S?bado, 29 de septiembre de 2012

Hojeo La luna se escapa, leo la cita de Hemingway con la que se inicia el libro (Imagínate que cada día tuviera uno que tratar de matar a la luna. La luna se escapa. Pero, ¡imagínate que tuviera uno que tratar diariamente de matar al sol! Nacimos con suerte), el título de las tres partes, Alegría, Dolor, Reconciliación, el inicio que habla de muerte y ese primer verano de la adolescencia donde el mundo cambia por primera vez. Me llevo el libro a una cafetería para descubrir la voz del filandés Rax Rinnekangas.

Lassi, el narrador, recuerda aquel verano donde conoció el sexo y la muerte. El inicio es idílico, un chaval de ciudad pasa el verano en el campo, los juegos con sus dos primos, las riberas, los ríos, los árboles donde escalar y ver el mundo desde otra distancia, la religión que marca el ritmo en la región, el lugar prohibido que es la cabaña de su abuelo, un hombre que abandonó a sus hijos en la segunda guerra mundial y se alistó en la legión extranjera. Hay un tono nostálgico en esta parte, el recuerdo de los trece años, ese momento donde los protagonistas dan un paso a la madurez y todo cambia y sienten que la vida es un lugar frágil. La escritura de Rinnekangas es cristalina en esta parte.

Si en Madre noche de Vonnegut el protagonista formaba una patria de dos con su mujer, los protagonistas de La luna se escapa ampliarán esa patria a tres. Sus juegos dejan de ser infantiles y dan sus primeros pasos en el sexo, dos hermanos y su primo de ciudad que se buscan y sienten que todo está bien, que ese es el orden del mundo, que no hay nada inmoral en su comportamiento, que hay una alegría y pureza en esos instantes de abandono y sexualidad. El mundo se transforma en una búsqueda de placer e intimidad, el sexo como un espacio cerrado donde sentirse libre, puro y ante un permanente misterio. "Se reflejaba en el modo en que Sonja se entregaba al acto alternadamanente encima de Leo y de mí. Con una expresión de concentración en su rostro empapado de sudor, subía y bajaba, se paraba y se volvía a poner en movimiento, ya sonriendo pacientemente ya enjugándose el sudor de la frente. Sin escatimar energías, Sonja se afanaba en alcanzar la meta que perseguíamos los tres, experimenta aquel insólito placer, aquella punzada. La asombrosa Sonja, a quien Leo y yo apenas sentíamos como un ser distinto, sino más bien como una parte de nosotros mismos. Pero aquello nos bastaba a Leo y a mí en aquellos fantasmagóricos días de nuestra luz de luna interior, pues no percibíamos a Sonja como una persona mortal. Ella desprendía una energía prodigiosa que nos hacía sentir superiores de lo que éramos. Aquella manera que tenía Sonja de tratarnos y de tratarse a sí misma nos hiz creer realmente que los tres vivíamos en un mundo en el que aparte de nosotros no había nadie más. Por aquella embriagadora sensación amábamos y adorábamos a Sonja". 

Lassi no sólo descubre el sexo en ese verano único, también la muerte. Su voz nostálgica se llena de dolor y miedos, de ausencia y dudas. La muerte se convierte en una presencia y un misterio tan fuerte como el sexo. Aquel adolescente que fue se siente frágil en ese mundo de muerte y dolor, en pocas semanas ha experimentado sentimientos extremos, por un lado siente que ha sido creado a través del descubrimiento del sexo con su prima, por otra parte la muerte irrumpe y corta ese mundo y sólo queda el vacío y la tristeza de la ausencia.

La luna se escapa es un libro hermoso, triste, pausado y sensual.



La muerte no nos preocupaba. No la habíamos sentido ni habíamos pensado en ella hasta que aquel verano se presentó en nuestras vidas.
En aquellos días soleados de verano, cuando todos nosotros, Sonja, Leo y yo, estábamos aún vivos, a menudo corríamos desenfrenadamente. Corríamos por separado, empujándonos unos a otros o dándonos las manos, riendo despreocupadamente o en silencio y al acecho, desde el patio de Latvala hasta la carretera, campo a través. Pasábamos por delante de los lejanos heniles y continuábamos hasta llegar a las ciénagas de Karkala. Corríamos por el lado del establo para bajar hasta la orilla del río. Pasábamos por debajo de la veleta de la rueda de palas del molino, y por encima del reflejo de su sombra, que se proyectaba hasta la playa, y seguíamos a través de los pastos del ganado cubiertos de hierba alta hasta llegar al término de la finca.
A veces nos sentábamos, embriagados de alegría, sobre los peldaños de la casita para la leche, que se encontraba al final del callejón, y balanceábamos nuestras pieras desnudas en una nube zumbadora de mosquitos. ¡Qué lleno estaba el aire de un sentimiento letárgico de solidaridad en aquellos momentos! Y que decidida y desesperadamente sola se alejaba la camioneta justo delante de nuestros ojos por la polvorienta carretera en su viaje hacia el norte.
Rax Rinnekangas
La luna se escapa (traducción de Jordi Trilla Segura. El Aleph Editores)


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Jueves, 27 de septiembre de 2012

(Me escribe y me dice que colabora en una ONG, que la cosa va de libros usados y de financiar una serie de proyectos solidarios. Nos vimos el pasado otoño en la presentación de Perdidos para la literatura, me llevó a Tipos Infames, una librería donde no existe el espacio/tiempo, y me habló de su manera de encarar la vida). 


Libros de segunda mano a precios increíbles y por una buena causa

AIDA Books&More es una librería solidaria. Comprando nuestros libros estará apoyando los proyectos de cooperación que la Asociación Aida, Ayuda, Intercambio y Desarrollo tiene en marcha en África, Asia, Oriente Medio y América Latina.

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Mi?rcoles, 26 de septiembre de 2012

Encuentro su carta entre las páginas de Rock Springs. Doy vueltas al café, el tintineo metálico de la cucharilla contra la taza, la mirada de una niña curiosa que observa las luces de una máquina recreativa. Un hombre se mueve nervioso en una minúscula línea imaginaria, tiene unos setenta años, es delgado, pequeño y parece ido, repite las mismas palabras, a veces cierra los labios y nos manda callar. Me extraña el movimiento de su cabeza, parece una lechuza. Leo mi nombre y mi dirección con su letra redonda y nítida. Termino el café, lo dejo sobre la mesa y descubro que no ha quedado ningún poso en el fondo de la taza. Sigo sin tener futuro.

En la primera hoja dibuja unas líneas y flechas para hablarme de su vida, una línea recta para los días tranquilos, una flecha ascendente por los momentos que modifican nuestro camino, una línea serpenteante como imagen de una montaña rusa. Asiento sin darme cuenta. Pliego la carta, la dejo junto al libro de Ford y saco un cuaderno de la mochila con notas sobre cruces de piedra en un acantilado. Pienso dónde estoy y cómo me siento y le digo que estoy en una cafetería frente a un teatro, que me siento algo perdido y aún así intento sonreír y que en ese instante recuerdo nuestros encuentros. Mi letra es rápida, desmañada.

Se sentó a mi lado en una terraza, sus ojos grandes y la voz frágil. Me habló de una noche de insomnio, de tácticas y estrategias, del dolor que crece de dentro hacia fuera, de uno de los amores de su vida, del silencio. La escuché atento, jugaba con un vaso de cristal, a veces interrumpía su monólogo para hablarle de aeropuertos, otros acentos y últimas palabras, le decía que había que seguir adelante, a pesar de todo, que no me gustaban las tácticas ni las estrategias.

Termino la carta, le recuerdo que es una mujer hermosa, escribo su nombre en un sobre, pienso que en esas hojas escritas se mezclarán nuestras huellas en unos días, un espacio tan pequeño contiene nuestro nombre, nuestro hogar, nuestras huellas, nos ubica y nos acerca. Salgo de la cafetería con la carta en la mano. La línea de la sombra en las plantas bajas de los edificios, el sol rojizo en las azoteas, las caras de quienes se cruzan conmigo. Estoy en silencio, observo los árboles y las caras, escucho música que me lleva a otros momentos de mi vida, siento la carta en mi mano y recuerdo.

Quiso enseñarme el fin del mundo. Lo encontramos cerrado. Paseamos bajo la lluvia hasta una cafetería con libros de segunda mano. El primer fin del mundo lo encontré en el norte, una señal verde, las letras blancas, fin del mundo. Caían pequeños copos de nieve negra. El segundo en un acantilado, el mar se encontraba con el océano, veía las barcas de pescadores remontar las olas, hacía viento. Me di la vuelta, ella, sentada en el suelo, me sacó una foto con el fin del mundo a mi espalda. Nos miramos en silencio.

Echo la carta en un buzón y me dirijo al tren. Una mujer lee Los treinta y nueve escalones en inglés. Está junto a la ventana. El gesto concentrado, la mirada que se desvía al paisaje unos segundos antes de volver a las páginas del libro. Observo la línea de sus labios. Atardece. El sol de septiembre se refleja en su melena. 


