Martes, 23 de octubre de 2012

Me preguntaste qué escribía en mis cuadernos. Observé la luz del faro sobre el mar. Me encogí de hombros, no era nada importante, sólo cómo me sentía al estar al otro lado del horizonte. Nos quedamos en silencio. El viento nos empujaba hacia el muro del castillo, recuerdo tu melena alborotada y cómo intentabas peinarte después de cada golpe de viento. Algunos adolescentes bebían y se besaban en el castillo, a veces nos sorprendía el flash azul de sus cámaras. Regresamos al muelle. Pensé en ese momento donde la luz del faro se convierte en una ilusión.

Hablamos de nuestro reencuentro. El golpe de las embarcaciones contra el muelle parecía un metrónomo que midiera el ritmo de tus palabras. Me decías que volver a encontrarme te ayudó a recuperar la esencia de quien eras. Me resulta extraño imaginarte sin tu risa salvaje, los comentarios irónicos o los monólogo donde hablas y signas al mismo tiempo. Apenas hablamos de nuestros quince años de ausencia, sabemos lo necesario, los trabajos y las relaciones temporales, los momentos de vértigo y pérdida, las pequeñas locuras y los objetos que cambian de tamaño a la luz de la luna. Siempre saltamos al pasado lejano, los pasillos del instituto y el humo de los cigarrillos en el descansillo, los viajes en autobús donde dormías en mi hombro, el baile que te debo desde los dieciséis años (tendremos que bailar en la playa, han derribado aquella discoteca junto al mar y con ella el espacio de nuestros recuerdos).

Mis palabras salieron trastabilladas y confusas. Tú a mi lado, yo de perfil, mirando al frente, como en aquella imagen de Persona, mis gestos nerviosos con las manos al hablarte de vacíos y derrotas, de esos momentos donde desaparezco porque necesito alejarme y estar en soledad y silencio. Hay una parte de mí que no entiendo. Sonreí, nos levantamos del banco y paseamos por el muelle.


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