueño. Eres casi de piedra en el vaivén del tiempo.

Arquetipo amoroso firme en la turbia edad
esa manera tuya de calmarme las lágrimas.
De desbocar tu cuerpo contra el mío enloquecido
como un potro en una llanura incendiada.
De verter tus palabras en mi entendimiento
cual veneno que cura la ausencia.
De recordar cosas usadas y olvidadas
con un vuelo que ilumina y asombra.

Es tarde amor. El mar trae tormenta.
Hay una luna pálida que recuerda tu ombligo
y unas nubes livianas y pesadas como tus manos
beben sedientas. Así, cuando yo sobre tu boca muero.
Raúl Gómez Jattín
Ombligo de Luna (en Del amor) 


Tags: Ombligo de Luna, Raúl Gómez Jattín, Del amor

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Martes, 14 de agosto de 2012

Son las dos de la madrugada. Es martes. Acabo de llegar a casa. Pienso, aún tiene que ser lunes en alguna parte.

Mira al cielo. Me dice que hacía años que no veía tantas estrellas al anochecer. Sonríe. Parece una niña sorprendida por un truco de magia. Estamos en un pueblo de Castilla, los vecinos sentados en la puerta de sus casas, los campos segados, los higos y los manzanos, un caballo blanco en un campo verde, una docena de chicos y chicas traman pequeñas travesuras, el tiempo detenido y el aroma de la hierba. Le hago una foto junto al letrero de Pangusión y le cuento que el cielo estrellado me recuerda al de Galicia, le hablo de estrellas fugaces y de la luz de la Luna que iluminaba los caminos de tierra, no le digo que ese pueblo y ese cielo remueven algo en mí, que hay un momento donde siento electricidad, que señalarle la osa mayor es volver a casa.

Llego cansado, no me salen las palabras. Busco un lunes al azar de Anay en Sopa de poetes. Encuentro uno llamado la sonrisa vertical. Pienso, aún tiene que ser lunes en alguna parte.


Los lunes de Anay. La sonrisa vertical...

A la memoria de Norma Jeane.
 
"Sé que nunca seré feliz pero sé que ¡puedo ser muy alegre!"
 
"¡¡¡ Sola !!!
Estoy sola -siempre estoy
sola
sea como sea."
 
"Grito-
empezaste y terminaste en el aire
pero ¿qué hubo en medio?"
 
"Mi sentimiento
no se hincha
en palabras."
 
MARILYN MONROE, Fragmentos.
 
 
Yo soy la que comparte contigo el abandono,
la que entretiene sus juegos con los tuyos
y deja a cielo abierto el campo de batalla.
Yo soy la favorita.
La más agasajada.
La que mejor comprende tu soledad de alberca,
la que sabe reposarte de cetros y coronas,
la que teje sin descanso esa capa de lino
que volverá a cubrirte los días de tormenta.
La que mejor conoce tus noches de penumbra.
La que presiente, sin hablar, tu aventura más cierta,
la que te ríe los lances
y prepara la cena con manjares divinos
que calmarán tu pena y el dolor de las otras.
Aquella que aletea muy cerca de tus sienes
y al oído te reclama su vuelo más alto.
De todas soy la más amada, la más hermosa,
la más triste de todas.
 
                                                ELSA LÓPEZ
 

 
...Feliz lunes.
 
Un beso,
 
Anay


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Domingo, 12 de agosto de 2012

(Veo el vídeo de la presentación de Medidas Cautelares, se suceden las cartas, los poemas, la música, y me emociono por su calidez, belleza y sinceridad. A veces el hogar es una ciudad, una persona, un poema, una canción o un gesto)


PRESENTACIÓN MEDIDAS CAUTELARES (Anay Sala Suberviola)

Cuando Elena, hace pocos días, me dijo que me estaban preparando la presentación de Medidas Cautelares en Mendavia, confieso que a la primera reacción de sorpresa e intriga – venir a mesa puesta, sin saber nada de lo que me iba a encontrar- le siguió una sensación de sonrisa amplia y agradecimiento, de certeza íntima, difícil de describir. Es una de esas veces en que notas, sientes, palpas, que la vida rima.

Había pospuesto la presentación del libro hasta septiembre, esperando y alegando no sé muy bien qué, algo que hasta ahora no he comprendido. Como me dijo Isaac Muñoz – para quien la palabra gracias se me queda corta- este libro “ha nacido en casa”. Y en casa es donde hay que presentarlo. Tiene mucho de aquí, de lo que aprendí aquí. Y el enclave elegido, la ermita de Legarda, es algo que me emociona especialmente.

Y es que Elena, mi hermana, me conoce muy bien.