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Lunes, 24 de septiembre de 2012

Escucha a Bob Geldof y dice que odia los lunes. Le prometo que cambiaré su próximo lunes, sólo tendré que compartir con ella uno de los correos de Anay. Le explico que cada lunes recibo un correo con una cita, un poema y una canción, que esos correos me hacen sonreír, quedarme en silencio o recordar.

Miro alrededor, las palabras inútiles, el odio y las fronteras que ponemos con el otro y pienso en la generosidad del gesto de Anay, compartir poemas y canciones, unos minutos donde no hay otra cosa que las emociones que desprende su correo. Un gesto sencillo y cálido, un acercamiento al otro. Es una pequeña isla.


Los lunes de Anay. Trascendencias...


"En primer lugar no ocurrirá nada
y un poco más tarde
no ocurrirá nada otra vez"
                                       LEONARD COHEN


Lo que nos dejan los poetas
está siempre manchado por el tiempo,
el pecado, el exilio.
El más sincero de ellos,
el más incógnito, sereno, enamorado,
no nos impone nada:
ni verdad, ni consuelo ni desprecio.
Presente, ya está ausente; y Picasso,
al hacer un muñeco de nieve, entendió bien
que la inmortalidad del arte
se halla en el tiempo, el pecado, el exilio,
y el sol tiene la obligación de rescatar
las lágrimas, las fuentes, los ríos y los mares:
todo en vano.

                            VLADIMIR HOLAN




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Leonard Cohen, Vladimir Holan, Jack Johnson

Publicado por elchicoanalogo @ 17:23  | Los lunes de Anay
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Domingo, 23 de septiembre de 2012

Dos mesitas de noche con objetos curiosos (una armónica, un libro de Murakami en un cajón, un vibrador o una mariposa que cambian de mesita según su utilidad), estrellas adhesivas en el techo de la habitación, un japonés de Murcia, un gato llamado Carver por el poeta Raymond Carver, líneas circulares de autobuses en Detroit, matemáticas, un hombre que es un número primo, una mujer que es Pi, las noches, el amor, el sexo y la soledad. La luz de la mesita noche se mueve entre la poesía y el relato corto, la esencia y la emoción de los sentimientos y objetos que nos conforman.

El narrador de La luz de la mesita de noche nos acerca a Pi, profesora de Geometría, su cama, su mesita de noche, su relación con Trece, sus recuerdos y emociones sobre sus parejas, las matemáticas, el azar o el determinismo. Pi vive sola, hace tiempo que numera a los hombres que han pasado por su vida, está desorientada con Trece, no acaba de fiarse de él, parece más un espejismo que realidad, intenta hacerse una composición de lugar en esta nueva relación. Pi en su habitación, en pijama, sola en la cama, mira el brillo de las estrellas adhesivas, los objetos de las mesitas de noche (también, pañuelos para llorar), piensa en las matemáticas aplicadas a la vida cotidiana, en cómo los hombres que han dejado huella en ella eran números primos, conversa con su vecino el señor Misaki (la familia más allá de la sangre), intenta ordenar su vida y sus emociones, reflexiona sobre el amor, la pareja, la soledad.

La luz de la mesita de noche atrapa por los detalles inesperados, por la relación de Pi con los hombres, por ese amor en la distancia con Trece, Pi en una habitación de Madrid, Trece en una casa de Detroit como inquilino de un gato, te habla con una voz humorística, matemática y cercana, te saca una sonrisa, te hace sentir partícipe de la historia y, como en las novelas y películas de aventuras, hablas y empujas a los personajes. Es una de esos libros que se leen sin interrupción, que calan de a poco y sientes que has participado de otra vida. Juan Pardo Vidal ha escrito un libro hermoso y sutil.

(Sólo hay dos tipos de hombres, los que han leído La luz de la mesita de noche y los que no). 



Tan sólo dos semanas después de aquel primer encuentro, al apagar la luz de la mesita de noche para irse a dormir, cuando ya ambos vivían en ciudades distintas, pensó que si la Gran Muralla China era lo único construido por el hombre que podía verse desde el espacio, ella podía viajar hasta allí y poner los brazos en cruz, mirando hacia arriba, y entonces sería la única mujer del mundo en la que Trece se fijaría si estuviese en la Luna. Y siempre lo estaba.

( … )

Nos gusta coincidir con el otro, nos encanta la zona sombreada de intersección, el lugar donde coincidimos en gustos, ya sean musicales, estéticos o sexuales. Lo que nos interesa del otro somos nosotros. Es decir, nos enamoramos de lo que de nosotros tiene el otro, lo cual no deja de ser una paradoja, porque el amor se supone que es algo ciego y desinteresado. Todo esto es muy irracional, y ella, aunque se llame Pi, no es irracional.

( … )

Si la tercera vez que te acuestas con un chico que te gusta mucho te dice «te quiero», eso es bueno. Pero si tú le dices a ese mismo chico «te quiero» y él te responde «yo te quiero mucho», eso es malo. La clave está en el «mucho», así pues, por increíble que parezca, «te quiero» es más grande y más profundo que «te quiero mucho». Es una curiosa paradoja del idioma.

( … )

Sólo tenemos conciencia de haber vivido una pequeñísima parte de nuestras vidas, la mayoría de los días no han dejado rastro, por lo que entendidos así, hemos vivido sólo lo que recordamos. Al fin y al cabo, los días no tienen otro sentido que ofrecernos un marco referencial en el que encuadrar recuerdos que, conscientemente, hemos de archivar diariamente antes de irnos a dormir.
Juan Pardo Vidal
La luz de la mesita de noche (Sloper)


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:37  | Libros...
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S?bado, 22 de septiembre de 2012

Ponte
cómodo.
Enciende
un cigarrillo.
Sírvete
lo que más
te satisfaga.
Y piensa
en lo que ayer
te prometiste
-como hoy-
para mañana.
Karmelo C. Iribarren
Y piensa (en Seguro que esta historia te suena. Poesía completa. 1985-2012. Renacimiento)


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Publicado por elchicoanalogo @ 9:23  | Poes?a
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Mi?rcoles, 19 de septiembre de 2012

Cierro los ojos por unos segundos. Siento las pisadas amortiguadas en el pasillo, el olor de los libros nuevos, el teléfono y las dependientas que anotan pedidos en su ordenador. Intento componer su imagen. Se cruzan los tiempos, el primer abrazo tímido y su pelo rizado, los dos últimos cercanos y pausados y la melena lisa, las conversaciones sobre naufragios, Charles Dickens, nuevos inicios, piedras y Montedidio. Una vez que tengo su imagen dentro de mí abro los ojos y busco un libro para ella. Paso por Askildsen, Carver o Coupland, me reencuentro con viejos pasajes, tardes de balcón y las farolas encendidas entre los barrotes blancos, una estación de autobús, mi sombra sobre la mochila roja y un libro cerrado. Leo cada título, cada autor, sé que me pararé ante el libro que me lleve a ella. Me creo un zahorí.

Una vez subí al tejado de una ermita. Las tejas de pizarra se movieron debajo de mí. Parecía un mar intranquilo. Miré alrededor, la luz blanquecina del atardecer (pequeños haces de luz), los campos de trigo, el rumor apagado del río Eo, la estela de polvo tras los tractores, el lento pastar de las vacas. Sonaron las campanas de la iglesia. Conté los siete tañidos con los ojos cerrados. Recuerdo que soplaba un viento suave y que tiempo después creí volver a sentirlo con el primer beso (la cercanía de su cara, el espacio dividido, el aire entre ella y yo). Sentía que todo estaba en orden, que yo era aquello que veía. Alguien a mi espalda gritó que me bajase del tejado. Salté al suelo, despacio. Observé las fechas grabadas en la puerta de madera de la ermita un par de años atrás y elegí uno de los caminos de tierra.

Dejo atrás Contra el viento del norte (me dijo, tienes que comprarlo, me dijo, no quería que pareciese una orden), las novelas de Yasunari Kawabata, los diarios de Marisa Madieri. Acaricio algunos lomos, abro el capítulo donde Marisa Madieri habla de la cocina de leña de su abuela, recuerdo a mi propia abuela vestida de negro, el delantal más apagado que la camisa, el pañuelo en la cabeza o la falda. Estaba sentada en la penumbra de la cocina, miraba a través de la ventana hacia la era y el camino de entrada, me preguntaba en qué pensaría, qué esperaría. Ahora soy yo quien mira a través de las ventanas de hoteles. Fijo la vista en un punto, mi reflejo en el cristal se mezcla con las azoteas de la ciudad, ya no siento que todo está en orden, que soy aquello que veo, sólo observo las ventanas que se encienden al anochecer, los faros de los coches y pienso que esas vidas que se encienden son más interesantes que la mía.

Hay un momento donde me detengo. Leo, La herencia de Eszter, de Sándor Márai. La voz de una mujer que habla del amor, del dolor, de la inútil espera y la pérdida, de un reencuentro que puede acabar con ella. Me acuclillo ante el libro, lo acaricio con suavidad, me digo que no se sorprenderá con mi elección, siempre le regalo historias de pérdida. Tal vez sienta eso, cierras los ojos por un instante, y, al abrirlos de nuevo, algo ha quedado atrás.


