Lunes, 31 de diciembre de 2012

Hace un año entré en una cafetería con una bolsa de libros. Me senté en la mesa e hice una pequeña torre, pasaba de un libro a otro, mezclaba voces y géneros. Abrí Pan comido y sentí que iba a ser una lectura íntima. Cerré el poemario de Isabel Bono sin saber que ese pequeño gesto iba a influir en el año que estaba por llegar.

De este año, los momentos duros, sacrificar a mi perro, ver su cuerpo empequeñecido en un agujero, las pesadillas posteriores; la semana en un hospital, la espera de los resultados, escribir durante siete días una cuenta atrás para no pensar de más, las conversaciones con mi padre y sentir, una vez más, que todo es frágil.

De este año, las sonrisas, los reencuentros y los viajes (Valladolid, Zaragoza, Madrid, Elche), volver a tener en mis brazos a un bebé de pocos meses (y las dos bebés sonreían y me acariciaban la barba), las tardes de librerías y cafeterías, los árboles, piedras, estelas de aviones y mapas de mis callejeos, seguir encontrando voces que me producen vértigo (Verde agua, Montedidio, Pan comido, Medidas cautelares, La sonrisa del camaleón), conocer a Isabel Bono (pájaros, grúas y saltos en los abrazos), Elena (emociona por cómo es ella) o Isabel Tejada (sus palabras y su mirada), que cada nueva persona haya traído miradas y mundos desconocidos que amplían el mío, estos lunes de Anay que me sacan una sonrisa y sus poemas que me dejan en silencio, los momentos de soledad donde sentía que todo estaba en su sitio.

Para el nuevo año, llegar al fin del mundo.


Los lunes de Anay. Éxtasis...

2013.

"Equivocar el camino
es llegar a la nieve."
                             FEDERICO GARCÍA LORCA



CAÍDA DE LA NIEVE

Jamás ha sido blanca:
en su origen empuja
sedimentos y tierra,
los negros, naturales
residuos de la vida.
No hay ninguna inocencia que perder,
la inocencia está al final de la escalada,
lo virgen es impuro, se construye.

La nieve necesita
del barrido interior de la palabra,
de su aguda atención, de su rastrillo
para tratar de ser
y sostener el blanco.

                               ANDRÉS NEUMAN



...Feliz lunes y feliz 2013.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Federico García Lorca, Andrés Neuman, Mecano

Publicado por elchicoanalogo @ 9:49  | Los lunes de Anay
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Domingo, 30 de diciembre de 2012

a)
Dejo el café junto al libro. Abro la página ciento uno de Cuanto más deprisa voy, más pequeña soy y leo, hacer como si fuera un árbol. Hojeo otras páginas, leo párrafos al azar, me encuentro con la voz de una anciana solitaria que intenta traspasar el umbral del mundo que le rodea y participar de él. Termino el café, nadie podría leer mi futuro en el poso de la taza.

b)
Salgo a la gran vía. Me dice que busca el sonido de la ciudad para hacerse con ella. La imito y escucho el ruido apagado del tráfico, el timbre metálico de una bicicleta, las gaviotas sobre los tejados, las conversaciones de móvil, los tacones en la acera. Luego me fijo en las caras, los edificios y la luz del atardecer. Es un primer paso.

c)
Llego al parque, el libro en la mano, las hojas secas bajo mis pies. Observo la copa de los árboles. Las ramas desnudas se entrelazan en líneas y curvas, apenas se ve el cielo (una estela de un avión, alguna nube que, cuando pasa, pasa como nube). Descubro una hoja solitaria entre las ramas invernales, parece un corazón atravesado por docenas de líneas. Miro alrededor y todo se ralentiza, la luz del atardecer, el sonido de la ciudad, la respiración em mi pecho. Tengo un libro en la mano y hojas secas a mis pies, no hay posos en mis tazas de café y un corazón traspasado por cientos de ramas tapa el cielo.

d)
Le digo que imagine el caparazón de una tortuga y, dentro, un caos de ramas.



Una cita. Por ejemplo aquí
en esta página en blanco.
Pensando sólo en las palabras precisas
que uno ha de pensar mientras espera.
Pensando sólo esas palabras.

Gente solitaria se amontona en los puentes
para beber
licores que habrían de beberse en compañía.

La tierra se mueve y puede que sea el metro.
O puede que haya un hipódromo bajo tierra.
De los ganchos de los camiones frigoríficos
penden chelos en vez de la usual carne de caballo.
Un mantel se alboroza un instante en el aire
justo antes de que dos personas lo extiendan sobre la mesa.

Es Navidad, piden auxilio
los osos de peluche
atrapados en las zarzas de los escaparates.

Mañana naufragará un velero en la galería de las pérdidas,
pero qué importa.

Vaho en la boca y percebes de hielo adheridos
a mi barba de varios días.
Todo un recordatorio, un detalle para no olvidar
que en estas calles, caminar y ser feliz
son la misma cosa.
Harkaitz Cano


Tags: Harkaitz Cano

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S?bado, 29 de diciembre de 2012

Primero fue la voz de Iribarren recitando sus poemas en un parque bajo la lluvia, luego sus dos últimos poemarios encontrados en una librería bilbaína y ahora, su poesía completa. Cada paso me acercó a un escritor que miraba alrededor y se detenía en el mundo tras la barra de un bar y las ventanas de una cafetería, en luces encendidas en la madrugada, en miradas de pérdida y decepción, en postales de otro tiempo y otras ciudades, en autovías, bocas de metro y la vida que no acaba de cuadrar.

Seguro que esta historia te suena recopila la poesía completa de Iribarren. Lo que me atrapa de su poesía es esa voz que reflexiona sobre el paso del tiempo, las personas que nos rodean y a veces no vemos, las ciudades por las que callejeamos, lo que esperábamos de la vida y lo que al final encontramos (entonces, en su voz hay amargor, desilusión, desnudez y, a veces, ternura). En los poemas de Iribarren se mezclan la lucha, la decepción, la soledad de la madrugada con los tiempos que han cambiado y sentirse perdido. Abrir una página de este poemario es estar en la ventana de una cafetería, ver el mundo pasar y asentir.



La chica de la marquesina

Sale de la marquesina y mira
hacia la izquierda;
vuelve y reinicia su pequeño
claqueteo nervioso.
No aguanta más, se muere, necesita
que llegue el autobús, la vida, todo
lo que ésta le tenga reservado.
Y lo necesita ya, ahora, esta noche de sábado.
Mañana es una entelequia, una ficción,
un planeta a años luz.
Y vuelve a salir y mira y se consume de deseo.
Es terriblemente desgraciada un segundo
y al siguiente -llega al autobús al fin- se ríe
y parece que amanece en el mundo.
Y yo la miro y pienso
que, aunque sólo fuera por eso,
por esa fuerza, por sentir
lo que ahora mismo está sintiendo ella,
merece la pena vivir.



Cosas de la edad

Cosas de la edad,
supongo:

te da
por mirar
atrás,
hacia tu vida,
y ves
que no ha sido
en el fondo
más que un puñetero
fraude.

Y después
-para joderlo
del todo-,
no se te ocurre
otra cosa
que mirar
hacia delante.



Vidas

Esta tarde, en el bar,
me has preguntado
que en qué estaba pensando;
yo te he dicho que en nada,
pero no era verdad.

                            Pensaba
en alguien que acababa de salir,
un tipo solitario, triste, gris,
como hay cientos en cualquier ciudad;
lo veía cenando unas horas después
en el típico bar desangelado de barrio,
bajo una luz enfermiza, hojeando
quién sabe qué periódicos de ayer.

                                     Sí,
estaba pensando en su vida,
porque podía haber sido la mía.

Y estaba pensando en ti.
Karmelo C. Iribarren
Seguro que esta historia te suena (Renacimiento)


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Viernes, 28 de diciembre de 2012

A veces me pasa

que me quedo como mirando
dentro algo
indagando los por qués de todos los
silencios que me brotan y me perfilan
y es sobre todo en los días inmisericordes
en la terca poquedad de su engranaje
donde descubro el rumor inquieto de mi identidad
y su latido
donde ideo todo el cielo que me queda por hacer en
cada una de mis alas
donde caigo en la cuenta de que a la vida hay que subirse
como se sube a un árbol
Isabel Tejada Balsas
(A veces me pasa. En La sonrisa del camaleón. Monosabio. Ayuntamiento de Málaga)


Tags: isabel tejada balsas, a veces me pasa, la sonrisa del camaleón, Monosabio

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Jueves, 27 de diciembre de 2012

Escribe una carta bajo la luz de un foco. Está en una esquina del escenario, a su alrededor, el ruido de los ensayos, los pasos sobre el suelo de madera, las interrupciones de sus compañeros para que deje la carta y ayude con el montaje. Observo su letra limpia y redonda y escucho el sur que se enreda en su acento madrileño.  

Lee Montedidio en el tren de cercanías. Abre el libro y ella aparece en las azoteas de Nápoles junto a un muchacho que escribe un diario en un rollo de papel, un primer amor que es misterio, un anciano que esconde unas alas de ángel en su joroba y asegura que sentir nostalgia es una forma de convocar ausencias y un bumerán que imita una sonrisa. Cierra el libro y regresa a un vagón de tren.

Prepara monólogos y puede interpretar a Chejov o ser una mujer florero, una actriz famosa o una corista. La recuerdo sobre un escenario, vestida de blanco, la mirada y la voz transformadas en otra mirada y otra voz. Una vez me habló de los tópicos sobre las actrices, que siempre están actuando, que pueden llorar cuando les apetezca. Estábamos en un bar con puertas de madera como mesas. Negaba con la cabeza, ella no podía actuar a cada instante o elegir cuándo llorar (sus manos inquietas, la claridad de sus ojos, la voz que a veces siento quebradiza). Ella presta su cuerpo a otras palabras, es un espacio en blanco.