Medidas Cautelares no es un poemario ligero, suave al tacto, como el anterior. Este es denso, críptico, incluso espeso a veces. Es el tono grave de una voz que se adentra en un túnel, en el que ya no se divisa ninguna luz y es precisamente en medio de esa oscuridad donde se esfuerza por recordar y activar los mecanismos de supervivencia. En la oscuridad se oye más, se percibe más, se divisan nuevas e inquietantes formas a las que hay que enfrentarse. Se agudiza el instinto y el silencio. El mayor escollo para avanzar es vencer el propio miedo, el miedo a tropezar, a caer, pero sin ese paso adelante, es imposible alcanzar la salida. Hay que ser prudente, pero osado a la vez. Caminar ya no por esperanza, sino por convicción. Eso es lo que, con más o menos fortuna, he intentado transmitir con este libro.

Me han preguntado muchas veces qué es para mí la Poesía. Como respuesta normalmente o balbuceo silencios o me pierdo en vaguedades. Pero hay una imagen que aquí, y sobretodo hoy,  quiero contar y que ilustra, como dice el refrán, mejor que mil palabras lo que para mí significa.

Cuando murió mi abuelo Julio, acompañamos al féretro en comitiva hasta el cementerio, como es costumbre hacerlo en Mendavia. Yo andaba todavía conmocionada, incapaz de pronunciar palabra, incapaz también de llorar. Veía cómo se iban incorporando personas al paso, acompañando a la familia, en respetuoso silencio. En medio de toda esa pena y de ese estupor del que no lograba salir, de pronto sentí una mano en el hombro. Me giré y ahí estaba Elena, que sin pronunciar palabra me miró y ella me abracé. Y pude por fin todo. La calidez del peso de esa mano no la olvidaré jamás. Fue una mano imprevista y necesaria.

Eso es para mí la Poesía. Una mano en el hombro, una mención. Una pregunta que se responde sola: ¿Qué te pasa? Yo lo sé . Aquí estoy.
Esa es la función del poema: Estar, nombrar. Incondicionalmente.

Lo aprendido queda, los cimientos sirven. Las medidas cautelares que vertebran el libro (orden, rigor, método y anticipación) son excelentes directrices de trabajo que me dieron en su día, y que rescaté para vertebrar el libro. Es trabajo previo, es sentarse a pensar.

La cita de Joan Margarit “La vida te habla en el lenguaje duro de aquel que ya no miente” coincide con el tono de los tiempos secos, ásperos, que por desgracia nos está tocando vivir. De esta tierra, de Navarra, me he llevado siempre algo que me han trasmitido desde pequeña: el valor de la superación. E intentar hacerlo de forma sobria, pero eficaz: “Sobreponte a los motivos/ Y hazlo bien”.

A veces,  los hechos son irremediables, impredecibles,  pero lo que sí depende de nosotros es cómo los afrontamos. Mi profesora de piano solía decir que podíamos equivocarnos al ejecutar una partitura, pero que en el final no, que el final teníamos que “clavarlo”. Procuro no olvidarlo y ahora más que nunca. El final siempre es la actitud.

Me gustaría acabar mi intervención leyendo un poema del anterior poemario, pero que ya recogía el tono que he desarrollado en el segundo. Permitidme, por favor, que dedique su lectura a mi abuelo y a todos sus coetáneos, que con su callado reconstruir, nos legaron valores como la cohesión y la entereza, que no podemos permitirnos el lujo de olvidar. Ojalá seamos capaces de tranmitir algo parecido a los que vienen detrás, esa cosecha heredada.



La casa sigue en pie
tras la tormenta.
En pie
Sobre cimientos de cristal.

Quizá con menos vigas,
Más austera.
Pero es la misma casa
Y sigue en pie.



Muchísimas gracias a todos.

Mendavia, 25 de julio de 2012


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S?bado, 11 de agosto de 2012