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Lunes, 17 de septiembre de 2012

Le hablo de espacios y tiempos cruzados, de apariciones y desapariciones, de un hueco en la tierra y una habitación de hospital, de cómo conté treinta segundos antes del fin del mundo. Me dice que me cuesta compartir mis emociones (se enfada cariñosamente conmigo) y que me caponeará la próxima vez que me vea.  

Me quedo cinco minutos en el balcón. Observo las farolas encendidas, las luces rojas y azules de un avión en el cielo, los gatos callejeros en los árboles del parque. Hay silencio y soledad. Escribo mentalmente sobre la luz de invierno, deseos, las estrellas reflejadas en un espejo retrovisor, el sonido de los grillos, la oscuridad tras la tristeza. Me basta con tener esas palabras dentro de mí.

Anay me deja en silencio con su lunes.


Los lunes de Anay. Borradores...

"Soñar tiene su precio y lo pagamos"
                                                         JAVIER CÁNAVES


LA GANZÚA

Tú sueñas por escrito.
Yo no.
Yo escribo lo que sueño
y lo que sueño es punzar
a través de los cendales
esa nube sedada por el tiempo.
 
                                             ANAY SALA



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Javier Cánaves, Anay Sala Suberviola, Teddy Bears

Publicado por elchicoanalogo @ 17:14  | Los lunes de Anay
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Viernes, 14 de septiembre de 2012

Observo la portada de Freelander, un volvo naranja, líneas difusas y una señal con una calavera. Leo algunos fragmentos al azar, me encuentro con un regreso, un coche, tierras minadas y ruinas. Por un instante recuerdo a Verica dibujando un mapa sobre el mantel de un restaurante de Belgrado, intentaba explicarme los cambios en las fronteras y la última guerra de los Balcanes. Llego a casa con el libro en la mano, salgo al balcón y lo leo Freelander sin interrupciones.

Miljenko Jergovic da la voz a Karlo Adum, un viejo profesor retirado y solitario. Adum quiere ser invisible, pasar como el fantasma de alguno de los obreros que trabajaron en el rascacielos donde vive, sólo habla con su cartero (desconoce su nombre, es el Cartero, el único hombre que entra en la casa de Adum y bebe y divaga con él), ha sobrevivido a varias guerras y cambios políticos, le queda un Volvo tan viejo como él (la imagen de los sueños frustrados). Adum ya no espera nada. Hasta que recibe un telegrama que le comunica la muerte de su tío. Adum desandará el camino y regresará a la Sarajevo de su infancia. En ese viaje entre Zagreb y Sarajevo, Adum cruzará su pasado con la historia de una tierra dividida entre serbios, bosnios y croatas, campos minados y casas en ruina.

Jergovic usa el viaje del profesor para cruzar tiempos y espacios. Karlo Adum volverá al punto de partida, recordará su infancia a finales de la segunda guerra mundial donde vestía uniformes fascistas, su padre arañaba de forma caótica las paredes y su madre se acercaba a los oficiales de las tropas de ocupación. Adum ve pasar estos recuerdos como los paisajes tras la ventana, algo difusos, rápidos, extraños, una mirada alucinada sobre una tierra donde quedan capas de la historia reciente. Pero ese regreso a Sarajevo es incompleto, Adum ha vivido cincuenta años fuera de la ciudad, tanto la ciudad como él han cambiado, no es un regreso sino una toma de conciencia del tiempo pasado.

Freelander también es un libro de carretera, se suceden las cafeterías, los restaurantes, los hoteles, los pueblos abandonados y las escenas y personajes extraños, Adum asistirá a un partido de fútbol con un oso como mascota del equipo local, un accidente de tráfico con caballos desperdigados en la carretera, unos puestos callejeros donde se venden películas de Ingmar Bergman. Hay momentos que me recuerdan a un cruce entre los libros de moteles de Sam Shepard y las películas de Emir Kusturica.

Jergovic tiene una voz poderosa e intensa, a párrafos febriles le suceden otros humorísticos y entrañables, observa la realidad con la distancia justa para buscar una mirada abarcadora que no omite la crueldad y los desmanes vividos en su tierra, crea un personaje con fracturas, un solitario que no espera nada de la vida, que sobrevivió a las últimas guerras, que odió y no entendió algunos cambios, que hace un viaje en un viejo Volvo que acabará destrozado a la puerta de un hotel. Decía Anay Sala Suberviola en uno de sus poemas que “volver no es regresar”. Algo de eso hay en Freelander.



En la otra orilla, hacia la que él se dirigía, se veían edificios de varias plantas, grises y cochambrosos, ruinas entre las que crecían árboles, un paseo al lado del río sucio y abandonado, con farolas oxidadas y las bombillas rotas, plantadas allí evidentemente todavía en tiempos del socialismo. Así que eso era Bosnia. La escena le produjo escalofríos, pero tampoco era el fin del mundo. Estaba resignado a la idea de cruzar el río con la única cosa de valor que le quedaba en la vida y de la que quería librarse, razón por la cual había emprendido ese viaje. Por un instante sintió pena por el Volvo, que por primera vez en sus treinta años iba a Bosnia, aquel país del que su madre lo había sacado cuando él tenía trece años, sólo unos días después de la muerte de su padre, y al que, hasta hacía tres días, había creído que nunca más iba a volver, ni siquiera para una breve visita, una Bosnia que no recordaría y en la que no pensaría, porque de su memoria se había borrado todo lo que podía borrarse: su más tierna infancia y los años posteriores, todo lo que evocaba en él el sufrimiento y la desgracia, el hambre y las enfermedades infantiles, las paperas, la difteria, la escarlatina, la tosferina, el sarampión, la varicela, Sarajevo hundido profundamente en la depresión del río, y las palabras de las que se habían escapado las vocales haciéndolas crepitar como amenazas y fragmentos de bombas explotadas. Le dio pena la máquina muerta de su viejo coche, porque al final de su vida automovilística tenía que recorrer la tierra de la que él había huido.
Miljenko Jergovic
Freelander (traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek. Siruela)

(esta reseña también aparece en la revista cultural ocio gay)


Tags: Miljenko Jergovic, Freelander, Luisa Fernanda Garrido, Tihomir Pistelek, Siruela

Publicado por elchicoanalogo @ 20:28  | Libros...
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Jueves, 13 de septiembre de 2012

no duele el vacío de una casa recién comprada  
ni el de una maleta que alguien baja del altillo  

no sabe el vacío de nuestros pies desnudos
siempre a punto de saltar
ni un revisor del niño
que viaja sin billete bajo el asiento de su padre

no pesa el pájaro en las ramas donde no hace nido
ni en el sueño olvidado de una siesta
ni pesa la curva negra de hormigas
bordeando un charco del que ninguna bebe
a pesar de este agosto también negro

no se detienen los murciélagos
para tomar impulso
no han aprendido a volar en formación
después de tantos siglos
de tantas antenas
de tanto tendido eléctrico
no han aprendido los nombres de las calles
ni tu nombre por más que yo lo grite

no están los días para echar en falta la niebla
ni a los caballos que nunca trajo la niebla
Isabel Bono
memoria de un desalojo futuro (en Algunas cosas que leo)


Tags: memoria de un desalojo, isabel bono, algunas cosas que leo

Publicado por elchicoanalogo @ 16:56  | Isabel Bono
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Mi?rcoles, 12 de septiembre de 2012

Estoy en la cocina. Observo la lluvia contra los columpios. En la mesa, una veintena de cartas, fotos, discos, mapas y postales. Las cartas llegan cada mes. Abro el buzón y encuentro su letra en un pequeño sobre blanco, el matasellos de Hollywood, Tallahassee o Memphis. Podría construir un nuevo mapa con sus postales, Texas limitaría al norte con Maine, al sur con Vancouver, al oeste con Carolina del Norte y al este con Alaska.

Me escribe desde aeropuertos y cafeterías mientras espera para reanudar su viaje (escribe, tengo demasiado tiempo libre para el próximo avión), me habla de los casinos de Las Vegas, la música de jazz en las calles de New Orleans, los tótems canadienses. A veces siento la soledad en sus palabras, a veces la emoción por un descubrimiento (una calle, un edificio, una persona). Me dice que le hable de mí, que le cuente mis planes, cuál ha sido mi última lectura, mi último viaje, si he escrito el libro que llevo dentro. Le respondo (desde Ortuella, Mitrovica, Tucumán, Cádiz, Elche) que ya no hago planes, le hablo de una vagabunda en una estación de tren en Madrid, de estelas de avión en otros cielos, de mapas con círculos, líneas y equis que señalan el camino, le insisto en que lea a Kurt Vonnegut o Philip K. Dick y que he descubierto a las voces de Gombrowicz o Marisa Madieri, le cuento cómo avanza el libro que llevo dentro, un rompecabezas de fotografías que describen un viaje sin final, y le recuerdo que soy vago para escribir, que me basta con tener la historia dentro de mí.

