Viernes, 14 de septiembre de 2012

Observo la portada de Freelander, un volvo naranja, líneas difusas y una señal con una calavera. Leo algunos fragmentos al azar, me encuentro con un regreso, un coche, tierras minadas y ruinas. Por un instante recuerdo a Verica dibujando un mapa sobre el mantel de un restaurante de Belgrado, intentaba explicarme los cambios en las fronteras y la última guerra de los Balcanes. Llego a casa con el libro en la mano, salgo al balcón y lo leo Freelander sin interrupciones.

Miljenko Jergovic da la voz a Karlo Adum, un viejo profesor retirado y solitario. Adum quiere ser invisible, pasar como el fantasma de alguno de los obreros que trabajaron en el rascacielos donde vive, sólo habla con su cartero (desconoce su nombre, es el Cartero, el único hombre que entra en la casa de Adum y bebe y divaga con él), ha sobrevivido a varias guerras y cambios políticos, le queda un Volvo tan viejo como él (la imagen de los sueños frustrados). Adum ya no espera nada. Hasta que recibe un telegrama que le comunica la muerte de su tío. Adum desandará el camino y regresará a la Sarajevo de su infancia. En ese viaje entre Zagreb y Sarajevo, Adum cruzará su pasado con la historia de una tierra dividida entre serbios, bosnios y croatas, campos minados y casas en ruina.

Jergovic usa el viaje del profesor para cruzar tiempos y espacios. Karlo Adum volverá al punto de partida, recordará su infancia a finales de la segunda guerra mundial donde vestía uniformes fascistas, su padre arañaba de forma caótica las paredes y su madre se acercaba a los oficiales de las tropas de ocupación. Adum ve pasar estos recuerdos como los paisajes tras la ventana, algo difusos, rápidos, extraños, una mirada alucinada sobre una tierra donde quedan capas de la historia reciente. Pero ese regreso a Sarajevo es incompleto, Adum ha vivido cincuenta años fuera de la ciudad, tanto la ciudad como él han cambiado, no es un regreso sino una toma de conciencia del tiempo pasado.

Freelander también es un libro de carretera, se suceden las cafeterías, los restaurantes, los hoteles, los pueblos abandonados y las escenas y personajes extraños, Adum asistirá a un partido de fútbol con un oso como mascota del equipo local, un accidente de tráfico con caballos desperdigados en la carretera, unos puestos callejeros donde se venden películas de Ingmar Bergman. Hay momentos que me recuerdan a un cruce entre los libros de moteles de Sam Shepard y las películas de Emir Kusturica.

Jergovic tiene una voz poderosa e intensa, a párrafos febriles le suceden otros humorísticos y entrañables, observa la realidad con la distancia justa para buscar una mirada abarcadora que no omite la crueldad y los desmanes vividos en su tierra, crea un personaje con fracturas, un solitario que no espera nada de la vida, que sobrevivió a las últimas guerras, que odió y no entendió algunos cambios, que hace un viaje en un viejo Volvo que acabará destrozado a la puerta de un hotel. Decía Anay Sala Suberviola en uno de sus poemas que “volver no es regresar”. Algo de eso hay en Freelander.



En la otra orilla, hacia la que él se dirigía, se veían edificios de varias plantas, grises y cochambrosos, ruinas entre las que crecían árboles, un paseo al lado del río sucio y abandonado, con farolas oxidadas y las bombillas rotas, plantadas allí evidentemente todavía en tiempos del socialismo. Así que eso era Bosnia. La escena le produjo escalofríos, pero tampoco era el fin del mundo. Estaba resignado a la idea de cruzar el río con la única cosa de valor que le quedaba en la vida y de la que quería librarse, razón por la cual había emprendido ese viaje. Por un instante sintió pena por el Volvo, que por primera vez en sus treinta años iba a Bosnia, aquel país del que su madre lo había sacado cuando él tenía trece años, sólo unos días después de la muerte de su padre, y al que, hasta hacía tres días, había creído que nunca más iba a volver, ni siquiera para una breve visita, una Bosnia que no recordaría y en la que no pensaría, porque de su memoria se había borrado todo lo que podía borrarse: su más tierna infancia y los años posteriores, todo lo que evocaba en él el sufrimiento y la desgracia, el hambre y las enfermedades infantiles, las paperas, la difteria, la escarlatina, la tosferina, el sarampión, la varicela, Sarajevo hundido profundamente en la depresión del río, y las palabras de las que se habían escapado las vocales haciéndolas crepitar como amenazas y fragmentos de bombas explotadas. Le dio pena la máquina muerta de su viejo coche, porque al final de su vida automovilística tenía que recorrer la tierra de la que él había huido.
Miljenko Jergovic
Freelander (traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek. Siruela)

(esta reseña también aparece en la revista cultural ocio gay)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:28  | Libros...
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