Éste es el único de mis relatos cuya moraleja conozco. No creo que sea una moraleja extraordinaria. Sólo que en esta ocasión sé cuál es: somos lo que aparentamos ser, así que debemos tener cuidado con lo que aparentamos ser.
Mi experiencia personal con los manejos de los nazis fue siempre escasa. Durante la década de los treinta y allí en mi ciudad natal, Indianápolis, hubo algunos despreciables y activos fascistas norteamericanos. Recuerdo que alguien me pasó una vez cierto ejemplar de Los protocolos de los sabios de Sión; se suponía que ese libro configuraba el plan secreto de los judíos para dominar el mundo. Y también recuerdo algún que otro comentario jocoso de mi tía, que se había casado con un alemán alemán, y había tenido que escribir a Indianápolis para obtener pruebas de que no tenía una sola gota de sangre judía. El alcalde de Indianápolis la conocía desde los años de instituto y las clases de baile, de modo que se divirtió en grande adhiriendo cintas y estampando sellos oficiales en todos los documentos que los alemanes requerían; con todo aquello encima, los papeles de mi tía parecían tratados de paz del siglo XVIII.
Poco después estalló la guerra. Tomé parte en ella y me hicieron prisionero. Por consiguiente, tuve ocasión de ver algo de Alemania, desde dentro, mientras la lucha proseguía. Como era soldado raso -explorador de batallón, por más señas- tuve que trabajar para subsistir, de acuerdo con los términos de la Convención de Ginebra. Lo cual, bien mirado, me hizo más bien que mal. No permanecí todo el tiempo en la prisión, situada en algún lugar de la campiña. Tuve la oportunidad de viajar a una ciudad, Dresde, y de observar a la gente y lo que hacían.
Nuestro grupo particular de trabajo contaba con unos cien hombres, y nos emplearon en una fábrica, como asalariados. La fábrica producía una especie de jarabe malteado, enriquecido con vitaminas, para el consumo de las mujeres embarazadas. Sabía a miel mezclada con humo de nogal. Era agradable. Me gustaría probar un poco ahora mismo. Y la ciudad era hermosa, ornamentada en extremo, como París, y respetada por la guerra. Se suponía que era una ciudad «abierta», es decir, una ciudad que no podían atacar puesto que en ella no había industrias bélicas ni concentración de tropas.
Pero, en la noche del 13 de febrero de 1945, aviones norteamericanos y británicos arrojaron explosivos de alto poder sobre Dresde. Hasta el momento en que escribo esto han transcurrido veintiún años desde aquel bombardeo. Las bombas no perseguían objetivos concretos. Se esperaba provocar con ellas un enorme incendio que obligara a los bomberos de la ciudad a guarecerse en refugios subterráneos.
Y con esa idea se arrojaron cientos de miles de bombas incendiarias, como semillas esparcidas sobre la tierra recién arada, sobre todo lo que era combustible. Después se arrojaron más bombas para mantener a los bomberos en sus agujeros, y todos los focos de incendio crecieron, se unieron, se convirtieron en una gigantesca llamarada apocalíptica. ¡Imaginen ustedes! Una tempestad de fuego. Entre paréntesis, fue la matanza más grande de la historia europea. ¿Y qué hay con eso?
No llegamos a contemplar la tempestad ígnea. Nos hallábamos en un frigorífico situado bajo un matadero, acompañados por nuestros seis guardianes y por hileras e hileras de cadáveres de vacas, cerdos, caballos y ovejas, ya troceados para el consumo. Oíamos las bombas pasearse por allá arriba. De cuando en cuando nos caía encima una llovizna de yeso y cal. Si hubiéramos subido a echar un vistazo, nos habríamos convertido en esos artefactos característicos de los incendios masivos: pedazos de materia parecidos a leños chamuscados, de sesenta a noventa centimetros de largo; seres humanos ridículamente diminutos o, si lo prefieren, gigantescas cigarras fritas.
La fábrica de jarabe malteado había desaparecido. Había desaparecido todo, excepto los refugios antiaéreos, donde 135.000 Hánseles y Grételes habían quedado horneados como bizcochos de jengibre. Nos asignaron la tarea de mineros de cadáveres, con la misión de romper los refugios y extraer los cuerpos. Y pude ver entonces muchos tipos de alemanes, de todas las edades, tal y como los había sorprendido la muerte; por lo general, con objetos de valor en el regazo. A veces los familiares de las víctimas se acercaban a contemplar nuestras excavaciones. También ellos resultaban interesantes.
Bien. Es suficiente en cuanto a los nazis y a mí.
Si hubiese nacido en Alemania, supongo que habría sido nazi, habría liquidado a judíos y gitanos y polacos, habría dejado botas sabresaliendo de montículos de nieve y me habría reconfortado con mis propias entrañas, secretamente virtuosas. Así suele suceder.
Pero hay otra clara moraleja, ahora que lo pienso: cuando uno está muerto, está muerto.
Y todavía se me ocurre una tercera moraleja: hagan el amor cuanto puedan. Les sentará muy bien.
Iowa, 1966
Kurt Vonnegut
(introducción a Madre Noche. Traducción de J. C. Guiral. Anagrama. Círculo de lectores)


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Viernes, 10 de agosto de 2012

