Mi?rcoles, 31 de octubre de 2012

Coloco los seis libros en una columna. Se mezclan los diferentes personajes, decorados, voces, diálogos, escenas y finales. Son seis mundos posibles.

Empecé octubre con el poemario Los días felices, de Isabel Bono, sobre días entre paréntesis, paisajes tras la ventana, pájaros, ciudades y pérdidas, una voz triste y profunda, unos poemas que te traspasan piel adentro. todo lo que no te cuento / lo que no cambia.

En Cuatro amigos, Trueba escribe una comedia a veces salvaje y gamberra, a veces lúcida y melancólica sobre amores perdidos, la renuncia, el fracaso y qué significa la vida adulta. Hay momentos donde Trueba te saca una carcajada, otros donde reflexiona sobre las pérdidas y descubrir qué somos y dónde estamos en un momento de nuestra vida. Miro mi vida en perspectiva y no he cumplido ninguna de esas metas tontas que te marcas de niña. Quería hacer cosas que nunca he sabido hacer, no dejo amigos, ni familia, ni casa ni nada de lo que pensé. Ni siquiera como suicida he tenido éxito. He pasado por la vida sin ninguna importancia para el mundo, y sin embargo te diré una cosa: me encanta la vida, me gusta, sé que no la he sabido manejar pero me gusta. Sé que he fracasado en todo, pero no me importa. Me satisface el hecho de haber existido, de que me hayan pasado cosas.

Dick habla de paranoia y autismo, de tiempos divididos, de un niño cuyo tiempo interior no coincide con el exterior y no puede comprender ni interactuar con el mundo que le rodea, de un Marte sucio, fronterizo, caciquil, un mundo que es el futuro y no admite anomalías. En Tiempo de Marte hay capítulos que describen el mundo del paranoico con precisión y fragilidad, tal vez sea la novela más autobiográfica que haya leído de Dick. Tiempo de Marte es tiempos que se solapan y producen ruido y laberintos.

Algún día este dolor te será útil me recordó a El guardián entre el centeno, un narrador adolescente que mira dentro y fuera de sí para descubrir un mundo lleno de dudas, máscaras y confusión. El narrador aspira a una casa antigua, tiempo para leer, tener un mundo propio fuera de las normas de la sociedad, sólo quiere dejar pasar ese tiempo que en Dick es confusión.

Hacia rutas salvajes es una crónica periodística de un muchacho que sí rompió con la sociedad y decidió vivir en consonancia con la naturaleza. Chris MacCandless, infatigable, idealista, soñador, inicia un viaje que le llevará hasta Alaska, en ese viaje abandonará papeles, dinero, coche, vivirá de trabajos temporales, se acercará a su sueño del norte, como London.

Terminé el mes con Herta Müller y Todo lo que tengo lo llevo conmigo. Müller habla de los alemanes rumanos en campos de trabajo forzoso ruso, habla del ángel del hambre y la pala del corazón, del tedio, las chimeneas, buhonear, los trozos de carbón, las plantas, semillas y ardillas para aplacar el hambre, de la época de pielyhueso. Cada capítulo una fotografía de la vida en un campo de trabajo forzoso. Es un libro denso, duro.

En octubre empecé libros de Cortázar, Yoshimura o Matheson que devolví a la estantería tras las primeras páginas porque no era su momento y releí los dos poemarios de Anay Sala Suberviola en una noche intensa. Todo es aire / en el acantilado.

Mi lectura actual, El señor Nakano y las mujeres de Hiromi Kawakami.


Los días felices - Isabel Bono
Cuatro amigos - David Trueba
Tiempo de Marte - Philip K. Dick
Algún día este dolor te será útil - Peter Cameron
Hacia rutas salvajes - Jon Krakauer
Todo lo que tengo lo llevo conmigo - Herta Müller

 

 


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Martes, 30 de octubre de 2012

Deja el sombrero y la gabardina en la butaca vacía y se dirige a la barra. Su sombrero me recuerda a las antiguas películas de cine negro. Vuelve con tres cafés. Se sienta y nos dice que ha empezado a entrenarse en un gimnasio. Baila en la butaca, mueve los hombros y la cabeza, cierra los puños, lanza tímidos golpes al aire. Sus movimientos son precisos. Es poeta y boxea. Nos habla del ring y de sacos de arena. 

Entran cuatro mujeres en la cafetería del hotel. Llevan ropa ajustada y corta y la cara maquillada en exceso. Ella me dice que su abuelo las llamaría mujeres de vida alegre. Se quedan en una mesa cercana, su mirada disimulada tras el maquillaje, el pelo teñido con colores extraños, la boca en una sonrisa bumerán (podría ser triste y alegre a la vez). Hablan bajito, miran el partido en el televisor de la cafetería, hacen ruido con la cucharilla del café. Intento imaginar el rostro que ocultan tras el maquillaje.

Nos dice que dedica los primeros quince minutos del día a meditar. Se sienta en el suelo, cierra los ojos y consigue que todo lo que le rodea, todo lo que le habita, desaparezca. Cuando abre los ojos y sale a la calle los colores, las líneas, el cielo tienen una mayor definición, es consciente de cada movimiento de su cuerpo y del movimiento de cuanto le rodea. Ella quiere aprender a meditar e ir a cámara lenta. Nos habla de un viaje, ella dentro de una cascada, la violencia del agua y su cuerpo empapado, por primera vez siente que no se quiere morir nunca. Lo dice con un nudo en la garganta, no quiero morirme nunca. No sé qué decirle.

El poeta se levanta, recoge la gabardina y el sombrero y se despide de nosotros, le da un abrazo a ella, a mí la mano. Me dice, suerte, muchacho. Tal vez se haya dado cuenta de que no ha quedado poso en mi taza de café.


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Lunes, 29 de octubre de 2012

Jugamos a buscar ciudades y países en un mapa. Tenemos que elegir una ciudad o un país, dar tres pistas, adivinar qué lugar es y señalarlo en el mapa. Le explico qué es la línea del ecuador y los hemisferios. Me atiende en silencio. Le pregunto si lo ha entendido, me dice que sí.
Vamos de la mano a la estación de tren. Me dice que tiene un secreto que contarme, le pregunto cuál es, mira al frente, me cuenta que tiene novia, que es un año mayor que él, que la conoce desde semana santa. Se ruboriza y cambia de tema. Sonrío. Pienso en la dulzura y pureza de sus sentimientos. Tiene nueve años, no conoce el dolor, la lucidez, la renuncia o la decepción del amor.
Mira a través de la ventana del tren. Me pregunta por qué hay tantas cosas abandonadas. Me fijo en las fábricas y las ruinas, los riachuelos ennegrecidos, los huecos en los muros.

Cada lunes Anay me saca la primera sonrisa de la semana. Es un gesto sencillo y generoso. Y necesario en estos tiempos de cosas abandonadas.


Los lunes de Anay. O tempora, o mores...

"Todo se reduce a la esperanza"

                                                  DAISAKU IKEDA


2012

Oscuros pero no.
Que el gusano no siga mordiendo en el hueso.
Ha venido la madre, el padre, la hermana
para cantar
y será niña y tendrá tus labios y dirá una palabra
y creará una estirpe de fe.

Oscuros pero no.
Que el topo no escarbe más en tu vientre.
Ha venido el poeta, la pintora, el bailarín
para crear
y será un árbol y tendrá flor y dará sombra
y creará el surco donde la vida.

Oscuros pero no.
Que el banquero no se lleve estos dientes de leche.
Ha venido el minero, la cirujana, el labrador
para abrir
y será un pájaro y tendrá horizonte y traerá el vuelo
y más.

                                               MARÍA GARCÍA ZAMBRANO




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:48  | Los lunes de Anay
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Viernes, 26 de octubre de 2012

Encontrar las palabras
elementales. Aprender
cómo decir perdón en el idioma del que irrumpe,
y buenos días, y toma,
y he venido a conocerte, aprender
cómo decir gracias en el idioma
de los que también rasgan
y también
se desgarran,
cómo decir
café, cariño, patria,
shalom, salam aalaikum, aprender
cómo se dice pasa, entra, esta es mi casa
en un país al sur del que apenas
quedan ruinas, aprender
obrigada, spasiba, aprender
qué colores no existen en las lenguas de África.
Y cómo responder que sí en Pekín.
Llegar a las ciudades y descubrir
los entresijos del mercado,
entender,
aprender
cuál es en cada tierra
la etimología de alma, y de qué modo
saludaban al miedo mis bisabuelos.

Encontrar las palabras elementales.
Y luego hablar.
Laura Casielles
Primera conjugación (en Los idiomas comunes. Hiperión)


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Jueves, 25 de octubre de 2012

Hace cuatro años una amiga me regaló la banda sonora que Eddie Vedder compuso para Into the wild y me recomendó la lectura del libro de Krakauer. Me hablaba del tono periodístico del escritor, de una voz que huía de la afectación y el énfasis y se dedicaba a hablar de un muchacho idealista que quería vivir fuera de una sociedad en derrumbe que se había alejado de la naturaleza. Compré el libro en un aeropuerto, en aquella época mis viajes eran modestos, no buscaba regresar a lo salvaje sino cerrar una herida. 

Krakauer presenta las piezas del rompecabezas, un muchacho que rompe con las ataduras de la vida moderna, su cuerpo encontrado en un autobús abandonado en Alaska, la conversación con el último hombre que lo vio con vida y reconstruye el camino que lleva a Chris McCandless de una vida ordenada a las rutas salvajes. Se mezclan las entrevistas con aquellos que se cruzaron en el viaje de Chris con las anotaciones de su diario (escrito en tercera persona, como si quisiera tomar distancia y hablar desde otro lugar de quién era y lo que buscaba), los párrafos que Chris subrayó en sus libros de Tolstoi, Thoreau, Pasternak, sus cartas y postales, la investigación para descubrir la identidad del cuerpo encontrado en Alaska, las opiniones de quienes leyeron la noticia y se dividían entre los que aplaudían la valentía de Chris o su estupidez y falta de preparación para vivir en un medio hostil o las propias vivencias de Krakauer como alpinista y viajero.

Krakauer no sigue una línea temporal definida, hay constantes saltos temporales, de la infancia de Chris y la imagen de un padre autoritario al autobús abandonado en Alaska, de sus trabajos en Dakota del sur a sus pensamientos sobre Thoreau y el significado de vivir de aquello que encontraba en la naturaleza. Implacable en sus ideales, Chris quemó sus papeles y el dinero, abandonó su coche, se quedó con una mochila en la que llevaba sacos de arroz, libros, un poco de ropa, quiso vivir al margen de la sociedad y descubrir qué y quién era. Un idealista influido por las lecturas de Thoreau, London y Tolstoi, una mirada que busca la soledad y se deja llevar y se emociona por aquello que la naturaleza le ofrece, un solitario y, a la vez, un muchacho sociable con quien conoce en sus viajes, un pequeño revolucionario que se sale de la senda marcada.

