Jueves, 18 de octubre de 2012

Me tiende la bolsa de plástico. Observo los pequeños sedimentos y la forma de las piedras entre la arena rojiza. Sonríe cuando abro la bolsa y acaricio la arena. Me habla de su viaje, de moteles, carreteras desérticas, las luces de Las Vegas, una pasarela transparente sobre el Gran Cañón y el Monument Valley. La miro, sus labios rojos, su melena rubia, su sonrisa sempiterna. Me recuerda a la caverna de Platón, me habla de cosas que nunca he visto, yo, acostumbrado a las sombras en la pared.

Vivió en un remolque durante un año. Enseñaba español a adolescentes que no sabían pronunciar su apellido, muchachos que iban en pijama a clase y pasaban por un detector de metales antes de entrar al colegio. Salía a andar al atardecer, dormía sola, los ruidos del campo, el paisaje extranjero, el movimiento del remolque, su soledad y asombro. Estaba a seis mil kilómetros de casa. Sobrevivió a un accidente de coche (pensó, hasta aquí he llegado) y dos tornados, escuchó la tormenta de viento en una oscuridad extraña y gris refugiada en una habitación de la ciudad. Extrañaba a su gata, el pan, las aceras, la algarabía en las cafeterías. Repetía un lema, sé vegetariano y nadie saldrá herido. Nos reencontrábamos cada año, su mirada más limpia, amplia, diferente (la mía estática, pequeña, tranquila). Decía, Fer e iniciaba un caudal de recuerdos, hablaba rápido y sonreía y parecía que no había espacios entre las palabras. Yo escuchaba en silencio. Tengo imágenes de ella que he construido a través de sus palabras y que se confunden con mis recuerdos.

Me llevo el dedo índice a la boca. Siento la arena rojiza del Monument Valley entre mis dientes. Alarga su mano, acaricia mi barba y me dice que no pincha. A veces me pregunta por mis días en Argentina. Entrecierro los ojos, como si intentase definir un punto lejano en el horizonte. Cuando consigo ubicarme en aquel tiempo le hablo de la niebla a las cinco de la mañana y los nombres y números de las calles, mate de luna, alem, jujuy, de milanesas, medias lunas y sfijas, de los desconocidos que me paraban al sentir mi acento extranjero y me hablaban de pueblos murcianos, sevillanos o gallegos, de los billetes de dos pesos con corazones dibujados a bolígrafo, de los quioscos donde podía comprar galletas, arroz, tarjetas telefónicas, preservativos o pañuelos de papel, de cómo mina significaba mujer, ingenio era fábrica y remera camiseta, del puesto de fruta y verdura de walter, un hombre callado y serio, de las aceras levantadas por las raíces de los naranjos, de los sulkis, pequeñas carretas empujadas por un caballo, de dos gauchos entre el tráfico, una imagen fuera del tiempo, de colegios judíos, comida árabe y apellidos alemanes, de las librerías y cafeterías donde me refugiaba cuando necesitaba estar solo, de vivir entre dos países que era como vivir en ninguna parte, indefinido y ausente. Nunca me pregunta si me arrepiento. Nunca le hablo de cómo entiendo la soledad y el asombro de sus primeros días en un país extranjero. Es parte de la mochila roja.


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