Martes, 06 de noviembre de 2012

Vacío los bolsillos sobre la mesa. Un mapa y billetes del metro, una servilleta roja con su letra y una dirección de una escuela de teatro, un reproductor de música, monedas, un folleto de una tasca de comida vasca, un par de caramelos y una pequeña piedra con forma de bumerán, su curva se acomoda a la yema de mi dedo pulgar, es suave y fría. Cada objeto es una estela.

Pierdo el horizonte de vista. Miro alrededor y el mundo se ha convertido en puntos de luz, las líneas de las farolas sobre la calle, las luces intermitentes de los coches, las ventanas que se iluminan por unos segundos antes de volver a apagarse. Siempre creo que hay una vida interesante detrás de las ventanas iluminadas. Busco estrellas entre los claros del cielo. No hay sonido (no hay luciérnagas en el camino), sólo movimientos mudos de luz y sombra. Me extraña ese movimiento silencioso. Abro la ventana y escucho el pequeño eco de la ciudad a medianoche. Por un instante siento que no hay huecos dentro de mí.

Me acerco a los objetos sobre la mesa. Guardo la servilleta dentro de las páginas de Rock Springs, tiro a la papelera el folleto de la tasca y leo las diferentes estaciones en los billetes de metro (en uno de los trayectos, una adolescente con un corazón pintado en la mano, el centro del corazón gris, el borde verde y un nombre en negro: Mel). Apago las luces de la habitación, sólo queda el reflejo de las farolas y las ventanas en las paredes. Cada día renuncio (a ti).


El tiempo,
la templaza,
cifran mi voluntad.

Pero mi corazón
cabalga solo.
Anay Sala Suberviola


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