Hay momentos donde Hacia rutas salvajes es una sucesión de datos, nombres de lugares, rutas, montes y personas, otros donde se detiene y habla de cómo llegó a Alaska el autobús que cobijó a Chris, de otros muchachos que desaparecieron sin dejar rastro en lugares fuera de los mapas, de una pareja de vagabundos motorizada o un octogenario solitario que alentado por el muchacho vende sus posesiones y se muda a una zona desértica. A veces aburre, a veces te deja con un nudo en la garganta.

Hacia rutas salvajes funciona como reportaje, biografía y libro de viajes. La figura de Chris McCandless, su revolución, te empuja a leer este libro y recordar que hay otros mundos posibles, otras formas de vivir.




Los momentos que hemos pasado juntos han sido muy agradables y te agradezco de todo corazón la ayuda que me has prestado. Espero que nuestra separación no te haya deprimido demasiado. Puede que pase mucho tiempo antes de que nos veamos de nuevo. Pero, si consigo superar la prueba de mi viaje a Alaska y todo sale como espero, te prometo que volverás a tener noticias mías. Quiero repetirte los consejos que te di en el sentido de que deberías cambiar radicalmente de estilo de vida y empezar a hacer cosas que antes ni siquiera imaginabas o que nunca te habías atrevido a intentar. Sé audaz. Son demasiadas las personas que se sienten infelices y que no toman la iniciativa de cambiar su situación porque se las ha condicionado para que acepten una vida basada en la estabilidad, las convenciones y el conformismo. Tal vez parezca que todo eso nos proporciona serenidad, pero en realidad no hay nada más perjudicial para el espíritu aventurero del hombre que la idea de un futuro estable. El núcleo esencial del alma humana es la pasión por la aventura. La dicha de vivir proviene de nuestros encuentros con experiencias nuevas y de ahí que no haya mayor dicha que vivir con unos horizontes que cambian sin cesar, con un sol que es nuevo y distinto cada día. Si quieres obtener más de la vida, Ron, debes renunciar a una existencia segura y monótona. Debes adoptar un estilo de vida donde todo sea provisional y no haya orden, algo que al principio te parecerá enloquecedor. Sin embargo, una vez que te hayas acostumbrado, comprenderás el sentido de una vida semejante y apreciarás su extraordinaria belleza. En pocas palabras, deja Salton City y ponte en marcha. Te aseguro que sentirás una gran alegría si lo haces. Aunque sospecho que harás caso omiso de mis consejos. Sé que piensas que soy testarudo, pero tú lo eres aún más. En el viaje de regreso tuviste la portunidad de contemplar una de las grandes maravillas de la Tierra, el Gran Cañón del Colorado, algo que todo americano debería ver al menos una vez en la vida. Sin embargo, por alguna razón que no alcanzo a comprender, todo lo que querías era salir corriendo hacia casa tan rápido como fuera posible y volver a una situación donde siempre experimentas lo mismo. Mucho me temo que en el futuro seguirás teniendo las mismas inclinaciones y te perderás todas las maravillas que Dios ha puesto en este mundo para que el hombre las descubra. No eches raíces, no te establezcas. Cambia a menudo de lugar, lleva una vida nómada, renueva cada día tus expectativas. Aún te quedan muchos años de vida, Ron, y sería una pena que no aprovecharas este momento para introducir cambios revolucionarios en tu existencia y adentrarte en un reino de experiencias que desconoces.

( … )

Hace dos años que camina por el mundo. Sin teléfono, sin piscina, sin mascotas, sin cigarrillos. La máxima libertad. Un extremista. Un viajero esteta cuyo hogar es la carretera. Escapó de Atlanta. Jamás regresará. La causa: "No hay nada como el Oeste". Y ahora, después de dos años de vagar por el mundo, emprende su última y mayor aventura. La batalla decisiva para destruir su falso yo interior y culminar victoriosamente su revolución espiritual. Diez días y diez noches subiendo a trenes de carga y haciendo autostop lo han llevado al magnifico e indómito norte. Huye del veneno de la civilización y camina solo a través del monte para perderse en una tierra salvaje.

( … )

Al lado de otro pasaje («Y así resultó que sólo una vida similar a la vida de aquellos que nos rodean, fusionándose con ella en armonía, es una vida genuina, y que una felicidad no compartida no es felicidad […]. Y eso era lo más irritante de todo.» ), anotó: «LA FELICIDAD SÓLO ES REAL CUANDO ES COMPARTIDA.»
Es tentador considerar que esta última anotación constituye la prueba de que su largo período de aislamiento había cambiado de algún modo su forma de ver las cosas. Podría interpretarse en el sentido de que quizás estaba dispuesto a despojarse de la armadura que había construido alrededor de su corazón, de que pretendía abandonar su vida de vagabundo solitario, no rehuir más la intimidad y convertirse en un miembro de la comunidad humana en cuanto regresara a la civilización. Sin embargo, nunca llegaremos a saberlo, porque Doctor Zivago fue el último libro que pudo leer.
Jon Krakauer
Hacia rutas salvajes (traducción de Albert Freixa. Ediciones B para Zeta Bolsillo)


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Mi?rcoles, 24 de octubre de 2012

B está enamorado de X. Por supuesto, se trata de un amor desdichado. B, en una época de su vida, estuvo dispuesto a hacer todo por X, más o menos lo mismo que piensan y dicen todos los enamorados. X rompe con él. X rompe con él por teléfono. Al principio, por supuesto, B sufre, pero a la larga, como es usual, se repone. La vida, como dicen en las telenovelas, continúa. Pasan los años.
Una noche en que no tiene nada que hacer, B consigue, tras dos llamadas telefónicas, ponerse en contacto con X. Ninguno de los dos es joven y eso se nota en sus voces que cruzan España de una punta a la otra. Renace la amistad y al cabo de unos días deciden reencontrarse. Ambas partes arrastran divorcios, nuevas enfermedades, frustraciones. Cuando B toma el tren para dirigirse a la ciudad de X, aún no está enamorado. El primer día lo pasan encerrados en casa de X, hablando de sus vidas (en realidad quien habla es X, B escucha y de vez en cuando pregunta); por la noche X lo invita a compartir su cama. B en el fondo no tiene ganas de acostarse con X, pero acepta. Por la mañana, al despertar, B está enamorado otra vez. ¿Pero está enamorado de X o está enamorado de la idea de estar enamorado? La relación es problemática e intensa: X cada día bordea el suicidio, está en tratamiento psiquiátrico (pastillas, muchas pastillas que sin embargo en nada la ayudan), llora a menudo y sin causa aparente. Así que B cuida a X. Sus cuidados son cariñosos, diligentes, pero también son torpes. Sus cuidados remedan los cuidados de un enamorado verdadero. B no tarda en darse cuenta de esto. Intenta que salga de su depresión, pero sólo consigue llevar a X a un callejón sin salida o que X estima sin salida. A veces, cuando está solo o cuando observa a X dormir, B también piensa que el callejón no tiene salida. Intenta recordar a sus amores perdidos como una forma de antídoto, intenta convencerse de que puede vivir sin X, de que puede salvarse solo. Una noche X le pide que se marche y B coge el tren y abandona la ciudad. X va a la estación a despedirlo. La despedida es afectuosa y desesperada. B viaja en litera pero no puede dormir hasta muy tarde. Cuando por fin cae dormido sueña con un mono de nieve que camina por el desierto. El camino del mono es limítrofe, abocado probablemente al fracaso. Pero el mono prefiere no saberlo y su astucia se convierte en su voluntad: camina de noche, cuando las estrellas heladas barren el desierto. Al despertar (ya en la Estación de Sants, en Barcelona) B cree comprender el significado del sueño (si lo tuviera) y es capaz de dirigirse a su casa con un mínimo consuelo. Esa noche llama a X y le cuenta el sueño. X no dice nada. Al día siguiente vuelve a llamar a X. Y al siguiente. La actitud de X cada vez es más fría, como si con cada llamada B se estuviera alejando en el tiempo. Estoy desapareciendo, piensa B. Me está borrando y sabe qué hace y por qué lo hace. Una noche B amenaza a X con tomar el tren y plantarse en su casa al día siguiente. Ni se te ocurra, dice X. Voy a ir, dice B, ya no soporto estas llamadas telefónicas, quiero verte la cara cuando te hablo. No te abriré la puerta, dice X y luego cuelga. B no entiende nada. Durante mucho tiempo piensa cómo es posible que un ser humano pase de un extremo a otro en sus sentimientos, en sus deseos. Luego se emborracha o busca consuelo en un libro. Pasan los días.
Una noche, medio año después, B llama a X por teléfono. X tarda en reconocer su voz. Ah, eres tú, dice. La frialdad de X es de aquellas que erizan los pelos. B percibe, no obstante, que X quiere decirle algo. Me escucha como si no hubiera pasado el tiempo, piensa, como si hubiéramos hablado ayer. ¿Cómo estás?, dice B. Cuéntame algo, dice B. X contesta con monosílabos y al cabo de un rato cuelga. Perplejo, B vuelve a discar el número de X. Cuando contestan, sin embargo, B prefiere mantenerse en silencio. Al otro lado, la voz de X dice: bueno, quién es. Silencio. Luego dice: diga, y se calla. El tiempo —el tiempo que separaba a B de X y que B no lograba comprender— pasa por la línea telefónica, se comprime, se estira, deja ver una parte de su naturaleza. B, sin darse cuenta, se ha puesto a llorar. Sabe que X sabe que es él quien llama. Después, silenciosamente, cuelga.
Hasta aquí la historia es vulgar; lamentable, pero vulgar. B entiende que no debe telefonear nunca más a X. Un día llaman a la puerta y aparecen A y Z. Son policías y desean interrogarlo. B inquiere el motivo. A es remiso a dárselo; Z, después de un torpe rodeo, se lo dice. Hace tres días, en el otro extremo de España, alguien ha asesinado a X. Al principio B se derrumba, después comprende que él es uno de los sospechosos y su instinto de supervivencia lo lleva a ponerse en guardia. Los policías preguntan por dos días en concreto. B no recuerda qué ha hecho, a quién ha visto en esos días. Sabe, cómo no lo va a saber, que no se ha movido de Barcelona, que de hecho no se ha movido de su barrio y de su casa, pero no puede probarlo. Los policías se lo llevan. B pasa la noche en la comisaría.
En un momento del interrogatorio cree que lo trasladarán a la ciudad de X y la posibilidad, extrañamente, parece seducirlo, pero finalmente eso no sucede. Toman sus huellas dactilares y le piden autorización para hacerle un análisis de sangre. B acepta. A la mañana siguiente lo dejan irse a su casa. Oficialmente, B no ha estado detenido, sólo se ha prestado a colaborar con la policía en el esclarecimiento de un asesinato. Al llegar a su casa B se echa en la cama y se queda dormido de inmediato. Sueña con un desierto, sueña con el rostro de X, poco antes de despertar comprende que ambos son lo mismo. No le cuesta demasiado inferir que él se encuentra perdido en el desierto.
Por la noche mete algo de ropa en un bolso y se dirige a la estación en donde toma un tren con destino a la ciudad de X. Durante el viaje, que dura toda la noche, de una punta a otra de España, no puede dormir y se dedica a pensar en todo lo que pudo haber hecho y no hizo, en todo lo que pudo darle a X y no le dio. También piensa: si yo fuera el muerto X no haría este viaje a la inversa. Y piensa: por eso, precisamente, soy yo el que está vivo. Durante el viaje, insomne, contempla a X por primera vez en su real estatura, vuelve a sentir amor por X y se desprecia a sí mismo, casi con desgana, por última vez. Al llegar, muy temprano, va directamente a casa del hermano de X. Éste queda sorprendido y confuso, sin embargo lo invita a pasar, le ofrece un café. El hermano de X está con la cara recién lavada y a medio vestir. No se ha duchado, constata B, sólo se ha lavado la cara y pasado algo de agua por el pelo. B acepta el café, luego le dice que se acaba de enterar del asesinato de X, que la policía lo ha interrogado, que le explique qué ha ocurrido. Ha sido algo muy triste, dice el hermano de X mientras prepara el café en la cocina, pero no veo qué tienes que ver tú con todo esto. La policía cree que puedo ser el asesino, dice B. El hermano de X se ríe. Tú siempre tuviste mala suerte, dice. Es extraño que me diga eso, piensa B, cuando yo soy precisamente el que está vivo. Pero también le agradece que no ponga en duda su inocencia. Luego el hermano de X se va a trabajar y B se queda en su casa. Al cabo de un rato, agotado, cae en un sueño profundo. X, como no podía ser menos, aparece en su sueño.
Al despertar cree saber quién es el asesino. Ha visto su rostro. Esa noche sale con el hermano de X, entran en bares y hablan de cosas banales y por más que procuran emborracharse no lo consiguen. Cuando vuelven a casa, caminando por calles vacías, B le dice que una vez llamó a X y que no habló. Qué putada, dice el hermano de X. Sólo lo hice una vez, dice B, pero entonces comprendí que X solía recibir ese tipo de llamadas. Y creía que era yo. ¿Lo entiendes?, dice B. ¿El asesino es el tipo de las llamadas anónimas?, pregunta el hermano de X. Exacto, dice B. Y X pensaba que era yo. El hermano de X arruga el entrecejo; yo creo, dice, que el asesino es uno de sus ex amantes, mi hermana tenía muchos pretendientes. B prefiere no contestar (el hermano de X, a su parecer, no ha entendido nada) y ambos permanecen en silencio hasta llegar a casa.
En el ascensor B siente deseos de vomitar. Lo dice: voy a vomitar. Aguántate, dice el hermano de X. Luego caminan aprisa por el pasillo, el hermano de X abre la puerta y B entra disparado buscando el cuarto de baño. Pero al llegar allí ya no tiene ganas de vomitar. Está sudando y le duele el estómago, pero no puede vomitar. El inodoro, con la tapa levantada, le parece una boca toda encías riéndose de él. O riéndose de alguien, en todo caso. Después de lavarse la cara se mira en el espejo: su rostro está blanco como una hoja de papel. Lo que resta de noche apenas puede dormir y se lo pasa intentando leer y escuchando los ronquidos del hermano de X. Al día siguiente se despiden y B vuelve a Barcelona. Nunca más visitaré esta ciudad, piensa, porque X ya no está aquí.
Una semana después el hermano de X lo llama por teléfono para decirle que la policía ha cogido al asesino. El tipo molestaba a X, dice el hermano, con llamadas anónimas. B no responde. Un antiguo enamorado, dice el hermano de X. Me alegra saberlo, dice B, gracias por llamarme. Luego el hermano de X cuelga y B se queda solo.
Roberto Bolaño
Llamadas telefónicas (en Llamadas telefónicas. Anagrama)


