Martes, 30 de octubre de 2012

Deja el sombrero y la gabardina en la butaca vacía y se dirige a la barra. Su sombrero me recuerda a las antiguas películas de cine negro. Vuelve con tres cafés. Se sienta y nos dice que ha empezado a entrenarse en un gimnasio. Baila en la butaca, mueve los hombros y la cabeza, cierra los puños, lanza tímidos golpes al aire. Sus movimientos son precisos. Es poeta y boxea. Nos habla del ring y de sacos de arena. 

Entran cuatro mujeres en la cafetería del hotel. Llevan ropa ajustada y corta y la cara maquillada en exceso. Ella me dice que su abuelo las llamaría mujeres de vida alegre. Se quedan en una mesa cercana, su mirada disimulada tras el maquillaje, el pelo teñido con colores extraños, la boca en una sonrisa bumerán (podría ser triste y alegre a la vez). Hablan bajito, miran el partido en el televisor de la cafetería, hacen ruido con la cucharilla del café. Intento imaginar el rostro que ocultan tras el maquillaje.

Nos dice que dedica los primeros quince minutos del día a meditar. Se sienta en el suelo, cierra los ojos y consigue que todo lo que le rodea, todo lo que le habita, desaparezca. Cuando abre los ojos y sale a la calle los colores, las líneas, el cielo tienen una mayor definición, es consciente de cada movimiento de su cuerpo y del movimiento de cuanto le rodea. Ella quiere aprender a meditar e ir a cámara lenta. Nos habla de un viaje, ella dentro de una cascada, la violencia del agua y su cuerpo empapado, por primera vez siente que no se quiere morir nunca. Lo dice con un nudo en la garganta, no quiero morirme nunca. No sé qué decirle.

El poeta se levanta, recoge la gabardina y el sombrero y se despide de nosotros, le da un abrazo a ella, a mí la mano. Me dice, suerte, muchacho. Tal vez se haya dado cuenta de que no ha quedado poso en mi taza de café.


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