Encontramos el fin del mundo cerrado, una librería bajo el volcán, una cajetilla de poemas (la poesía mata), una tienda de artesanía con acento argentino, una cafetería con libros de segunda mano, una moneda de la suerte en su mano y una piedra en la mía. Nos vemos y la realidad se presenta bajo otra forma.

Ella me habla desde un escenario, yo leo su carta dos días después y la imagino bajo un foco, escribiendo(me).


(Coda)
Ella es un caracol, yo una tortuga. Ella callejea para descubrir los sonidos de la ciudad, yo lo hago con música para transformar la realidad alrededor, ella es poeta, yo lector (las palabras son un camino)





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Mi?rcoles, 26 de diciembre de 2012

Isabel Bono leía sus poemas en una esquina de la librería, yo desviaba la mirada hacia la calle y sentía que Brazos, piernas, cielo iba a noquearme, que esos poemas con pájaros, sueños, lluvia y dudas iban a quebrar algo en mí.

Hay algo diferente en los poemarios de Isabel Bono, una voz que se fija en los detalles del vuelo de un pájaro o la luz en los charcos, que habla a través de las grúas y las antenas de pérdidas y miedos, de la vida que somos y las vidas que nunca seremos. Y lo hace sin afectación ni juegos malabares, son los poemas de alguien que se detiene, mira alrededor, y se sorprende por lo que pasa desapercibido a primera vista, por las dudas y el dolor que proyectamos fuera de nosotros, por la vida que no se detiene. La voz de Isabel Bono (me) desarma, hay un temblor y una fragilidad que siento cercanos.

Empecé el año con Pan comido y lo termino con Brazos, piernas, cielo. Siento que los poemarios de Isabel Bono han envuelto y han dado continuidad a este año, sus poemas como alambre de funambulista.
(no al dolor 
no al dolor
no al dolor)



Tener en la cabeza qué
de qué modo
para sacar después edificios con sombras
tráfico y transeúntes

llegará el frío a la velocidad de la luz

lo que me falta ahora
no es compañía ni silencio
es la voz que dice
ve y arriesga tu fortuna
camina sobre el agua
olvídate de sus manos
del tiempo perdido
y de este agosto de tormentas

***

el sabor del hierro
la sombra del laurel
la belleza de las antenas

en la luz de los charcos
empieza la vida

todo lo que nunca sabrán medir

***

si el secreto fuera arrodillarse
y escuchar el trajín de las lombrices
los topos los escarabajos

si cada semilla entrara por un oído
por el otro respuestas

si el secreto fuera cada rincón
o sus sombras
a la velocidad de la luz
Isabel Bono
Brazos, piernas, cielo (Baile del sol)


Tags: brazos piernas cielo, isabel bono, baile del sol

Publicado por elchicoanalogo @ 16:45  | Libros...
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Martes, 25 de diciembre de 2012

Descorro la cortina de la cocina. Llueve (el suelo mojado, pequeños charcos en la acera, los árboles desnudos). No hay niños en la calle, no hay gritos de emoción ni el ruido de coches de juguete, bicicletas o consolas, no se mueven los columpios, todo está quieto en esta mañana de navidad. Escojo un cuento navideño de Auster, toma el lugar de Capra o Dickens.

Auster recibe el encargo de escribir un cuento de navidad para el New York Times. Se plantea cómo escribir algo diferente a O.Henry o Dickens, cómo no caer en el sentimentalismo de este tipo de historias. Será su amigo Auggie Wren, con una historia sobre el azar y una cena navideña, quien le ayudará a completar el encargo.

En este cuento de Navidad Auster mantiene sus señas de identidad, el azar y un personaje que se deja llevar por él, las historias dentro de historias, la escritura envolvente, las calles de Nueva York, detenerse para mirar alrededor. Cada día de los últimos años Auggie Wren fotografía la misma esquina, fotografía el tiempo. Le enseña a Auster sus doce álbumes, en un principio Auster sólo ve repetición, luego se da cuenta del paso del tiempo en ese pequeño espacio fotografiados, de la diferencia entre los días de semana y los fines de semana, el cambio de las estaciones y de las personas que aparecen cada día camino del trabajo, las diferentes luces.

Auggie intenta ayudar a Auster con su cuento navideño. En un restaurante le habla de una persecución a un ladrón, de la cartera que pierde ese ladrón torpe con sus señas y fotografías familiares, de cómo la guardó durante meses en su casa y decide devolverla el día de navidad. Y en ese cruce con el azar, el encuentro con una anciana ciega y una cena navideña inesperada.

En pocas páginas Auster escribe una historia en la que no pierde sus señas de identidad, que parece un pequeño capítulo de cualquiera de sus novelas, y nos acerca una navidad diferente, la delicadeza de un personaje que fotografía el tiempo y el azar que une a dos solitarios.

La edición de booket cuenta con ilustraciones de Isol, no solo completan las palabras de Auster, también las ilumina.

(Los columpios siguen quietos, ha parado de llover, extraño las risas en el parque)



Si no miras con detenimiento, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más lentamente. Presté atención a los detalles, me fijé en los cambios climáticos, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Al cabo de un rato pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa calma de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer algunos rostros de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.
Cuando llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la manera como se conducían de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados en sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni perplejo, como al principio. Comprendí que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía instalándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.
Paul Auster
El cuento de navidad de Auggie Wren (traducción de Ana Nuño. Booket, Seix Barral)

 

 


Tags: Paul Auster, cuento de navidad, Ana Nuño, Booket, Isol, Seix Barral

Publicado por elchicoanalogo @ 11:38  | Libros...
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Lunes, 24 de diciembre de 2012

Estaba en el otro extremo de la barra. Merendaba chocolate con churros, miraba alrededor, en silencio, su hombro pegado al de un desconocido. Cierra los ojos y, cuando los abre, intenta detener un llanto (las arrugas en la frente, la boca cerrada en línea recta). Se seca las lágrimas con una servilleta de papel, luego se limpia la boca y tira la servilleta al suelo.
+
Está apoyada contra el vagón de metro, escribe mensajes de móvil con su dedo pulgar. Siento que tiene esa lejanía de quien duerme y se encuentra en otro lugar. Su gesto cambia cuando recibe los mensajes. Sonríe, las mejillas y los labios carnosos. No consigo ver su mirada.
+
Me agarra del brazo y me acaricia, sorteamos los pivotes de la acera, hablamos de los poemarios que le quedan por editar, de una mujer que llora en una cafetería, los días de diciembre, librerías o Christian Bobin. Siento la calidez de su gesto en mi brazo.
+
Leo mi nombre con su letra en un sobre (una vez me dijo viajo al sur para no perder el norte). Me escribe mientras prepara un ensayo. Cada palabra, una pequeña sonrisa. Le envío un rápido mensaje, le digo que escribiré sobre ella, bajo un foco, con un bolígrafo y un papel en blanco (una imagen que parece recuerdo más que invención).
+
Gabon zoriontsuak! ¡Feliz navidad!


Los lunes de Anay. Reverberación...

"Tengo el secreto: sólo consiste en detenerse."
                                                                      JORGE RIECHMANN


Si algún día, en las tierras de la vida,
entre ruidos de feria y de mercado,
olvido la palidez que floreció en mi infancia
y olvido al primer ángel
-su bondad, sus ropajes y sus manos
en oración, su gesto que bendice-,
conservaré en mis sueños más secretos
siempre el modo de plegarse sus alas,
que quedaban tras él
como un ciprés blanco...

                                     RAINER MARIA RILKE




...Feliz lunes y Feliz Navidad.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Jorge Riechmann, Rainer Maria Rilke, Raphael

Publicado por elchicoanalogo @ 10:06  | Los lunes de Anay
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Domingo, 23 de diciembre de 2012

todo lo que nos mueve
curiosidad hambre miedo

todo lo que nos ocurre
soledad
búsqueda
trincheras
un frío enorme

todas las fases del amor
Isabel Bono
todo lo que nos mueve (en Brazos, piernas, cielo. Baile del sol)


Tags: todo lo que nos mueve, brazos piernas cielo, Isabel Bono, baile del sol

Publicado por elchicoanalogo @ 23:48  | Isabel Bono
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S?bado, 22 de diciembre de 2012

Junta el dedo índice y pulgar y parece que tira de un hilo invisible que sale de su cabeza. Dice que escribe al dictado, que su cabeza es una madeja que necesita ordenar, que encuentra un hilo y tira de él, y, en ese gesto, las palabras e imágenes de sus poemas. Sale a la calle y le esperan grúas, pájaros, piedras y charcos. Hace años que escribe un mapa único.

Lee sus poemas con voz pausada. Me quedo en silencio, siento que su nuevo poemario me noqueará (a mi lado, un papelito en un corcho con la frase hoy es siempre todavía). Lleva una tuerca en un colgante y una chapa de Juan Pardo Vidal. Detrás de ella, un pequeño árbol de navidad con deseos escritos en tiras de papel (volver). Hay quien se detiene en la puerta de la librería, la mirada curiosa y extrañada por un grupo en pie que rodea a una mujer sentada, leyendo, y entra. Interrumpe la lectura para decirnos que en ella no pesa el pasado, que tiene nostalgia del futuro, saber cómo será el año 5523. Termina la lectura y le preguntan por el origen de sus poemas. 

Hablamos alrededor de una mesa de madera. A veces la calidez de su voz me hace sonreír, mezcla a Vonnegut con dibujos animados, se emociona ante una frase que podría ser el título de un poemario, nos anima a escribir (nos recuerda que para escribir hay que ser honesto), o habla con una arponauta de ombligos y pezones retráctiles.

Nos despedimos en una estación de metro. Me abraza y me acaricia la espalda, me pregunta si estoy enamorado y, cuando nos separamos, me dice enamórate. Me encojó de hombros y sonrío, respondo que también se tienen que enamorar de mí.

Entro en el vagón, una piedra con forma de bumerán en mi bolsillo y su poemario en mi mano.


