Domingo, 21 de octubre de 2012

Te sigo por el andén de la estación. Buscamos nuestro tren. Me dices que es el tren más lento del mundo. Hemos pasado dos días en Belgrado, los barcos-restaurante sobre el río, los jugadores de ajedrez en el parque, el árbol que crece entre las ruinas de un edificio bombardeado, los puentes que separan la vieja ciudad con nuevo Belgrado, tu risa al ver que no hay poso en mi taza de café (sigo sin encontrar un poso en las tazas, sigo sin tener un futuro claro), tu mapa de la antigua Yugoslavia dibujado en un mantel de un restaurante, el camarero que se despide con un gracias y yo con un hvala, el vals junto al Danubio. Por unos días fuiste mi mapa.

Duermes en el compartimento. Contemplo tu rostro relajado, me pregunto dónde estarás en ese instante, si soñarás con la lluvia en el aeropuerto o con el ruido de gallinero de tu nevera. Cierro la puerta del compartimento, salgo al pasillo y me apoyo en una ventanilla. Veo pasar huertas, campos de hierba, coches que me llevan a mi infancia. Hay momentos donde me siento veinte años atrás. Observo las granjas en la lejana línea del horizonte, la tierra llana, el lento avance del tren. No hay curvas o montes. Sonrío en silencio.

Escucho las conversaciones de los pasajeros, intento descifrar los carteles en cirílico de las estaciones y pueblos. Me enseñaste algunas expresiones, decía hola o buenos días a tu vecina, daba las gracias en las cafeterías, me iba a dormir con un buenas noches en serbio. Era el extranjero, estaba al otro lado del espejo. En este instante donde duermes siento una soledad pura, el idioma y la escritura extraños, ningún mapa ni diccionario en la mochila.





Bajamos en una gasolinera junto a la autopista. Dejamos las mochilas en el suelo. Miras mi tobillo hinchado y te tapas la cara con la mano. Yo me encojo de hombros, te digo que no me duele, que siempre he sido algo torpe. Esperamos a que venga tu hermano a recogernos. Quisiste ensayar por última vez los pasos de salsa. Nos agarramos de la mano, fijamos la mirada en nuestros pies y bailamos sin música, sólo nuestra voz que contaba los pasos, un, dos tres, cuatro y nuestras sombras en el suelo. 


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