Martes, 20 de noviembre de 2012

Le hago una foto junto al nombre del pueblo. Anochece, tengo que jugar con el diafragma y el obturador de la cámara. Miro a través del visor, lleva un vestido azul y rojo (ella dice que es un vestido etéreo), un chal blanco sobre los hombros, las gafas de sol en la mano. Posa como una modelo publicitaria y sonríe despreocupada. A su espalda, las farolas encendidas, el camino estrecho, los vecinos sentados en sillas a la puerta de sus casas. A mi espalda, una carretera secundaria junto a un río, los faros de un coche sobre el asfalto, los túneles bajo las montañas.

Paseamos por las afueras del pueblo. Me habla de los animales que cuidó en su infancia, de las casas donde creció tan parecidas a las que dejamos atrás, de aquel tiempo antes de cruzarnos por primera vez y que reconstruye para mí cada vez que nos encontramos. Sus espacios en blanco. Llegamos a un campo con porterías de madera. Se aparta del camino y entra en el campo. Observa el cielo. Levanta los brazos y se los lleva a la cabeza, es un gesto de sorpresa y emoción. Cuando la alcanzo me dice que nunca había visto un cielo tan estrellado. Sigo su mirada, busco la osa mayor y se la señalo. Ella está feliz por ver las estrellas, yo recuerdo otros cielos, el camino blanco de la vía láctea, las estrellas fugaces y los deseos igual de fugaces, las luces de las luciérnagas como pequeñas constelaciones terrestres, las tiras negras de la caña de azúcar entre las estrellas, la cruz del sur.

Un caballo pasta tras una de las porterías. Me quedo en silencio, el caballo arranca hebras de hierba, mueve la cabeza, a veces parece observarnos. Me pregunto si extrañará la niebla.


Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios