Mi?rcoles, 10 de octubre de 2012

En La historia del amor Nicole Krauss cruzaba personajes, tiempos, búsquedas y recuerdos. Fue una lectura intimista, pausada, reflexiva. En La gran casa, Krauss vuelve a componer un rompecabezas de voces, historias, viajes y desapariciones. Sentí que empezaba a reconocer la voz de Krauss, la espera, los objetos que dejamos atrás, la vejez y las relaciones (amorosas, familiares) siempre en un punto frágil y extraño.

En La gran casa nos hablan una escritora neoyorquina, un padre que ve el regreso de su hijo, una mujer que convive con una extraña pareja de hermanos, un hombre casado con una escritora que ha borrado su pasado. Los narradores son testigos que nos hablan de los verdaderos protagonistas, a través de sus voces conocemos a un poeta chileno desaparecido en la dictadura chilena, a un joven israelí que parece desentonar con el mundo que le rodea, desubicado, perdido en un mundo interior de difícil acceso para los demás, a un anticuario que intenta recuperar los muebles con los que reconstruir la casa de su infancia antes de que los nazis irrumpieran en ella y le despojaran de todo, a unos hermanos que viven en una casa llena de muebles en venta, unos muebles que aparecen y desaparecen y cambian la forma de su casa, a una escritora que huyó del nazismo en un barco y borra las huellas de su pasado. Conocemos a estos personajes desde fuera, la mirada de los narradores está incompleta, compartimos sus dudas, sus espacios en blanco, la sensación de estar ante un umbral que no podremos cruzar. Parte del dolor de los narradores está en encontrarse en ese umbral, en no tener una imagen completa del otro, en sentirse en terreno inestable.

Una parte importante de La gran casa son los objetos que dejamos atrás. Hay un objeto común a los diferentes personajes, un escritorio de diecinueve cajones que dicen perteneció a Lorca, un mueble que influye en la forma de las habitaciones, en las emociones de sus diferentes dueños, su presencia que trastoca la habitación donde está, su ausencia que aumenta el vacío de los personajes, la huella de algo real que ha desaparecido. Uno de los cajones del escritorio está cerrado, no hay llave, no se puede acceder a él. Krauss habla de la memoria y los recuerdos, de todo aquello que guardamos y cómo hay partes a las que no podemos llegar, que nos son vedadas, sólo podemos verlas de manera incompleta y extraña. Los distintos narradores se preguntan por la vida de sus mujeres, hijos, amantes, sólo tocan la superficie, se saben incompletos, intuyen que, como el escritorio, hay cajones cerrados que nunca podrán abrir. 

Lo que me gusta de Nicole Krauss y me hace buscar sus libros y leerlos con calma es su forma de hablar de la memoria y la pérdida, del dolor y ese punto de intersección entre dos personas siempre incompleto, de la mirada interior y exterior que se encuentra con grietas y espacios sin definir. Todo aquello a lo que no podemos acceder. Todo lo que dejamos atrás. Los espacios en blanco.



No obstante, me enseñaste algo sobre la muerte. Me transmitiste la información de un modo sutil, casi furtivo, sin que me diera cuenta. Un día, al poco de que me preguntaras si ibas a morir, te oí hablar en la habitación contigua: Cuando hayamos muerto tendremos hambre, dijiste. Así de rotunda fue la afirmación; luego seguiste tarareando desafinadamente y moviendo tus cochecitos por el suelo. Pero aquellas palabras siguieron resonando en mí. Me parecía que nadie había acertado a sintetizar la muerte de un modo semejante: un interminable estado de anhelo sin la menor esperanza de concretización. Casi me asustaba la serenidad con que te enfrentabas a algo tan atroz. Cómo ponderabas la cuestión y, en la medida de tus posibilidades, le dabas vueltas hasta encontrar una forma de lucidez que te permitiera aceptarla. A lo mejor atribuyo un significado excesivo a las palabras de un niño de tres años. Pero, por muy fortuitas que fueran, había en ellas una innegable belleza: en la vida nos sentamos a la mesa y nos negamos a comer, y en la muerte permanecemos eternamente hambrientos.

( ... )

Te enamoras y es entonces cuando empieza el esfuerzo: día tras día, año tras año, debes desenterrarte a ti mismo, exhumar el contenido de la mente y el alma para que el otro pueda examinarlo, a fin de que puedas darte a conocer, y también tú debes pasar días y años descifrando cuanto el otro ha excavado sólo para ti, la arqueología del ser.
Nicole Krauss
La gran casa (traducción de Rita da Costa. Salamandra)


Tags: la gran casa, nicole krauss, Rita da Costa, Salamandra

Publicado por elchicoanalogo @ 16:13  | Libros...
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