Matadero 5 fue una de las lecturas más extrañas, caóticas, febriles y alucinadas que recuerde, pasaba las hojas y me decía que no era posible ese salto de espacios, tiempos y planetas. Esa novela, leída tal vez demasiado pronto, me hizo iniciar la búsqueda de los libros descatalogados de Vonnegut en ferias y librerías de viejo en Bilbao, Valladolid o Madrid. A veces mis amigos se unían a la búsqueda, me preguntaban cómo se llamaba ese autor que me gustaba y buscábamos en las casetas de la feria, nunca preguntaba por Vonnegut a los libreros, decía a mis amigos que era cosa de magia y azar. Encontré libros escritos por los cineastas Sam Fuller o Satyajit Ray pero nada de Vonnegut. No sé si dejé de creer en la magia y el azar o qué, sólo sé que las ganas de leer Madre Noche eran superiores a la espera de un cruce de caminos. Encargué el libro en Hijazo libros, de Logroño. En un par de días me llegó una edición casi perfecta de Madre Noche, las hojas algo amarillentas pero no crepitantes. Hojeé el libro, leí el prólogo de Manel G. Palacio, la introducción del propio Vonnegut que me hablaba de sus días como prisionero del ejército alemán, la sinrazón de las guerras y cómo nos comportaríamos en ellas. Sentí que estaba ante una lectura que cambiaría algo dentro de mí. No me equivoqué.

En la introducción Vonnegut escribe: Éste es el único de mis relatos cuya moraleja conozco. No creo que sea una moraleja extraordinaria. Sólo que en esta ocasión sé cuál es: somos lo que aparentamos ser, así que debemos tener cuidado con lo que aparentamos ser. Madre Noche es la voz de Howard W. Campbell Jr. en una celda israelí. Espera juicio por su crímenes de guerra. El inicio es demoledor: Me llamo Howard W. Campbell, Jr. Soy norteamericano de nacimiento, nazi por reputación y apátrida por vocación. Ya en las primeras líneas aparece la idea de la apariencia que enmascara la realidad, Campbell, encarcelado por su pasado nazi, fue un espía norteamericano que pasaba información secreta en sus arengas radiofónicas contra los judíos. Reclutado en un parque, Campbell parece que necesita de alguien que le indique el camino a seguir. Lo que no esperaba Campbell es que aquella propaganda de sus emisiones ayudara a que los alemanes no se sintieran culpables por apoyar al régimen nacionalsocialista en el que vivían.

Vonnegut describe un personaje que intenta andar en varias direcciones, en apariencia un nazi convencido que idea eslóganes y milicias favorables al nazismo, en la sombra un espía que intenta ayudar a ganar una guerra contra el mal, y fuera de todo eso, forma una nación de dos con su esposa Helga, el único territorio al que cree pertenecer. Es doloroso ver cómo este hombre en apariencia bueno es comido por el papel que representa. Ayuda a pasar informes a los aliados, pero también es una pieza importante en la maquinaria nazi. En la introducción Vonnegut dice: Si hubiese nacido en Alemania, supongo que habría sido nazi, habría liquidado a judíos y gitanos y polacos, habría dejado botas sobresaliendo de montículos de nieve y me habría reconfortado con mis propias entrañas, secretamente virtuosas. Así suele suceder. Lo que me gusta de Vonnegut es su estilo directo, sus personajes extraños, el sarcasmo y, también, la ternura con la que trata al ser humano, su mirada a la realidad para mostrar la incoherencia en la que participamos.

En Madre Noche Campbell pasa sus días de cárcel escribiendo sus memorias, rodeado de personajes extraños, un judío húngaro que fue miembro de las SS, otro que no sabe quién fue Goebbels, también la sombra de aquellos que estuvieron a su lado, su esposa Helga, que desaparece en Crimea, las personas que encontró en su exilio y silencio tras el fin de la guerra: Campbell regresa a Nueva York, vive en un pequeño apartamento, no hace nada más que mirar un parque de juegos, encuentra un amigo en un vecino (un espía ruso), conoce al reverendo Lionel Jason David Jones, doctor en Cirugía Dental y doctor en Teología, que intenta mantener los ideales nazis con la ayuda de un grupo de chalados y un führer negro. Campbell es una sombra, ha perdido su nación de dos, nadie conoce su pasado de espía, vive recluido y, de repente, todo regresa, lo buscan para juzgarlo en Israel, forma una nueva nación de dos con su cuñada, se deja llevar por los acontecimientos. Campbell escribe todo los pasos que le llevaron a esa celda y, como el protagonista de Justicia para un hombre solo, elige decidir su futuro, una justicia personal y última para dar un sentido a una extraña vida dual.