Miro las fotos sobre la mesa de la cocina y sonrío con la imagen de una señal de aparcamiento en el desierto, una postal de Elvis y unos vaqueros alrededor de una fogata con una cafetera. Me quedo en con una foto en la mano: una casa de madera sobre cuatro pivotes blancos. Está en un muelle, los mástiles con las velas recogidas, las nubes grises (como las que observo tras la ventana), los charcos en la acera, la niebla sobre los montes. Es una imagen con una blancura extraña.

En una de las cartas encuentro un mapa de Alaska (me dice que la arrancó de la revista de Alaska Airlines), las líneas salen de Anchorage y se dirigen a lugares desconocidos, Prudhoe Bay, King Salmon, Bethel. Pienso en cómo los extremos de una línea están conectados fuera de un mapa.

 

 




Tags: espacios en blanco

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Martes, 11 de septiembre de 2012

No recuerdo cómo me iban las cosas antes de conocerte. ¿Siempre he estado en esta situación? Recuerdo que me sentía perdido. De eso estoy seguro. Iba sin rumbo. Pasaba de una mujer brava a la siguiente. En ocasiones permanecía junto a ellas el tiempo suficiente para darme cuenta de que su desconcierto era todavía mayor que el mío. O al menos eso era lo que sacaba en claro de lo que me decían. Pero no recuerdo que antes estuviese tan nervioso, tan hecho polvo. Las contemplaba a distancia: lavándose con una esponja en el fregadero, completamente colocadas; desmenuzando negras bolas de hachís con cuchillas de afeitar; moviéndose como reinas a cámara lenta. Después se vestían como las chicas pueblerinas de épocas pasadas, se reían tontamente y trataban de no enseñar sus largas piernas; ¡con qué garbo caminaban sobre sus tacones de goma agitando sus cabelleras igual que los caballos agitan la cola!
Pero contigo carezco de perspectiva. Cada vez que te mueves, siento como si viajase por tu piel; cada vez que miras por la ventana, siento como si estuvieses muy sola y soñases con tiempos mejores. De nada sirve que te salude agitando los brazos. Ahora todo se ha vuelto del revés.

15/5/95 (Scottsville, Virginia)
Sam Shepard
Contigo carezco de perspectiva (en Cruzando el paraíso. Traducción de Mauricio Bach. Anagrama)


Tags: carezco de perspectiva, cruzando el paraíso, sam shepard, Mauricio Bach, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 19:43  | Libros...
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Lunes, 10 de septiembre de 2012

Leí Baila, baila, baila en el balcón, el parque de Dona Casilda y un par de cafeterías de Bilbao. Miraba fuera de las páginas, observaba la cara de quienes pasaban a mi lado, el vuelo de una bandada de pájaros, las estelas de avión en el cielo. Durante unos días mi vida se cruzaba con el Hotel Delfín y el hombre carnero. Cuando apenas me quedaban un puñado de páginas sentí la tristeza por el final, el gesto de cerrar el libro, colocarlo en la estantería. Siempre me pasa algo parecido. Luego, siento el eco de la historia y los personajes dentro de mí.

Hoy es lunes y Anay me habla de habitar.


Los lunes de Anay. Allende...

"Allá donde yo esté
uno de mis ojos
mirará siempre al mundo
desde Stevenson"

                              MIGUEL SALAS DÍAZ


HABITAR

Miro este espacio ricamente abrupto
Todo él empapado de carácter
Tan trabajado pero sólo por sí mismo
Con los verdes rebaños de sus arboledas
Sus rocas tercamente afirmativas
Sus corrientes de oscuras aguas castas
Y juro emocionado
Que siempre lastraré de respeto este amor
Que siempre seré cauto en mi caricia
Que daré el sitio que le corresponde
A ese fondo tupido que ardió siempre en mí
En el santo deseo de habitar
Habitar nada más
Ser todo yo habitante nada más.

                                                 TOMÁS SEGOVIA




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Miguel Salas Díaz, Tomás Segovia, Seu Jorge

Publicado por elchicoanalogo @ 16:43  | Los lunes de Anay
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Domingo, 09 de septiembre de 2012

Hojeo el último libro editado de Murakami, leo en sus páginas Hotel Delfín, una modelo de orejas, desapariciones, y descubro que Baila, baila, baila es el regreso a los personajes y decorados de La caza del carnero salvaje. Asiento con la cabeza, sé qué me encontraré en territorio conocido, una historia extraña (mezcla entre Raymond Chandler y Philip K. Dick), un narrador que mirará dentro y fuera de sí y divagará ante lo que ve y siente, unos decorados que se moverán entre diferentes mundos (dimensiones), la sensación de pérdida, la necesidad de equilibrar el desorden y caos. Hacía un par de años que no leía una novela de Murakami. Sonreí con este reencuentro.

El narrador de Baila, baila, baila se define como un quitanieves cultural, redactor freelance de revistas de segunda, se deja llevar por una vida y emociones modestas, un piso pequeño, un Subaru con equipo de música, soledad, paseos en silencio. Su voz transmite agudeza y melancolía, parece que algo le separa de la vida, una pequeña frontera que lo muestra como alguien distante que no acaba de conectar con aquello que le rodea. Está desajustado. Tiene un sueño recurrente con el viejo Hotel Delfín donde se hospedó con una extraña mujer tiempo atrás (La caza del carnero salvaje). En el sueño, alguien llora por él. El narrador volverá a aquel hotel para buscar un sentido a su sueño, encontrar a la misteriosa mujer, empezar de nuevo.

Como decía Anay Sala en uno de sus poemas “volver no es regresar”, el protagonista no volverá al punto exacto donde dejó su vida tras abandonar el Hotel Delfín años atrás, lo primero que cambia es el propio hotel, ya no es aquel edificio viejo y extraño donde se alojó con la mujer misteriosa, ahora es un hotel moderno y aséptico. El decorado ha cambiado pero hay algo dentro de ese hotel que permanece, una puerta a otro mundo habitado por el hombre carnero. El hotel es un punto de partida donde el protagonista conectará con su pasado y nuevos personas, una recepcionista meticulosa y atractiva, una niña de trece años capaz de ver más allá de la realidad, el reencuentro con un antiguo compañero de colegio y el hombre carnero.

En Baila, baila, baila están los elementos característicos de las novelas de Murakami, el cruce entre diferentes mundos, la búsqueda del corazón perdido, el rock y el jazz, las calles de Tokio, los viajes, las preguntas sobre qué es real y qué sueño. Hay asesinatos, interrogatorios, viajes a Hawai, personajes extraños (un poeta manco, un policía “Literato”, prostitutas que dicen cucú, personajes que se mueven entre dos mundos). Es como cruzar El sueño eterno con Ubik.

Lo que me atrae de este libro de Murakami son los tiempos muertos: el personaje que habla de sus paseos por Tokio, de restaurantes y comida, de música (Talking Heads, Beach Boys, Boy George), nieve, lluvia y aquello que ve, la sensación de algo misterioso dentro de lo cotidiano. Y, también, la relación con Yuki, una niña de trece años capaz de ver las diferentes capas que hay dentro de este mundo. Se encuentran en el Hotel Delfín, vuelven juntos en un vuelo a Tokio, él se encarga de sacarla de casa, de hacer que coma sano, que no se sienta un bicho extraño por su sensibilidad, por unos padres que no se ocupan de ella. Esa relación marcará parte de Baila, baila, baila, conectará al protagonista con el adolescente que fue con quince años, le permitirá no perder de vista su corazón. Y es que todo es conexión en este libro. El protagonista está perdido, no acaba de cerrar la conexión y encontrar su lugar en el presente, en este mundo.

El protagonista ejecuta difíciles pasos de baile, se deja llevar, intenta encontrar una conexión, algo a lo que atarse, no perder su corazón. Me gustan este personaje (No dejes de bailar mientras suena la música. ¿Lo entiendes? Baila. No dejes de bailar. No pienses por qué lo haces. No le des vueltas ni le busques significados. En realidad, no significa nada.) y el espacio-tiempo alterado.


-Mi función aquí es conectar distintas cosas. Para que lo entiendas, soy como un cuadro de distribución. Este lugar es el nudo, y yo soy quien lo ata todo para que no se disperse. Lo conecto todo. Ésa es mi misión. Tú buscas algo, yo conecto y tú lo encuentras. ¿Entiendes?
-Más o menos -respondí.
-Bien -dijo el hombre carnero-. Ahora tú me necesitas, porque te sientes confuso. No sabes qué quieres. Te sientes perdido. Deseas ir a algún lado, pero no sabes adónde. Varios nudos se han deshecho. Has perdido cosas, pero no has encontrado nada que las reemplace. Por eso te sientes desorientado. Tienes la impresión de que no estás atado a nada. Y en realidad no lo estás.

