Martes, 09 de octubre de 2012

Me pregunta dónde quiero ir. Descubro una pequeño quiosco en la plaza y lo señalo con el dedo. Nos acercamos en silencio. Era otoño, hacía frío, la estela de vapor de mi boca, el mapa del metro en un bolsillo, la mochila roja en una consiga de la estación. Llegamos al quiosco, una librería de segunda mano. Veo libros de Thompson, Shepard, Mas Alcaraz. Abro algunos al azar, busco huellas de sus antiguos dueños, una dedicatoria, un marcapáginas, un billete de avión o una postal, la confluencia del espacio y tiempo. Me llevo un par de libros. Me sorprenden el orden y la luz de la librería. Acabamos en un parque con un templo egipcio. Nos sentamos y observamos los tejados de la ciudad. Seguimos en silencio.

Vuelvo a encontrar el libro de Mas Alcaraz en la librería de viejo de la estación. Hojeo algunos poemas y lo dejo en la estantería. Me gusta la librería, está en la estación de tren de Bilbao, es pequeña, caótica, una mesa con columnas de libros inclinados, las estanterías de doble fondo, libros en el suelo, el dueño sentado en una silla de oficina que debe levantarse para dejarnos paso. No hay luz ni orden. Es el azar y la aventura. Un hombre llega con una bolsa de libros de viejas novelas del oeste.

Abro Cuatro amigos de David Trueba. Encuentro una fotografía en las primeras páginas. Mira a cámara en un gesto tranquilo, estudiado. Sonríe, los labios finos, las líneas de las mejillas, los puntos de luz reflejados en sus ojos. Lleva corbata, camisa blanca y pendientes en forma de corazón. Es una fotografía para la orla. Me pregunto cómo llegó la foto al libro, quién la dejó ahí, qué ocurrió para que yo tenga esa fotografía en la mano. No me pregunto quién es la mujer. Le doy la vuelta, Foto Vidal y una serie de números.

Leo Cuatro amigos, la fotografía como marcapáginas. Hay una historia detrás de esa fotografía y del libro de Trueba, pienso en un descuido, en una ruptura, en silencio, en aquellos objetos que dejamos atrás y que hablan de nosotros, en el frío de los muebles y los huecos. Cómo acabó esa fotografía en mis manos.



(coda)

Me deja las palabras de Levrero. Le digo que es eso, precisamente eso. No es lo primero que me descubre. Intersecciones en un mapa.

"Cita de la semana
Pero no estoy escribiendo para ningún lector, ni siquiera para leerme yo. Escribo para escribirme yo; es un acto de autoconstrucción. Aquí me estoy recuperando, aquí estoy luchando por rescatar pedazos de mí mismo que han quedado adheridos a mesas de operación (iba a escribir: de disección), a ciertas mujeres, a ciertas ciudades, a las descascaradas y macilentas paredes de mi apartamento montevideano, que ya no volveré a ver, a ciertos paisajes, a ciertas presencias. Sí, lo voy a hacer. Lo voy a lograr. No me fastidien con el estilo ni con la estructura: esto no es una novela, carajo. Me estoy jugando la vida.

MARIO LEVRERO, “Diario de un canalla”, relato incluido en el libro El portero y el otro"


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Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

Levrero es grande, muy grande.

Publicado por la rubia
Viernes, 12 de octubre de 2012 | 13:29

Lo tengo apuntado para la próxima tarde de librerías. Cariños

Publicado por elchicoanalogo
Viernes, 12 de octubre de 2012 | 13:37