Hay momentos extraordinarios en Madre Noche, la nación de dos que forma Campbell primero con Helga y luego con su cuñada, la única patria a la que servir, el encuentro con George Kraft, un espía ruso encubierto con el que juega al ajedrez, la escena donde se queda quieto en medio de la calle, sin saber qué dirección tomar y esperando que alguien le diga el siguiente paso a dar, cualquiera que sea. Lo que me dejó helado fue el hecho de que no tenía ningún motivo para moverme en una u otra dirección. Lo que me había impulsado a movilizarme durante tantos años muertos y vacíos había sido la curiosidad.
Y ahora hasta eso se había extinguido.
No sé decir cuánto tiempo estuve allí, helado. Si iba a moverme otra vez, alguien tendría que ofrecerme una buena razón para hacerlo.
Y alguien lo hizo.
Un policía me observó durante un rato. Luego se me acercó y me dijo:
- ¿Está bien?
- Sí.
- Ha estado ahí parado mucho tiempo.
- Lo sé.
- ¿Espera a alguien?
- No.
- Entonces es mejor que siga su camino, ¿no le parece? – dijo-.
- Sí, señor, - asentí-.
Y seguí mi camino.

Madre Noche se ha convertido en mi libro favorito de Vonnegut. Seguiré buscando sus libros, el sarcasmo, la ternura y un mundo inesperado.



4. Correas de cuero
Bernard Mengel, el judío polaco que monta guardia desde la medianoche hasta las seis de la mañana, es un hombre de mi edad. Durante la Segunda Guerra Mundial salvó su vida haciéndose pasar por muerto de tal manera que un soldado alemán le arrancó tres dientes sin sospechar siquiera que Mengel no era un cadáver auténtico. El soldado quería sus tres coronas de oro.
Las obtuvo.
Mengel dice que aquí, en la cárcel, hago mucho ruido al dormir; que me agito y hablo durante toda la noche.
–Usted es el único hombre, que yo sepa –me dijo Mengel esta mañana–, que esté tan lleno de remordimientos de conciencia por lo que hizo en la guerra. Todos los demás, no importa del lado que estuvieran, no importa lo que hicieran, se mantienen firmes en la seguridad de que un hombre bueno no podría haber actuado de otra manera.
–¿Y qué le hace pensar que me remuerde la conciencia?
–La forma en que duerme; la manera de soñar que tiene. Ni siquiera Hoess dormía así. Durmió como un santo hasta el último momento.
Mengel habla de Rudolf Franz Hoess, el comandante del campo de concentración de Auschwitz. Bajo su tierno cuidado, literalmente millones de judíos marcharon a la cámara de gas. Mengel sabía algo acerca de Hoess. Antes de emigrar a Israel en 1947, Mengel ayudó a ahorcarlo.
Y no con su sola testimonio. Lo hizo con sus dos manos enormes.
–Cuando lo colgamos, yo le puse la correa alrededor de los tobillos y la ajusté bien tirante.
–¿Le produjo eso alguna satisfacción?
–No; yo era casi como todos los que estuvieron en esa guerra.
–¿Qué quiere decir? –le pregunté.
–Que llegué a convertirme en alguien incapaz de sentir nada. Cada trabajo era un deber que cumplir y nada más; ninguno era peor o mejor que otro... Después que terminamos de colgar a Hoess, hice la maleta y me fui a casa. El cierre de mi maleta estaba roto, así que la sujeté con una gruesa correa de cuero. En una hora hice la misma acción dos veces: una vez con Hoess y otra con mi maleta. Ambos trabajos fueron para mí casi lo mismo.

( … )

–¿Sabes? Cuando cayó la bomba sobre nuestro apartamento, aquella noche, y la mató y me dejó solo con la motocicleta... el hombre del mercado negro me ofreció cuatro mil cigarrillos a cambio de la moto...
–Lo sé –dije.
Porque Heinz me contaba la misma historia siempre que se embriagaba.
–Y dejé de fumar de golpe, porque quería tanto a mi moto...
–Todos nos aferramos a algo.
–Sí; a cosas equivocadas... Y empezamos a aferrarnos a ellas demasiado tarde. Te diré lo único en que creo de veras, de entre todas las cosas que hay que creer.
–Bueno.
–Todo el mundo está loco. Todos harían cualquier cosa en cualquier momento, y que Dios ayude al que quiera buscar las razones.
Kurt Vonnegut
Madre noche (traducción de J. C. Guiral. Anagrama. Círculo de lectores)


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Jueves, 09 de agosto de 2012

( ...para aquellos que en algún momento de su vida decidideron revolucionar su mirada)

Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.

No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Posidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Posidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.

Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.

Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.

No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.
Konstantínos Kaváfis
Ítaca (traducción de Ramón Irigoyen)

Otras versiones en está página:
http://www.educa.madrid.org/web/ies.atenea.fuenlabrada/spanish/latin/itaca.pdf


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Mi?rcoles, 08 de agosto de 2012

Había algo en los artículos de guerra de John Steinbeck que me recordaba a las películas de caballería de John Ford, tanto Steinbeck como Ford mostraban el ejército como una familia y hablaban de camaradería y miedo, de héroes forzosos y la gloria en la derrota.