( … )
 
Todo desaparece. Nos movemos sin cesar. Y al movernos, la mayoría de las personas que nos rodean acaban por desapareciendo. Es algo inevitable. Llegado el momento de desaparecer, desaparecen. Y mientras llega ese momento, siguen aquí. Tú, por ejemplo, estás creciendo. Dentro de dos años este precioso vestido ya no te servirá. Puede que los Talking Heads te parezcan anticuados. Ya no tendrás ganas de salir de paseo en coche conmigo. Nada podrá remediarlo. Dejémonos arrastrar por la corriente. De nada sirve que le demos vueltas.
Haruki Murakami
Baila, baila, baila (traducción de Gabriel Álvarez Martínez. Tusquets)





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Jueves, 06 de septiembre de 2012

Siempre tengo al alcance de la mano los cuentos de Carver y los poemarios de Isabel Bono, Anay Sala, Karmelo Iribarren y Virginia Aguilar Bautista. Leo un cuento, un par de poemas, es como comer una onza de chocolate para que quede su sabor en la boca.

Los poemas de Virginia Aguilar Bautista me hacen sentir ante un paisaje que reconozco pero transformado con sus palabras en algo diferente, en otro punto de vista. Me gusta su voz pausada, su mirada sobre los objetos y las noticias, su forma de escribir concisa.


La miopía pretende
suavizar realidades.
(Les pasa un gran cedazo
en el que quedan, sueltas,
líneas que delimitan
la frontera que existe
entre seres y estares)
Virginia Aguilar Bautista
Miopía (en Seguir un buzón. Renacimiento)


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Mi?rcoles, 05 de septiembre de 2012

Me siento junto a la ventana de la cafetería. Observo la llegada de un tren, el ruido de las puertas al abrirse, algunas personas corren para subir a otro tren. En la mesa, una taza de café que sé no tendrá poso y Baila, baila, baila, de Haruki Murakami. Hojeo algunas páginas al azar, leo el inicio, descubro algunos elementos que me suenan, un narrador individualista y distante, un hombre carnero, una mujer modelo unas orejas que desaparece, la idea de regresar al Hotel Delfín para empezar de nuevo. Cuando llego a casa saco La caza del carnero salvaje de las estanterías y descubro que Baila, baila, baila continúa la historia de aquel libro. Entonces, sé qué Murakami me encontraré, el que mezcla la novela negra con las dimensiones que se entrecruzan, los lugares y personajes extraños, un misterio y tensión que recorrerá cada historia.

Hace tres años tuve Dance, dance, dance en mi mano. Estaba en la biblioteca de mi amiga Verica. A veces dedico tiempo a fisgar en las bibliotecas de mis amigos. Recuerdo que leí algunas páginas en inglés, que me sentí atraído por las referencias musicales (sobre todo por alguna sobre Talking Heads), que hablé con Verica sobre qué me emocionaba de Murakami.

En estos tres años he descubierto otros libros de Murakami y a otros autores japoneses que lo han empequeñecido un poco, Hiromi Kawakami con sus novelas, por ejemplo (y, siempre, Kawabata con su escritura sutil, de haiku). También me adentré en el mundo de Philip K. Dick. Cada novela me hacía ver cuánto de Dick había en Murakami.

Leo Baila, baila, baila, y me dejo llevar por el hotel Delfín y la voz pausada del narrador, hay una emoción cercana a cuando leí El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas porque, como dice el narrador, siento el espacio-tiempo alterado. Murakami me habla de otros mundos dentro de éste, de volver a un lugar importante en nuestra vida (volver no es regresar, como decía Anay Sala en uno de sus poemas), de la necesidad de aferrarnos a algo.



Inicio de Baila, baila, baila (Haruki Murakami)

Marzo de 1983

A menudo sueño con el Hotel Delfín.
Yo estoy en ese sueño. Es decir, «formo parte» de él como una especie de circunstancia continua. El sueño revela de manera manifiesta que pertenezco a la continuidad del sueño. En éste, el Hotel Delfín está deformado. Es más achatado y largo. Tanto que, en lugar de un hotel, parece un larguísimo puente techado. El puente se extiende desde tiempos pretéritos hasta los confines del universo. Y yo estoy en él. Allí, en ese hotel, hay alguien más, alguien que derrama lágrimas. Las derrama por mí.
El hotel me envuelve. Percibo con toda claridad sus latidos y su calor. En el sueño, yo soy una parte más del hotel.
Así es el sueño.


Me despierto. ¿Dónde estoy?, me pregunto. No sólo lo pienso, sino que me formulo la pregunta en voz alta: «¿Dónde estoy?». Pero es una pregunta absurda. E innecesaria, porque ya sé la respuesta: estoy aquí, y ésta es mi vida. Mi día a día. Ese apéndice del mundo que es mi existencia. Numerosos asuntos, cosas, circunstancias que, aunque no recuerdo haber consentido, se han vuelto atributos míos sin darme cuenta. A veces, una mujer duerme a mi lado. Pero, por lo general, duermo solo. Sólo yo y el rumor de la autopista que se extiende frente a mi apartamento, el vaso en la mesilla de noche (en cuyo fondo suelen quedar unos cinco milímetros de whisky) y la hostil -aunque quizá sea sólo indiferente- luz matinal cargada de polvo. En ocasiones llueve. Entonces me quedo en la cama, embobado. Si aún hay whisky en el vaso, me lo bebo. Y, mientras veo caer del alero las gotas de lluvia, pienso en el Hotel Delfín. Pruebo a desperezar lentamente los brazos y las piernas. Eso me confirma que yo soy sólo yo, y que no formo parte de nada. No formo parte de nada, me digo. Pero la sensación del sueño persiste todavía en mí. Hasta el punto de que juraría que puedo estirar la mano y tocarlo, y que todo eso que me engloba reacciona moviéndose. Cada elemento lo hace de manera ordenada, lenta y cuidadosa, produciendo en cada fase un leve ruido, como el de un pequeño artilugio automático que funcionara a base de agua. Si presto atención, oigo unos sollozos apagados. Una voz sofocada. Sollozos procedentes de algún lugar oscuro. Alguien llora por mí.


El Hotel Delfín existe en la realidad. Está en un rincón anodino de un barrio de Sapporo, en Hokkaidō. Hace unos años me alojé en él durante una semana. Pero hagamos memoria. Quiero que quede claro: ¿cuántos años hace de aquello? Cuatro años. No, cuatro años y medio, para ser más exactos. Por entonces yo aún no había cumplido los treinta. Me alojé con una chica. Fue ella quien propuso que nos alojáramos allí. Tenemos que parar en ese hotel, dijo. Si ella no me lo hubiese pedido, yo jamás habría pisado ese lugar.
Era un hotelucho pequeño en el que apenas había clientes. Durante la semana en que nos alojamos allí, sólo llegué a ver a dos o tres personas en el vestíbulo. Ignoro si se trataba de huéspedes, pero dado que en el panel de recepción faltaba siempre alguna llave, imagino que habría otros clientes. No muchos, pero sí unos pocos. Se ría inconcebible que un hotel bien señalado en una gran ciudad, cuyo número recoge la guía telefónica, estuviera vacío. No obstante, esos otros clientes debían de ser terriblemente tímidos y silenciosos. Apenas los veíamos, no los oíamos ni percibíamos su presencia. Todos los días, la distribución de llaves en el panel cambiaba ligeramente. ¿Acaso los huéspedes se desplazaban por los pasillos como finas sombras, arrimados a la pared y conteniendo el aliento? En ocasiones nos llegaba el ruido sofocado del ascensor en funcionamiento, traca traca traca traca, pero, cuando enmudecía, el silencio se tornaba aún más denso.
En cualquier caso, recuerdo que era un hotel extraño.
Evocaba en mí algo parecido a un estancamiento en la evolución biológica. Una regresión genética. Una criatura deforme que avanza en la dirección equivocada y no puede retroceder. Una criatura huérfana que se yergue paralizada en medio del crepúsculo de la Historia, una vez extinguidos los vectores de la evolución. Un valle anegado en el Tiempo. Nadie tiene la culpa de eso. No hay nadie a quien culpar, y tampoco nadie que pueda solucionarlo. Y es que, para empezar, nunca deberían haber construido ese hotel. El error estaba ya en su origen. Ése fue el primer desliz. Habían abrochado mal el primer botón y, a partir de ahí, se había producido un desbarajuste fatal. Los intentos por remediarlo habían dado pie a nuevos y pequeños desbarajustes; pequeños, pero no sutiles. Y, como resultado, poco a poco todo había ido deformándose. Si uno fijaba la vista en cualquier rincón del hotel, acababa inclinando la cabeza unos grados, extrañado. El ángulo de inclinación era muy pequeño, en absoluto pernicioso o poco natural, y quizá, si uno permaneciera en ese lugar mucho tiempo, se habría habituado (aunque es posible que después, al ver el mundo normal y corriente, hubiese tenido que inclinar otra vez ligeramente la cabeza).