(coda)
Descorro las cortinas y observo la madrugada desde la cama, el cielo naranja, el sonido apagado del aire acondicionado, la habitación alargada. Estoy vestido, el móvil en mi pecho. Pienso en los aviones que sobrevuelan la ciudad.


salir a la calle
sin otro trabajo
que vagar sin objetivo

entretener el miedo
se convierte en superstición

nos dirán qué hacer
tú y yo parados
en el centro de la muchedumbre

uno piensa en una flecha

de alguna manera
el dolor desaparece
como la luz menguante
de los charcos
(Isabel Bono
en Brazos, piernas cielo. Baile del sol)


Tags: Isabel Bono

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Viernes, 21 de diciembre de 2012

No a todo alcanza Amor pues que no puede 
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte logra
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte logra, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.
Macedonio Fernández
Creía yo (en Manera de una psique sin cuerpo. Tusquets)


Tags: Macedonio Fernández, Creía yo, tusquets

Publicado por elchicoanalogo @ 21:59  | Poes?a
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Jueves, 20 de diciembre de 2012

Isabel vive con su gata y sueña con Amsterdam, le gustan las tiendas de segunda mano, compra ropa y objetos con otras huellas, postales con pequeños mensajes escritos y fotografías de otros tiempos que invitan a inventar historias de amores imposibles y pérdida, restaura libros en la biblioteca (parece que vive en dos tiempos, su presente y el pasado de cada objeto que colecciona y arregla), mira alrededor y se fija en los cuervos, la luz entre los árboles, el baile de las hojas con el viento, las caras de quienes se cruzan con ella, está enamorada de Spoke, un compañero de trabajo, desayunan juntos, en silencio, están conectados pero no saben cómo romper ese silencio. Glaciares te atrapa con la voz íntima, pausada y desnuda de Alexis M. Smith, con la mirada alrededor de su protagonista Isabel que influye en su mirada interior, con imágenes de glaciares, árboles, montes norteños, mensajes en galletas de la suerte o postales, con dos caminos que se cruzan en silencio.

Alexis M. Smith escribe un día en la vida de Isabel, mezcla espacios y tiempos, los recuerdos de su infancia en Alaska se inmiscuye en su trabajo en una biblioteca o su callejeo por tiendas de segunda mano en la ciudad. A imágenes de glaciares le suceden el descubrimiento de unas fotografías antiguas que salvar del olvido, la luz de la mañana en la ciudad, las palabras de sus padres, la mirada silenciosa de su compañero Spoke, los objetos que parecen entrelazar tiempos y dimensiones en un punto. Glaciares es una mujer que se detiene para descubrir qué se esconde en aquello que nos rodea.

Cada capítulo de Glaciares es una fotografía de un recuerdo, un anhelo, un sueño o un árbol. La voz de Smith se detiene en los detalles que pasamos por alto en una primera mirada, compone un mundo donde la protagonista intenta descubrir su lugar en el mundo, las emociones que le habitan, la verdad de un amor, las decisiones a tomar cuando nos encontramos en una encrucijada de caminos. Alexis M. Smith compone una historia delicada, queda, cristalina, una de esas historias que cala poco a poco, que te deja en silencio.

Hay escenas emotivas, encontrar una fotografía antigua en una feria, el ruido de los glaciares, una ballena perdida, los árboles de ciudad, un encuentro casual en un restaurante vegetariano (un amor que crece en silencio), libros viejos a la espera de ser arreglados, cuervos que irrumpen en un sueño. Todo es sutil en Glaciares, tiene la magia de imágenes inolvidables e inesperadas, la belleza de una mirada revolucionada. Una de las sorpresas de este año.



De niña, en una pequeña ciudad de la ensenada de Cook en Alaska, vio volcanes en erupción, ballenas que migraban e icebergs que avanzaban por el mar antes de haber visto un rascacielos o lo que podría considerarse arquitectura. Tenía nueve años, y fue durante un viaje a casa de su tía con su madre y su hermana cuando visitó una metrópolis real por primera vez: Seattle. Lo asimiló todo: las torres edificadas y las naves industriales, las vías del tren y los puentes, los cafés de las aceras y las tiendas de barrio, y el perfil de la ciudad a lo largo de la Autopista 99, la manera en que la ciudad parecía elevarse desde Elliot Bay, reflejando los Montes Olímpicos a través del sonido. La amplitud y los detalles la abrumaron, pero enseguida le encantó la ciudad al igual que le encantaba el paisaje del norte. Las iglesias eran grandiosas y solemnes, como los glaciares, y las casas destartaladas le contagiaban de la misma sensación de tristeza que un conjunto de árboles pelados en invierno.

( … )

Ya en el exterior, a mediodía, Isabel siente el último aliento del verano sobre su piel. El murmullo de la biblioteca sigue en sus oídos, pero va quedando ahogado por el ruido de la ciudad. Huele a carritos de comida a varias manzanas de distancia, el aceite caliente y el ajo y la carne asándose que fluyen por el aire cada día laborable, mezclándose con las alcantarillas tibias y fétidas y el almizcle de gasoil quemado de los autobuses y las furgonetas de reparto, y por debajo de ello, cuando sus pies pisan la hierba que hay bajo los árboles, el olor a corteza húmeda y deterioro vegetal.
Lo inhala todo y se permite pensar en Spoke. Se imagina caminando con él así por la ciudad. Contándole cómo el olor del aire frío y las hojas y la gasolina le recuerdan a su primer día de colegio.
Es un extraño producto de enamoramiento, piensa, lo de querer contarle a alguien cosas prosaicas. Tomar conciencia de otra persona de repente te agudiza los sentidos, de modo que la atención se focaliza en las pequeñas cosas y el mundo parece ser más bello y complicado.
Alexis M. Smith
Glaciares (traducción de Mercedes Cebrián. Alpha Decay)


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Publicado por elchicoanalogo @ 2:02  | Libros...
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Mi?rcoles, 19 de diciembre de 2012

Fue por el cambio en su voz. Estaba en la sección de poesía, me leía los títulos de los poemarios, llegó a Mientras tanto cógeme la mano y la calidez de su voz. Quería descubrir qué motivo ese cambio.

Leí el poemario de Uribe en una sala de espera de hospital, las voces de los enfermeros y pacientes mezcladas con las palabras de Uribe, el recuerdo de su voz al teléfono y la noche donde Kirmen Uribe recitó sus poemas sobre música de Mertens. Había algo de viaje y recuerdos cada vez que levantaba la mirada del poemario.

Desde el primer poema me atrajo la voz pausada, nostálgica e inteligente de Uribe, por momentos me recordó a un susurro, a alguien que recuerda los momentos de cambio, el tiempo que no volverá, las huellas de una sonrisa, las ausencias que son presencias al convocarlas. Uribe habla de la tierra norteña y el mar, de los Altos Hornos y los cerezos, de mapas y otras ciudades, de habitaciones de hospital y muerte, de amores tiernos y juegos de infancia, de patrias e inmigrantes, de aquello que se nos escapó entre los dedos y aún sentimos su caricia. Leía el poemario de Uribe y sonreía, a veces me sentía mencionado, a veces me sorprendía con poemas que eran diálogos y partidas de ajedrez.

A mi lado, el ejemplar de Mientras tanto cógeme la mano, como poemario, una sonrisa y una emoción queda, como objeto, el recuerdo de una noche en un teatro, una sala de espera y el cambio en su voz.


Visita
La heroína era tan dulce como hacer el amor
decía ella en otro tiempo.

Los médicos dicen que no ha ido a peor,
día va día viene, y que nos lo tomemos con calma.
Pero hace ya un mes que no ha vuelto a despertar,
desde la última operación.

Sin embargo seguimos visitándola todos los días
en el sexto box de la Unidad de Cuidados Intensivos.
Al entrar, el enfermo de la cama de enfrente lloraba,
no ha venido nadie a visitarme, le decía a la enfermera.

Hace ya un mes que no oímos la voz de mi hermana.
No veo como antes toda la vida por delante,
nos decía,
no quiero promesas, no quiero disculpas,
tan sólo un gesto de amor.

Ahora sólo le hablamos mi madre y yo.
Mi hermano, antes, no decía gran cosa;
ahora ni siquiera aparece.
Mi padre se queda en la puerta, callado.

No duermo por las noches, nos decía nuestra hermana,
tengo miedo a dormirme, miedo a las pesadillas.
Las agujas me hacen daño y tengo frío,
el suero enfría mis venas.

Si pudiera huir de este cuerpo podrido.

Mientras tanto, dame la mano, nos pedía,
no quiero promesas, no quiero disculpas,
tan sólo un gesto de amor.

Bisita
Heroina larrua jotzea bezain gozoa zela
esaten zuen garai batean.

Medikuek esaten dute okerrera ez duela egin,
eguna joan eguna etorri, eta lasai hartzeko.
Hilabetea da berriro esnatu ez dela
azken ebakuntzaz geroztik.

Hala ere egunero egiten diogu bisita
Arreta Intentsiboko Unitateko seigarren kutxara.
Aurreko oheko gaisoa negar batean aurkitu dugu gaur,
inor ez zaiola bisitara agertu diotso erizainari.

Hilabetea arrebaren hitzik entzun ez dugula.
Ez dut lehen bezala bizitza osoa aurretik ikusten,
esaten zigun,
ez dut promesarik nahi, ez dut damurik nahi,
maitasun keinu bat besterik ez.

Amak eta biok soilik hitz egiten diogu.
Anaiak lehen ez zion gauza handirik esaten,
orain ez da agertu ere egiten.
Aita atean geratzen da, isilik.

Ez dut gauez lorik egiten, esaten zigun arrebak,
beldur diot loak hartzeari, beldur amesgaiztoei.
Orratzek min egiten didate eta hotz naiz,
hotza zabaltzen dit sueroak zainetan zehar.

Gorputz ustel honi ihes egingo banio.

Bitartean heldu eskutik, eskatzen zigun,
ez dut promesarik nahi, ez dut damurik nahi,
maitasun keinu bat besterik ez.



Te quiero, no
Aunque trabajó durante cuarenta años
en los Altos Hornos,
en su interior había todavía un labrador.

En octubre, asaba pimientos rojos
con su soldador
en el balcón de su casa de barrio.

