Domingo, 06 de enero de 2013

(el paisaje tras la ventana de la habitación)
Me despierta el chillido de las gaviotas y el sonido de la ducha en otra habitación. Intento ubicarme en el nuevo espacio, las sombras sobre las paredes, la disposición de los muebles, la habitación alargada, las conversaciones apagadas en el pasillo. Me lleva unos segundos recordar dónde estoy y quién soy, por unos segundos podría estar en cualquier espacio, en cualquier tiempo.
Descorro las cortinas y entrecierro los ojos por la luz del sol reflejada en la curva del río. Observo la casa abandonada, es pequeña, de piedras grises, ventanas de madera y tejas viejas. Descubro una ventana rota. Me pregunto quién la olvidó.

(el paisaje tras la ventana de la cafetería)
Una mujer sube una pequeña cuesta, arrastra un carro verde y una bolsa con un paraguas. Lleva un gorro naranja, guantes y ropa de abrigo. Es todo lo que tiene. La he visto pedir en los soportales y en las iglesias de la parte vieja, la mirada baja, la espalda encorvada. Es un pequeño caracol.
Observo las flores rojas de los árboles y la plaza desnuda (por la tarde los niños se sacan fotos, juegan al corre que te pillo, inventan canciones, preguntan por los reyes magos o miran las luces navideñas con la boca abierta y el dedo índice alzado). Cruzan la plaza un par de personas, salen pequeñas estelas de vapor de sus bocas. A mi derecha, una calle con adornos navideños apagados y la luz sobre los últimos pisos de los edificios. Veo la cara de mis abuelos en los ancianos que entran al café.

(recuerdos)
Recuerdo una casa abandonada al lado del camino. Buscábamos un puñado de piedras y rompíamos los cristales de las ventanas. Escuchábamos el sonido del cristal roto, los trozos que caían al suelo y corríamos para que nadie nos descubriese. De noche, la casa cambiaba, la luz de la luna distorsionaba las sombras tras los cristales, le daba un tamaño extraño, fantasmagórico, como los grillos y el brillo de las luciérnagas. Nos creíamos invencibles, pero la casa, de noche, nos hacía sentir pequeños y llenos de miedos.
Recuerdo los pasos cortos de mi abuelo paterno, se apoyaba en su bastón, andaba con cuidado, parecía reflexionar sobre cada paso que daba. Era carpintero, quería que yo lo también lo fuese, me enseñaba el nombre de las herramientas del taller bajo el hórreo o el funcionamiento de un pequeño molino. Hablaba despacio, me preguntaba si le entendía. Yo asentía con la cabeza.
Recuerdo la espalda encorvada de mi abuelo materno, mascaba tabaco, llevaba un sombrero de paja y vendía periódicos (La voz de Galicia, Progreso). Cruzaba las piernas al sentarse en uno de los bancos bajo los árboles, tenía los ojos azules y llorosos, exclamaba boh ante las cosas que no comprendía.
Recuerdo una ermita octogonal, caminos de tierra, piedras y polvo y la cascada de un río, recuerdo estar sentado en el remolque de un tractor y ver cómo se acercaba el horizonte cuanto más nos alejábamos de él, recuerdo cruzar corriendo un pequeño puente y una gran roca en mitad de un río, recuerdo la luz del atardecer sobre los campos y el tañido de las campanas de la iglesia, recuerdo las calaveras en las paredes de una iglesia y las tardes tumbado en hierba, recuerdo las noches de luna y  las casas abandonas.
(ya no hay luciérnagas en el camino)


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