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Martes, 23 de octubre de 2012

Me preguntaste qué escribía en mis cuadernos. Observé la luz del faro sobre el mar. Me encogí de hombros, no era nada importante, sólo cómo me sentía al estar al otro lado del horizonte. Nos quedamos en silencio. El viento nos empujaba hacia el muro del castillo, recuerdo tu melena alborotada y cómo intentabas peinarte después de cada golpe de viento. Algunos adolescentes bebían y se besaban en el castillo, a veces nos sorprendía el flash azul de sus cámaras. Regresamos al muelle. Pensé en ese momento donde la luz del faro se convierte en una ilusión.

Hablamos de nuestro reencuentro. El golpe de las embarcaciones contra el muelle parecía un metrónomo que midiera el ritmo de tus palabras. Me decías que volver a encontrarme te ayudó a recuperar la esencia de quien eras. Me resulta extraño imaginarte sin tu risa salvaje, los comentarios irónicos o los monólogo donde hablas y signas al mismo tiempo. Apenas hablamos de nuestros quince años de ausencia, sabemos lo necesario, los trabajos y las relaciones temporales, los momentos de vértigo y pérdida, las pequeñas locuras y los objetos que cambian de tamaño a la luz de la luna. Siempre saltamos al pasado lejano, los pasillos del instituto y el humo de los cigarrillos en el descansillo, los viajes en autobús donde dormías en mi hombro, el baile que te debo desde los dieciséis años (tendremos que bailar en la playa, han derribado aquella discoteca junto al mar y con ella el espacio de nuestros recuerdos).

Mis palabras salieron trastabilladas y confusas. Tú a mi lado, yo de perfil, mirando al frente, como en aquella imagen de Persona, mis gestos nerviosos con las manos al hablarte de vacíos y derrotas, de esos momentos donde desaparezco porque necesito alejarme y estar en soledad y silencio. Hay una parte de mí que no entiendo. Sonreí, nos levantamos del banco y paseamos por el muelle.


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Quizá me sucedo en mí mismo. No sé quién pero alguien ha muerto en mí. También ayer olía la desaparición y estaba amenazado por la luz, pero hoy es otro el cuchillo delante de mis ojos.


No quiero ser mi propio extraño, estoy entorpecido por las visiones. Es difícil

poner luz todos los días en las venas y trabajar en la retracción de rostros desconocidos hasta que se convierten en rostros amados y después llorar porque voy a abandonarlos o porque ellos van a abandonarme.

                      Qué

estupidez tener miedo al borde de la falsedad, qué cansancio

abandonar la inexistencia y

morir después todos los días.
Antonio Gamoneda
Quizá me sucedo en mí mismo. En Arden las pérdidas. Esta luz. Poesía reunida (1947-2004) Galaxia Gutenberg)


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Publicado por elchicoanalogo @ 15:07  | Poes?a
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Lunes, 22 de octubre de 2012

Recuerdo mi sombra sobre la mochila roja. Estaba sentado en un escalón de la estación de autobuses, la mochila a mis pies, el sonido de las maletas y los coches, las cafeterías cerradas. Era medianoche. Observaba un pequeño gesto cariñoso, una palabra murmurada, una promesa, un último abrazo. Ella se quedó en la puerta, sonreía cansada, la mirada detenida en un punto de la estación. Esperó a que él desapareciera por las escaleras mecánicas y dio media vuelta. No sabía qué hacer con las manos.

Hay un momento en cada uno de mis viajes donde sólo queda la carretera, las vías de tren, las telarañas de luz de las ciudades. Me deshago de recuerdos y de futuros y no soy más que una línea en un mapa.


Los lunes de Anay. Sed...

Madrid, octubre 2012.


"De mí haré una estatua ecuestre"
                                                  LUISA CASTRO



ALBEDRÍO

El tiempo,
la templaza,
cifran mi voluntad.

Pero mi corazón
cabalga solo.
                                         
                          ANAY SALA






...Feliz lunes.

Un beso,

Anay   


Tags: Anay Sala Suberviola, Luisa Castro, The Eagles

Publicado por elchicoanalogo @ 16:03  | Los lunes de Anay
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Domingo, 21 de octubre de 2012

Te sigo por el andén de la estación. Buscamos nuestro tren. Me dices que es el tren más lento del mundo. Hemos pasado dos días en Belgrado, los barcos-restaurante sobre el río, los jugadores de ajedrez en el parque, el árbol que crece entre las ruinas de un edificio bombardeado, los puentes que separan la vieja ciudad con nuevo Belgrado, tu risa al ver que no hay poso en mi taza de café (sigo sin encontrar un poso en las tazas, sigo sin tener un futuro claro), tu mapa de la antigua Yugoslavia dibujado en un mantel de un restaurante, el camarero que se despide con un gracias y yo con un hvala, el vals junto al Danubio. Por unos días fuiste mi mapa.

Duermes en el compartimento. Contemplo tu rostro relajado, me pregunto dónde estarás en ese instante, si soñarás con la lluvia en el aeropuerto o con el ruido de gallinero de tu nevera. Cierro la puerta del compartimento, salgo al pasillo y me apoyo en una ventanilla. Veo pasar huertas, campos de hierba, coches que me llevan a mi infancia. Hay momentos donde me siento veinte años atrás. Observo las granjas en la lejana línea del horizonte, la tierra llana, el lento avance del tren. No hay curvas o montes. Sonrío en silencio.

Escucho las conversaciones de los pasajeros, intento descifrar los carteles en cirílico de las estaciones y pueblos. Me enseñaste algunas expresiones, decía hola o buenos días a tu vecina, daba las gracias en las cafeterías, me iba a dormir con un buenas noches en serbio. Era el extranjero, estaba al otro lado del espejo. En este instante donde duermes siento una soledad pura, el idioma y la escritura extraños, ningún mapa ni diccionario en la mochila.





Bajamos en una gasolinera junto a la autopista. Dejamos las mochilas en el suelo. Miras mi tobillo hinchado y te tapas la cara con la mano. Yo me encojo de hombros, te digo que no me duele, que siempre he sido algo torpe. Esperamos a que venga tu hermano a recogernos. Quisiste ensayar por última vez los pasos de salsa. Nos agarramos de la mano, fijamos la mirada en nuestros pies y bailamos sin música, sólo nuestra voz que contaba los pasos, un, dos tres, cuatro y nuestras sombras en el suelo. 


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S?bado, 20 de octubre de 2012

Releo los poemarios de Anay Sala. Sigo el orden de edición, primero Ý (turno de réplica), luego Medidas cautelares. No hojeo poemas al azar como la primera vez que los tuve en mis manos. Durante dos horas me siento en una montaña rusa, el vértigo, el vacío, la pérdida, las pequeñas victorias y el dolor de la lucidez.

