Viernes, 23 de noviembre de 2012

El viento levanta las hojas del suelo, es un movimiento rápido, desenfoca los colores, se confunde el rojo con el amarillo y el gris. Entro en el parque y escucho el crepitar de las hojas, su sonido me recuerda el mar en calma o los grillos en las noches de verano. Un hombre apilas las hojas alrededor de los árboles, llego a uno de los montones y meto los pies en él, mis pies desvanecidos o transformados en hojas secas.

Me siento en uno de los bancos. Las hojas caen de los árboles, se mueven por las avenidas, se detienen en las patas de los bancos o en el muro de cemento que rodea el parque. Saco de la mochila un cuento de navidad de Auster, leo las primeras líneas, las ilustraciones de Isol para el cuento, un joven con camisa, las calles de la ciudad, fotografías, un hombre diminuto en una máquina de escribir, relojes, una cafetería, postales, un anciana ciega, un abrazo entre la anciana y el joven. Me fijo en lo que no hay, papá noeles, calles nevadas, chimeneas, regalos.

Se ilumina la esfera del reloj del parque. Parece una pequeña luna llena. Guardo el libro en la mochila, doy un último vistazo a las hojas y salgo del parque. Una niña señala la luna creciente en el cielo, le pregunta a su madre por el trozo que falta, cree que está rota. Camino en silencio y pienso que la niña tiene razón, que la luna está rota, que los pies pueden estar hechos de hojas secas, que en los cuentos de navidad no tiene por qué haber calles nevadas, que dentro de mí hay un mapa único en el que confluyen cientos de líneas.



He recorrido un largo camino,
el frío penetra mi ropa gastada.
Esta tarde el cielo está despejado,
¡cómo me duele el corazón!
Seihaku Irako (traducción Marina Bornas Montaña)


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