Martes, 22 de enero de 2013

(escrito entre el 31 de mayo y el 7 de junio en una habitación de hospital)

 

01. Subdivisiones
Estoy en una habitación de hospital. Mi padre duerme. Vigilo su sueño, hace treinta años era él quien lo hacía en este mismo hospital. Me fijo en el crucifijo de madera sobre la cama, la televisión colgada de la pared, las paredes de color crema, las revistas y los libros en la mesa. La luz mueve las cortinas. Miro a través de la ventana y veo un paisaje nuevo, un jardín de estilo japonés, un cenador de madera, los montes de la otra margen de la ría, la red que envuelve el campanario del hospital. El cielo está limpio. Es un lugar tranquilo.
Entran dos auxiliares a hacer la habitación. Nos saludamos con un susurro. Llevan guantes de plástico y ropa blanca. Salimos de la habitación, mi hermana pequeña me pregunta si quiero ver la tumba de Gora. Nos cruzamos con otros pacientes en sillas de ruedas, un hombre sin piernas que se seca el sudor de la cara con una toalla, una mujer que anda con dos muletas, un par de mujeres con pijamas y batas de seda en la sala de estar. Nos decimos hola en voz baja.
Tengo que agacharme y salvar las ramas de un árbol para entrar en la huerta donde está enterrado Gora. Es la primera vez que estoy ante su tumba después de cavar un hueco en la tierra y ver su cuerpo inmóvil dentro. Me quedo en silencio y agacho la cabeza. Hace calor. Anticipo la tormenta. Salen hormigas por un pequeño agujero. Mi hermana dice que rodeará la tierra con piedras de jardín. Asiento y miro alrededor.
No busco en Internet qué significa “páncreas inflamado”. Espero a que sea el médico quien me informe. Dice que baja la inflamación, que es buena señal que mi padre tenga hambre. Cada pocas horas aparece una enfermera y cambia el suero, le da un calmante o saca sangre a mi padre. Tiene los ojos vidriosos. Me siento nervioso, preocupado, frágil. Sólo pienso en el instante que tengo delante (y en el instante que tengo delante mi padre está sentado en el borde de la cama, mira por la ventana y habla de un desfile militar).
Suenan canciones pop en los pasillos del hospital. Doy pequeños paseos para desentumecer las piernas. Tomo café, paracetamol y caramelos solano. Me cruzo con otros pacientes y familiares, nos saludamos con un leve movimiento de cabeza. Llevo la piedra de Isabel en la mano, juego con ella por los pasillos, la acaricio, cuento las vueltas que da en el aire y la guardo en el bolsillo cuando ya no siento su frío.
Voy con mi hermana mayor a una cafetería frente al hospital. Hablamos de Jane Austen y las hermanas Brontë. Le digo que antes de comprar un libro mire en mi biblioteca, que pruebe con George Eliot y Jean Rhys, con Hawthorne y Melville.
Mi padre y yo vemos Infierno de cobardes en la habitación. Nos gustan las películas del oeste, de niño me hacían soñar con espacios sin límites y noches junto a una hoguera. Hablamos del gesto austero de Clint Eastwood, las palabras justas, los movimientos adecuados, y contamos los muertos que deja a su alrededor. La televisión cuelga de la pared, es pequeña. Frente a ella, un crucifijo de madera.
Tardo cincuenta minutos en llegar a casa andando, las nubes grises, sucias. Caen las primeras gotas pero no me refrescan. Siento un calor plomizo.
La tormenta en la noche. Suenan los relámpagos, se ilumina la habitación. Me duermo gracias ala tormenta y el viento, su sonido me cuenta una historia. No recuerdo qué sueño.