Empiezo a reconocer la voz de Anay Sala, el ritmo y la música en sus poemas, la palabra certera, la desnudez y el golpe con el que se cierran algunos de ellos. Hay poemas que me mencionan o me acercan una mirada diferente, hay poemas que me dejan en un equilibrio precario y poemas que pasé por alto y descubro en esta nueva lectura, hay versos que me hacen asentir: Todo es aire / en el acantilado y otros que me dejan en silencio: Aquello que anhelábamos ya ha sido.



Estrellas fugaces

Hay que seguir,
estamos en camino.
Aquella luz nos dio la confianza.
Hay que ignorar la voz que nos advierte
que no hay nada mejor en lontananza.

Y qué más da, seguimos caminando,
cargando de esperanzas el futuro.

Tiempo después, tal vez nos demos cuenta:
Aquello que anhelábamos ya ha sido.
Anay Sala Suberviola
Estrellas fugaces (en Ý (turno de réplica). Torremozas)



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Viernes, 19 de octubre de 2012

Antes de subir internándose en las colinas azules, Tomás Gómez se detuvo en la solitaria estación de gasolina.
-Aquí se sentirá usted bastante solo, abuelo -dijo Tomás.
El viejo pasó un trapo por el parabrisas de la camioneta.
-No me quejo.
-¿Le gusta Marte, abuelo?
-Mucho. Siempre hay algo nuevo. Lo decidí cuando llegué aquí el año pasado: no esperar nada, no preguntar nada, no sorprenderme por nada. Tenemos que olvidarnos de la Tierra, y de cómo eran allí las cosas. Tenemos que mirar cómo son aquí, y qué diferente es todo. El tiempo, por ejemplo, me divierte muchísimo. Es un tiempo marciano. Un calor de mil demonios de día y un frío de mil demonios de noche. Y las flores y la lluvia, tan diferentes... Es asombroso. Vine a Marte a retirarme, y busqué un sitio donde todo fuera diferente. Un viejo necesita una vida diferente. Los jóvenes no quieren hablar con él, y con los otros viejos se aburre sin remedio. Así que pensé: lo mejor será buscar un sitio tan diferente que uno abre los ojos y ya está entretenido. Conseguí esta estación de gasolina. Si los negocios marchan demasiado bien, me instalaré en una vieja carretera menos bulliciosa, donde pueda ganar lo suficiente para vivir y me quede
tiempo para sentir estas cosas tan diferentes.
-Ha dado usted en el clavo, abuelo -dijo Tomás.
Las manos le descansaban sobre el volante. Estaba contento. Había trabajado diez días seguidos en una de las nuevas colonias y ahora tenía dos días libres e iba camino de una fiesta.
-Ya nada me sorprende -prosiguió el viejo-. Yo sólo miro, observo lo que hay, nada más. Si uno no acepta a Marte como es, puede volverse a la Tierra. En este mundo todo es raro: el suelo, el aire, los canales, los nativos..., aún no los he visto, pero dicen que andan por aquí, y los relojes. Hasta mi reloj marcha de un modo gracioso. Hasta el tiempo es raro en Marte. A veces me siento muy solo, como si yo fuese el único habitante de este planeta; apostaría la cabeza. Otras veces me siento como si tuviera ocho años y me hubiera encogido y todo lo demás fuera más grande. Dios, es justo el lugar que un viejo necesita. Me anima y me hace feliz. ¿Sabe usted cómo es Marte? Es como un juguete que me regalaron en Navidad, hace setenta años. No sé si usted lo conoce, lo llamaban calidoscopio: trocitos de vidrio o de tela de muchos colores. Se levanta hacia la luz y uno mira y se queda sin aliento. ¡Cuántos dibujos! Bueno, pues así es Marte. Disfrútelo. No le pida que sea otra cosa, tómelo como es. Dios, ¿sabe que esa carretera marciana tiene dieciséis siglos y aún está en buenas condiciones? Es un dólar cincuenta. Gracias, y buenas noches.
Tomás se alejó por la antigua carretera, riendo entre dientes.

 
Era un largo camino que se internaba en la oscuridad y las colinas. Tomás sostenía el volante y de vez en cuando sacaba un caramelo de la bolsa del almuerzo. Había viajado toda una hora sin encontrar, en el camino ningún otro coche, ninguna luz, sólo la carretera que se deslizaba bajo las ruedas y el zumbido, el rugido del motor, y Marte allí fuera, tan tranquilo. Marte era un mundo silencioso, pero aquella noche el silencio era mayor que nunca. Dejaba atrás desiertos y mares secos y las montañas se alzaban contra las estrellas.
Esa noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. La idea era divertida. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva y unas voces que lloraban y una voz muy triste, y unas gotas sucias que caen sobre tapas de cajas vacías, y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? El tiempo se parecía a la nieve que cae calladamente en una habitación negra, a una película muda en un viejo cine, a cien millones de rostros que descienden como globos de Año Nuevo, bajando y bajando hacia la nada. Así era cómo olía el tiempo, cómo sonaba y qué parecía. Y esta noche (y Tomás sacó una mano al viento fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo.
La camioneta se internó en las colinas del tiempo. Tomás sintió unas punzadas en la nuca y se sentó rígidamente, con la mirada fija en el camino.
Entraba en un muerto pueblo marciano; paró el motor y se abandonó al silencio de la noche. Maravillado y absorto contempló los edificios blanqueados por las lunas. Deshabitados desde hacía siglos. Perfectos, en ruinas, sí, pero sin embargo perfectos.
Encendió el motor, recorrió algo más de un kilómetro y se detuvo otra vez. Dejó la camioneta y trepó llevando el saco de comestibles en la mano hacia una colina donde podía volverse y contemplar el pueblo polvoriento. Abrió el termo y se sirvió una taza de café. Un pájaro nocturno pasó volando. La noche era hermosa y apacible.
Unos cinco minutos después se oyó un ruido. Entre las colinas, sobre la curva de la antigua carretera, hubo un movimiento, una luz mortecina, y luego un murmullo.
Tomás se volvió lentamente, con la taza de café en la mano.
Y una extraña aparición asomó entre las colinas.
Era una máquina que parecía un insecto de color verde jade, una mantis religiosa que se precipitaba delicadamente en el aire frío de la noche, con diamantes verdes que parpadeaban sobre su cuerpo, indistintos, innumerables, y rubíes que centelleaban con ojos multifacéticos. Las seis patas se posaron en la antigua carretera como las últimas gotas de una lluvia, y desde el lomo de la máquina un marciano de ojos de oro fundido miró a Tomás como si mirara dentro de un pozo.
Tomás levantó una mano y pensó automáticamente: ¡Hola!, aunque no movió los labios. Era un marciano. Pero Tomás había nadado en la Tierra en ríos azules mientras gente desconocida pasaba por la carretera, y había comido en casas extrañas con gente extraña, y nunca había tenido otra arma que su sonrisa. Ahora tampoco estaba armado, y no sentía que lo necesitase, aunque un cierto temor le oprimía el pecho en ese momento.
También el marciano tenía las manos vacías. Durante unos instantes, ambos se miraron a través del aire frío de la noche. Tomás dio el primer paso.
-¡Hola! -llamó.
-¡Hola! -llamó el marciano en su propio idioma. No se entendieron.
-¿Has dicho hola? -dijeron los dos.
-¿Qué has dicho? -preguntaron, cada uno en su propia lengua.
Se miraron frunciendo las caras.
-¿Quién eres? -dijo Tomás en inglés.
-¿Qué haces aquí? -dijo el otro en marciano.
-¿Adonde vas? -dijeron los dos, y parecieron confundidos.
-Yo soy Tomás Gómez.
-Yo soy Muhe Ca.
No entendieron las palabras, pero se señalaron a sí mismos, golpeándose el pecho, y entonces el marciano se echó a reír.
-¡Espera!
Tomás sintió que le rozaban la cabeza, aunque ninguna mano lo había tocado.
-Ya está -dijo el marciano en inglés-. Así es mejor.
-¡Qué pronto has aprendido mi idioma!
-No es nada.
Turbados por un silencio nuevo, ambos miraron el humeante café que Tomás tenía en la mano.
-¿Algo distinto? -dijo el marciano mirándolo y mirando el café, y tal vez refiriéndose a ambos.
-¿Puedo ofrecerte una taza? -dijo Tomás.
-Por favor.
El marciano se deslizó fuera de la máquina.
Tomás sacó otra taza, la llenó de café caliente y se la tendió. La mano de Tomás y la del marciano se confundieron, como manos de niebla.
-¡Dios mío! -gritó Tomás, y soltó la taza.
-¡En nombre de los Dioses! -dijo el marciano en su propio idioma.
-¿Viste lo que pasó? -murmuraron ambos. Se sentían helados y aterrorizados. El marciano se inclinó para tocar la taza, pero no pudo tocarla.
-¡Señor! -dijo Tomás.
-¿Qué es esto?
El marciano trató una y otra vez de sostener la taza, pero no pudo. Se enderezó, meditó un momento, y luego sacó un cuchillo de su cinturón.
-¡Eh! -gritó Tomás.

-Has entendido mal. ¡Tómalo!
El marciano tiró al aire el cuchillo. Tomás juntó las manos. El cuchillo le pasó a través de la carne. Golpeó el suelo. Tomás se inclinó para recogerlo, pero no lo pudo tocar y retrocedió, estremeciéndose. Miró luego al marciano, que se perfilaba contra el cielo.
-¡Las estrellas! -dijo.
-¡Las estrellas! -respondió el marciano mirando a Tomás.
Las estrellas eran blancas y brillantes más allá del cuerpo del marciano, incrustadas en su carne como centellas dentro de la tenue y fosforescente membrana de un pez gelatinoso; parpadeaban como ojos de color violeta en el estómago y en el pecho del marciano, y a través de las muñecas, como joyas.

