Martes, 13 de noviembre de 2012

Cierro el paraguas con suavidad. Cae una lluvia fina y quiero mojarme, siento el camino que recorre en mi cara. Algunas gotas se cuelan entre la ropa y mi piel e imagino líneas de lluvia sobre mi cuerpo. Rodeo los charcos, la mochila en una mano, el paraguas en la otra. Observo mi sombra en el suelo y parezco un espantapájaros desubicado. 

He aprendido a moverme por la ciudad. Dibujo tres líneas en mi cabeza que cruzan río rosas, la castellana y maría de molina. Apenas noto la mochila roja en mi hombro. Me extraña su ligereza, siempre busco llenarla de libros, mapas, regalos y ropa para sentir su peso. En los semáforos me entretengo con la luz de las farolas sobre el asfalto mojado.

Por un momento creo verla. Entonces, me detengo y miro alrededor. Estoy frente a un starbucks y una pequeña cafetería de dos pisos. En este espacio, en otro tiempo, ella tras las gafas de sol, nuestro silencio incómodo y el frío de diciembre. Hay lugares donde me esperan recuerdos. Subo por la cuesta de maría de molina y la mochila pesa de una manera extraña.

Me siento en los escalones de la estación de avenida América, veo pasar a unas chicas vestidas a la moda de los años veinte. Sonrío con los vestidos de lentejuelas, las cintas en el pelo que sujetan plumas negras, los labios rojos y la piel pálida y pienso, que, tal vez, algún día pueda descubrir el misterio del espacio y el tiempo divididos.


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