Jueves, 04 de octubre de 2012

1.
Busco una tortuga. Llevo una carta en la mano y la mochila al hombro con media docena de libros,  un cuaderno de notas (viajar es tomar distancia con uno mismo), su letra redonda en una carta que me habla de flechas y montañas rusas y un mapa con una línea dibujada sobre una avenida. La línea une una habitación de hotel y una librería que fue un refugio antiaéreo y un videoclub porno. Guardo los mapas de mis viajes dentro de libros, tienen círculos y equis dibujados en nombres desconocidos que se convirtieron en cafeterías de dos pisos, copos de nieve negros, una plaza con naranjos, una mirada que parecía querer desentrañar una fórmula matemática o un palmeral. Echo la carta al correo y pienso en los extremos de una línea.


2.
Las piedras brincaban tres o cuatro veces sobre la superficie del agua antes de hundirse en el fondo del río Eo. Recuerdo el vuelo de las libélulas, las arañas de río a mi alrededor, el sonido de la pequeña cascada, la oscuridad del pozo al que no podíamos acercarnos. Atravesábamos los campos de trigo y los pastos hasta llegar a un recodo del Eo, mi padre con una caña en la mano y una cesta de mimbre al hombro. Me tumbaba en la hierba, observaba las casas en equilibrio sobre los montes, los campos segados, el ruido de un tractor, creía que el mundo de Mark Twain o H. G. Wells era posible. A media tarde escuchábamos las campanadas de la iglesia (la luz amarillenta sobre la hierba) y regresábamos a casa por un pequeño camino de tierra. Llevaba la cesta de mi padre, sentía el peso de las truchas y el olor del laurel. Dejaba la cesta en la cocina de leña y contábamos las truchas antes de que  mi tía las destripara con gestos firmes (las entrañas en el lavabo, la mirada de los gatos). Oscurecía tras la ventana. Aún quedaba la salida de la luna.


3.
Observo el escaparate de una tienda de regalos, mi imagen se mezcla en un punto con la calle y el interior de la tienda. Siento que soy la imagen en el cristal, el mundo que se despliega a mi alrededor, sin líneas en un mapa ni puntos de sutura, y me traspasa. Entro en la tienda y pregunto a la dependienta por tortugas. Me mira desconcertada, le aclaro que busco un collar, pendientes, platos, una figura, cualquier cosa con forma de tortuga. Entonces, mira al techo (observo su melena rizada y pelirroja, la mirada pensativa, la forma de sus labios), frunce el ceño y me dice que no. Salgo a la calle, el sol de septiembre sobre las azoteas de la ciudad. Llevo un libro con nombre de tortuga en mi mochila. Me pregunto si eso bastará para ampliar su colección. Pienso en el hueco que habrá dejado la tortuga que me regaló y cruzo el puente sobre la ría.


4.
Me siento en el suelo del balcón. Apoyo la espalda en el armario, cruzo las piernas, observo el horizonte a través de los barrotes blancos y espero la salida de la luna. Levanto la mirada y descubro a mi vecina en el balcón. Está de espaldas a mí, en silencio, los brazos sobre la barandilla, el pelo corto, la mirada perdida en los montes de la margen derecha de la ría. Durante unos segundos siento que algo me une a ella.
Estábamos frente a la casa encantada. Nos sentamos en el muro de piedra junto al camino de tierra, la luna a nuestra espalda y el viento en los campos sin segar. Observábamos los cristales rotos, las puertas de madera (se parecían a aquellas de los fuertes del oeste), las sombras tras las ventanas. Era una prueba. Queríamos saber quién se levantaría primero y huiría hacia la aldea y las farolas. Fijé mis manos en las piedras del muro, necesitaba algo que me atara a la realidad, que me ayudara a no caer en el juego de las sombras. Me habló de las historias sobre la casa encantada, de fantasmas,  extraños ritos nocturnos y antorchas en los pasillos desnudos. Quería ganar y que me viese como un muchacho valiente. La casa parecía moverse. Nos levantamos del muro y echamos a correr, las zapatillas sobre la tierra. No miramos atrás. Le pregunté por qué corría. Me contestó que porque yo lo hacía.


5.
Estoy de cuclillas frente a un escaparate. Por un momento mi pecho tiene forma de tortuga. Señalo una tortuga con un caparazón de colores y sonrío. La dependienta me dice que las tortugas traen buena suerte. Me gustaría decirle que yo soy una tortuga, tranquilo por fuera, mil emociones distintas por dentro.
Cruzo el puente sobre la ría. En aquellas tardes de río no imaginé que llegaría al norte argentino, que vería agujeros de bala en Novi Sad, que regresaría a aquel río como un fantasma, sin un nombre, sin nadie que me ubicara, que encontraría el fin del mundo en tres lugares diferentes, que sentiría el peso de aquellos viajes en una mochila roja y que descubriría el camino de la tortuga.



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