Su voz era capaz de hacer callar
a cualquiera.
Sólo su hija se atrevía con él.

Él nunca decía te quiero.

El tabaco y el polvo de acero quemaron
sus cuerdas vocales.
Dos amapolas a punto de caer.

Cuando se jubiló, su hija se casó a otra ciudad.
Él le hizo un regalo.
No eran rubíes, ni siquiera seda roja.

Había ido sacando piezas de la fábrica.
Poco a poco, sus manos
soldaron una cama de acero.

Él nunca decía te quiero

Maite zaitut, ez
Berrogei urtez labe garaietan lan egin arren,
barru-barrutik,
baserritarra izaten jarraitzen zuen.

Urrian, etxeko balkoian
soldagailuarekin
piper gorriak erretzen zituen.

Denak isilarazten zituen
haren ahots ozenak.
Alabak egiten zion soilik aurre.

Ez zuen inoiz maite zaitut esaten.

Tabakoak eta altzairuaren hautsak
ahots-kordak urratu zizkioten.
Mitxoleta bi hostoak galtzen.

Alaba beste hiri batera ezkondu zen.
Erretiratuak oparia zekarren.
Ez errubirik, zeta gorririk ezta ere.

Urtetan lantegitik ebatsi zituen piezak.
Soldagailuarekin
altzairuzko ohea josi zuen, ezari-ezarian.

Ez zuen inoiz maite zaitut esaten.



El tiempo de los árboles
El tiempo de los árboles está en ti
después de amarnos.

Dormida en la cama, sólo
los párpados te cubren.

No hagas caso del miedo,
no digas siempre, no digas nunca,
deja que el mundo
siga adelante.

El tiempo de los árboles está en ti
después de amarnos.

Dormida y flotando
como un feto o un ojo.

No hagas caso del miedo,
no digas siempre, no digas nunca,
deja que el mundo
siga adelante.

El tiempo de los árboles está en ti
después de amarnos.

Zuhaitzen denbora
Zugan da zuhaitzen denbora
elkar maitatu ondoren.

Ohean lo, betazalek
soilik estaltzen zaituzte.

Ez jarraitu beldurrari,
ez esan beti, ez esan inoiz ez,
utzi libre munduari
bidea egiten.

Zugan da zuhaitzen denbora
elkar maitatu ondoren.

Plazer-urak biltzen zaitu
malkoak begia legez.

Ez jarraitu beldurrari,
ez esan beti, ez esan inoiz ez,
utzi libre munduari
bidea egiten.

Zugan da zuhaitzen denbora
elkar maitatu ondoren.
Kirmen Uribe
Mientras tanto cógeme la mano (traducción de Kirmen Uribe, Gerardo Markuleta y Ana Arregi. Visor)


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Martes, 18 de diciembre de 2012

Hace unos meses vino a verme mi casero. Llamó tres veces a la puerta antes de que me diera tiempo a abrir, y eso que fui lo más rápidamente que pude. No podía saber que era él. Por aquí viene muy poca gente, casi todos miembros de sectas religiosas que me preguntan si estoy en paz con Dios. Me produce cierto placer, pero nunca les dejo pasar de la puerta, pues la gente que cree en la vida eterna no es racional, no se sabe lo que puede llegar a hacer. Pero esta vez era, como ya he dicho, el casero. Le había escrito hacía casi un año para informarle de que la barandilla de la escalera estaba rota, y pensé que venía por eso, así que le dejé entrar. Miró a su alrededor. «Vive usted bien aquí», dijo. Era una afirmación bastante tendenciosa, que me hizo ponerme a la defensiva. «La barandilla de la escalera está rota», dije. «Sí, ya lo he visto. ¿La rompió usted?» «No, ¿por qué yo?» «Supongo que es el único que la usa, porque, aparte de usted, solo vive gente joven en este portal, y no creo que se haya roto sola, ¿no?» Era obviamente una persona intratable y no quise entrar en ninguna discusión con él sobre cómo y por qué se estropean las cosas, de modo que dije escuetamente: «Como usted diga, pero yo necesito esa barandilla, estoy en mi derecho». No contestó nada a eso, a cambio, dijo que subiría el alquiler un veinte por ciento a partir del mes siguiente. «¿Otra vez? -dije-, y un veinte por ciento nada menos.» «Debería ser más -contestó-, esta finca no produce más que pérdidas, pierdo dinero con ella.» Hace mucho que dejé de discutir de economía con personas que dicen perder dinero con algo de lo que podrían haberse desprendido hace treinta años, de modo que no dije nada. Pero no le hizo falta argumento alguno para seguir con el tema, es de ese tipo de personas que funcionan solas. Se puso a disertar sobre todas las demás fincas que también daban pérdidas, resultaba lamentable escucharle, debía de ser un capitalista muy pobre. Pero no dije nada, y por fin cesaron las lamentaciones, ya iba siendo hora. En cambio me preguntó, sin ninguna razón aparente, si creía en Dios. Estuve a punto de preguntarle a qué dios se refería, pero me limité a negarlo con la cabeza. «Pues tiene que hacerlo», dijo, así que después de todo había dejado colarse a uno de ellos en mi casa. En realidad no me sorprendió, pues es bastante corriente que la gente con muchas propiedades crea en Dios. Ahora bien, no quise darle pie para que pasara a otro tema, pues había tomado la firme determinación de no dejar pasar a los evangelistas de la puerta, de modo que le dejé seguir. «Así que sube el alquiler un veinte por ciento -dije-, presumo que ese es el motivo de su visita.» Al parecer, mi resistencia le pilló de sorpresa, pues abrió y cerró la boca un par de veces sin que saliera de ella sonido alguno, algo, me imagino, poco corriente en él. «Y espero que se ocupe de arreglar la barandilla», proseguí. Se puso rojo. «La barandilla, la barandilla -dijo impaciente-, vaya lata que está dando con la barandilla.» Me pareció muy mal que dijera eso y me irrité. «Pero ¿no entiende usted -dije-, que en algunas ocasiones esa barandilla es mi punto de apoyo en la vida?» Me arrepentí nada más haberlo dicho, pues las formulaciones precisas deben reservarse para personas reflexivas, si no, pueden surgir complicaciones. Y surgieron complicaciones. No tengo fuerzas para repetir lo que me dijo, pero en su mayor parte trataba del más allá. Al final añadió algo sobre estar con un pie en la tumba, se estaba refiriendo a mí, y entonces me enfadé. «Deje ya de molestarme con su economía», le dije, porque en realidad era de lo que se trataba. Como no se disponía a marcharse, me permití dar un golpe en el suelo con el bastón. Entonces se marchó. Fue un alivio, me sentí contento y libre durante unos cuantos minutos, y recuerdo que me dije a mí mismo, para mis adentros, claro: «No te rindas, Thomas, no te rindas».
Kjell Askildsen
El punto de apoyo (en Todo como antes. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Debolsillo)


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Lunes, 17 de diciembre de 2012

Me da la mano. Mira al frente o al suelo y arrastra su mochila con la mano libre. Lo imagino dentro de diez años con una mochila roja al hombro y un billete de tren en la mano, la mirada sorprendida y atenta, las manos nerviosas, la sensación de estar ante un mapa y un laberinto. Me habla de sus notas, las dice en un susurro y cambia de tema, baloncesto, cromos y los regalos del olentzero, está nervioso por la cercanía de la navidad. Siento su mano dentro de la mía, el calor y la caricia suaves, sé que cualquier día dejará de darme la mano, como yo dejé de dársela a mis padres, que caminaremos juntos pero separados al mismo tiempo. 
Hay momentos donde me gustaría protegerle de cualquier dolor que llegue a su vida, evitarle decepciones, corazones rotos, insomnios y caídas. Luego recuerdo cada decepción, corazón roto, insomnio y caída y cómo me han ayudado a encontrar nuevos caminos. 
Le doy la mano y es mi manera de decirle que puede contar conmigo. Me da la mano y siento que es su manera de decirme que no estoy solo.


Los lunes de Anay. Momentum...

"No lo juzgues, pues, con tu lógica, ciega enfermedad"
                                                                                K. KAVAFIS


ARROJO

De este fulgor
no pasa;
de esta avalancha
breve
mis ganas de empujar
de cortejar al mundo.

                               ANAY SALA




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Konstantínos Kaváfis, Queen

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Domingo, 16 de diciembre de 2012

Abro Cuando Alice se subió a la mesa sin saber nada sobre la voz de Jonathan Lethem, la forma que tiene de mirar el mundo alrededor o el tipo de personajes que pueblan sus historias. Me siento a ciegas en las primeras páginas, intento ubicarme ante un nuevo mundo, me encuentro con un narrador antropólogo enamorado de una física atraída por un experimento científico al que llaman Ausencia, una especie de agujero de gusano, un paso fronterizo a otros mundos posibles. El antropólogo ve cómo pierde a su amor por una proyección de la idea del amor. Las primeras páginas me ubican en un cruce de comedia romántica y ciencia ficción (¿amor-ficción?) y sonrío.

Cuando Alice se subió a la mesa habla del amor, de las diferentes ideas y cuerpos del amor, de la forma en cómo nos situamos ante el mundo y las emociones que nos habitan, del intento de explicar todo aquello que nos rodea y cómo cada uno de nosotros intenta buscar un mundo que comprender, en el que refugiarse. Philip Engstrand vive con la físico Alice Coombs, habla de una manera extraña, integra la poesía en la ciencia (intenta unir su mirada enamorada a la mirada estudiosa de Alice), usa expresiones como “el cielo era un dramático paisaje nebuloso inclinado”, siente una punzada cuando ve a Alice con la mirada fija en un experimento fallido que da a lugar a una falsa burbuja de vacío, descubre el inicio de un sentimiento amoroso en esa mirada sobre Ausencia y anticipa la pérdida.