-¡Eres transparente! -dijo Tomás.
-¡Y tú también! -replicó el marciano retrocediendo.
Tomás se tocó el cuerpo, sintió el calor y se tranquilizó.
«Yo soy real», pensó.
El marciano se tocó la nariz y los labios.
-Yo tengo carne -murmuró-. Yo estoy vivo
.
Tomás miró fijamente al extraño.
-Y si yo soy real, tienes que estar muerto.
-¡No, tú!
-¡Un espectro!
-¡Un fantasma!
Se señalaron el uno al otro y la luz de las estrellas les brillaba en los miembros como dagas, como trozos de hielo, como luciérnagas, y se tocaron otra vez los brazos y las piernas y se descubrieron intactos, calientes, animados, asombrados, despavoridos, y el otro, ah, sí, ese otro allí, era sólo un prisma espectral que reflejaba la acumulada luz de unos mundos distantes.
«Estoy borracho, pensó Tomás. No se lo contaré mañana a nadie. No, no.»
Se miraron un tiempo, de pie, inmóviles, en la antigua carretera.
-¿De dónde eres? -preguntó al fin el marciano.
-De la Tierra.
-¿Qué es eso?
-Allí. -Tomás señaló el cielo con la cabeza.
-¿Cuándo llegaste?
-Hace más de un año, ¿no recuerdas?
-No.
-Y todos vosotros estabais muertos, todos menos unos pocos. Eres una rareza, ¿no lo sabes?
-No. No es cierto.
-Sí. Todos muertos. Yo vi los cadáveres. Negros, en las habitaciones, en las casas, muertos. Millares de muertos.
-Eso es ridículo. ¡Estamos vivos!
-Escúchame, muchacho. Marte ha sido invadido, aunque no lo sepas. Tienes que haber escapado.
-¿Yo? ¿Escapar de qué? No entiendo lo que dices. Voy a una fiesta en el canal, cerca de las montañas Eniall. Allí estuve anoche. ¿No ves la ciudad?
Tomás miró a donde indicaba el marciano y vio las ruinas.
-Pero cómo, esa ciudad está muerta desde hace miles de años.
El marciano se echó a reír.
-¡Muerta! ¡Dormí allí anoche!
-Y yo estuve allí la semana anterior y la otra, y hace un rato, y es un montón de escombros. ¿No ves las columnas rotas?
-¿Rotas? Las veo perfectamente a la luz de la luna. Intactas.
-Hay polvo en las calles -dijo Tomás.
-¡Las calles están limpias!
-Los canales están vacíos.
-¡Los canales están llenos de vino de lavándula!
-Está muerta.
-¡Está viva! -protestó el marciano, riéndose cada vez más-. Oh, estás muy equivocado. ¿No ves las luces de la feria? Hay barcas hermosas, esbeltas como mujeres, y mujeres hermosas esbeltas como barcas; mujeres del color de la arena, mujeres con flores de fuego en las manos. Las veo desde aquí, pequeñas corriendo por las calles. Allá es donde voy ahora, al festival. Flotaremos en las aguas toda la noche, cantaremos, beberemos, haremos el amor. ¿No la ves?
-Muchacho, esa ciudad está muerta como un lagarto seco. Pregúntale a cualquiera de nuestro grupo. Voy esta noche a la Ciudad Verde. Es una colonia que fundamos hace poco cerca de la carretera de Illinois. Estás confundido. Trajimos trescientos mil metros cuadrados de madera de Oregón, y dos docenas de toneladas de buenos clavos de acero, y levantamos a martillazos los dos pueblos más bonitos que hayas podido ver. Esta noche hay una fiesta. Llegan de la Tierra un par de cohetes que traen a nuestras mujeres y amigas. Habrá baile en el granero y whisky...
El marciano estaba ahora inquieto.
-¿Dices que está ahí?
Tomás lo llevó al borde de la colina y señaló.
-Allá están los cohetes. ¿Los ves?
-No.
-¡Maldita sea! ¡Ahí están! Esos aparatos largos y plateados.
-No.
Tomás se echó a reír.
-¡Estás ciego!
-Veo perfectamente. Eres tú el que no ve.
-Pero ves la nueva ciudad, ¿no es cierto?
-Sólo veo un océano, y la marea baja.
-Muchacho, esa agua se evaporó hace cuarenta siglos.
-Oh, vamos, vamos, basta ya.
-Es cierto, te lo aseguro.
El marciano se puso muy serio.
-Dímelo otra vez. ¿No ves la ciudad como yo te cuento? Las columnas muy blancas, las barcas muy esbeltas, las luces... ¡Oh, lo veo todo tan claramente! Y escucha... Oigo los cantos. No están tan lejos.
Tomás escuchó y sacudió la cabeza.
-No.
-Y yo, en cambio -dijo el marciano-, no puedo ver lo que tú me describes. Bien.
Volvieron a estremecerse. Sintieron frío.
-¿Podría ser?
-¿Qué?
-¿Dijiste que «del cielo»?
-De la Tierra.
-La Tierra, un nombre, nada -dijo el marciano-. Pero... al subir por el paso hace una hora... sentí... -Se llevó una mano a la nuca.
-Sentí...
-¿Frío?
-Sí.
-¿Y ahora?
-Frío otra vez. Qué raro. Había algo en la luz, en las colinas, el camino... -dijo el marciano-. Una sensación extraña, el camino, la luz, y por un momento creí ser el último hombre vivo en este mundo.
-Lo mismo me pasó a mí -dijo Tomás, y le pareció estar hablando con un viejo y querido amigo muy íntimo de algo confidencial, cada vez más animados.
El marciano cerró los ojos y volvió a abrirlos.
-Sólo hay una explicación. El tiempo. Sí. Eres una sombra del pasado.
-No. Tú, tú eres del pasado -dijo el hombre de la Tierra.
-¡Qué seguro estás! Pero, ¿cómo podrías probar quién es del pasado y quién del futuro? ¿En qué año estamos?
-En el año dos mil dos.
-¿Qué significa eso para mí?
Tomás reflexionó y se encogió de hombros.
-Nada.
-Es como si te dijera que estamos en el año 4462853 S.E.C. No es nada, menos que nada. ¿Dónde hay un reloj que muestre la posición de las estrellas?
-¡Pero las ruinas lo demuestran! Demuestran que yo soy el futuro, que yo estoy vivo, ¡que tú estás muerto!
- Todo en mí lo desmiente. Me late el corazón, mi estómago tiene hambre, mi garganta tiene sed. No, no. Ni muertos, ni vivos. Más vivos que nadie, quizá. Mejor, atrapados entre la vida y la muerte. Dos extraños que pasan en la noche. Nada más. Dos extraños que pasan. ¿Ruinas, dijiste?
-Sí. ¡Tienes miedo!
-¿Quien quiere ver el futuro, quién lo ha querido alguna vez? Un hombre puede enfrentarse con el pasado, pero pensar... ¿Has hablado de columnas desmoronadas? ¿Y del mar vacío y los canales secos y las doncellas muertas y las flores marchitas? -El marciano calló y miró hacia la ciudad lejana.- Pero están ahí. Las veo. ¿No me basta? Me aguardan ahora, y no importa lo que digas.
Y a Tomás también lo esperaban los cohetes, allá a lo lejos, y la ciudad, y las mujeres de la Tierra.
-Jamás nos pondremos de acuerdo -dijo.
-Admitamos nuestro desacuerdo -dijo el marciano-. ¿Qué importa quién es el pasado o el futuro, si ambos estamos vivos? Lo que ha de suceder sucederá, mañana o dentro de diez mil años. ¿Cómo sabes que esos templos no son los de tu propia civilización, dentro de cien siglos, desplomados y en ruinas? No lo sabes. No preguntes entonces. La noche es muy breve. Allá van por el cielo los fuegos de la fiesta, y los pájaros. Tomás tendió la mano. El marciano lo imitó.
Las manos no se tocaron, se fundieron atravesándose.
-¿Volveremos a encontrarnos?
-¡Quién sabe! Quizás alguna otra noche.
-Me gustaría ir contigo a ese festival.
-Y a mí me gustaría ir a tu ciudad y ver esa nave de que me hablas y esos hombres, y oír todo lo que ha pasado.
-Adiós -dijo Tomás.
-Buenas noches.
El marciano se alejó serenamente hacia las colinas en el vehículo de metal verde. El terrestre se metió en la camioneta y partió en silencio en dirección contraria.
-¡Dios mío!, qué sueño tan raro -suspiró Tomás, con las manos en el volante, pensando en los cohetes, en las mujeres, en el whisky, en las noticias de Virginia.
-Qué visión más extraña -se dijo el marciano, apresurándose, pensando en el festival, en los canales, en las barcas, en las mujeres de ojos dorados, y en las canciones.
La noche era oscura. Las lunas se habían puesto. La luz de las estrellas parpadeaba sobre la carretera ahora desierta y silenciosa. Y así siguió, sin un ruido, sin un automóvil, sin nadie, sin nada, durante toda la noche oscura y fresca.
Ray Bradbury
Encuentro nocturno (en Crónicas marcianas. Traducción de Francisco Abelenda. Minotauro)


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Jueves, 18 de octubre de 2012

Me tiende la bolsa de plástico. Observo los pequeños sedimentos y la forma de las piedras entre la arena rojiza. Sonríe cuando abro la bolsa y acaricio la arena. Me habla de su viaje, de moteles, carreteras desérticas, las luces de Las Vegas, una pasarela transparente sobre el Gran Cañón y el Monument Valley. La miro, sus labios rojos, su melena rubia, su sonrisa sempiterna. Me recuerda a la caverna de Platón, me habla de cosas que nunca he visto, yo, acostumbrado a las sombras en la pared.

Vivió en un remolque durante un año. Enseñaba español a adolescentes que no sabían pronunciar su apellido, muchachos que iban en pijama a clase y pasaban por un detector de metales antes de entrar al colegio. Salía a andar al atardecer, dormía sola, los ruidos del campo, el paisaje extranjero, el movimiento del remolque, su soledad y asombro. Estaba a seis mil kilómetros de casa. Sobrevivió a un accidente de coche (pensó, hasta aquí he llegado) y dos tornados, escuchó la tormenta de viento en una oscuridad extraña y gris refugiada en una habitación de la ciudad. Extrañaba a su gata, el pan, las aceras, la algarabía en las cafeterías. Repetía un lema, sé vegetariano y nadie saldrá herido. Nos reencontrábamos cada año, su mirada más limpia, amplia, diferente (la mía estática, pequeña, tranquila). Decía, Fer e iniciaba un caudal de recuerdos, hablaba rápido y sonreía y parecía que no había espacios entre las palabras. Yo escuchaba en silencio. Tengo imágenes de ella que he construido a través de sus palabras y que se confunden con mis recuerdos.

Me llevo el dedo índice a la boca. Siento la arena rojiza del Monument Valley entre mis dientes. Alarga su mano, acaricia mi barba y me dice que no pincha. A veces me pregunta por mis días en Argentina. Entrecierro los ojos, como si intentase definir un punto lejano en el horizonte. Cuando consigo ubicarme en aquel tiempo le hablo de la niebla a las cinco de la mañana y los nombres y números de las calles, mate de luna, alem, jujuy, de milanesas, medias lunas y sfijas, de los desconocidos que me paraban al sentir mi acento extranjero y me hablaban de pueblos murcianos, sevillanos o gallegos, de los billetes de dos pesos con corazones dibujados a bolígrafo, de los quioscos donde podía comprar galletas, arroz, tarjetas telefónicas, preservativos o pañuelos de papel, de cómo mina significaba mujer, ingenio era fábrica y remera camiseta, del puesto de fruta y verdura de walter, un hombre callado y serio, de las aceras levantadas por las raíces de los naranjos, de los sulkis, pequeñas carretas empujadas por un caballo, de dos gauchos entre el tráfico, una imagen fuera del tiempo, de colegios judíos, comida árabe y apellidos alemanes, de las librerías y cafeterías donde me refugiaba cuando necesitaba estar solo, de vivir entre dos países que era como vivir en ninguna parte, indefinido y ausente. Nunca me pregunta si me arrepiento. Nunca le hablo de cómo entiendo la soledad y el asombro de sus primeros días en un país extranjero. Es parte de la mochila roja.


