Jueves, 22 de noviembre de 2012

En La ciudad, Mario Levrero construye una historia kafkiana y desasosegante, una especie de sueño extraño sin nombres ni límites en el que paisajes y personajes parecen descritos en blanco y negro. El narrador, una voz sin nombre, llega a su nueva casa, las paredes húmedas, los muebles colocados de extraña manera, el olor a cerrado, una especie de rompecabezas a medio hacer. Sale a la noche lluviosa, busca un almacén donde comprar algunos víveres, cree poder reconocer las calles y el camino pero se pierde en medio de la lluvia. Es un inicio extraño, la llegada a una nueva casa, el desasosiego por unos muebles desconocidos y colocados por los antiguos dueños, la salida en busca de un almacén, la noche y la lluvia que desorientan al narrador, ningún nombre que defina o describa ninguno de los lugares. Es como un mapa sin nombres.

La ciudad sigue con el mismo tono hasta el final, el narrador perdido, desubicado, se deja llevar por inercia. En medio de la noche lluviosa sentirá el ruido de un camión, hará señales para que pare e iniciará un viaje inesperado a lugares y personas desconocidos. Mojado y desorientado, el narrador comparte cabina con un camionero huraño y una mujer que lo increpa a la vez que busca su contacto. Fuera del camión está oscuro, no hay un lugar que sitúe al narrador, que le dé un lugar o un nombre.

El camionero abandona a la mujer y narrador en medio de un camino desconocido. Llegan a un extraño pueblo al que llaman la ciudad, un pueblo alejado de cualquier ruta con un almacén, una zapatería, un bar, una estación de servicio, algunas casas en ruina. Parece un pueblo fantasmal o un espejismo. El relato crece en inquietud y tensión, el narrador parece atrapado en una telaraña formada por los lugareños, por un pueblo desértico con unas reglas peculiares, con casas de escaleras y pasillos laberínticos que parecen guardar un inquietante misterio. La narración mantiene ese tono de sueño del que ni podemos despertar ni conocemos sus reglas.

Hay momentos inquietantes, el narrador rodeado de mapas y libros escritos en un idioma extraño, una habitación a la que no debe entrar, la desaparición de la mujer que le acompañaba y que le hace sentirse libre y a la vez atrapado en su recuerdo y su búsqueda, una estación de servicio con múltiples caras, ningún nombre que lo ubique, caminos de tierra, armas mentalmente la imagen del pueblo y sólo puedes imaginarlo polvoriento y en blanco y negro. El narrador parece perdido en una pesadilla de la que no sabe despertar.

Levrero construye una historia kafkiana, seguimos al narrador en su viaje sin nombres y, como él, sólo queremos un lugar, un nombre conocido, algo que nos diga dónde estamos para poder reanudar el camino y regresar.



La casa, al parecer, no había sido habitada ni abiertas sus puertas y ventanas durante muchos años.
El interior estaba en orden, aunque adecuado al gusto y las necesidades de los anteriores habitantes -equivalente, para mí, a un desorden-. Pero, quiero decir, no había objetos tirados en el suelo, y los muebles, en lugares que si bien podrían no ser los indicados para mi comodidad, no estorbaban el paso, ni ocupaban posiciones sin sentido (como suele ocurrir, de encontrar una mesa de luz con la puerta vuelta hacia la pared, o una cómoda colocada de tal modo junto a otro mueble que resulta imposible abrir sus cajones.
Quizá antes de entrar, en el momento de abrir la puerta, noté la humedad; las paredes y el techo goteaban, todas las cosas estaban húmedas, como cubiertas de baba, el piso resbaloso. Y el aire enrarecido, con olor a cerrado y a larga ausencia de seres humanos.

( ... )

Sucede que ves las cosas desde tu punto de vista, y cuando crees que algo es de una manera determinada no puedes admitir que, en la realidad, pueda ser de otro modo. -Volvió a adoptar esa expresión de profunda sinceridad, mirándome a los ojos-. Ves, por ejemplo, ese árbol; y estás convencido de que el viento trajo una semilla y allí creció, y que el año pasado estaba allí, y el anterior, y que siempre estuvo allí ese árbol. No se te puede ocurrir que, por ejemplo, pueda alguien haberlo trasplantado, porque no te parece lógico que alguien se tome el trabajo de trasplantar un árbol común, como hay tantos, hasta este sitio, donde, en apariencia, no cumple ninguna función, donde nadie repararía en él, ni podría distinguirlo de los otros árboles que crecen en gran cantidad cerca de la carretera. Pero, sin embargo, alguna función cumple el árbol: ya ves que me ha servido para explicarte cómo puedes estar equivocado en tu manera de pensar. Este hecho, ¿no justificaría que alguien (yo misma, por ejemplo, de haber tenido oportunidad) se tomara el trabajo de trasplantarlo a este lugar? ¿Y cómo puedes saber si he tenido o no oportunidad de hacerlo?
Mario Levrero
La ciudad (Plaza & Janés)


Tags: la ciudad, Mario Levrero, Plaza Janés

Publicado por elchicoanalogo @ 17:41  | Libros...
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