Mi?rcoles, 26 de septiembre de 2012

Encuentro su carta entre las páginas de Rock Springs. Doy vueltas al café, el tintineo metálico de la cucharilla contra la taza, la mirada de una niña curiosa que observa las luces de una máquina recreativa. Un hombre se mueve nervioso en una minúscula línea imaginaria, tiene unos setenta años, es delgado, pequeño y parece ido, repite las mismas palabras, a veces cierra los labios y nos manda callar. Me extraña el movimiento de su cabeza, parece una lechuza. Leo mi nombre y mi dirección con su letra redonda y nítida. Termino el café, lo dejo sobre la mesa y descubro que no ha quedado ningún poso en el fondo de la taza. Sigo sin tener futuro.

En la primera hoja dibuja unas líneas y flechas para hablarme de su vida, una línea recta para los días tranquilos, una flecha ascendente por los momentos que modifican nuestro camino, una línea serpenteante como imagen de una montaña rusa. Asiento sin darme cuenta. Pliego la carta, la dejo junto al libro de Ford y saco un cuaderno de la mochila con notas sobre cruces de piedra en un acantilado. Pienso dónde estoy y cómo me siento y le digo que estoy en una cafetería frente a un teatro, que me siento algo perdido y aún así intento sonreír y que en ese instante recuerdo nuestros encuentros. Mi letra es rápida, desmañada.

Se sentó a mi lado en una terraza, sus ojos grandes y la voz frágil. Me habló de una noche de insomnio, de tácticas y estrategias, del dolor que crece de dentro hacia fuera, de uno de los amores de su vida, del silencio. La escuché atento, jugaba con un vaso de cristal, a veces interrumpía su monólogo para hablarle de aeropuertos, otros acentos y últimas palabras, le decía que había que seguir adelante, a pesar de todo, que no me gustaban las tácticas ni las estrategias.

Termino la carta, le recuerdo que es una mujer hermosa, escribo su nombre en un sobre, pienso que en esas hojas escritas se mezclarán nuestras huellas en unos días, un espacio tan pequeño contiene nuestro nombre, nuestro hogar, nuestras huellas, nos ubica y nos acerca. Salgo de la cafetería con la carta en la mano. La línea de la sombra en las plantas bajas de los edificios, el sol rojizo en las azoteas, las caras de quienes se cruzan conmigo. Estoy en silencio, observo los árboles y las caras, escucho música que me lleva a otros momentos de mi vida, siento la carta en mi mano y recuerdo.

Quiso enseñarme el fin del mundo. Lo encontramos cerrado. Paseamos bajo la lluvia hasta una cafetería con libros de segunda mano. El primer fin del mundo lo encontré en el norte, una señal verde, las letras blancas, fin del mundo. Caían pequeños copos de nieve negra. El segundo en un acantilado, el mar se encontraba con el océano, veía las barcas de pescadores remontar las olas, hacía viento. Me di la vuelta, ella, sentada en el suelo, me sacó una foto con el fin del mundo a mi espalda. Nos miramos en silencio.

Echo la carta en un buzón y me dirijo al tren. Una mujer lee Los treinta y nueve escalones en inglés. Está junto a la ventana. El gesto concentrado, la mirada que se desvía al paisaje unos segundos antes de volver a las páginas del libro. Observo la línea de sus labios. Atardece. El sol de septiembre se refleja en su melena. 


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