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Mi?rcoles, 17 de octubre de 2012

Un adolescente inquieto y desubicado, su voz inteligente, triste y mordaz, su mirada en las personas y objetos que le rodean: familia, compañeros, desconocidos, los muebles de la casa de su abuela, las obras de arte de la galería de su madre, los cuadros expuestos en museos, las calles de Nueva York, los huecos que dejaron los ataques al World Trade Center, la obsesión por el lenguaje y el silencio, las desapariciones, el sueño de no ir a la universidad y vivir en una casa antigua, sin nadie alrededor, y leer, solo leer. James Sveck, el narrador de Algún día este dolor te será útil, recuerda a Holden Caulfield y El guardián entre centeno, un muchacho que siente que algo está por romperse, que está ante las piezas sueltas de un rompecabezas y necesita la distancia justa para saber cómo encajarlas.

Peter Cameron escribe de forma entretenida e irónica sobre un muchacho desubicado y solitario que mira alrededor e intenta comprender el mundo en el que vive y el muro que lo separa de los demás. En esa mirada descubre las incongruencias de quienes le rodean, los diferentes muros que tiene dentro, el afectivo (sus relaciones familiares, no saber cómo manejarse en el amor), el lenguaje (como en las traducciones, el lenguaje filtra parte del pensamiento, se muestra incompleto), el social (su deseo es vivir solo en una casa antigua y leer, el silencio y la soledad como objetivos). Algún día este dolor te será útil es la voz de Sveck intentando descubrir qué quiere y qué debería hacer con su vida.

Para su familia y compañeros Sveck es un inadaptado. Sveck tiene una madre que se divorcia en plena luna de miel de su tercer matrimonio, su hermana sale con un hombre casado, su padre se opera la bolsa de los ojos, sus compañeros obedecen a un orden social extraño e impuesto, su psiquiatra intenta que hable a pesar de la convicción de Sveck por la incapacidad del lenguaje de mostrar fielmente los pensamientos y emociones. Sólo consigue un refugio en las conversaciones con su abuela, en los cuadros de Thomas Cole que muestran las cuatro edades del hombre, en la lectura, y las calles de Nueva York. Sveck se siente libre cuando desaparece y nada ni nadie puede alcanzarle, la mirada alrededor en silencio y soledad. Cameron habla sobre las toma de decisiones, seguir un camino pautado o uno nuevo y cómo algo se pierde en esa decisión.

Hay un momento de una sutileza emocionante. James Sveck mira a través de la ventana de un restaurante, observa los edificios y calles de Nueva York, el río Hudson, New Jersey, descubre las nuevas vistas que quedaron tras el ataque a World Trade Center y aparta la vista de ese paisaje transformado. Un par de frases, una vista desde un restaurante, un adolescente inteligente, la sensación de que importa no sólo aquello que vemos, también los huecos y los espacios en blanco.

El libro de Peter Cameron se puede conseguir en PriceMinister, está dentro de su concurso por elegir los mejores libros de 2012.



No le respondí porque de repente, durante uno o dos segundos, vi con claridad que no querer ir a la universidad se debía en parte al deseo de no avanzar, pues me encantaba estar donde me encontraba en aquellos momentos, un deseo inequívoco y profundo: allí sentado, en la cocina de mi abuela, tomando café recién hecho en una taza de porcelana y no en un vaso de papel con una tapa de plástico perforada, sentado en la cocina perfectamente ordenada y con la puerta trasera abierta para que penetrara en la casa un poco de brisa, el reloj eléctrico encima del fregadero zumbando imperceptiblemente día y noche y el suelo de linóleo desgastado de tantos años de fregar y refregar y tan suave como gamuza, mi abuela sentada delante de mí con un vestido que probablemente se compró hace cuarenta años y que se ha puesto un millar de veces desde entonces, escuchándome, aceptándome, al parecer, como nadie más lo hace y, en el exterior, el tranquilo sábado de verano, el mundo a nuestro alrededor aún no violado del todo por la estupidez, la intolerancia y el odio.

( ... )

- No me importa estar solo -le dije-. Ya me siento solo aquí, en Nueva York. Aquí es peor, porque donde quiera que vayas ves a la gente relacionándose, constantemente.
- Que las personas se relacionen no significa que no se sientan solas.
- Lo sé.
- Si yo estuviera en tu lugar, cogería el dinero y viajaría. Iría a México o a Europa o a Tailandia.
- No creo en los viajes. No los considero algo natural. Viajar ahora es demasiado fácil. No quiero ir a ninguna parte a donde no pueda llegar andando.
- ¿Entonces irás andando a Kansas?
- Me gustaría. Creo que la única manera de saber realmente dónde estás es ir a pie hasta allí o, por lo menos, permanecer en el suelo, ir en coche o en tren. Pero caminar es lo mejor: eso te da un auténtico sentido de la distancia.

( … )

Tener malas experiencias a veces es una ayuda, te aclara más lo que deberías hacer. Sé que esto parece demasiado optimista, pero es cierto. Quienes solo han tenido buenas experiencias no son muy interesantes. Puede que estén contentos y sean felices de alguna manera, pero son superficiales. Ahora te parecerá un contratiempo, algo que te complica la vida, pero... es demasiado sencillo vivir sin complicaciones. No es que la felicidad sea necesariamente simple, pero no creo que tú vayas a tener una vida fácil y será mejor para ti. Lo difícil es no dejarte abrumar por las malas rachas. No debes permitir que te derroten. Tienes que verlas como un regalo... un regalo cruel, pero regalo a fin de cuentas.
Peter Cameron
Este dolor algún día te será útil (traducción de Jordi Fibla. Libros del Asteroide)


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Lunes, 15 de octubre de 2012

Subía al tractor en marcha. Apoyaba las manos en el remolque, daba un pequeño salto y me sentaba junto a los angazos, las forcas y las cuerdas. Veía el polvo del camino que levantábamos a nuestro paso. Dejábamos atrás la escuela en ruinas, el antiguo lavadero, el roble centenario, el límite de la aldea. Llegábamos a un cruce de caminos, a la izquierda los prados verdes y los manzanos junto a un riachuelo, a la derecha un descenso brusco y la oscuridad tras la maleza. El remolque se levantaba antes de hundirse en el camino. Me agarraba al borde del remolque, mis manos sobre la madera, las piedras y los surcos en el camino bajo mis pies, el ruido del motor y la línea de los montes. De espaldas a la dirección del tractor el mundo se movía de una manera extraña. Cuando más nos alejábamos de los montes más se acercaban a nosotros, parecían agrandarse, moverse a nuestro ritmo. Han pasado veinte años y, como los montes, aquellos días se agrandan cuanto más me alejo de ellos.


Los lunes de Anay. Rotondas...

"Consideré y sobrecogiome el pasmo..."
                                                           
CONFESIONES, San Agustín


¿Cómo he tardado tanto en darme cuenta?
Los datos anunciaban claramente,
hasta con fluorescentes de colores,
que había un error grave en mis esquemas.

Me obcequé en proseguir, empecinado
y tenaz, por la senda equivocada
-los datos recalcábanlo insistentes-
para llegar así a ninguna parte.

                                              JOSÉ MARÍA FONOLLOSA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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S?bado, 13 de octubre de 2012

Es de noche en la memoria de los mapas.

     Abres despacio las manos y las dejas caer como si 
     tendieras tu ropa de infancia. Tu vieja infancia con su 
     abrigo rojo, con sus botas de agua, con su naufragio 
     gris, con su pasillo de lluvia y su alta ventana hacia 
     las horas. 

Se ha hecho tarde en la memoria de los mapas.

     Buscas un faro, pero sólo ves llagas, llagas 
     en la oscuridad, llagas como único ropaje resbalando por 
     los muros hasta desfallecer de sed, llagas que no 
     sirven para vivir y que no alumbran ningún camino,
     llagas adheridas a la piel, descuidadas, despreciadas
     por sus propios habitantes.

Es de noche en la memoria de la espuma desplomada sobre el suelo.

     Sabes que es tarde. Tarde para el acuario de aquel bar 
     en el que naufragan las langostas, las estrellas, los 
     centollos y los faros de este coche que ahora cruza la 
     ciudad. Tarde para la lluvia y la memoria. Tarde para
     las redes, los arpones, los anzuelos, los aparejos que se
     afanan, inútiles, enredados en el agua que esta noche
     borbotea en el grifo de la cocina, mientras limpias las
     raspas del pescado que ahora vas a cocinar.

Es muy tarde en la memoria de los mapas.

     La ropa de infancia está dispuesta sobre el agua; sus 
     manos absortas en el acuario, su lámpara de arena 
     agazapada en los bolsillos; su brújula de algas, 
     muerta. Cierras la puerta de tu casa y sigues el rastro
     de medusas sobre la orilla; el rastro de las heridas y
     su espuma triste esparcida por la acera. Recuerdas un 
     tiempo de mareas que no te pertenece. Caminas,
     doblas la esquina, atraviesas el parque. Es de noche,
     es muy de noche en la memoria, y las calles
     balbucean su naufragio como aquellos animales
     milenarios presintieron su extinción.
Guadalupe Grande
Pórtico del faro (En La llave de niebla. Calambur)


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Mi?rcoles, 10 de octubre de 2012

En La historia del amor Nicole Krauss cruzaba personajes, tiempos, búsquedas y recuerdos. Fue una lectura intimista, pausada, reflexiva. En La gran casa, Krauss vuelve a componer un rompecabezas de voces, historias, viajes y desapariciones. Sentí que empezaba a reconocer la voz de Krauss, la espera, los objetos que dejamos atrás, la vejez y las relaciones (amorosas, familiares) siempre en un punto frágil y extraño.

En La gran casa nos hablan una escritora neoyorquina, un padre que ve el regreso de su hijo, una mujer que convive con una extraña pareja de hermanos, un hombre casado con una escritora que ha borrado su pasado. Los narradores son testigos que nos hablan de los verdaderos protagonistas, a través de sus voces conocemos a un poeta chileno desaparecido en la dictadura chilena, a un joven israelí que parece desentonar con el mundo que le rodea, desubicado, perdido en un mundo interior de difícil acceso para los demás, a un anticuario que intenta recuperar los muebles con los que reconstruir la casa de su infancia antes de que los nazis irrumpieran en ella y le despojaran de todo, a unos hermanos que viven en una casa llena de muebles en venta, unos muebles que aparecen y desaparecen y cambian la forma de su casa, a una escritora que huyó del nazismo en un barco y borra las huellas de su pasado. Conocemos a estos personajes desde fuera, la mirada de los narradores está incompleta, compartimos sus dudas, sus espacios en blanco, la sensación de estar ante un umbral que no podremos cruzar. Parte del dolor de los narradores está en encontrarse en ese umbral, en no tener una imagen completa del otro, en sentirse en terreno inestable.