En el prólogo, Steinbeck escribe sobre su labor de corresponsal de guerra, cómo debía entregar sus artículos de forma diaria, sin tiempo para pulirlos, pasar por varias censuras, la del ejército para evitar dar pistas al enemigo de emplazamientos de tropas y planes de invasión, la propia del escritor, escribir sobre la vida de los soldados de forma realista pero sin mostrarlo todo “reinaba un sentimiento general de protección hacia nuestro ejército y de que la verdad podía provocar el pánico”.

Los artículos están escritos en Inglaterra, África e Italia a lo largo del año 43. Quedan dos años para el fin de la guerra, los soldados se preguntan por sus misiones, los recuerdos de casa, la sensación de estar en otro mundo. Steinbeck se detiene en escenas cotidianas, conversaciones, miedos, camastros, cartas, chicles, los nombres de un avión, muestra todo aquello que hay antes y después de un combate, la muerte. Piensan en el rostro de los amigos, para el caso de que ocurra lo peor: la muerte. ¿Quién seguirá vivo mañana por la noche? En una guerra siempre muere más de uno. Si en las guerras sólo muriera uno, éstas no existirían. No es posible que muera uno solo. Cada hombre a la luz de la luna, mira extrañamente a los otros: ve la muerte. Este es el peor de todos los momentos de la noche anterior al día fijado para el asalto por tropas formadas por soldados novatos. Nunca se repetirá. Cada uno de los hombres se imagina a su manera cómo será, pero jamás acierta. Cuando uno se lo imagina, lo hace prescindiendo y hasta desconociendo el pensamiento de los demás. Todos están solos bajo la luna, y la multitud de alrededor de cada uno, tomado individualmente, está compuesta de extraños. Nada, al producirse el asalto, será como esto. El fuego y el terrible ejercicio harán de ese tiempo que va a llegar algo que no se conoce ahora. Será un tiempo malo, sin duda, una de esas épocas que evitamos recordar. No será uno solo de entre estos hombres el que muera. Es imposible que sea sólo uno. Acaso sea más exacto decir que todos ellos son presuntos muertos. La verdad es que, de algún modo, todos están ya un poco muertos. Y casi todos han escrito su carta y la han dejado en algún sitio, con el ruego de que sea enviada si, al final, les llega la muerte. Cartas, algunas preñadas de faltas de ortografía; otras, de deficiente redacción; unas terceras, exageradamente pulidas y llenas de ideas; otras, en fin, breves y escuetas. Todas dicen la misma cosa. Todos dicen: «Desearía haberte dicho esto; pero nunca lo he hecho, nunca he podido hacerlo. Siempre ha habido alguna cosa que me ha impedido decírtelo, y sólo ahora, cuando ya es tarde, puedo hacerlo. He pensado en todo esto más de una vez, pero siempre, cuando he querido empezar a hablar, algo me ha detenido. Ahora puedo decírtelo, pero no quiero que sea una carga para ti. Sé que siempre ha sido así, sólo que no te lo había dicho». En todas las cartas se escribe lo mismo, idéntico mensaje. Toda la soberbia, el orgullo, se derrumba en las últimas cartas. Las cartas a las esposas, a las madres y a las hermanas, a los padres. Hay unas ganas locas de haber sido una parte de alguien.

Lo que me gusta de los artículos de Steinbeck es su acercamiento a la muerte y el miedo, no a las grandes batallas sino a la historia que cada soldado tiene dentro, los momentos distendidos donde se juega a los dados, las noches en un camastro tras completar un bombardeo, la luz y el calor del desierto africano, la toma de una isla de forma accidental y sin apenas disparar, son artículos ágiles, fotografías de una guerra.



