Martes, 27 de noviembre de 2012

Deja su bolso a un lado de la butaca, se quita el abrigo y me mira sorprendida, por primera vez se ve reflejada en mí. Nos abrazamos, juntamos nuestras caras, el calor de su mejilla en la mía, mi mano en su cintura, hablamos en gallego, ella con su acento madrileño, yo con el mío vasco, hablamos de Kaurismaki, Isabel Bono y Guadalupe Grande. Su cara redondeada, sus ojos inquietos, los gestos rápidos de la mano, la palabra fácil, abarcadora, inteligente. Hace un leve gesto con la cabeza y me reconozco en ella. Yo también estoy sorprendido por verme reflejado en su cara.

De niño era una presencia inalcanzable, alguien que inventaba historias para nosotros en los caminos de tierra y polvo. Hablaba de un plató de cine y el rodaje de una película de Supermán, nos desvelaba el truco de magia de su vuelo y un romance con Christoper Reeve, cómo hablaban en francés porque era el idioma del amor. Yo me creía sus historias, como creía en Tom Sawyer o John Silver, como creía en las meigas y las luciérnagas. Quería vivir sus aventuras, enamorarme de una mujer y hablar con ella en francés, desentrañar el misterio que se esconde tras una bobina de cine, volar aunque sólo fuese un truco de magia.

Me acaricia la mejilla y se despide de mí. La veo salir por la puerta del hotel. En nosotros confluyen otras historias, los años de posguerra, la muerte de la madre, los hermanos mayores que ocuparon su lugar para los menores, las zocas de madera como regalos de cumpleaños y las tardes de costura y carpintería.




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