Mientras Alice se engancha a Ausencia, Philip vive el proceso de alejamiento de Alice, ve cómo muestra los síntomas de estar enamorada del agujero de gusano, intenta recuperarla, que comprenda su locura, que lo que siente es la idea del amor más que la realidad del amor. Ausencia traga algunos objetos y desecha otros, parece tener personalidad propia, es un misterio y un accidente, Alice siente la fascinación Ausencia, necesita ser aceptada por ella, ser tragada y llevada a su interior. Alice trata una y otra vez de cruzar el umbral de Ausencia, pero Ausencia la rechaza, la devuelve a la misma habitación. Ese rechazo del experimento hará más fuerte el amor que siente Alice por él, le hará abandonar la realidad por la idea de la realidad.

Si Dick se pregunta qué es real en sus novelas, Philip intenta comprender qué es el amor, luchar contra algo tan extraño e inesperado como un experimento científico, recuperar la Alice que amaba. En ese proceso de lucha observa los cambios en Alice, la palidez de la piel, el rostro demacrado, la mirada ausente, la falta de sueño o el silencio por el rechazo de Ausencia. Cada cambio en Alice repercute en Philip, ambos luchan por aquello que aman, a pesar del rechazo en cada intento de acercamiento.

Cuando Alice se subió a la mesa es una historia de ciencia y amor diferente, entrañable y divertida, la sensación de estar ante unas páginas mágicas e inesperadas, un antropólogo que entrelaza ciencia y poesía, una física enamorada de un agujero de gusano, una pareja de ciegos que sincronizan sus relojes y cuentan los buzones y las farolas para ubicarse en el mundo, unos científicos perdidos ante un experimento fallido, Ausencia y la nada (y los mundos que guarda dentro de ella), qué es amor real y qué la idea del amor.



Alice y yo éramos del mismo tamaño. Desplazábamos la misma cantidad de aire. Pero cuando nos abrazábamos se volvía escurridiza y fugaz, como una rémora. Cuando la estrechaba me imaginaba que si estiraba el cuello podía besarle la nuca o rodearla del todo, hasta tocarme los hombros con las manos.

( … )

- Amas a Ausencia. Como antes me querías a mí y ahora no.
Suspiró.
- No paras de repetirlo, Philip.
- Entonces es verdad.
- Sí. Quiero a Ausencia. -No titubeó ni se estremeció. Ahora no tenía problema en admitirlo.
- Yo era demasiado real para ti. Querías alguien imaginario.
- Ausencia es real, Philip. Es una visitante. Una extraterrestre.
- Ausencia es una idea, Alice. Es una proyección tuya.
Me lanzó una mirada desafiante.
- Bueno, pues se me ocurren ideas mucho peores que Ausencia. Es la idea de perfección, la idea del amor, del amor perfecto.
Jonathan Lethem
Cuando Alice se subió a la mesa (traducción de Cruz Rodríguez Juiz. Debolsillo)


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S?bado, 15 de diciembre de 2012

Lo cierto es que yo iba de un lado a otro,
A veces chocaba con los árboles,
Chocaba con los mendigos,
Me abría paso a través de un bosque de sillas y mesas,
Con el alma en un hilo veía caer las grandes hojas.
Pero todo era inútil,
Cada vez me hundía más y más en una especie de jalea;
La gente se reía de mis arrebatos,
Los individuos se agitaban en sus butacas como
                                 [algas movidas por las olas
Y las mujeres me dirigían miradas de odio
Haciéndome subir, haciéndome bajar,
Haciéndome llorar y reír en contra de mi voluntad.

De todo esto resultó un sentimiento de asco,
Resultó una tempestad de frases incoherentes,
Amenazas, insultos, juramentos que no venían al caso,
Resultaron unos movimientos agotadores de caderas,
Aquellos bailes fúnebres
Que me dejaban sin respiración
Y que me impedían levantar cabeza durante días,
Durante noches.

Yo iba de un lado a otro, es verdad,
Mi alma flotaba en las calles
Pidiendo socorro, pidiendo un poco de ternura;
Con una hoja de papel y un lápiz yo entraba en los cementerios
Dispuesto a no dejarme engañar.
Daba vueltas y vueltas en torno al mismo asunto,
Observaba de cerca las cosas
O en un ataque de ira me arrancaba los cabellos.

De esa manera hice mi debut en las salas de clases,
Como un herido a bala me arrastré por los ateneos,
Crucé el umbral de las casas particulares,
Con el filo de la lengua traté de comunicarme con los espectadores:
Ellos leían el periódico
O desaparecían detrás de un taxi.

¡Adónde ir entonces!
A esas horas el comercio estaba cerrado;
Yo pensaba en un trozo de cebolla visto durante la cena
Y en el abismo que nos separa de los otros abismos.
Nicanor Parra
Recuerdos de juventud (en Poemas y antipoemas. Cátedra)


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Viernes, 14 de diciembre de 2012

Sueña con su madre. Se entretiene con las piedras y flores del camino, levanta una gran polvareda con sus saltos, me dice que la luz parece desplazarse a cámara lenta sobre los prados y que en ese instante del sueño se siente feliz. Se acerca al río y descubre una sombra en la otra ribera. Sabe que esa sombra es la de su madre (la sombra tan negra como su vestido) y corre hacia el puente. Le pregunto qué ocurre después. Me dice que espera, sólo espera, y que siempre se despierta sin haber podido ver la cara de su madre.
De niño me daba miedo cruzar ese puente de apenas cinco metros de largo. Suspiraba, cerraba los puños y corría hasta sentirme a salvo. Creía que se hundiría a mi paso o que acabaría en alguno de los pozos negros bajo el puente. Corría por mi vida. Con el tiempo aprendí a detenerme y mirar desde el puente.
Si ahora cerrase los ojos me vería en mitad del puente, las manos en la barandilla y la mirada perdida en truchas, libélulas y arañas de río y recordaría la sensación de ser un fantasma sin nombre; si ahora cerrase los ojos regresaría a los saltamontes que huían a mi paso, los recodos del río donde ponía a refrescar una cesta de mimbre llena de cervezas, la roca junto al puente de Os cangos, el sonido estival del viento, los pájaros y los grillos y el eco metálico de una guadaña contra la hierba; si ahora cerrase los ojos me sorprendería por los gestos de las lavanderas al golpear la ropa contra el río, olería a hierba seca, escucharía el ruido de los tractores y recordaría cómo hace ocho años esperé por ella en ese puente a la sombra de su sueño.



(coda)
Fue por su voz. Encontró Mientras tanto cógeme la mano en las estanterías y su voz se convirtió en sorpresa y calidez, como si hubiese encontrado algo extraviado tiempo atrás. Necesitaba descubrir qué había iniciado el cambio de su voz. Leí el poemario de Uribe en una sala de espera, pasaba del euskera al español, jugaba con el ritmo diferente y las palabras transformadas, leía haizea (viento) y mi voz susurraba.
Ella me habla de poemas norteños y yo asiento.



Mientras tanto cógeme la mano, decía,
no quiero promesas, no quiero disculpas,
tan sólo un gesto de amor
(Kirmen Uribe)


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Jueves, 13 de diciembre de 2012

Me dirás que no es cierto, pero de vez en cuando parece
que el mundo se detiene. Que ha dejado de girar y,
por una vez amable con nosotros y como avisándonos,
nos prolonga ese preciso momento, por siempre.

Me dirás que soy un exagerado,
que las cosas de las que te hablo no son tan importantes,
tan definitivas, comparadas con otras que pasaron.

Pero cuando aquella tarde de julio,
siendo aún joven, aún tímido,
vi a todos los de la casa jugando al fútbol en aquel prado,
lo mismo la niña más pequeña que los más ancianos,
en aquel momento comprendí
que pronto algunos de nosotros,
y aquel lugar,
habrían desaparecido.

Aquel día no sucedió nada especial,
pero aquel momento,
aquel día de abejas de leche y prados de cera,
para mí será único siempre.



Egun hura

Esango didazu ez dela egia baina batzuetan ematen du
mundua geratu egiten dela. Bira egiteari utzi eta,
gurekiko behingoz abegitsu eta gaztigu eginez bezala,
une hori luzatzen digu betiko.

Esango didazu gehiegikeria dela nirea,
eta esaten ditudanak ez direla hain muntako,
hain berebiziko, beste gertaera batzuen aldean.

Baina uztaileko arratsalde hartan,
oraindik gazte, oraindik herabe,
etxekoak zelai hartan futbolean ikustean,
neska koskor ala nagusi izan,
orduan konturatu nintzen,
gutxi barru gutariko batzuk,
eta baita lekua bera ere,
desagertu egingo zirela.

Ez zen egun hartan ezer berezirik gertatu
baina une hura,
esnezko erle eta argizarizko zelaien eguna,
bakarra izango da beti niretzat.
Kirmen Uribe
Aquel día (en Mientras tanto cógeme la mano. Traducción de Kirmen Uribe, Gerardo Markuleta y Ana Arregi. Visor)


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Mi?rcoles, 12 de diciembre de 2012

Me dice que tiene un nuevo poemario Brazos, piernas, cielo y que lo presentará el próximo veinte de diciembre en El dinosaurio todavía estaba allí, le respondo que, si no ocurre nada extraño, estaré en Madrid, que me gustará volver a verla, escuchar sus poemas, darle un abrazo.

Desempolvo Los días felices, el último poemario de Isabel Bono que leí, y vuelvo al frío de las ausencias, a la búsqueda de un lado y el silencio como respuesta, a los paisajes tras las ventanas, los pájaros y los días entre paréntesis, al vértigo de los saltos y la geografía de un sueño. Los poemas de Los días felices son fotos fijas, fragmentos de una mirada que se detiene en lugares que nos quiebran y nos enmudecen (hay algo en la voz de Isabel Bono que me quiebra y me hace sentir en un complejo equilibrio).

Pienso, Pan comido (un inicio y un encuentro), Algo de invierno (el asentamiento) y Los días felices (la tristeza y el silencio); pienso en Zaragoza, Bilbao y, cruzo los dedos, Madrid, pienso en nuestra correspondencia (sus poemails, mis correos de niebla); pienso en Peano, Vonnegut y Askilden. Hay cruces de caminos que son saltos en los abrazos.