HISTORIAS

LONDRES (10 de julio de 1943). La gente está nerviosa debido al fuego y las explosiones. Todos tienen algo que contar. Sea cual sea la conversación, sean quienes sean los interlocutores, no tarda en surgir el recuerdo. Se diría que el terror causado por las bombas es ya una cosa aceptada como inevitable, como natural y propia de todas las edades.
—A mí —dice uno—, lo que más me afecta es el sonido del cristal, ese tintineo del cristal en pedazos, barrido por los encargados de la limpieza. Mi perro rompió uno de los cristales de una ventana, hace de ello unos días, y mi esposa barrió los fragmentos. El ruido de los cristales arrastrados por el suelo, con su sonido de siempre, me hizo sentir escalofríos. Me costó calmar la excitación que surgió en mi subconsciente.
A veces, vas a comer a un restaurante y resulta que enfrente de él hay una casa derruida. Y siempre hay alguien al que la destruida casa de piedra le recuerda algo.
—Una noche, me cité aquí mismo con una señorita. Yo llegué un poco antes de la hora acordada, para esperarla aquí. Estalló una bomba. Salí a la calle. La bomba había caído en esa casa de ahí, y había ocasionado un incendio. Todo estaba iluminado por el fuego. La fachada de la casa se había hundido, hecha mil pedazos. Podía verse el morro de un taxi sobresaliendo de las ruinas esparcidas sobre el arroyo. Hallé una zapatilla azul cuando salí a la calle. Y me fijé en que su puntera me señalaba...
Otro mira hacia una pared; el edificio ha desaparecido, pero aún quedan en pie cinco chimeneas, como construidas encima mismo del suelo.
—Esto fue una bomba de enorme potencia —dice—. Yo paso siempre por aquí para ir a trabajar. Durante seis meses ha habido un par de calcetines colgando de una cuerda. Sin duda, los pusieron a secar poco antes de que estallara la bomba. Sí, han estado en la cuerda durante seis meses. Ahora alguien debe de haberlos robado.
—Yo —interviene otro— paseaba por Hyde Park cuando empezó un bombardeo. Me metí en una zanja. Siempre lo hago cuando no tengo tiempo para llegar a un refugio. Vi saltar en el aire un gran árbol, uno como éstos; y vi que iba a parar justo a mi lado, ahí justamente, en donde el suelo se ve hundido. En la zanja cayó un gorrión que, por lo visto, había estado posado en una de las ramas del árbol: estaba completamente muerto. Las sacudidas matan a los pájaros con suma facilidad. No sé por qué, levanté al pájaro y lo tuve durante un rato en la mano, contemplándolo. No tenía sangre ni nada que se le pareciera. Me lo llevé a casa... Sí, fue una tontería, hubiera sido mejor tirarlo lejos enseguida.
Se cuenta que un refugiado, una de las noches en que las bombas más bramaban, con largas horas de tortura en unos campos a sus espaldas, no pudo dominarse más: se degolló y, al momento, saltó por la ventana. Habiendo llegado ya a Londres casi en el paroxismo del desespero, unas pocas bombas más le resultaron insoportables. Pues bien; una muchacha que aquella noche conducía una ambulancia y vio al suicida, dice:
—Llegó a irritarme su proceder. Ahora lo comprendo, pero aquella noche me puso furiosa. Y no fui la única. Mientras lo llevaba en la ambulancia, le iba gritando que se muriera. Y lo hizo.
—La gente ha llegado a cometer los actos más absurdos —empieza otro—. Un hombre de edad avanzada, que perdió la casa entera en un bombardeo, logró, sin embargo, salvar una mecedora. Y ahora la lleva a todas partes consigo, sin querer abandonarla un solo instante. Toda su familia ha muerto. Pero él se aferra a su mecedora constantemente. Jamás se sienta en ella; se sienta en el suelo, a su lado. Pero no permite a nadie que se la arrebate.
Cientos de historias, todas terminadas en algún hecho digno de compasión. Cosas en el fondo terribles, un poco intrascendentes en apariencia, que permanecen en la memoria de todos.
Cualquiera podría decir: «Recuerdo los ojos que tenía la gente antes, veo los que muestran todos ahora, cuando van a trabajar, por la mañana. Son los de ahora ojos cansados. Ojos rendidos por la fatiga, por esa fatiga que produce el creer que hasta morir no descansaremos ya. Ojos profundos, hundidos en la cabeza. Y la voz... La voz de las gentes de ahora parece llegarnos del más allá, de muy lejos... ».
Cientos de historias... Como la del ciego que, de pie en el bordillo de la acera y golpeando en éste con su bastón en un intento de llamar la atención de alguien, espera a que le lleven a la acera de enfrente. No es por miedo al tráfico, que no existe; sino por miedo al crepitar de las llamas, a un nuevo bombardeo. El ciego espera que lo acompañen hasta el refugio.
Como la historia de la mujer que iba vendiendo pulverizadores llenos de agua de colonia. La ciudad se estremecía bajo el impacto de las bombas, y el fuego de muchas casas incendiadas la iluminaba como si fuera de día. El sonido de la destrucción lo invadía todo, pero, entre tanto ruido, una vocecilla aún tenía fuerzas para anunciar:
«¡Agua de colonia! ¡Agua de colonia; da buena suerte!»
John Steinbeck
Hubo una vez una guerra (traducción de Leonardo Domingo. Edhasa)


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Lunes, 06 de agosto de 2012

Nuevo lunes tramposo, esta vez del catorce de febrero de 2011. Aquel día subí un poema de Nicanor Parra, un pequeño desvarío (...atrapado dentro de otra mirada en un bucle infinito), y Pictures of you de The Cure. Me pregunto si habrá algún lunes donde Anay y yo hayamos subido el mismo poema o canción.

