Mi?rcoles, 19 de septiembre de 2012

Cierro los ojos por unos segundos. Siento las pisadas amortiguadas en el pasillo, el olor de los libros nuevos, el teléfono y las dependientas que anotan pedidos en su ordenador. Intento componer su imagen. Se cruzan los tiempos, el primer abrazo tímido y su pelo rizado, los dos últimos cercanos y pausados y la melena lisa, las conversaciones sobre naufragios, Charles Dickens, nuevos inicios, piedras y Montedidio. Una vez que tengo su imagen dentro de mí abro los ojos y busco un libro para ella. Paso por Askildsen, Carver o Coupland, me reencuentro con viejos pasajes, tardes de balcón y las farolas encendidas entre los barrotes blancos, una estación de autobús, mi sombra sobre la mochila roja y un libro cerrado. Leo cada título, cada autor, sé que me pararé ante el libro que me lleve a ella. Me creo un zahorí.

Una vez subí al tejado de una ermita. Las tejas de pizarra se movieron debajo de mí. Parecía un mar intranquilo. Miré alrededor, la luz blanquecina del atardecer (pequeños haces de luz), los campos de trigo, el rumor apagado del río Eo, la estela de polvo tras los tractores, el lento pastar de las vacas. Sonaron las campanas de la iglesia. Conté los siete tañidos con los ojos cerrados. Recuerdo que soplaba un viento suave y que tiempo después creí volver a sentirlo con el primer beso (la cercanía de su cara, el espacio dividido, el aire entre ella y yo). Sentía que todo estaba en orden, que yo era aquello que veía. Alguien a mi espalda gritó que me bajase del tejado. Salté al suelo, despacio. Observé las fechas grabadas en la puerta de madera de la ermita un par de años atrás y elegí uno de los caminos de tierra.

Dejo atrás Contra el viento del norte (me dijo, tienes que comprarlo, me dijo, no quería que pareciese una orden), las novelas de Yasunari Kawabata, los diarios de Marisa Madieri. Acaricio algunos lomos, abro el capítulo donde Marisa Madieri habla de la cocina de leña de su abuela, recuerdo a mi propia abuela vestida de negro, el delantal más apagado que la camisa, el pañuelo en la cabeza o la falda. Estaba sentada en la penumbra de la cocina, miraba a través de la ventana hacia la era y el camino de entrada, me preguntaba en qué pensaría, qué esperaría. Ahora soy yo quien mira a través de las ventanas de hoteles. Fijo la vista en un punto, mi reflejo en el cristal se mezcla con las azoteas de la ciudad, ya no siento que todo está en orden, que soy aquello que veo, sólo observo las ventanas que se encienden al anochecer, los faros de los coches y pienso que esas vidas que se encienden son más interesantes que la mía.

Hay un momento donde me detengo. Leo, La herencia de Eszter, de Sándor Márai. La voz de una mujer que habla del amor, del dolor, de la inútil espera y la pérdida, de un reencuentro que puede acabar con ella. Me acuclillo ante el libro, lo acaricio con suavidad, me digo que no se sorprenderá con mi elección, siempre le regalo historias de pérdida. Tal vez sienta eso, cierras los ojos por un instante, y, al abrirlos de nuevo, algo ha quedado atrás.


Tags: espacios en blanco

Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios