Mi?rcoles, 30 de enero de 2013

Llueve y tú dices es como si las nubes
lloraran. Luego te cubres la boca y apresuras
el paso. ¿Como si esas nubes escuálidas lloraran?
Imposible. Pero entonces, ¿de dónde esa rabia,
esa desesperación que nos ha de llevar a todos al diablo?
La Naturaleza oculta algunos de sus procedimientos
en el Misterio, su hermanastro. Así esta tarde
que consideras similar a una tarde del fin del mundo
más pronto de lo que crees te parecerá tan sólo
una tarde melancólica, una tarde de soledad perdida
en la memoria: el espejo de la Naturaleza. O bien
la olvidarás. Ni la lluvia, ni el llanto, ni tus pasos
que resuenan en el camino del acantilado importan.
Ahora puedes llorar y dejar que tu imagen se diluya
en los parabrisas de los coches estacionados a lo largo
del Paseo Marítimo. Pero no puedes perderte.
Roberto Bolaño
Lluvia (en Los perros románticos. Acantilado)


Tags: Lluvia, Los perros románticos, Roberto Bolaño, Acantilado

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Martes, 29 de enero de 2013

Termino Una soledad demasiado ruidosa, pienso en el protagonista, Haňt'a, un hombre solitario que en los últimos treinta y cinco años ha prensado papel viejo, libros y reproducciones en balas de papel, que ha vivido en una cueva junto a una montaña de libros, una trituradora, un agujero en el techo por que el que caía el papel y docenas de cervezas, que dormía en una cama bajo dos toneladas de libros (su casa sin apenas espacio libre para moverse). Es en esa cueva llena de papeles viejos, prensas y balas que desaparecen en camiones donde Haňt'a aprende a mirar dentro y fuera de sí, a buscar un sentido a una vida en apariencia anodina, a ser consciente de cada gesto, de cada cambio a su alrededor.

Hrabal crea un personaje entrañable y obsesivo, un hombre que se relaciona con una maquina y los libros que caen a su alrededor, que adquiere una cultura a pesar de sí mismo, que es capaz de detenerse para leer alguno de los libros que caen en su cueva, Kant, Schopenhauer, Nietzsche. El mundo de Haňt'a está formado por libros, las ratas del sótano, moscas, reproducciones de cuadros, el ruido de su maquina, los libros de segunda mano, los bares donde toma cerveza tras el trabajo, las estaciones de tren donde ve partir el papel bajo la lluvia. Haňt'a lee, se adentra en otros mundos, crea belleza a partir de la destrucción (en cada una de sus balas de papel, Haňt´a coloca un libro o una reproducción de Monet o Rembrandt que le den una nueva identidad y lo desmarquen de una simple bala de papel). 

En su soledad Haňt´a rescata libros que lleva a su casa, recibe la visita de dos gitanas que dejan su carga de papel o de un profesor que busca revistas de filosofía, lleva libros de aviación a un sacristán, escucha el sonido de las ratas en las cloacas, forma imágenes de Jesús y Lao Tse, escucha el ruido de la maquina, se detiene a hojear algunos libros de la montaña que hay a su lado, se nutre de otras palabras y forma su imagen del mundo. Hay momentos donde Haňt´a recuerda viejos amores, una muchacha a la que pierde, una gitana de la que no recuerda el nombre y que aparece en su casa cada noche, en silencio, su cuerpo como de mantequilla. También reflexiona sobre el pasado y el futuro y se da cuenta de cómo se subvierten y mezclan, cómo hay un instante donde el tiempo parece nuevo y descubre que su época ha pasado, que todo lo que él es ha sido sobrepasado.

La escritura de Hrabal es cristalina, habla de la mirada de un hombre corriente rodeado de cientos de miles de libros y cómo a través de ellos cambia su percepción del mundo, de su pequeña revolución intentando crear belleza en la destrucción, de su relación con la vida que le rodea (ratones, máquinas, recuerdos), del tiempo que pasa y cambia y nos deja fuera de él. Hay imágenes extraordinarias en esta novela, el sonido de las ratas, una casa abarrotada con toneladas de kilos, un sacristán que llora emocionado al recibir un libro de aviación, una comenta en el cielo y una carta, un cuerpo desnudo y en silencio bajo una cama atestada de libros.

Hojeo al azar Una soledad demasiado ruidosa y pienso en tristeza y transitoriedad, en la lucha de un hombre por armar una vida con los elementos que le rodean, en todos esos libros abandonados que se convertirán en papel sobre el que escribir otros nuevos, en que dentro de nosotros hay un mundo en desaparición.



Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story. Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas. Soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí y cuáles he adquirido leyendo y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos.Por regla general, prenso unas dos toneladas por mes, y para tener fuerzas para este bendito trabajo, durante treinta y cinco años he bebido tanta cerveza que con ella se podría llenar una piscina olímpica o una buena cantidad de viveros de carpas navideñas. De esta manera, a pesar de mí mismo, me he vuelto sabio y ahora me doy cuenta de que mi cerebro es un fajo de pensamientos prensados en la prensa mecánica, mi cabeza calva es la nuez de Cenicienta, y sé bien que los tiempos en los que el pensamiento estaba inscrito en la memoria humana tenían que ser mucho más hermosos; si en aquel tiempo alguien hubiese querido prensar libros, tendría que haber prensado cabezas humanas, pero tampoco eso habría servido de nada, porque los verdaderos pensamientos provienen del exterior, van junto al hombre como su fiambrera de fideos y por eso todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo.