02. El chico analógico
Amanece. Espero el autobús. La lluvia rebota contra la acera. Llevo una mochila con mi portátil y un libro de cuentos de Alice Munro. Doy un beso a mi padre, le pregunto cómo está, cómo ha pasado la noche. Tiene los auriculares puestos, la radio se mueve sobre su vientre al ritmo de su respiración. Me dice que ha dormido toda la noche.
Abro la mochila y encuentro un mapa de Zaragoza. Recuerdo el paseo por una ciudad desconocida, el abrazo donde Isabel saltaba dentro de mis brazos, la voz de Juan Pardo Vidal al leer sus poemas, el refugio de la librería Pantera Rossa y un cabaret ibérico donde se mezclaban mujeres desnudas y jotas.
A través de la ventana: el jardín japonés, el cenador donde descansan algunos enfermos en sillas de ruedas, las visitas que entran y salen del hospital. Veo llover tras la ventana, el cielo tormentoso y la niebla que cubre los montes. Me siento y observo el goteo del suero, la vía en el brazo de mi padre, su pijama abierto por la espalda. Habla poco, escucha la radio, no quiere encender el televisor, los sábados no emiten películas del oeste.
Salgo de la cafetería del hospital, vagabundeo por los pasillos, hago tiempo mientras limpian el baño de la habitación. Empiezo a reconocer las caras de las enfermeras y las auxiliares. Nos saludamos, nos decimos buenos días, les doy las gracias. Encuentro un cubo en medio de un pasillo. Pienso en la quietud que me transmite ese cubo.
Escribo mientras mi padre descansa. Escribo para sobrevivir y cruzar un espacio. Cuando termino me siento frágil, vulnerable, podría romperme en mil pedazos, me estoy vaciando, es como andar en el aire.
Me dirijo a la parada de autobús. Veo un crucero atracado en el puerto, el rojo de los botes salvavidas. Una pinza cae al suelo, a su lado, un par de calcetines enrollados y unas braguitas blancas. Miro a los balcones, el viento mueve la ropa en los colgadores. Una estela de avión se disgrega en el cielo. Por eso me gustan las estelas, cambian de forma con el viento.




03. Química
Un avión aparece en el cielo. Acaba de despegar del aeropuerto, su estela aún no es visible. Escucho la sirena de un barco, el trino de los pájaros, las sillas de ruedas en el pasillo del hospital.
Mi padre toma café con leche, se levanta, anda un poco por la habitación, se cambia de pijama y se lava sin ayuda, lee el periódico o las revistas del corazón, nunca libros. Mi madre encargaba sus libros a círculo de lectores, cuando llegamos los tres hijos se acabó su tiempo de lectura pero dejó los armarios llenos de libros, un lugar donde investigar. Mis hermanas y yo escogíamos una obra de teatro, nos repartíamos los personajes y representábamos la obra en voz alta antes de dormir. Nuestras iniciales siguen en esos libros.
Mi padre se llama José, fue carpintero en Galicia y emigró al País Vasco, mi madre María Luz, se ordenó monja y guardo el recordatorio de su consagración entre las páginas de Fahrenheit 451. De niños vivían en dos aldeas a un par de kilómetros de distancia. Tardaron treinta años en estar juntos.
Hace años coloqué mi mano en un armario que construyeron mi abuelo y mi padre, tenía más de cincuenta años, recuerdo el barniz oscuro y la madera compacta. Mi mano en la puerta: tres tiempos en un espacio. En Galicia me quedaba en el taller de mi abuelo y veía cómo trabajaba. Me gustaba ver salir las chispas, el olor de las virutas, el caos de piezas y maderas. Cuando era niño mi padre me regalaba herramientas de juguete, yo prefería las películas del oeste.
Mis padres hablan, discuten, se acarician, se besan al despedirse, la voz quebrada de mi madre al llamarme de urgencias, la voz apagada de mi padre en estos días de hospital. Llevan cuarenta años juntos.