Una parte importante de La gran casa son los objetos que dejamos atrás. Hay un objeto común a los diferentes personajes, un escritorio de diecinueve cajones que dicen perteneció a Lorca, un mueble que influye en la forma de las habitaciones, en las emociones de sus diferentes dueños, su presencia que trastoca la habitación donde está, su ausencia que aumenta el vacío de los personajes, la huella de algo real que ha desaparecido. Uno de los cajones del escritorio está cerrado, no hay llave, no se puede acceder a él. Krauss habla de la memoria y los recuerdos, de todo aquello que guardamos y cómo hay partes a las que no podemos llegar, que nos son vedadas, sólo podemos verlas de manera incompleta y extraña. Los distintos narradores se preguntan por la vida de sus mujeres, hijos, amantes, sólo tocan la superficie, se saben incompletos, intuyen que, como el escritorio, hay cajones cerrados que nunca podrán abrir. 

Lo que me gusta de Nicole Krauss y me hace buscar sus libros y leerlos con calma es su forma de hablar de la memoria y la pérdida, del dolor y ese punto de intersección entre dos personas siempre incompleto, de la mirada interior y exterior que se encuentra con grietas y espacios sin definir. Todo aquello a lo que no podemos acceder. Todo lo que dejamos atrás. Los espacios en blanco.



No obstante, me enseñaste algo sobre la muerte. Me transmitiste la información de un modo sutil, casi furtivo, sin que me diera cuenta. Un día, al poco de que me preguntaras si ibas a morir, te oí hablar en la habitación contigua: Cuando hayamos muerto tendremos hambre, dijiste. Así de rotunda fue la afirmación; luego seguiste tarareando desafinadamente y moviendo tus cochecitos por el suelo. Pero aquellas palabras siguieron resonando en mí. Me parecía que nadie había acertado a sintetizar la muerte de un modo semejante: un interminable estado de anhelo sin la menor esperanza de concretización. Casi me asustaba la serenidad con que te enfrentabas a algo tan atroz. Cómo ponderabas la cuestión y, en la medida de tus posibilidades, le dabas vueltas hasta encontrar una forma de lucidez que te permitiera aceptarla. A lo mejor atribuyo un significado excesivo a las palabras de un niño de tres años. Pero, por muy fortuitas que fueran, había en ellas una innegable belleza: en la vida nos sentamos a la mesa y nos negamos a comer, y en la muerte permanecemos eternamente hambrientos.

( ... )

Te enamoras y es entonces cuando empieza el esfuerzo: día tras día, año tras año, debes desenterrarte a ti mismo, exhumar el contenido de la mente y el alma para que el otro pueda examinarlo, a fin de que puedas darte a conocer, y también tú debes pasar días y años descifrando cuanto el otro ha excavado sólo para ti, la arqueología del ser.
Nicole Krauss
La gran casa (traducción de Rita da Costa. Salamandra)


Tags: la gran casa, nicole krauss, Rita da Costa, Salamandra

Publicado por elchicoanalogo @ 16:13  | Libros...
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Martes, 09 de octubre de 2012

Me pregunta dónde quiero ir. Descubro una pequeño quiosco en la plaza y lo señalo con el dedo. Nos acercamos en silencio. Era otoño, hacía frío, la estela de vapor de mi boca, el mapa del metro en un bolsillo, la mochila roja en una consiga de la estación. Llegamos al quiosco, una librería de segunda mano. Veo libros de Thompson, Shepard, Mas Alcaraz. Abro algunos al azar, busco huellas de sus antiguos dueños, una dedicatoria, un marcapáginas, un billete de avión o una postal, la confluencia del espacio y tiempo. Me llevo un par de libros. Me sorprenden el orden y la luz de la librería. Acabamos en un parque con un templo egipcio. Nos sentamos y observamos los tejados de la ciudad. Seguimos en silencio.

Vuelvo a encontrar el libro de Mas Alcaraz en la librería de viejo de la estación. Hojeo algunos poemas y lo dejo en la estantería. Me gusta la librería, está en la estación de tren de Bilbao, es pequeña, caótica, una mesa con columnas de libros inclinados, las estanterías de doble fondo, libros en el suelo, el dueño sentado en una silla de oficina que debe levantarse para dejarnos paso. No hay luz ni orden. Es el azar y la aventura. Un hombre llega con una bolsa de libros de viejas novelas del oeste.

Abro Cuatro amigos de David Trueba. Encuentro una fotografía en las primeras páginas. Mira a cámara en un gesto tranquilo, estudiado. Sonríe, los labios finos, las líneas de las mejillas, los puntos de luz reflejados en sus ojos. Lleva corbata, camisa blanca y pendientes en forma de corazón. Es una fotografía para la orla. Me pregunto cómo llegó la foto al libro, quién la dejó ahí, qué ocurrió para que yo tenga esa fotografía en la mano. No me pregunto quién es la mujer. Le doy la vuelta, Foto Vidal y una serie de números.

Leo Cuatro amigos, la fotografía como marcapáginas. Hay una historia detrás de esa fotografía y del libro de Trueba, pienso en un descuido, en una ruptura, en silencio, en aquellos objetos que dejamos atrás y que hablan de nosotros, en el frío de los muebles y los huecos. Cómo acabó esa fotografía en mis manos.



(coda)

Me deja las palabras de Levrero. Le digo que es eso, precisamente eso. No es lo primero que me descubre. Intersecciones en un mapa.

"Cita de la semana
Pero no estoy escribiendo para ningún lector, ni siquiera para leerme yo. Escribo para escribirme yo; es un acto de autoconstrucción. Aquí me estoy recuperando, aquí estoy luchando por rescatar pedazos de mí mismo que han quedado adheridos a mesas de operación (iba a escribir: de disección), a ciertas mujeres, a ciertas ciudades, a las descascaradas y macilentas paredes de mi apartamento montevideano, que ya no volveré a ver, a ciertos paisajes, a ciertas presencias. Sí, lo voy a hacer. Lo voy a lograr. No me fastidien con el estilo ni con la estructura: esto no es una novela, carajo. Me estoy jugando la vida.

MARIO LEVRERO, “Diario de un canalla”, relato incluido en el libro El portero y el otro"


Tags: mario levrero, diario de un canalla, hammock, el portero y el otro

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Lunes, 08 de octubre de 2012

Toca algunos libros de la estantería, escoge aquellos que le llaman la atención, me pregunta qué me parecen, a veces tiene que levantar la voz para que le haga caso, ella en la sección de novela (los libros desordenados), yo en poesía (las estanterías semi vacías). Hace un par de años vestía de negro, la piel pálida, el gesto cansado, las gafas de sol en noviembre. Se acerca, sonríe y me pregunta si he encontrado algo interesante. Me encojo de hombros, le enseño el poemario de Auster recién editado, leemos uno de sus poemas y negamos con la cabeza. Tenemos un pequeño ritual, abrimos un libro por la página 99 y leemos los primeros párrafos. A veces uno de los dos se lleva ese libro. Me habla de los poemas de Anay y me dice que le gustaría hacerse un par de camisetas con sus poemas.

Pienso en su idea, camisetas y poemas, y en la imagen de un mapa con la leyenda volver no es regresar.


Los lunes de Anay. Servidumbres de paso...

A Elena Sagredo y Rafael Ochoa. Buenos vientos y mares de popa.


"De todo esto yo soy el único que parte"
                                                            CÉSAR VALLEJO


PRIMER VOLUMEN DE MI VACIEDAD

Pensar que desde ahora
quien lea estas palabras
cruzará por mi vida
como quien pasa hojas
de un libro todo en blanco
como un pájaro siente
la inmensidad del cielo
si descubre que es pasajero todo
como una vez un libro que escribí
para encontrarme a alguien frente a frente.

                                                         JOSÉ LUIS GONZÁLEZ-URBIOLA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay



Tags: Anay Sala Suberviola, César Vallejo, González-Urbiola, Kansas

Publicado por elchicoanalogo @ 16:36  | Los lunes de Anay
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S?bado, 06 de octubre de 2012

Esta mañana era distinta. Un poco de nieve
en el suelo. El sol flotando en el cielo claro y azul.
El mar azul y luego azul verdoso
hasta donde alcanzaba la vista.
Apenas agitado. En calma. Me vestí y salí
a dar un paseo, decidido a no volver
sin haber obtenido lo que la naturaleza me ofrecía.
Pasé junto a unos árboles viejos, curvados.
Crucé un prado salpicado de rocas
en las que se amontonaba la nieve. Seguí
hasta llegar al acantilado.
Desde allí miré el mar, el cielo y
las gaviotas girando en círculo sobre la playa blanca
allá abajo. Todo encantador. Todo bañado en una luz
fría y pura. Pero, como siempre, mis pensamientos
empezaron a dispersarse. Tuve que obligarme
a ver lo que estaba viendo
y nada más. Tuve que decirme a mi mismo esto es lo que
importa, no lo otro (¡y lo logré
durante uno o dos minutos) Durante un par de minutos
aquello se impuso a las preocupaciones habituales sobre
lo que va bien y lo que va mal: obligaciones,
recuerdos emotivos, pensamientos sobre la muerte, o cómo debo tratar
a mi primera mujer. Todas estas cosas
que esperaba que desaparecieran esta mañana.
El género con el que convivo cada día. Que
he pisoteado para poder sobrevivir.
Pero durante uno o dos minutos me olvidé
de mí mismo y de todo lo demás. Sé que lo hice.
Porque cuando me di la vuelta no sabía
dónde estaba. Hasta que surgieron unos pájaros
de los árboles nudosos. Y volaron
en la dirección que yo necesitaba que volaran.
Raymond Carver
Esta mañana (traducción de Jaime Priede. Bartleby Editores)



This Morning

This morning was something. A little snow
lay on the ground. The sun floated in a clear
blue sky. The sea was blue, and blue-green,
as far as the eye could see.
Scarcely a ripple. Calm. I dressed and went
for a walk -- determined not to return
until I took in what Nature had to offer.
I passed close to some old, bent-over trees.
Crossed a field strewn with rocks
where snow had drifted. Kept going
until I reached the bluff.
Where I gazed at the sea, and the sky, and
the gulls wheeling over the white beach
far below. All lovely. All bathed in a pure
cold light. But, as usual, my thoughts
began to wander. I had to will
myself to see what I was seeing
and nothing else. I had to tell myself this is what
mattered, not the other. (And I did see it,
for a minute or two!) For a minute or two
it crowded out the usual musings on
what was right, and what was wrong -- duty,
tender memories, thoughts of death, how I should treat
with my former wife. All the things
I hoped would go away this morning.
The stuff I live with every day. What
I've trampled on in order to stay alive.
But for a minute or two I did forget
myself and everything else. I know I did.
For when I turned back i didn't know
where I was. Until some birds rose up
from the gnarled trees. And flew
in the direction I needed to be going.


