Jueves, 20 de diciembre de 2012

Isabel vive con su gata y sueña con Amsterdam, le gustan las tiendas de segunda mano, compra ropa y objetos con otras huellas, postales con pequeños mensajes escritos y fotografías de otros tiempos que invitan a inventar historias de amores imposibles y pérdida, restaura libros en la biblioteca (parece que vive en dos tiempos, su presente y el pasado de cada objeto que colecciona y arregla), mira alrededor y se fija en los cuervos, la luz entre los árboles, el baile de las hojas con el viento, las caras de quienes se cruzan con ella, está enamorada de Spoke, un compañero de trabajo, desayunan juntos, en silencio, están conectados pero no saben cómo romper ese silencio. Glaciares te atrapa con la voz íntima, pausada y desnuda de Alexis M. Smith, con la mirada alrededor de su protagonista Isabel que influye en su mirada interior, con imágenes de glaciares, árboles, montes norteños, mensajes en galletas de la suerte o postales, con dos caminos que se cruzan en silencio.

Alexis M. Smith escribe un día en la vida de Isabel, mezcla espacios y tiempos, los recuerdos de su infancia en Alaska se inmiscuye en su trabajo en una biblioteca o su callejeo por tiendas de segunda mano en la ciudad. A imágenes de glaciares le suceden el descubrimiento de unas fotografías antiguas que salvar del olvido, la luz de la mañana en la ciudad, las palabras de sus padres, la mirada silenciosa de su compañero Spoke, los objetos que parecen entrelazar tiempos y dimensiones en un punto. Glaciares es una mujer que se detiene para descubrir qué se esconde en aquello que nos rodea.

Cada capítulo de Glaciares es una fotografía de un recuerdo, un anhelo, un sueño o un árbol. La voz de Smith se detiene en los detalles que pasamos por alto en una primera mirada, compone un mundo donde la protagonista intenta descubrir su lugar en el mundo, las emociones que le habitan, la verdad de un amor, las decisiones a tomar cuando nos encontramos en una encrucijada de caminos. Alexis M. Smith compone una historia delicada, queda, cristalina, una de esas historias que cala poco a poco, que te deja en silencio.

Hay escenas emotivas, encontrar una fotografía antigua en una feria, el ruido de los glaciares, una ballena perdida, los árboles de ciudad, un encuentro casual en un restaurante vegetariano (un amor que crece en silencio), libros viejos a la espera de ser arreglados, cuervos que irrumpen en un sueño. Todo es sutil en Glaciares, tiene la magia de imágenes inolvidables e inesperadas, la belleza de una mirada revolucionada. Una de las sorpresas de este año.



De niña, en una pequeña ciudad de la ensenada de Cook en Alaska, vio volcanes en erupción, ballenas que migraban e icebergs que avanzaban por el mar antes de haber visto un rascacielos o lo que podría considerarse arquitectura. Tenía nueve años, y fue durante un viaje a casa de su tía con su madre y su hermana cuando visitó una metrópolis real por primera vez: Seattle. Lo asimiló todo: las torres edificadas y las naves industriales, las vías del tren y los puentes, los cafés de las aceras y las tiendas de barrio, y el perfil de la ciudad a lo largo de la Autopista 99, la manera en que la ciudad parecía elevarse desde Elliot Bay, reflejando los Montes Olímpicos a través del sonido. La amplitud y los detalles la abrumaron, pero enseguida le encantó la ciudad al igual que le encantaba el paisaje del norte. Las iglesias eran grandiosas y solemnes, como los glaciares, y las casas destartaladas le contagiaban de la misma sensación de tristeza que un conjunto de árboles pelados en invierno.

( … )

Ya en el exterior, a mediodía, Isabel siente el último aliento del verano sobre su piel. El murmullo de la biblioteca sigue en sus oídos, pero va quedando ahogado por el ruido de la ciudad. Huele a carritos de comida a varias manzanas de distancia, el aceite caliente y el ajo y la carne asándose que fluyen por el aire cada día laborable, mezclándose con las alcantarillas tibias y fétidas y el almizcle de gasoil quemado de los autobuses y las furgonetas de reparto, y por debajo de ello, cuando sus pies pisan la hierba que hay bajo los árboles, el olor a corteza húmeda y deterioro vegetal.
Lo inhala todo y se permite pensar en Spoke. Se imagina caminando con él así por la ciudad. Contándole cómo el olor del aire frío y las hojas y la gasolina le recuerdan a su primer día de colegio.
Es un extraño producto de enamoramiento, piensa, lo de querer contarle a alguien cosas prosaicas. Tomar conciencia de otra persona de repente te agudiza los sentidos, de modo que la atención se focaliza en las pequeñas cosas y el mundo parece ser más bello y complicado.
Alexis M. Smith
Glaciares (traducción de Mercedes Cebrián. Alpha Decay)


Tags: Alexis M. Smith, Glaciares, Mercedes Cebrián, Alpha Decay

Publicado por elchicoanalogo @ 2:02  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

aquí estoy, un gusto charlar ayer contigo. buen viaje hacia el norte, siempre.

marta

http://arponauta.blogspot.com.es/

Publicado por Invitado
Viernes, 21 de diciembre de 2012 | 11:47

Sí, fue realmente lindo hablar contigo (y abrir el poemario de Isabel y encontrarme la hojita con vuestras recomendaciones y los pezones y ombligos). Cariños desde el norte

 

 

Publicado por elchicoanalogo
Viernes, 21 de diciembre de 2012 | 19:18