( ... )

Todo lo que he visto en este mundo está animado simultáneamente por un movimiento de vaivén, todo avanza y retrocede, como el fuelle de una fragua, como el cilindro de mi prensa, oscila en su propio contrario y por eso nada en este mundo anda cojo; en cuanto a mí, hace treinta y cinco años que prenso papel viejo y sé perfectamente que para salir del paso necesitaría un título universitario de clásicas, además de haber pasado por un seminario. En mi trabajo, la espiral y el círculo se corresponden y el progressus ad futurum se confunde con el regressus ad origenem, todo eso lo vivo muy intensamiente y, ya que soy infelizmente feliz y culto a pesar de mí mismo, he empezado a reflexionar sobre el hecho de que el progressus ad origenem, se corresponda con el regressus ad futurum.
Bohumil Hrabal
Una soledad demasiado ruidosa (traducción de Monika Zgustova. Galaxia Gutenberg. Círculo de lectores)


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Lunes, 28 de enero de 2013

Encuentro unas postales escritas por mi padre. Son fotos antiguas, un hostal de Lekeitio, un niño en pantalón corto, un libro en la mano y un globo terráqueo a su espalda. Las postales amarillean, tienen dobleces, apenas sobrepasan la palma de mi mano. Descubro mi letra en la letra de mi padre. Como él, escribo en cursiva y  redondeo las enes y emes.
Las postales empezaban de forma seria, espero que al recibo de la presente vos encontréis bien de salud, luego me decía que me portase bien y que fuese obediente. Me sentaba junto al tiro de la cocina, observaba el fuego entre los círculos de metal y escribía a mi padre canciones en gallego.
En aquella cocina escribía, jugaba a las cartas, leía primero tebeos y luego libros, veía viejas series de televisión, desayuné mi primer café solo, contemplaba las formas de las llamas. En esta cocina escribo una cuentas atrás, observo la quietud del parque de juegos, los árboles invernales, los caseríos en el monte, bebo un café tras otro, intento mantener cierto equilibro y no perderme en este invierno de viento sur.


Los lunes de Anay. Contención...

LA CONSIGNA

De todas las mujeres que me habitan, siento predilección por la que okupa
el filo de mi propia voluntad.

Su consigna
es la que prevalece.

                                     ANAY SALA



Decir no
decir no
atarme al mástil
pero
deseando que el viento lo voltee
que la sirena suba y con los dientes
corte las cuerdas y me arrastre al fon-
do
diciendo no no no
pero siguiéndola.

                           IDEA VILARIÑO





---Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Idea Vilariño, Blondie

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Mi?rcoles, 23 de enero de 2013

Se sirvió otra copa en la cocina y miró los muebles del dormitorio, situados en la parte delantera de su jardín. Excepto el colchón desnudo y las sábanas a vivas rayas, que descansaban junto a dos almohadas sobre el chiffonier, todo mostraba un aspecto muy semejante al que había tenido el dormitorio: mesilla de noche y pe­queña lámpara a su lado de la cabecera, mesilla de noche y pequeña lámpara al otro lado, el de ella.
Su lado y el lado de ella.
Pensó en ello mientras bebía a sorbos el whisky.
El chiffonier se encontraba a unos pasos del pie de la cama. Aquella mañana vació los cajones, y en la sala aparecían las cajas de cartón donde había metido lo que contenían. Junto al chiffonier había una estufa portátil. Y al pie de la cama, una silla de bejuco con un cojín de diseño exclusivo. Los muebles de cocina, de aluminio bruñido, ocupaban parte del camino de entrada. Un enorme mantel de muselina amarilla —era un regalo— cubría la mesa y colgaba a los lados. Sobre la mesa había un tiesto con un helecho, una vajilla de plata en su caja y un tocadiscos. También eran regalos. Un gran televisor de consola descansaba sobre una mesa baja, y a unos pasos había un sofá y una butaca y una lámpara de pie. El escritorio estaba colocado contra la puerta del garaje, y en el camino de entrada había una caja de cartón con tazas, vasos y platos envueltos por separado en papel de periódico. Aquella mañana vació los armarios, y todo lo que había en ellos estaba fuera de la casa, salvo las tres cajas de cartón de la sala. Mediante un cable alargador tendido al exterior había conectado lámparas y aparatos. Todo funcionaba igual que cuando había estado dentro de la casa.
De cuando en cuando un coche reducía la marcha y los ocupantes miraban, pero ninguno paraba.
Se le ocurrió que tampoco él lo habría hecho.