Así era el Hotel Delfín. Y esa «ausencia de normalidad» -el hecho de que, desbarajuste tras desbarajuste, el hotel hubiera alcanzado un punto de saturación y pronto, en un futuro no muy lejano, habría de ser engullido por la vorágine del Tiempo- era evidente a los ojos de cualquiera. Era un hotel triste. Triste como un perro negro de tres patas empapado por la lluvia de diciembre. Sin duda hay muchos hoteles tristes en el mundo, pero el Hotel Delfín era un caso distinto. La tristeza del Hotel Delfín era más conceptual. Por lo tanto, casi trágica.
Huelga decir que, a excepción de los clientes desprevenidos, nadie se alojaría en él.
El Hotel Delfín no se llama así. En realidad, se le conoce por «Dolphin Hotel», pero su nombre produce una impresión muy distinta de la que causa el propio hotel (Dolphin Hotel me hace pensar en un hotel turístico, blanco como un caramelo, en el mar Egeo), yo, personalmente, lo llamo Hotel Delfín. En la entrada cuelga una placa de bronce con la inscripción DOLPHIN HOTEL, de lo contrario nadie hubiera dicho que se trataba de un hotel. Incluso con la placa, no lo parecía demasiado. Más bien se asemejaba a un museo venido a menos. Uno de esos museos peculiares que gente con una curiosidad peculiar visita para ver una exposición peculiar.
Pero no es descabellado pensar que alguien, al ver el Hotel Delfín, tuviese tal impresión. A decir verdad, una zona del hotel estaba habilitada como museo.
Sin embargo, ¿quién se alojaría en un lugar como ése? ¿Quién querría ir a un hotel que alberga un museo disparatado? ¿A un hotel en el fondo de cuyos oscuros pasillos se apilaban carneros disecados, vellones cubiertos de polvo, legajos mohosos y viejas fotografías de color sepia? ¿A un hotel en cuyos recovecos se adherían como barro seco pensamientos abortados?
Todo el mobiliario estaba deteriorado, todas las mesas crujían, las cerraduras eran inútiles. Los pasillos estaban rozados, las bombillas no iluminaban. Los tapones de los lavabos no ajustaban bien y el agua se escurría sin llegar a acumularse nunca. Una sirvienta rechoncha, de piernas como patas de elefante, tosía de manera inquietante por los pasillos. El dueño, siempre apostado tras el mostrador, era un hombre de mediana edad y mirada melancólica al que le faltaban dos dedos. A todas luces, era de esas personas a las que, hagan lo que hagan, todo les sale mal. Era exactamente así. El fracaso, la derrota y la frustración teñían todo su ser, como si lo hubieran sacado de una solución de tinta azul claro tras haberlo dejado un día entero en remojo. Un hombre al que uno le daban ganas de meterlo en una caja de cristal y dejarlo expuesto en el laboratorio de química de un colegio con una etiqueta que rezase: «HOMBRE AL QUE, HAGA LO QUE HAGA, TODO LE SALE MAL». Con sólo verlo, casi toda la gente sentía lástima, en mayor o menor medida, y no eran pocos los que se enfadaban. Y es que hay personas que se indignan de un modo irracional al ver a seres desdichados como ése. Así pues, ¿quién se alojaría en semejante hotel?
Nosotros, a pesar de todo, nos alojamos en él. Tenemos que parar aquí, dijo ella. Y después se esfumó. Desapareció y me dejó solo. Fue el hombre carnero quien me informó de que ella se había ido. Se ha marchado, me dijo. El hombre carnero sabía que ella debía irse. Ahora también yo caigo en la cuenta: su propósito era conducirme hasta allí. Como si ése fuera su destino, por decirlo así. Del mismo modo que el Moldava acaba desembocando en el mar. Mientras contemplo las gotas de lluvia, pienso en eso, en el destino. 
Cuando, hace poco, empecé a soñar con el Hotel Delfín, ella fue lo primero que me vino a la mente. Me está buscando, pensé de pronto. Si no, ¿por qué iba a soñar tanto con el hotel?
Haruki Murakami
Baila, baila, baila (traducción de Gabriel Álvarez Martínez. Tusquets)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:23  | Libros...
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Testimonio de un leñador ante el Comisario Mayor de Policía

Sí, señor. Fui yo quien encontró el cadáver. Había salido de mañana a talar como siempre la cuota diaria de cedros cuando encontré el cadáver en un soto que hay en una depresión de las montañas. ¿El lugar preciso? A unos ciento cincuenta metros del camino de coches de Yamashina. Un bosquecillo apartado de cedros y bambú.
El cadáver yacía boca arriba con el quimono azul claro y una cofia estilo Kyoto toda arrugada. La hoja de la espada le había traspasado el pecho de un solo golpe. A su alrededor, cañas de bambú con las flores salpicadas de sangre. No, la sangre ya no corría. Creo que la herida estaba seca. Y también había un moscardón prendido a la herida que apenas me sintió llegar.
¿Que si vi una espada o algo por el estilo?
No, señor, no vi nada. Sólo una soga al pie de un cedro que por ahí había. Y..., bueno, además de la soga me encontré un peine. Eso es todo. Parece que se libró una batalla antes de que lo asesinaran porque a su alrededor se veía la yerba pisoteada y las cañas de bambú estaban desbaratadas.
¿Que si había un caballo cerca?
No, señor. Es difícil que un hombre se meta por esos matorrales. Imagínese entonces un caballo.



Testimonio de un bonzo ambulante ante el Comisario Mayor de Policía

¿La hora? Sin duda que hacia el mediodía de ayer, señor. El pobre desdichado iba por el camino de Sakiyama a Yamashina. Caminaba rumbo a Sakiyama seguido por una mujer a caballo que ahora sé que era su esposa. Iba velada con un pañuelo marrado a la cabeza que la protegía de cualquier mirada indiscreta. Sólo alcancé a ver el color de la ropa, su vestimenta lila. El caballo era un roano de magníficas crines. ¿La estatura de la mujer? Pues sería un metro veinticinco. Como soy sacerdote budista no me fijé con detenimiento. Bueno, el hombre iba armado de una espada, arco y flechas. Y recuerdo que llevaría unas veinte flechas en el carcaj.
En ningún momento pude imaginarme que ése sería su destino. En verdad la vida del hombre es efímera como el rocío matutino o el relámpago. No tengo palabras para expresar la pena que me embarga



Testimonio de un gendarme ante el Comisario Mayor de Policía

¿El hombre a quien detuve? Es un notorio forajido llamado Tajomaru. Cuando lo prendí se acababa de caer del caballo. Lo encontré gimiendo de dolor en el puente de Awataguchi. ¿La hora? Eran las primeras horas de anoche. Hago constar que el otro día intenté detenerlo pero desgraciadamente se me escapó. Llevaba un quimono de seda azul de Prusia y un espadón sin repujar. Y como pude apreciar, por ahí andaban regados el arco y las flechas. Pues, ¿no dice que este arco y las flechas se parecen a las del muerto? Entonces Tajomaru debe ser el asesino. El arco, guarnecido con tiras de cuero, el carcaj de laca negra, las diecisiete flechas con plumas de halcón: creo que se había apoderado de todo. Sí, señor, el caballo que dice era un roano de magnífica crin. Pasado el puente de piedra me encontré el caballo pastando al borde del camino con su larga rienda suelta. Sin duda que la Providencia hizo que el caballo lo tumbara.
De todos los asaltantes que merodean por Kyoto Tajomaru es quien más tribulaciones ha traído a las mujeres de la ciudad. El otoño pasado una mujer casada que se encontraba en la ladera norte del monte Pindora (por lo que se colige que había venido de visita al Templo Toribe), cayó asesinada con una muchacha. Se sospecha que también fue Tajomaru. Si él es el delincuente que asesinó a ese hombre, no quiero ni pensar lo que habrá hecho con su mujer. Ruego a su Excelencia que investigue bien este asunto.



Testimonio de una vieja ante el Comisario Mayor de Policía

Sí, señor, ese es el cadáver del hombre que se casó con mi hija. No es natural de Kyoto. Era samurai del poblado de Kokufu, provincia de Wakasa. Se llamaba Kanazawa no Takehiko y tenía veintiséis años. Era de buen carácter, por lo que estoy segura de que no hizo nada que pudiera enfurecer a nadie.
¿Mi hija? Se llama Masago y tiene diecinueve años. Una muchacha impetuosa, llena de vida, aunque no me cabe la menor duda que nunca conoció a otro hombre que no fuera Takehiko. Rostro pequeño, ovalado, tez oscura y con un lunar en el rabillo del ojo izquierdo.
Takehiko salió ayer con mi hija rumbo a Wakasa. ¡Qué desdicha que tuvieran un final tan triste! ¿Qué ha sido de mí hija? Me resigno a perder a mi yerno pero el paradero de mí hija me tiene desvelada. Por Dios, no paren hasta encontrarla. Cómo odio al Tajomaru ese o como se llame el ladrón. No sólo mi yerno, sino también mi hija... (Los sollozos ahogaron sus últimas palabras.)