Una tarde sin posteridad

se nos había olvidado
me cuentas

cada uno
con la desesperanza del otro
recorriéndole la espalda

sin poder consolar
sin mentir
esta soledad de dinosaurio
que nos come por dentro

hay que agotar
hasta el último cartucho
me cuentas

todo lo demás es rendirse



Yo también disparé a 100 palomas
(El fotógrafo del cielo)

quedarme aquí
helada
hasta que amanezca

cantar
canciones en mi idioma
que nada tengan que ver
con la tristeza
con el amor

reír en mi idioma
mientras venecia se inunda

sin ti



Dolor de nunca

con los pies en la tierra
la cabeza vacía de pájaros

lo dejo caer

a partir de hoy
seguiré atando los cordones
de mis botas

vendándome el corazón
cada mañana

como si la vida continuase



De nuevo por la ciudad

cuánto tiempo sin vernos por aquí
dices

y me acuerdo de la primera vez
cuando lanzábamos palabras
al vacío

dolor y miedo

varios meses de confusión
dices

con el corazón partido

el problema es mi cabeza
dices

mientras un borracho no deja
de cantar
que la sangre de jesús
no le ha fallado

las cosas no pasan dos veces
dices

y me acuerdo de la primera vez
cuando las palabras eran
de un lado la búsqueda

del otro
nada
Isabel Bono
Los días felices (CELYA)


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Martes, 11 de diciembre de 2012

El hecho ocurrió en el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí.
Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.
Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien; mi clase de la
tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista.
Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y a la memoria de Álvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Álvaro. La reconocí con horror.
Me le acerqué y le dije:
—Señor, ¿usted es oriental o argentino?
—Argentino, pero desde el 14 vivo en Ginebra —fue la contestación.
Hubo un silencio largo. Le pregunté:
—¿En el número 17 de Malagnou, frente a la iglesia rusa?
Me contestó que sí.
—En tal caso —le dije resueltamente— usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.
—No —me respondió con mi propia voz un poco lejana.
Al cabo de un tiempo insistió:
—Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.
Yo le contesté:
—Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo del Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres volúmenes de Las mil y una noches de Lane con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo y capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso de la plaza Dubourg.
—Dufour —corrigió.
—Está bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?
—No —respondió—. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano.
La objeción era justa. Le contesté:
—Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.
—¿Y si el sueño durara? —dijo con ansiedad.
Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije:
—Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera?
Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido:
—Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejia; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamó a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente". Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, en casa, ¿cómo están?
—Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas.
Vaciló y me dijo:
—¿Y usted?
—No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre.
Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros. Cambié de tono y proseguí:
—En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterloo. Buenos Aires, hacia mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní.
Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era.
Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski —me replicó no sin vanidad.
—Se me ha desdibujado. ¿Qué tal es?
No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.
—El maestro ruso —dictaminó— ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava.
Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado.
Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido.
Enumeró dos o tres, entre ellos El doble.
Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.
—La verdad es que no —me respondió con cierta sorpresa.
Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos.
—¿Por qué no? —le dije—. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine.
Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos los hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época.
Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos los buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias.
—Tu masa de oprimidos y de parias —le contesté— no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentenció algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba.
Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años después.
Casi no me escuchaba. De pronto dijo:
—Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?
No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción:
—Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.
Aventuró una tímida pregunta:
—¿Cómo anda su memoria?
Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años, un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté:
—Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan. Estudio anglosajón y no soy el último de la clase.
Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño.
Una brusca idea se me ocurrió.
—Yo te puedo probar inmediatamente —le dije— que no estás soñando conmigo. Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde.
Lentamente entoné la famosa línea:

L'hydre — univers tordant son corps écaillé d'astres.

Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra.
—Es verdad —balbuceó—. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa.
Hugo nos había unido.
Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.
—Si Whitman la ha cantado —observé— es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.
Se quedó mirándome.
—Usted no lo conoce —exclamó—. Whitman es incapaz de mentir.
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos. Éramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el diálogo. Cada uno de los dos era el remedo caricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy.
De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor.
Se me ocurrió un artificio análogo.
—Oí —le dije—, ¿tenés algún dinero?
—Sí —me replicó—. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón Jichlinski en el Crocodile.
—Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge y que hará mucho bien... ahora, me das una de tus monedas.
Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de los primeros.
Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez.
—No puede ser —gritó—. Lleva la fecha de 1974. 
(Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)
—Todo esto es un milagro —alcanzó a decir— y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados.
No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas.
Hizo pedazos el billete y guardó la moneda.
Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso.
Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos sitios.
Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme.
—¿A buscarlo? —me interrogó.
—Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista. Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano.
Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. El otro tampoco habrá ido.
He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el recuerdo.
El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar.
Jorge Luis Borges
El otro (en El libro de arena. Emecé editores)


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Lunes, 10 de diciembre de 2012

Hago una línea en el mapa. Memorizo los nombres de las calles entre el hotel y la librería. Salgo del  hotel (la avenida alargada, el tráfico, las nubes de lluvia, el frío en mi cara), y guardo el mapa en la mochila. Decido perderme en el primer cruce y olvido la ruta marcada. Cuando llego a la librería, ella sonríe, estira los brazos, y salta mientras me abraza.

El mapa sigue en mi mochila, a veces lo despliego en una cafetería de Bilbao e intento reconstruir el camino de aquella tarde, de la habitación de un hotel a un abrazo.


Los lunes de Anay. Quo vadis...

"Buscas en Roma a Roma ¡oh peregrino!
y en Roma misma a Roma no la hallas"

                                          FRANCISCO DE QUEVEDO


RUTA

En mi peregrinar
llamo a juicio a los montes.
El tiempo me limita.

Cruzo valles y ríos
junto a ciervos que buscan
poder saciar su sed.

Aunque encuentre un lagar
en medio de la estepa,
me atrevo a presentir
que después de pisar todas las uvas,
no beberé su vino.

                          PILAR TELLO BERDÚN



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Domingo, 09 de diciembre de 2012

Todo lo que tengo lo llevo conmigo. O: todo lo mío lo llevo conmigo. Así se inicia la dura novela de Herta Müller sobre los campos de trabajo rusos. El narrador, un alemán rumano, se despide en el primer capítulo de su familia y su ciudad, de los gestos y actos cotidianos, de los secretos, los encuentros en los parques y saunas con otros hombres, y sube en un tren con tantos otros compatriotas con una secreta impaciencia y una esperanza extraña. Lleva consigo una maleta con ropa y una frase de su abuela: sé que volverás. Un adolescente, un destino incierto, el encierro y los campos de trabajo. Herta Müller construye una historia sobre el dolor, el horror, el hambre, la supervivencia, los ecos de la segunda guerra mundial y la muerte. Y lo hace de manera dura, seca, densa, sin concesiones.

Cada capítulo de Todo lo que tengo lo llevo conmigo parece la descripción de una fotografía. Müller habla del ángel del hambre y la pala del corazón, del tedio tras las largas jornadas de trabajo, el cemento que se pega a la piel, las chimeneas, buhonear con trozos de carbón, las plantas, semillas y ardillas para aplacar el hambre, el rancho de sopa y pan duro, la época de pielyhueso, la quietud de los muertos, el hogar cada vez más lejano y el tiempo que se desvanece. Son fotos fijas, una mirada detenida sobre el horror, el sometimiento y la desnudez sobre otro ser humano hasta convertirlo en alguien que sólo es hambre y huesos y no piensa más allá de un caldo aguado y sobrevivir hasta el siguiente día.

La voz del narrador está desnuda de cualquier afectación, se asemeja a una cámara que recorre aquello que le rodea e intenta reproducirlo sin subrayados. Es uno de los puntos que más me sorprendieron de Müller, su capacidad para fotografiar el horror y que sea el lector sea quien ponga los adjetivos a lo que está leyendo. A lo largo de los capítulos (las fotografías) el adolescente narrador intenta mantenerse en pie, adecuarse al campo de trabajo, a las nuevas reglas, a un paisaje e idioma desconocidos, habla de los compatriotas con privilegios y su mirada de superioridad, de una mujer loca que no sabe dónde está o qué ocurre a su alrededor, de un matrimonio donde el hombre roba el pan a la mujer, de las enfermedades y la vejez adelantada, de la espera del regreso a casa. Hay un par de momentos de paz, la voz de su abuela y su sé que volverás, un pañuelo que le regala una mujer rusa y que esconde en su maleta, la blancura del pañuelo parece incongruente entre el cemento y el hambre. El regreso a casa es silencio, el silencio de la familia que no pregunta por lo vivido, el silencio que rompe el narrador al comprar el primer cuaderno para decir yo estuve allí.

La escritura de Herta Müller no hace concesiones, es una lucha y un puñetazo en el pecho, una fotografía del horror.



Todo lo que tengo lo llevo conmigo.
O: todo lo mío lo llevo conmigo.
He llevado todo lo que tenía. No era mío. Era o algo destinado a otras finalidades o de otra persona. La maleta de piel de cerdo era la caja de un gramófono. El guardapolvo era de mi padre. El abrigo de vestir con el ribete de terciopelo en el cuello, del de vestir con el ribete de terciopelo en el cuello, del abuelo. Los bombachos, de mi tío Edwin. Las polainas de cuero, del señor Carp, el vecino. Los guantes de lana verdes, de mi tía Fini. Sólo la bufanda de seda de color burdeos y el neceser eran míos, regalos de las últimas navidades.

