Viernes, 18 de enero de 2013

Me apoyo en la valla. Siento el frío en mi cara y manos. Unas pequeñas estelas salen de mi boca y se deshacen en el cielo. Observo el movimiento de la niebla, pasa entre las ramas de los árboles, los montes aparecen y desaparecen delante de mí. Parece un juego de adivinanzas, las formas tras la niebla podrían ser antenas, caparazones de tortugas o barcos naufragados. Distingo el vuelo negro de un pájaro, el tejado de un caserío o la llama de la refinería antes de que vuelvan a la niebla.

En los días de niebla me agarraba a la mano de mi padre. Dejaba que él me guiase. Sentía su apretón firme, las heridas y los callos en sus dedos, mi mano empequeñecida dentro de la suya. Mi padre tiraba de mí con suavidad, sabía andar entre la niebla. Luego fui yo quien lo guió por los pasillos de un hospital. Sujetaba el suero, adecuaba mi paso al suyo y nos deteníamos en un balcón frente a un jardín japonés y un campanario cubierto por una tela metálica. Entonces me hablaba de estorninos, huecos y recuerdos. Sus manos aún empequeñecían a las mías.

El sirimiri me empapa el pelo y la cara. Busco un pequeño hueco bajo un alero donde resguardarme. El viento mueve las gotas de lluvia como la niebla mueve a los árboles. Escucho el sonido del sirimiri, es tenue, sutil, me recuerda a las noches de luciérnagas. Acompaso el movimiento de la niebla a la cadencia del sirimiri. Meto las manos en los bolsillos y dejo escapar un par de estelas de mi boca. Por un segundo siento que la niebla que enreda el paisaje sale de mí.



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