Confesión de Tajomaru

A él lo maté, pero a ella no. ¿Que dónde está? Yo qué sé. Un momento, un momento. No hay tortura que me vaya a hacer confesar lo que no sé. Ahora que las cosas han llegado a este extremo lo diré todo.
Ayer, pasado el mediodía, me encontré a esa pareja. Justo cuando un golpe de viento le alzó el pañuelo para que le viera de refilón la cara. En unos instantes volvió a quedar velada. Tal vez uno de los motivos que me llevaron a matarla fue que parecía un Bodisatva. En aquel mismo instante decidí apresarla, aunque tuviera que matar al hombre.
¿Por qué? Opino que matar no es tan trascendental como piensan. Cuando se aprisiona a una mujer no queda más remedio que matar al hombre. A la hora de matar empleo la espada que llevo a un costado. ¿Soy el único que mata en el mundo? Ustedes, ustedes no usan espadas. Todo lo contrario; matan con el poder, con el dinero. A veces matan gente con el pretexto de hacerle un favor. Es verdad que no derraman sangre. Es verdad que la gente conserva su buena salud, aunque después de todo la hayan matado. No es fácil decidir quién de nosotros es más ruin. (Sonrisa irónica.)
Me gustaría, no obstante, hacer prisionera a una mujer sin tener que matar a su marido. Por eso me había propuesto atraparla haciendo lo posible por no matarlo a él. Pero es algo imposible de lograr en la ruta de coches de Yamashina. Por eso me las ingenié para que la pareja se adentrara en las montañas.
Nada más fácil. Me volví su compañero de viaje, diciéndoles que en la montaña había un túmulo antiguo que había excavado, donde hallé una buena cantidad de espejos y espadas. Además, les dije haber enterrado el botín en un bosquecillo detrás de la montaña y que estaba dispuesto a venderlo a quien lo quisiera por un precio muy bajo. Ya ve... la avaricia rompe el saco, ¿verdad? El hombre cayó en la trampa sin darse cuenta. A la media hora los dos guiaban conmigo sus cabalgaduras rumbo a la montaña.
Cuando el hombre estaba delante del bosquecillo les dije que el botín se encontraba enterrado ahí mismo y les pedí que me siguieran. Él no se opuso; la avaricia lo cegaba. La mujer dijo que se quedaría esperando montada a caballo. Era lo lógico, a la vista de un bosquecillo tupido. Lo cierto es que el plan me iba saliendo como hecho a medida, de modo que me adentré con el hombre dejando sola a la mujer.
Durante parte del trayecto el bosquecillo es de bambú. A cincuenta metros hay un macizo un poco ralo de cedros. El lugar perfecto para mis fines. Adentrándome en la espesura le mentí sin que se diera cuenta, diciéndole que el tesoro estaba enterrado entre los cedros. En seguida se adelantó a duras penas rumbo a un delgado cedro que se veía a la salida del bosquecillo. Pasado un rato el bambú había empezado a ralear, hasta que llegamos a un sitio donde los cedros crecían en hilera. Nada más llegar lo agarré por la espalda. Aunque era un experto espadachín y un hombre de constitución muy fuerte, la sorpresa lo desarmó. En un santiamén lo tenía amarrado al pie de un cedro. ¿De dónde saqué la soga? A Dios gracias, como soy ladrón, llevaba una soga porque en cualquier momento me tengo que trepar a una pared. Claro que no me fue difícil impedir que gritara, pues lo amordacé con hojas caídas de bambú.
Ultimado este asunto me acerqué a la mujer para pedirle que viniera a verlo porque parecía que de pronto se había enfermado. Ni que decir tengo que la estratagema surtió también efecto. La mujer, luego de quitarse el sombrero de enea, penetró guiada de mi mano en lo más tupido del bosquecillo. En el preciso instante en que vio a su marido sacó un espadín. En mi vida vi a una mujer de carácter más violento. Si no hubiese estado en guardia me atraviesa el costado. Esquivé el golpe pero ella siguió tratando de herirme. Pudo haberme herido a fondo o matado. Pero yo soy Tajomaru. Conseguí arrebatarle el espadín sin haber tenido que desenvainar la espada. Sin un arma la mujer más resuelta del mundo está indefensa. Por fin pude saciarme sin tener que matar al marido.
Sí... sin tener que quitarle la vida. No quería la vida. No quería matarlo. Estaba a punto de salir huyendo y dejar a mis espaldas a la mujer hecha un mar de lágrimas cuando vi que me asía desesperadamente del brazo. Balbuciendo me imploró que matara al marido o que yo me matara. Dijo que para ella era peor que la muerte que dos hombres conocieran su vergüenza. Ahogándose me dijo de golpe que quería ser la mujer del que quedara vivo. En ese momento se apoderó de mí un deseo incontenible de matarlo. (Sombría agitación.)
Dicho de este modo seguro que parezco más cruel que usted. ¡Pero si hubiera visto su rostro! Sobre todo, aquellos ojos ardientes. Mirándola fijamente comprendí que quería hacerla mía, aunque luego me matara una maldición. Quería que fuera mi mujer..., estaba obsesionado. No por pura lascivia, como podrá pensar. Si sólo hubiera sido lascivia no me hubiera costado ningún trabajo derribarla ahí mismo y luego salir huyendo. Entonces no hubiera manchado mi espada con la sangre del marido. Sin embargo, cuando vi su rostro en aquel bosquecillo oscuro decidí no huir sin matarlo.
No quería recurrir a procedimientos ilegítimos para hacerlo. Lo desaté, desafiándolo a medir armas (la soga que encontraron al pie del cedro la dejé yo ahí ). Enfurecido, desenvainó la espada de ancha hoja. Y como un relámpago se abalanzó enardecido sobre mí sin decir esta boca es mía. Ya saben como acabó el combate. Fue el golpe veintitrés.... no lo olvide, por favor. Todavía me cuesta trabajo creerlo. No hay nadie bajo el sol que haya cruzado veinte golpes de espada conmigo. (Sonrisa jovial.)
Al desplomarse me volví hacia ella bajando la espada ensangrentada. Cuál no sería mi asombro cuando vi que había desaparecido. ¿A dónde habría escapado? La busqué por el macizo de cedros. Me quedé escuchando pero sólo se oían los estertores del moribundo.
Puede que al empezar el duelo ella haya salido huyendo por el bosquecillo en busca de ayuda. Pensándolo, decidí que era un asunto de vida o muerte para mí. Entonces, arrebatándole al moribundo la espada, el arco y las flechas, llegué jadeando al camíno que atraviesa la montaña. Encontré su caballo pastando aún apaciblemente. ¿Qué sentido tiene desperdiciar palabras y relatar pormenorizadamente todo lo demás? Baste decir que al entrar al pueblo ya me había desembarazado de la espada. No tengo otra cosa que confesar. Sé que de todos modos mi cabeza colgará entre cadenas; pida pues la pena de muerte. (Actitud desafiante.)



Confesión de una mujer que iba de visita al santuario Shimizu

El hombre del quimono azul de seda, luego de violarme, se echó a reír mirando desvergonzadamente a mi marido, a quien tenía atado a un árbol. ¡Qué terror habrá sentido el pobre! Por más que intentara librarse, en su desesperación la soga se le incrustaba cada vez más a la carne. A pesar de mí misma corrí dando tumbos a ayudarlo. 0 más bien intenté ir a su encuentro pero el asaltante me derribó. En ese preciso instante relució en la mirada de mi marido un fulgor indescriptible. Algo imposible de comunicar..., el brillo de sus ojos todavía me hace temblar. Esa mirada fulgurante de mi marido, imposibilitado de hablar, me reveló de un golpe todo su corazón. El resplandor de sus ojos no era ni de rabia ni de sufrimiento..., sólo una luz fría, una mirada de desprecio. Herida, más por su mirada que por la embestida del bandido, me puse a chillar enloquecida y, sin darme cuenta, me desmayé.
Poco después recobré la conciencia y vi que el hombre del quimono azul había desaparecido. Sólo vi a mi marido atado todavía al pie del cedro. Me incorporé con dificultad de entre las grandes hojas de bambú y lo miré; la expresión de sus impertérritos ojos era la misma.
Había odio acumulado en su mirada desdeñosa. Vergüenza, pesadumbre y rabia... No sé decir lo que sentí en aquel momento. Hincándome de rodillas me le acerqué.
"Takejiro", le dije. "Puesto que han sucedido estas cosas no puedo seguir a tu lado. Estoy dispuesta a morir.... pero tú también debes morir. Presenciaste mi vergüenza. No puedo dejarte vivo."
No pude hablar más. Él me seguía mirando con asco y desprecio. Busqué su espada con el corazón haciéndoseme pedazos. Seguro que el ladrón se la había llevado. No pude encontrar la espada en el bosquecillo, ni el arco y las flechas. Por suerte mi espadín yacía a mis pies. Alzándolo por encima de la cabeza exclamé una vez más: "Entrégame la vida. Y yo te seguiré."
Al oír esas palabras movió los labios con dificultad. Como tenía la boca atiborrada de hojas, su voz era, por supuesto, inaudible. Pero entendí de un golpe sus palabras. En su desprecio, aquella mirada imperturbable decía: "Mátame." Sin comprender exactamente lo que hacía enterré el espadín en su pecho, atravesándole el quimono fila.
De nuevo, en esta ocasión, debí perder el conocimiento. Al recobrarlo él ya había expirado, amarrado al árbol. Un rayo último de sol penetraba el macizo de cedros y bambú, iluminando la palidez de su rostro. Tragándome los sollozos desaté aquel cuerpo exánime. Y..., y lo que me sucedió después es algo que no tengo fuerzas para contar. En todo caso, no tuve el valor de matarme. Me enterré el espadín en la garganta, traté de ahogarme en una laguna al pie de la montaña, traté de matarme de muchos otros modos. Incapaz de lograrlo, vivo deshonrada. (Sonrisa desolada.) Despreciable que soy, incluso la propia Kwannon, diosa de piedad, debe haberme abandonado. Maté a mi propio marido. El ladrón me violó. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo yo... yo...? (Momentos después rompe a llorar.)