Leo “ningún consuelo / que no sea este espacio que ahora ocupo” y pienso, es eso, este instante, "esta confluencia del espacio y tiempo". Estos lunes me descubren nuevas voces, me ayudan a detenerme y pensar, a encontrar otras miradas y puntos de vista. Es hermoso.



Los lunes de Anay. Capitulaciones...

"Torre soy.
Nadie ciegue mis labios."
ADA SALAS



NOVIEMBRE, 18

Hay una claridad de lluvia no lejana
y estoy aquí sentado ante este mar
profundamente gris. No busco una respuesta
a este enigma de estar que es ir fluyendo
entre el miedo y la dicha de la carne.
Ninguna salvación, ningún consuelo
que no sea este espacio que ahora ocupo,
esta dicha de ser y de saberlo,
el hoy, mi placidez iluminada,
este abandono dulce en el que aguardo
a que la luz me colme y quede solo
con ese mar enfrente,
sin este nombre mío, y en mi centro.

VICENTE GALLEGO


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Domingo, 05 de agosto de 2012

La vida sigue -dicen-,  
pero no siempre es verdad.  
A veces la vida no sigue.  
A veces solo pasan los días 
Karmelo Iribarren 
La vida sigue (en Otra ciudad, otra vida. Huacanamo)


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Publicado por elchicoanalogo @ 17:30  | Poes?a
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El verano empezaba en la vieja estación de autobuses de Bilbao. Entrábamos por un bar alargado, las maletas arrastradas por el pasillo y el olor de la gasolina. Eran aquellos autobuses antiguos, la zona trasera para fumadores (el humo azulado en la noche), los asientos pequeños, el cenicero metálico en el respaldo. En una ocasión un pasajero se levantó y pidió que rezásemos un padrenuestro para tener buen viaje. Juntó las manos, agachó la cabeza y rezó en alto. Miré a mi hermana, intentamos contener una sonrisa burlona.

Viajábamos de noche por la carretera de la costa, en esos viajes descubrí que me gustaban los faros, su luz intermitente en la oscuridad, las sombras que dejaban sobre el mar, la sensación de estar dentro de un sueño. Tardábamos diez horas en llegar a Galicia. Dormía en el hombro de mi madre, intentaba adivinar el horizonte tras la niebla, me sentaba en un muro de Luarca a ver las truchas en el río antes de volver al autobús. Aquellos viajes me mareaban, las carreteras estrechas y llenas de curvas. Descansaba cuando veía el primer indicador con la distancia a Meira y buscaba el siguiente para descontar los kilómetros que faltaban para llegar.

Mi abuelo nos esperaba en Meira, nos llevaba a desayunar donuts y café con leche al bar Centro, sus ojos azules, su mirada pícara, su sordera que nos hacía repetir la misma frase. Cogíamos un taxi a la Ribeira, el final del viaje lo marcaba el eucalipto que plantó mi padre y el tejado de la casa de mis abuelos a la altura de la carretera. Era una imagen curiosa, el tejado de una casa que apenas sobresalía de la carretera.

Mis hermanas y yo dejábamos las maletas en la habitación y salíamos a los caminos de tierra y piedras, el ruido de los tractores, las campanas de la iglesia al atardecer. Buscábamos las diferencias con el año anterior, de un año para otro aparecían farolas en las aldeas (fuera de sus límites, las luciérnagas y la luz de luna), cambiaban los puentes de madera por otros de hormigón, algunos caminos de tierra quedaban bajo el asfalto. Me tumbaba en la hierba (en aquellas campas de las fotos de mi padre) y anticipaba las tardes de río y pastoreo, las mañanas con el angazo, las luciérnagas como pequeñas estelas de luz. Después de cenar veía anochecer en las escaleras del hórreo, levantaba la mirada a la carretera y aparecían las piernas de mis vecinos, como en aquellas películas americanas donde los protagonistas vivían en un sótano. Había cosas que nunca cambiaban, los tazones de leche más grandes que mis manos, la cocina de leña (el fuego que crepitaba en su interior), el banco de madera, las canastas rotas de la escuela, la ermita octogonal de Boel.

Dormíamos en una habitación con tres camas, las paredes desconchadas, el sonido del río Eo, las luces de los faros sobre las camas (la sombra del eucalipto en la pared).



El primer paso del verano era la vieja estación de Bilbao.


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Mi?rcoles, 01 de agosto de 2012

Mis ojos han dicho "no"
al azul del monitor,
a la novela rusa
y a la letra pequeña.

Monodosis de penas
-gotas cada dos horas.
y nada de subtítulos,
si acaso, cine mudo.

Para no errar el tiro:
de ver, de observar, gafas,
o entornar la mirada
hasta ceñir su objetivo.
Virginia Aguilar Bautista
Conjuntivitis (en Seguir un buzón. Renacimiento)


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:06  | Poes?a
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