Tags: Esta mañana, Todos nosotros, Raymond Carver, Jaime Priede, Bartleby Editores, This Morning

Publicado por elchicoanalogo @ 23:53  | Raymond Carver
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Jueves, 04 de octubre de 2012

1.
Busco una tortuga. Llevo una carta en la mano y la mochila al hombro con media docena de libros,  un cuaderno de notas (viajar es tomar distancia con uno mismo), su letra redonda en una carta que me habla de flechas y montañas rusas y un mapa con una línea dibujada sobre una avenida. La línea une una habitación de hotel y una librería que fue un refugio antiaéreo y un videoclub porno. Guardo los mapas de mis viajes dentro de libros, tienen círculos y equis dibujados en nombres desconocidos que se convirtieron en cafeterías de dos pisos, copos de nieve negros, una plaza con naranjos, una mirada que parecía querer desentrañar una fórmula matemática o un palmeral. Echo la carta al correo y pienso en los extremos de una línea.


2.
Las piedras brincaban tres o cuatro veces sobre la superficie del agua antes de hundirse en el fondo del río Eo. Recuerdo el vuelo de las libélulas, las arañas de río a mi alrededor, el sonido de la pequeña cascada, la oscuridad del pozo al que no podíamos acercarnos. Atravesábamos los campos de trigo y los pastos hasta llegar a un recodo del Eo, mi padre con una caña en la mano y una cesta de mimbre al hombro. Me tumbaba en la hierba, observaba las casas en equilibrio sobre los montes, los campos segados, el ruido de un tractor, creía que el mundo de Mark Twain o H. G. Wells era posible. A media tarde escuchábamos las campanadas de la iglesia (la luz amarillenta sobre la hierba) y regresábamos a casa por un pequeño camino de tierra. Llevaba la cesta de mi padre, sentía el peso de las truchas y el olor del laurel. Dejaba la cesta en la cocina de leña y contábamos las truchas antes de que  mi tía las destripara con gestos firmes (las entrañas en el lavabo, la mirada de los gatos). Oscurecía tras la ventana. Aún quedaba la salida de la luna.


3.
Observo el escaparate de una tienda de regalos, mi imagen se mezcla en un punto con la calle y el interior de la tienda. Siento que soy la imagen en el cristal, el mundo que se despliega a mi alrededor, sin líneas en un mapa ni puntos de sutura, y me traspasa. Entro en la tienda y pregunto a la dependienta por tortugas. Me mira desconcertada, le aclaro que busco un collar, pendientes, platos, una figura, cualquier cosa con forma de tortuga. Entonces, mira al techo (observo su melena rizada y pelirroja, la mirada pensativa, la forma de sus labios), frunce el ceño y me dice que no. Salgo a la calle, el sol de septiembre sobre las azoteas de la ciudad. Llevo un libro con nombre de tortuga en mi mochila. Me pregunto si eso bastará para ampliar su colección. Pienso en el hueco que habrá dejado la tortuga que me regaló y cruzo el puente sobre la ría.


4.
Me siento en el suelo del balcón. Apoyo la espalda en el armario, cruzo las piernas, observo el horizonte a través de los barrotes blancos y espero la salida de la luna. Levanto la mirada y descubro a mi vecina en el balcón. Está de espaldas a mí, en silencio, los brazos sobre la barandilla, el pelo corto, la mirada perdida en los montes de la margen derecha de la ría. Durante unos segundos siento que algo me une a ella.
Estábamos frente a la casa encantada. Nos sentamos en el muro de piedra junto al camino de tierra, la luna a nuestra espalda y el viento en los campos sin segar. Observábamos los cristales rotos, las puertas de madera (se parecían a aquellas de los fuertes del oeste), las sombras tras las ventanas. Era una prueba. Queríamos saber quién se levantaría primero y huiría hacia la aldea y las farolas. Fijé mis manos en las piedras del muro, necesitaba algo que me atara a la realidad, que me ayudara a no caer en el juego de las sombras. Me habló de las historias sobre la casa encantada, de fantasmas,  extraños ritos nocturnos y antorchas en los pasillos desnudos. Quería ganar y que me viese como un muchacho valiente. La casa parecía moverse. Nos levantamos del muro y echamos a correr, las zapatillas sobre la tierra. No miramos atrás. Le pregunté por qué corría. Me contestó que porque yo lo hacía.


5.
Estoy de cuclillas frente a un escaparate. Por un momento mi pecho tiene forma de tortuga. Señalo una tortuga con un caparazón de colores y sonrío. La dependienta me dice que las tortugas traen buena suerte. Me gustaría decirle que yo soy una tortuga, tranquilo por fuera, mil emociones distintas por dentro.
Cruzo el puente sobre la ría. En aquellas tardes de río no imaginé que llegaría al norte argentino, que vería agujeros de bala en Novi Sad, que regresaría a aquel río como un fantasma, sin un nombre, sin nadie que me ubicara, que encontraría el fin del mundo en tres lugares diferentes, que sentiría el peso de aquellos viajes en una mochila roja y que descubriría el camino de la tortuga.



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Martes, 02 de octubre de 2012

no es tu corazón  
con los brazos extendidos  
sobre el agua  
haciéndose el muerto  

no es lo que perdí de ti  
es lo que perdí de mí

es tener nada

estar en el centro y tener nada
entre las sillas
entre el mecanismo de los astros
Isabel Bono
Todo lo que deseo me cabe en la boca (En Los días felices. Celya)


Tags: Isabel Bono, Los días felices, Celya

Publicado por elchicoanalogo @ 18:50  | Isabel Bono
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En septiembre me reencontré con Murakami. Baila, baila, baila me atrajo por sus tiempos muertos, los momentos donde el narrador mira alrededor y cuenta lo que ve y lo que siente, una nevada, la lluvia, la costa hawaiana o los gestos de una adolescente de trece años capaz de ver más allá de la realidad. Estaban los elementos esperados en Murakami, el cruce entre sueño y realidad, la voz nostálgica y pausada de un narrador perdido, la música y las desapariciones. Tardé varios días en abrir otro libro. A veces una lectura me deja en silencio.

También volví a la voz entrañable y aventurera de Willian Saroyan y la intimista de Nicole Krauss. Los relatos de Saroyan me recordaron a las películas de Frank Capra o al Steinbeck de Tortilla Flat, la vida de los armenios instalados en el oeste americano, unos personajes pintorescos, el tiempo que avanza de otra manera, el muchacho protagonista que se toma la vida como una aventura. La gran casa de Krauss es una intensa, profunda e íntima historia sobre el dolor, la memoria, las relaciones amorosas y familiares. Krauss escribe con pausa, deja que se desarrolle la historia con tranquilidad, da la voz a diferentes personajes, cada uno con una herida, con una fractura dentro de sí.

La luz de la mesita de noche de Pardo Vidal me sacó una sonrisa, me hizo enamorarme de la protagonista, Pi, me habló de amor, distancias, matemáticas, gatos, los objetos que nos rodean y una mujer con los brazos en cruz en la Gran Muralla china.

Hubo nuevas voces, Jergovic y Rinnekangas. En Freelander, Jergovic escribe sobre un viaje de regreso de un viejo profesor y aprovecha ese viaje para contarnos los cambios en la antigua Yugoslavia. Su voz es irónica, febril, con un matiz de tristeza por una tierra extraña. Rinnekangas se detiene en ese primer verano de la adolescencia donde todo cambia y damos el primer paso en el mundo de los adultos. Me gustó su escritura cristalina e intimista, su forma de acercarse al sexo y la muerte.

Entre lecturas, los poemas de Iribarren, un par de cuentos de Macleod, un par de libros iniciados y abandonados en las primeras páginas, el silencio tras Baila, baila, baila. Mi lectura actual, Los días felices, de Isabel Bono.


Freelander - Miljenko Jergovic  
Baila, baila, baila - Haruki Murakami
La luna se escapa - Rax Rinnekangas
Me llamo Aram - William Saroyan
La luz de la mesita de noche - Juan Pardo Vidal
La gran casa - Nicole Krau
ss  

 


Tags: Miljenko Jergovic, Haruki Murakami, Rax Rinnekangas, William Saroyan, Juan Pardo Vidal, Nicole Krauss

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Lunes, 01 de octubre de 2012

Abandonó Uruguay hace nueve años. Llevaba meses sin cobrar, el marido en el paro, los hijos pequeños, el país en quiebra. Armaron las maletas e iniciaron una nueva vida en España. Apenas levanta la voz al hablar y se sonroja cuando no entienden alguna de sus expresiones. Sonríe cuando digo lindo, plata o dibujo en el aire un mapa del norte argentino y coincidimos en que no hay carne como la argentina o uruguaya.

Me habla de aquellos meses de espera antes de hacer las maletas y emigrar, de una reunión con el cónsul español para salvar un hospital del cierre y cómo ese hospital pasa a manos de los trabajadores, de las distintas casas y trabajos en Bilbao, de una habitación siempre disponible para uruguayos y argentinos sin recursos, de su padre gallego y creyente. Su marido y ella han salido adelante. Ahora no sabe si volver a Uruguay.

Nuestras conversaciones me recuerdan las esperas en los aeropuertos, dos desconocidos que hablan con sinceridad de sus vidas porque sienten que esas palabras son estelas suspendidas en el aire unos segundos antes de desaparecer.


Los lunes de Anay. Deconstrucción...

A la memoria de Fernando G. Mantilla, director de cine exiliado en México.


"Sí, fue un malentendido.
Gritaron: ¡a las urnas!
y el entendió: ¡a las armas! -dijo luego."

                                                         ÁNGEL GONZÁLEZ



MIEDO DE LA SELVA

Este poema empieza con un árbol
que brotó de repente, en una sola tarde,
que en una sola tarde nos sacaba una cuarta,
que en una sola tarde era frondoso,
femenino, fecundo,
porque midió los pasos intermedios
entre nosotros dos.
Y así arraigó en el centro,
en el núcleo exactísimo
de lo que nos separa a ti y a mí.
Tú dijiste algo más y otro árbol subió
del suelo, sorprendido, como si no entendiera
su profesión de aumento.
Y de pronto teníamos un bosque,
que es mucho más que la simple adición
de aquel árbol con este otro y con otro y con otro más.
Y ya es extraño
porque también hay bosques de bambú.
Lo que uno no entiende es cómo arraiga
y a qué velocidad
esa selva de los malentendidos.

                                               MARIO CUENCA SANDOVAL





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Ángel González, Mario Cuenca Sandoval, John Lennon

Publicado por elchicoanalogo @ 17:57  | Los lunes de Anay
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