04. El hombre digital
Me siento al otro lado del espejo. Ayudo a mi padre a afeitarse, lo acompaño por los pasillos del hospital y vigilo su sueño. Mientras duerme escribo (me vacío), miro alrededor, paseo delante de una capilla, observo un campanario envuelto en una red. Mi padre está mejor, se levanta al sillón, hace crucigramas, vemos westerns de serie b.
Queda la espera por los resultados, siento que no hay tiempo, sólo el espacio de esta habitación, el crucifijo de madera, la televisión colgada de la pared. Ya reconozco las caras de las enfermeras, de los otros pacientes y familiares. Nos saludamos, nos sonreímos.
Paseamos por el pasillo. Nos fijamos en el goteo del suero, cuando se detiene. mi padre se queda quieto y espera a que se reanude. Me doy cuenta de que lleva su reloj de pulsera. Pero el tiempo lo marca el goteo en un tubito de cristal. Nos cruzamos con una paciente en pijama rosa y andador, pasamos por las puertas entreabiertas de las habitaciones, vemos familiares que leen aburridos, una mujer que mira por la ventana.
Dejamos atrás la sala de estar, el volumen alto de la televisión. Nos dirigimos hacia la ventana del final del pasillo, al otro lado la gente anda por las aceras, los coches buscan aparcamiento, el tiempo marcha de otra manera. Nos quedamos en silencio. Miro a mi padre, intento adivinar qué siente. Una vez escribí que somos iguales, que somos tortugas, por fuera la calma, por dentro un pequeño terremoto. Damos la vuelta y alcanzamos el otro extremo del pasillo. Se para ante un cuadro, trazos negros sobre un fondo crema, y se pregunta por su significado, lee un cartel que habla de fe y curación, no dice nada. Regresamos a la habitación.
Meto el portátil en la mochila, la cuelgo al hombro y regreso andando a casa. Siento su carga.




05. Eucalipto
Entra una enfermera. Le quita el suero a mi padre. Cierra la vía y le pone esparadrapo en el brazo. Hay un poco de sangre en el tubo. La doctora dice que no hay nada raro en la resonancia, que los análisis están bien, que le darán comida poco a poco, puré y natillas. Mi padre sonríe, tiene hambre. Salgo a tomar un café. Bajo las escaleras del hospital, me siento sin fuerzas.
Damos un pequeño paseo. Mi padre ha recuperado el humor, dice a las auxiliares que me acompaña para buscarme una novia. Salimos a la terraza de la sala de estar. Sonríe al notar el frío de la mañana. Miro las embarcaciones del puerto, la red que envuelve el campanario, la coronilla de los pacientes que llegan al hospital. Mi padre me habla de los mirlos en los árboles, de las maderas de la pasarela que cruza el jardín japonés, de las columnas de piedra del hospital, de los huecos en las estanterías que hace. Ahora soy yo quien sonríe, tardé meses en ver lo que para él es evidente, los huecos están fuera y no dentro de mí. Pienso en esas estanterías, la luz crea sombras, los límites huecos. Regresamos a la habitación. Me fijo en su altura, sigue siendo el hombre más alto que conozco.
Mis padres nacieron en el mismo año a un par de kilómetros de distancia el uno del otro. Mi madre aprendió a coser en casa de la costurera (frente a esa casa, en otro tiempo, un corazón tallado en madera), mi padre plantó un eucalipto con diez años. Crecieron a la par. Le pregunto por el eucalipto, la voz de mi padre se suaviza, habla de su padre (dice papá ), de los campos de mimosas, de las silvas en los caminos y de la vieja escuela. Mira al suelo y recuerda.




06. Señales
Entro en el hospital y saludo a la recepcionista. Subo las escaleras de dos en dos. Llevo una mochila con el portátil, me golpea en la espalda. Llego a la primera planta y tuerzo a la derecha. Al fondo del pasillo, la ventana que da a una calle, una carretera y una hilera de casas grises. Esta mañana mi padre llegó hasta la ventana, miró a la izquierda y me habló de su bisagras, me señaló el tirabuzón, las pequeñas piezas que hacían que la ventana se moviese. Aún cree que puedo ser carpintero. Siento la carga de la mochila, es real, está fuera de mí, me cansa y me hace andar más despacio. Llamo a la puerta de la habitación y abro con cuidado. Al otro lado, mi madre y mis hermanas. Me acerco a la cama y beso a mi padre.


A veces el hogar es una ciudad, una persona, una palabra, una canción o un atardecer.


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