( … )

Pequeños tesoros son aquellos en los que pone: Aquí estoy.
Más considerables son aquellos en los que pone: Te acuerdas.
Pero los tesoros más bellos son aquellos en los que pondrá: Yo estuve allí.
En los tesoros tiene que poner ESTUVE ALLÍ, decía Tur Prikulitsch. Mi nuez subía y bajaba bajo la barbilla como si me hubiera tragado el codo. El barbero decía: Aún estamos aquí. Lo quinto viene después de lo noveno.
Herta Müller
Todo lo que tengo lo llevo conmigo (traducción de Rosa Pilar Blanco. Ediciones Siruela)


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S?bado, 08 de diciembre de 2012

Dejo escapar una pequeña estela de vapor de mi boca. La luna menguante y algunas estrellas entre las nubes, la luz amarilla y roja de las farolas y los semáforos reflejada en el suelo mojado, el silencio de la madrugada y los charcos en el camino. Escondo las manos en los bolsillos y sonrío por el frío que agrieta mi cara. Encuentro una piedra en el suelo. Intentaba saltar sobre los charcos en la acera. La piedra brillaba por la lluvia caída, era pequeña, amarilla, con la forma de una huella dactilar. En la calle sólo estábamos la piedra y yo. Me agacho a recogerla, resbala en mi mano, está fría y mojada y siento que la luna, las estrellas, las farolas, la estela blanca en mi boca, los semáforos, los charcos, la piedra y yo formamos una línea en un mapa.




(coda)
Me llama desde una librería. Quiere que le recomiende poemas. Está delante de la sección de poesía, me dice que sólo hay una estantería con poemarios, siento la decepción en su voz. Encuentra un poemario de Kirmen Uribe y su voz se transforma en sorpresa y calidez, parece una niña que acaba de encontrar el mapa del tesoro. Hablamos de Pizarnik y Ángel González (busco en mis estanterías un poemario de Ángel González, lo abro por una de las páginas marcadas, habla de diciembre e invierno). La imagino detenida delante de la estantería, el móvil en una mano y la mano libre acariciando el lomo de los libros.


Hay un mapa con una línea dibujada a bolígrafo entre dos puntos. Es la distancia entre nosotros. Cuando nos movemos (Vigo, Madrid, Elche) la línea crece y se desdobla en nuevas líneas.


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Viernes, 07 de diciembre de 2012

Te llaman porvenir  
porque no vienes nunca.  
Te llaman: porvenir,
y esperan que tú llegues
como un animal manso
a comer en su mano.
Pero tú permaneces
más allá de las horas,
agazapado no se sabe dónde.
…Mañana!
               Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre.
Ángel González
Porvenir (en Sin esperanza, con convencimiento)


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Jueves, 06 de diciembre de 2012

El viaje iniciático de un muchacho acogido por una alianza de magos y forajidos, el grial y la piedra filosofal, un diamante que podría tener un origen extraterrestre, viejas historias de alquimia, hombres que desaparecen con sólo desearlo, una mujer con una hija imaginaria, un locutor de radio que habla de forma desaforada y febril y parece unir sueños inconexos, un crimen y una investigación, las trampas de la realidad y la realidad de las apariencias y, siempre, el movimiento. Estos son algunos de los elementos que maneja Jim Dodge y que hacen de Stone Junction una maravillosa locura, una historia que avanza de manera endiablada y que contiene tramas y personajes inesperados, una voz inquieta, aventurera, trepidante.

Stone Junction es el viaje de Daniel Pearse desde su nacimiento en un orfanato hasta un diamante que parece abrir una puerta a otra dimensión, el otro lado del espejo. Entre esos dos puntos, Daniel vivirá en un mundo fuera de las normas sociales, estará en permanente movimiento, no irá a la escuela pero tendrá como profesores a forajidos que le enseñarán meditación y a abrir cajas fuertes, a desaparecer y jugar al póquer, el poder de la magia y los disfraces, las drogas y el calor de otra piel. Es el mundo de la alianza de magos y forajidos, una organización invisible que intenta vivir con sus propias reglas, que el mundo tenga un equilibrio diferente.

La adolescente Annalee huye con su hijo Daniel, recién nacido, de la residencia donde estaba recluida. En su huida conoce a un peculiar camionero, un tipo tranquilo y sonriente, que le propone cuidar de un refugio usado como lugar de paso y reposo por forajidos. El refugio es el primer paso en el viaje de Daniel, crecerá rodeado de poetas, indios, seres al margen de la sociedad que le enseñan a pasear desnudo bajo la lluvia, curar heridas, alquimia y poesía japonesa. La muerte de su madre por una bomba trastoca la vida de Daniel, deja de ser el niño que juega con indios y poetas y se prepara con los hombres y mujeres de la alianza de magos y forajidos para ser parte de ellos, encontrar al asesino de su madre y la puerta a otra realidad.

Stone Junction se desborda a cada página, es un punto en un mapa que se convierte en infinitos caminos. La voz de Dodge cautiva y atrapa, mezcla la novela negra y el viaje iniciático, la aventura con la reflexión sobre realidad y apariencia, sobre la sociedad que vemos y lo que se esconde bajo ella, en Stone Junction sientes que todo es posible, que la magia existe, que hay lugares donde desaparecer (el interior de un diamante, el otro lado del espejo). Hay escenas inolvidables, una partida de póquer, un paseo bajo la lluvia, un náufrago a punto de morir, un diamante escondido en el corazón de una montaña, un maestro del disfraz, una granja de muchachas, la atracción por el abismo.

Es difícil definir Stone Junction, tal vez baste con decir que es un viaje, sin mapas ni brújulas, un viaje lleno de cruces de caminos y el vértigo de dejarse llevar por cada uno de ellos.



Daniel Pearse nació en un lluvioso amanecer, el 15 de marzo de 1966. No recibió un segundo nombre de pila porque su madre, Annalee Faro Pearse, estaba agotada después de dar con un primer nombre y un apellido, sobre todo con el apellido. Según sus más certeros cálculos, el padre de Daniel podría haber sido uno entre siete hombres. Annalee se inclinó por el nombre de Daniel por su sonido fuerte, y porque sabía que él debería ser fuerte.
Al nacer Daniel, Annalee era una huérfana de dieciséis años acogida por la Residencia Femenina de Greenfield, un centro de tutela de Iowa dirigido por las hermanas de la Santísima Virgen María, donde había sido internada por orden judicial tras intentar robar de la vitrina de una joyería una barra de plata de unos treinta gramos. Contó al agente que la detuvo que era una huérfana de la luna, y al juez le dijo que no reconocía la autoridad del tribunal para tomar decisiones sobre su vida. Se negó a colaborar y se limitó a dar su nombre: Annalee Faro Pearse. El juez la condenó a ingresar en Greenfield hasta que cumpliera dieciocho años.

( ... )

Daniel cerró la mano con la tortuga dentro y miró a Wild Bill.
-¿Sabes lo que no entiendo?
-No -sonrió Wild Bill-, pero hay mucho entre lo que elegir.
Daniel hizo caso omiso del amuleto.
-No entiendo por qué tienes tanto miedo de tu ternura.
-Ése es otro motivo por el cual es una tortuga -dijo Wild Bill-. ¿Por qué crees que tiene caparazón?

( ... )

-Puedo sentir tu hambre, Daniel. Siento cuánto deseas perderte. Yo también lo sentí. Expandirse, contraerse, da lo mismo. Desaparecer no es el camino para liberarse. No es posible liberarse, Daniel, no hay posibilidad de huida definitiva y sorprendente. Tal es la verdad fría y mágica.
Jim Dodge
Stone Junction. Una epopeya alquímica (traducción de Mónica Sumoy Gete-Alonso. Alpha Decay)


Tags: Stone Junction, Jim Dodge, Mónica Sumoy Gete-Alonso, Alpha Decay

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Mi?rcoles, 05 de diciembre de 2012

Esperaba  
esperaba  
y todavía  
y siempre
esperando,
esperando
con todas las arterias,
con el sacro,
el cansancio,
la esperanza,
la médula;
distendido,
exaltado,
apurando la espera,
por vocación,
por vicio,
sin desmayo,
ni tregua.

¿Para qué extenuarme en alumbrar recuerdos
que son pura ceniza?
Por muy lejos que mire:
la espera ya es conmigo,
y yo estoy con la espera...
escuchando sus ecos,
asomado al paisaje de sus falsas ventanas,
descendiendo sus huecas escaleras de herrumbre,
ante sus chimeneas,
sus muros desolados,
sus rítmicas goteras,
esperando,
esperando,
entregado a esa espera
interminable,
absurda,
voraz,
desesperada.

Sólo yo...
¡Sí!
Yo sólo
sé hasta dónde he esperado,
qué ráfagas de espera arrasaron mis nervios;
con qué ardor,
y qué fiebre
esperé
esperaba,
cada vez con más ansias
de esperar y de espera.

¡Ah! el hartazgo y el hambre de seguir esperando,
de no apartar un gesto de esa espera insaciable,
de vivirla en mis venas,
y respirar en ella la realidad,
el sueño,
el olvido,
el recuerdo;
sin importarme nada,
no saber qué esperaba:
¡siempre haberlo ignorado!;
cada vez más resuelto a prolongar la espera,
y a esperar,
y esperar,
y seguir esperando
con tal de no acercarme
a la aridez inerte,
a la desesperanza
de no esperar ya nada;
de no poder, siquiera,
continuar esperando.
Oliverio Girondo
Espera (en Persuasión de los días)


Tags: espera, persuasión de los días, Oliverio Girondo

Publicado por elchicoanalogo @ 21:22  | Oliverio Girondo
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Martes, 04 de diciembre de 2012

Abro el paquete, dentro, La sonrisa del camaleón y una nota escrita a lápiz con la letra de Ib. leo versos al azar, me dejo llevar por las primeras palabras de los poemas, un primer acercamiento a vista de pájaro que me anticipa palabras sobre huecos, naufragios, reflejos y sexo.

Termino La sonrisa del camaleón y siento ese mareo extraño cuando bajamos de un barco y la tierra se mueve bajo nuestros pies. El poemario de Isabel Tejada Balsas es intensidad, es una brecha y una imagen reflejada gris e incompleta, es dolor y dudas, es la construcción de un naufragio y las emociones que se desbordan en miedos, islas, sexo y animales que nos roen las entrañas. Hacer de estos restos un lugar (habitable)

Hay momentos que parecen una lucha contra la propia sombra, hay momentos de una soledad dolorosa, hay momentos de una búsqueda a medio camino, hay preguntas y (mi) silencio. Dime / ¿para qué sirve un náufrago?



