S?bado, 08 de diciembre de 2012

Dejo escapar una pequeña estela de vapor de mi boca. La luna menguante y algunas estrellas entre las nubes, la luz amarilla y roja de las farolas y los semáforos reflejada en el suelo mojado, el silencio de la madrugada y los charcos en el camino. Escondo las manos en los bolsillos y sonrío por el frío que agrieta mi cara. Encuentro una piedra en el suelo. Intentaba saltar sobre los charcos en la acera. La piedra brillaba por la lluvia caída, era pequeña, amarilla, con la forma de una huella dactilar. En la calle sólo estábamos la piedra y yo. Me agacho a recogerla, resbala en mi mano, está fría y mojada y siento que la luna, las estrellas, las farolas, la estela blanca en mi boca, los semáforos, los charcos, la piedra y yo formamos una línea en un mapa.




(coda)
Me llama desde una librería. Quiere que le recomiende poemas. Está delante de la sección de poesía, me dice que sólo hay una estantería con poemarios, siento la decepción en su voz. Encuentra un poemario de Kirmen Uribe y su voz se transforma en sorpresa y calidez, parece una niña que acaba de encontrar el mapa del tesoro. Hablamos de Pizarnik y Ángel González (busco en mis estanterías un poemario de Ángel González, lo abro por una de las páginas marcadas, habla de diciembre e invierno). La imagino detenida delante de la estantería, el móvil en una mano y la mano libre acariciando el lomo de los libros.


Hay un mapa con una línea dibujada a bolígrafo entre dos puntos. Es la distancia entre nosotros. Cuando nos movemos (Vigo, Madrid, Elche) la línea crece y se desdobla en nuevas líneas.


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