Viernes, 14 de diciembre de 2012

Sueña con su madre. Se entretiene con las piedras y flores del camino, levanta una gran polvareda con sus saltos, me dice que la luz parece desplazarse a cámara lenta sobre los prados y que en ese instante del sueño se siente feliz. Se acerca al río y descubre una sombra en la otra ribera. Sabe que esa sombra es la de su madre (la sombra tan negra como su vestido) y corre hacia el puente. Le pregunto qué ocurre después. Me dice que espera, sólo espera, y que siempre se despierta sin haber podido ver la cara de su madre.
De niño me daba miedo cruzar ese puente de apenas cinco metros de largo. Suspiraba, cerraba los puños y corría hasta sentirme a salvo. Creía que se hundiría a mi paso o que acabaría en alguno de los pozos negros bajo el puente. Corría por mi vida. Con el tiempo aprendí a detenerme y mirar desde el puente.
Si ahora cerrase los ojos me vería en mitad del puente, las manos en la barandilla y la mirada perdida en truchas, libélulas y arañas de río y recordaría la sensación de ser un fantasma sin nombre; si ahora cerrase los ojos regresaría a los saltamontes que huían a mi paso, los recodos del río donde ponía a refrescar una cesta de mimbre llena de cervezas, la roca junto al puente de Os cangos, el sonido estival del viento, los pájaros y los grillos y el eco metálico de una guadaña contra la hierba; si ahora cerrase los ojos me sorprendería por los gestos de las lavanderas al golpear la ropa contra el río, olería a hierba seca, escucharía el ruido de los tractores y recordaría cómo hace ocho años esperé por ella en ese puente a la sombra de su sueño.



(coda)
Fue por su voz. Encontró Mientras tanto cógeme la mano en las estanterías y su voz se convirtió en sorpresa y calidez, como si hubiese encontrado algo extraviado tiempo atrás. Necesitaba descubrir qué había iniciado el cambio de su voz. Leí el poemario de Uribe en una sala de espera, pasaba del euskera al español, jugaba con el ritmo diferente y las palabras transformadas, leía haizea (viento) y mi voz susurraba.
Ella me habla de poemas norteños y yo asiento.



Mientras tanto cógeme la mano, decía,
no quiero promesas, no quiero disculpas,
tan sólo un gesto de amor
(Kirmen Uribe)


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