Por Orden

Primero fue la ola
el vaticinio de un ahogado

Más tarde
el trabajo del náufrago: hacer la isla
Olvidarse del barco
Contener el vacío en su propia cintura

Permitir a la noche el idioma de los solos

Saber
         perder




La verdad

es que hago la cama como hago la vida
Militando el borde de todo lo que me socava
Rumiando un principio en cada desenlace
sublevada de mí misma redonda de ignorancia
Boreal y equívocamente ambigua
El pecho condecorado con tus graznidos
Si me buscas hallarás en mí animales
Cisnes blanquísimos se arenan en esta piel
que espera ser mordida
Caballos ebrios de viento definen mis caderas
con su fiebre
un gato se perpetra en cada pupila
cinéndote a mí sin que te des cuenta
                                                      hasta que ya
                                                      sea demasiado tarde
Los lobos que me devoran no están a mis pies
Los llevo dentro




Touché

Con la cabeza entre tus muslos
fuiste en mi boca
vul
ne
ra
ble
Cerrados tus ojos a la saliva y
a la lengua
no viste que de frotar
se me hincharon los labios
allí
donde dejaste tu cosecha de gusanos blancos
colgando
como la espuma rabiosa de un perro




No subestimes

al colibrí que pajarea calculando
la onda expansiva de su ala
el sigilo con el que se te acercan
los niños sucios en la guerra
Isabel Tejada Balsas
La sonrisa del camaleón (Monosabio. Ayuntamiento de Málaga)


Tags: La sonrisa del camaleón, Isabel Tejada Balsas, Monosabio

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Lunes, 03 de diciembre de 2012

Las niñas se acercan con timidez. Andan de la mano, la mayor tira de la pequeña, llevan gorros y abrigos rojos, la melena rubia, los ojos y la piel claros. Deben tener 6 y 4 años. La mayor me pregunta, ¿sabe...? y traga saliva. Sonrío con calma y la niña termina la pregunta. ¿Sabe cuándo se encenderán las luces navideñas? (sus miradas tímidas y nerviosas). Les respondo que deben esperar a que sea de noche, que en una hora se encenderán las luces. Sonríen y andan a saltos hasta llegar a sus padres.

Me siento en la cafetería con un café, un pastelito y los libros de Romeo y Laxness. Paso de uno a otro, hojeo páginas que hablan de recuerdos de infancia y estudio el mapa que aparece en la primera página del libro de Laxness (nombres de glaciares, ríos y montes islandeses). Espero a que anochezca tras los ventanales.

Salgo de la cafetería y callejeo por el centro de Bilbao. Llego a la plaza moyua y, en una esquina, observo las luces azules en los árboles de la gran vía. Pienso en las niñas, deben sentir algo parecido a la magia. Paseo bajo las luces que se encienden a oleadas de la gran vía y aparece una pequeña y cálida sonrisa (and the feeling comes in waves...)


Los lunes de Anay. Selva y magisterio...

"No es posible escapar de lo que es uno"
                                                             JOSÉ MARÍA FONOLLOSA


Veladamente,
descorriendo pestillos,
ha llegado hasta mi cuarto
una pantera translúcida con la piel de diamante
que me morderá la nuca cuando menos lo espere.

Es el deseo.

                              ALMUDENA GUZMÁN




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 17:35  | Los lunes de Anay
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Domingo, 02 de diciembre de 2012

Pura Pasión habla de la espera y el deseo, del amor y el sexo, de los tiempos muertos y el sometimiento a unas emociones que no somos capaces de controlar, de una mujer cuya vida se define por el tiempo entre una llamada y otra de su amante. La narradora de Pura pasión se deja llevar por esa espera que acrecienta el deseo, por las imágenes creadas de un hombre al que apenas ve y, cuando eso ocurre, cuando hay un encuentro, la intensidad de la espera. Sus días orbitan alrededor de la ausencia de su amante, sólo consigue interesarse por aquello que le habla o le acerca a él, que le recuerda su acento, su procedencia, su existencia.

Annie Ernaux no necesita llegar al centenar de páginas para hablarnos de una espera y un deseo que desestabilizan y paralizan a la narradora de Pura pasión. La narradora habla sobre esa época de espera, sobre unos días que se definían por una llamada y un encuentro imposible de prever con su amante, sobre el deseo que crece con la ausencia y que se descarga en la presencia, una rueda que no se detiene, sobre vivir sin límites temporales (el único límite, el otro), sobre una relación que es una fotografía borrosa y movida. Su voz es directa, inteligente, se limita a mostrar esa espera, a dejarnos ver su obsesión y abandono.

En medio de dos encuentros, en esa espera, la narradora busca vestidos nuevos que mostrar a su amante, escribe cartas, busca noticias relacionadas con su país, anota frases que decirle en su encuentro, fantasea con las habitaciones donde harán el amor, es un deseo rodeado de vacío y obsesión, de alguna manera un deseo que idiotiza y deja a la narradora fuera de una definición. Esa espera alimenta la presencia del otro, la presencia del otro aumenta la espera hasta el siguiente encuentro.

Cada acto cotidiano está definido por el encuentro y el deseo, por la imagen incompleta de un hombre que aparece sin avisar y desaparece para adueñarse de la mente de la narradora. Una conversación, un periódico, una tienda de ropa sólo es una excusa para preparar el siguiente encuentro. Es una relación extraña, de límites traspasados, donde la narradora descubre nuevos gestos y emociones que creía no se darían en ella, que la ponen delante de un espejo para ver el reflejo de alguien que no esperaba ver.

Pura pasión es una novela corta, inteligente y poderosa, el lugar donde nos encontramos sin esperarlo, el vértigo de las emociones desbordadas.



A partir del mes de septiembre del año pasado, lo único que hice fue esperar a un hombre: que me llamara y que viniera a verme. Iba al supermercado, al cine, llevaba la ropa a la lavandería, leía, corregía exámenes, actuaba exactamente igual que antes, pero de no tener un dilatado hábito de este tipo de actos, me habría resultado imposible, salvo a costa de un esfuerzo aterrador. Sobre todo al hablar es cuando tenía la impresión de vivir llevada por mi impulso. Las palabras y las frases, hasta la risa, se formaban en mis labios sin la intervención real de la reflexión o la voluntad.
Annie Ernaux
Pura pasión (traducción de Thomas Kauf. Tusquets)


Tags: Pura pasión, Annie Ernaux, Thomas Kauf, Tusquets

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S?bado, 01 de diciembre de 2012

Noviembre terminó el día de las librerías. Vagabundeé por una de ellas, elegí a Jelinek y Levrero, salí con los dos libros en la mano y hojeé algunas páginas en una cafetería (me senté en un ventanal, a veces veía correr a algún hombre con traje o una mujer con falda y abrigo, sentí que ellos tenían claro dónde iban). Pensé en las lecturas del mes, los cuentos de Lahiri y Pámies, el desbordamiento en Dodge, la sutileza de Kawakami, la espera en Ernaux, la kafkiana ciudad de Levrero. 

De noviembre, el reencuentro con Hiromi Kawakami. Desde El cielo es azul, la tierra blanca, busco cada libro editado de Kawakami para dejarme llevar por su delicadeza, sus personajes entrañables y desorientados, las historias de amor tan sutiles como intensas, los tiempos muertos donde habla de comida, objetos o recuerdos. El señor Nakano y las mujeres cala de a poco.

Dodge se desborda en Stone Junction, un viaje iniciático de un muchacho que se cruza con una alianza de magos y forajidos. Dodge habla de magos capaces de desaparecer, poetas, indios que andan desnudos bajo la lluvia, alquimistas, jugadores de póquer, la piedra filosofal, el santo grial, un diamante de origen extraterrestre, las trampas de la realidad y la realidad de las apariencias. Stone Junction es un libro febril, aventurero, inesperado.

Los cuentos de Tierra desacostumbrada hablan de raíces y amores, de los hijos de emigrantes bengalíes y las tradiciones, de soledad, pérdida, ausencias, huecos y viajes, del imposible regreso a algún lugar abandonado en nuestro pasado, de emociones que crecen de manera desmedida hasta hacerse con nosotros, de las tierras que llevamos dentro y el desajuste con la tierra que pisamos. La voz de Lahiri es pausada, triste, cercana.

Levrero traza una historia kafkiana en La ciudad, un personaje sin nombre que sale de casa, se pierde en la lluvia y la oscuridad y vagará por un paisaje también sin nombre, una mezcla de sueño, realidad e invención, de aventura y tensión. La escritura de Levrero es directa, seca, sin extraños experimentos.

La bicicleta estática parecen anotaciones de un diario, en un par de páginas Pàmies habla de miedos, dudas, frustraciones, supervivencias, parejas que pierden pie, personajes que se sumergen, literalmente, en su interior para encontrar las respuestas a una vida anodina.

Annie Ernaux se detiene en la espera y el deseo, una mujer que vive en un tiempo en paréntesis, en continua espera de una llamada de su amante. Y es en ese tiempo entre una llamada y otra donde su deseo crece, donde la narradora se convierte en un ser que no acaba de fijarse a la realidad. Las páginas de Pura pasión son cortantes, desvariadas, el dolor y el absurdo de una espera.

Entre lecturas, los poemas de Isabel Tejada y Karmelo Iribarren, una conversación sobre poesía con Elisa (Gamoneda, Grande, Bono), un libro de Mailer abandonado. Mi lectura actual, Cuando Alice se subió a la mesa, de Jonathan Lethem


El señor Nakano y las mujeres - Hiromi Kawakami
La bicicleta estática - Sergi Pàmies
Stone Junction - Jim Dodge
La ciudad - Mario Levrero
Tierra desacostumbrada - Jhumpa Lahiri
Pura pasión - Annie Ernaux

 

 


Tags: Hiromi Kawakami, Sergi Pàmies, Jim Dodge, Mario Levrero, Jhumpa Lahiri, Annie Ernaux

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