Domingo, 09 de diciembre de 2012

Todo lo que tengo lo llevo conmigo. O: todo lo mío lo llevo conmigo. Así se inicia la dura novela de Herta Müller sobre los campos de trabajo rusos. El narrador, un alemán rumano, se despide en el primer capítulo de su familia y su ciudad, de los gestos y actos cotidianos, de los secretos, los encuentros en los parques y saunas con otros hombres, y sube en un tren con tantos otros compatriotas con una secreta impaciencia y una esperanza extraña. Lleva consigo una maleta con ropa y una frase de su abuela: sé que volverás. Un adolescente, un destino incierto, el encierro y los campos de trabajo. Herta Müller construye una historia sobre el dolor, el horror, el hambre, la supervivencia, los ecos de la segunda guerra mundial y la muerte. Y lo hace de manera dura, seca, densa, sin concesiones.

Cada capítulo de Todo lo que tengo lo llevo conmigo parece la descripción de una fotografía. Müller habla del ángel del hambre y la pala del corazón, del tedio tras las largas jornadas de trabajo, el cemento que se pega a la piel, las chimeneas, buhonear con trozos de carbón, las plantas, semillas y ardillas para aplacar el hambre, el rancho de sopa y pan duro, la época de pielyhueso, la quietud de los muertos, el hogar cada vez más lejano y el tiempo que se desvanece. Son fotos fijas, una mirada detenida sobre el horror, el sometimiento y la desnudez sobre otro ser humano hasta convertirlo en alguien que sólo es hambre y huesos y no piensa más allá de un caldo aguado y sobrevivir hasta el siguiente día.

La voz del narrador está desnuda de cualquier afectación, se asemeja a una cámara que recorre aquello que le rodea e intenta reproducirlo sin subrayados. Es uno de los puntos que más me sorprendieron de Müller, su capacidad para fotografiar el horror y que sea el lector sea quien ponga los adjetivos a lo que está leyendo. A lo largo de los capítulos (las fotografías) el adolescente narrador intenta mantenerse en pie, adecuarse al campo de trabajo, a las nuevas reglas, a un paisaje e idioma desconocidos, habla de los compatriotas con privilegios y su mirada de superioridad, de una mujer loca que no sabe dónde está o qué ocurre a su alrededor, de un matrimonio donde el hombre roba el pan a la mujer, de las enfermedades y la vejez adelantada, de la espera del regreso a casa. Hay un par de momentos de paz, la voz de su abuela y su sé que volverás, un pañuelo que le regala una mujer rusa y que esconde en su maleta, la blancura del pañuelo parece incongruente entre el cemento y el hambre. El regreso a casa es silencio, el silencio de la familia que no pregunta por lo vivido, el silencio que rompe el narrador al comprar el primer cuaderno para decir yo estuve allí.

La escritura de Herta Müller no hace concesiones, es una lucha y un puñetazo en el pecho, una fotografía del horror.



Todo lo que tengo lo llevo conmigo.
O: todo lo mío lo llevo conmigo.
He llevado todo lo que tenía. No era mío. Era o algo destinado a otras finalidades o de otra persona. La maleta de piel de cerdo era la caja de un gramófono. El guardapolvo era de mi padre. El abrigo de vestir con el ribete de terciopelo en el cuello, del de vestir con el ribete de terciopelo en el cuello, del abuelo. Los bombachos, de mi tío Edwin. Las polainas de cuero, del señor Carp, el vecino. Los guantes de lana verdes, de mi tía Fini. Sólo la bufanda de seda de color burdeos y el neceser eran míos, regalos de las últimas navidades.

( … )

Pequeños tesoros son aquellos en los que pone: Aquí estoy.
Más considerables son aquellos en los que pone: Te acuerdas.
Pero los tesoros más bellos son aquellos en los que pondrá: Yo estuve allí.
En los tesoros tiene que poner ESTUVE ALLÍ, decía Tur Prikulitsch. Mi nuez subía y bajaba bajo la barbilla como si me hubiera tragado el codo. El barbero decía: Aún estamos aquí. Lo quinto viene después de lo noveno.
Herta Müller
Todo lo que tengo lo llevo conmigo (traducción de Rosa Pilar Blanco. Ediciones Siruela)


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Publicado por elchicoanalogo @ 17:12  | Libros...
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