Versión del occiso a través de un espiritista

Luego de violar a mi mujer el ladrón, sentado aquí mismo, la empezó a consolar. Claro que yo no podía hablar. Estaba firmemente maniatado al pie de un cedro. Sin embargo, muchas veces le guiñé el ojo como para decirle: "no te dejes engatusar por el ladrón." Era más o menos lo que le quería comunicar. Pero mi mujer, en su abatimiento, sentada entre las hojas de bambú, mantenía la mirada fija en el regazo. Al parecer escuchaba al ladrón. Los celos me consumían. Entretanto, aquel granuja pasaba astutamente de un asunto a otro. Finalmente, el ladrón se atrevió a presentar su desvergonzada propuesta: "Después de deshonrada no es posible que te lleves bien con tu marido. Entonces, ¿por qué no te casas conmigo? El amor fue lo que me llevó a tratarte violentamente."
Mientras el criminal hablaba mi mujer levantó la vista como en un trance. Nunca la vi tan bella como en aquel momento. ¿Qué le contestó mi agraciada mujer mientras yo seguía atado al árbol? Perplejo, no puedo recordar sus palabras sin que la rabia y los celos me quemen. La oí decir claramente: "Llévame entonces contigo adonde vayas."
Este no es su único pecado. Si sólo se tratara de eso no me atormentaría tanto la oscuridad. Saliendo del bosquecillo y como en un sueño, su mano enlazada a la del ladrón, vi que se ponía repentinamente pálida y señalándome atado al cedro decía: "¡Mátalo! Mientras viva no podré casarme contigo. ¡Mátalo!", gritó varias veces como si hubiera perdido la razón. Incluso hoy sus palabras amenazan con precipitarme al oscuro abismo sin fondo. "¿Se ha oído jamás algo tan odioso en boca de un ser humano? ¿Alguna vez hirieron oído humano palabras tan perversas? ¿Tan siquiera una vez esas..." (Repentina exclamación de desdén.) Ante sus palabras, el propio ladrón palideció. "Mátalo", gritó colgándose de sus brazos. Mirándola fijamente, calló..., cuando, sin darme tiempo a meditar una respuesta la derribó entre las hojas de bambú. (De nuevo exclamación desdeñosa.) Cruzándose mudamente de brazos me miró y dijo: "Decide. ¿La mato o la dejo viva? Dímelo con un movimiento de cabeza. ¿Matarla?" Sus palabras, en mi opinión, lo redimen.
Mientras vacilaba oí un alarido y la vi adentrarse en el bosquecillo. El ladrón había intentado en aquel momento asirla del brazo pero ni siquiera pudo cogerle una manga del quimono.
Después que ella huyó, él agarró mi espada, el arco y las flechas y de un golpe me cortó las ataduras. Recuerdo que dijo entre dientes: "La suerte está echada." Fue entonces que se apartó del bosquecillo. Todo quedó en silencio. 0 no. Oí a alguien llorar. Mientras acababa de desatarme seguí atento hasta que vi que era mi propio llanto. (Largo silencio.)
Me incorporé extenuado al pie del cedro. Delante de mí refulgía el espadín que había dejado caer mi mujer. Recogiéndolo me herí el pecho. Un coágulo de sangre me subió a la boca, pero no sentí el más mínimo dolor. Al enfriarse mi pecho todo se cubrió del silencio de los muertos en sus tumbas. ¡Qué profundo silencio! No se oyó trinar un pájaro sobre esta tumba perdida en la cima de una montaña. Sólo una triste luz flotaba sobre los cedros y la montaña. Paulatinamente la luz disminuyó hasta que los cedros y el bambú se desvanecieron. Echado en aquel sitio, me dejé envolver por el silencio.
Entonces vi que alguien se arrastraba hacia mí. Intenté ver quién era. Pero me rodeaba la oscuridad. Alguien... y ese alguien sacó suavemente con mano invisible el espadín que me había enterrado en el pecho. Al mismo tiempo la sangre se me agolpó en la boca. Y de una vez por todas me hundí en la oscuridad del espacio.
Ryunosuke Akutawaga
En un bosquecillo (en Rashomon y otros cuentos. Traducción de José Kozer. Miraguano ediciones)


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Lunes, 03 de septiembre de 2012

Abro el correo. Encuentro el lunes de Anay. Sonrío. Echaba de menos empezar la semana con sus correos, la cita, el poema y la canción que me llevan a otros espacios y tiempos, a otras miradas y voces. Sus lunes me ayudan a sonreír y me calman, me hacen ver el mundo alrededor a cámara lenta.


Los lunes de Anay. Bocanadas...


"Y en mi serenidad ahora admiro
cuánto este peso me levanta."
                                              TOMÁS SEGOVIA


La habitual
Simula felicidad como el que simula ser ciego
El amor incluso cuando  apenas en él se piensa
Ella está en la ribera y en todos los brazos
Eternamente
Y a su merced se halla el azar
Y el sueño de los ausentes
Ella sabe que vive
Todas las razones de vivir.

                                          PAUL ELUARD




...feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:33  | Los lunes de Anay
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S?bado, 01 de septiembre de 2012

Coloco las lecturas de agosto en una columna, dos poemarios, tres libros de relatos y dos novelas, y hago una foto. Cuando devuelvo los libros a las estanterías me doy cuenta de cómo en los últimos meses priman los cuentos y los poemas sobre las novelas.

Cerré agosto con los poemas densos y contundentes de Graciela Scarlatto (regalo de Ib) y los inteligentes y austeros cuentos de Peter Stamm, dos voces que me hablaron de manera desnuda y me regalaron imágenes de miradas en silencio, ventanas, reflejos, jardines y esperas.

Eggers y Piglia me aburrieron y fascinaron de la misma manera. Piglia consiguió sorprenderme cuando Respiración artificial se detenía en digresiones sobre Borges, Arlt o un supuesto encuentro entre Kafka y Hitler (en muchas páginas sentí esta novela como su título, artificial). De Eggers me quedo con un par de relatos de Guardianes de la intimidad donde se mezclan la ironía, los viajes, las andanzas de un perro entusiasta y un párrafo sobre el dolor: Si alguna pregunta necesitara respuesta en esta historia no sería solo una, sino muchas, y serían las siguientes: ¿cómo puede el mundo permitir esto? ¿Permitir que esta gente viva tanto? ¿Que viajen tantos kilómetros, al sur, a un lugar tan diferente pero igual de cómodo y que, en dicho lugar, vuelvan a encontrarse? ¿Permitirles estar juntos desnudos por primera vez? ¿Qué pensarían sus padres? ¿Qué pensarían sus amigos? ¿Alguien se opondría? ¿Quién planearía por ellos? ¿Cuántas veces en la vida podemos tomar decisiones que son importantes pero no herirán a nadie? ¿Estamos obligados -tal vez lo estemos- a aceptar cualquier opción que no hiera a nadie? Empleamos el término "herir" al hablar de cosas así porque cuando las cosas se tuercen es como si un animal enorme se estampara en tu esternón después de coger una carretilla de varios kilómetros para golpearte.

Los textos de Cruzando el paraíso me calaron de a poco, es algo que me ocurre con otros libros de Shepard, me habla de forma pausada, me enseña campos y caballos, habitaciones de motel y mujeres misteriosas, y lo hace sin estridencia. Es excepcional.

Los poemas de Juan Pardo Vidal consiguieron calmarme. Abrí el libro con un humor extraño y Poemas de amor a una piedra me tranquilizaron, me hablaron de lluvias, piedras, hombres buzos, finales y (des)amores.

Agosto fue para Madre noche de Vonnegut, una historia laberíntica, tierna, sarcástica, extraña y febril. La imagen de Howard W. Campbell junior detenido en la acera, sin saber dónde ir, esperando que alguien le marque el camino, cualquier camino, permanecerá en mí.

Entre lecturas, los poemas de Karmelo Iribarren y Anay Sala Suberviola y los cuentos de Alistair MacLeod. Mi lectura actual: Freelander de Miljenko Jergovic



Guardianes de la intimidad - Dave Eggers
Madre noche - Kurt Vonnegut
Cruzando el paraíso - Sam Shepard
Respiración artificial - Ricardo Piglia
Poemas de amor a una piedra - Juan Pardo Vidal
En jardines ajenos - Peter Stamm
Ciclo lectivo - Graciela Scarlatto

 





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