—Debe de ser una liquidación casera —le comentó la chica al chico.
Estaban amueblando un pequeño apartamento.
—Veamos lo que piden por la cama —dijo la chica.
—Y por el televisor —añadió el chico.
El chico enfiló el camino de entrada y detuvo el coche ante la mesa de la cocina.
Se bajaron y empezaron a mirar las cosas: ella tocaba el mantel de muselina, él enchufaba la batidora y apretaba el botón de PICAR; ella cogía el calientaplatos y él encendía el televisor y hacía pequeños ajustes con los mandos.
El chico se sentó a ver la televisión en el sofá. Encendió un cigarrillo, miró a su alrededor, tiró la cerilla al césped.
La chica se sentó en la cama. Se quitó los zapatos y se tendió de espaldas. Le pareció ver una estrella.
—Ven aquí, Jack. Prueba la cama. Trae una de esas almohadas.
—¿Qué tal es? —preguntó él.
—Pruébala —insistió ella.
El chico miró en torno. La casa estaba a oscuras.
—No me siento a gusto —dijo—. Será mejor que mire si hay alguien ahí dentro.
Ella hizo brincar su cuerpo sobre la cama. —Pruébala antes —repitió.
El chico se echó en la cama y se puso la almohada bajo la cabeza.
—¿Qué te parece? —preguntó ella. —Parece sólida—respondió él.
Ella se volvió sobre un costado y le puso una mano en la cara.
—Bésame —pidió.
—Levantémonos —propuso él.
—Bésame.
Cerró los ojos. Lo abrazó. El dijo:
—Veré si hay alguien en la casa.
Pero se sentó y se quedó donde estaba, haciendo como que miraba la televisión.
A derecha e izquierda de la calle, las casas se iluminaron.
—¿No sería divertido si...? —insinuó la chica, y sonrió abiertamente y dejó la frase a medias.
El chico rió pero sin ningún motivo especial. Sin ningún motivo especial, asimismo, encendió la lámpara de la mesilla.
La chica se quitó de encima un mosquito, y el chico se levantó y se metió la camisa en los pantalones.
—Voy a ver si hay alguien en la casa —dijo—. No creo que haya nadie. Si hay alguien, preguntaré cuánto piden por las cosas.
—Pidan lo que pidan, ofrece diez dólares menos. Siempre es bueno —aconsejó ella—. Además, deben de estar desesperados o algo así.
—Es un televisor muy bueno —observó el chico.
—Pregúntales cuánto —dijo la chica.
El hombre se acercaba por la acera con una gran bolsa de supermercado. Traía bocadillos, cerveza, whisky. Vio el coche en el camino de entrada y a la chica en la cama. Vio el televisor encendido y al chico en el porche.
—Hola —saludó el hombre a la chica—. Ya has visto la cama. Perfecto.
—Hola —contestó la chica, y se levantó—. La estaba probando. —Dio unos golpecitos a la cama—. Es una cama estupenda.
—Es una buena cama —corroboró el hombre, y puso la bolsa en el suelo y sacó la cerveza y el whisky.
—Pensábamos que no había nadie —intervino el chico—. Nos interesa la cama, y quizás el televisor. Puede que también el escritorio. ¿Cuánto quiere por la cama?
—Pensaba en cincuenta dólares —dijo el hombre.
—¿La dejaría en cuarenta? —preguntó la chica.
—Bien. La dejo en cuarenta.
Cogió un vaso de la caja de cartón. Le quitó la envoltura de periódico. Rompió el precinto del whisky.
—¿Y el televisor? —quiso saber el chico.
—Veinticinco.
—¿Lo dejaría en quince? —sondeó ella. —Está bien, quince. Lo dejo en quince —concedió el hombre.
La chica miró al chico.
—Eh, chicos, tomad un trago —invitó el hombre—. Hay vasos en esa caja. Me voy a sentar. Me voy a sentar en el sofá.
El hombre se sentó en el sofá, se acomodó sobre el respaldo y miró al chico y a la chica.


El chico sacó dos vasos y sirvió dos whiskys.
—Ya basta —dijo la chica—. El mío lo quiero con agua.
Acercó una silla y se sentó a la mesa de la cocina.
—Hay agua en aquel grifo —dijo el hombre—. Abre aquel grifo.
El chico volvió con el whisky con agua. Se aclaró la garganta y se sentó a la mesa de la cocina. Sonrió. Pero no bebió de su vaso.
El hombre miró la televisión. Apuró su whisky y empezó el segundo. Alargó la mano y encendió la lámpara de pie. Precisamente entonces el cigarrillo le resbaló de los dedos y fue a caer entre los cojines.
La chica se levantó y le ayudó a encontrarlo.
—Bueno, ¿qué quieres que nos llevemos? —le preguntó el chico a la chica.
Sacó el talonario y se lo llevó a los labios, como si pensara.
—Quiero el escritorio —dijo la chica—. ¿Cuánto es el escritorio?
El hombre, ante lo absurdo de la pregunta, hizo un movimiento con la mano.
—Di una cantidad —propuso.
Los chicos estaban sentados a la mesa. El hombre los miró. A la luz de la lámpara, creyó ver algo en sus caras. Algo agradable o desagradable. ¿Quién podía saberlo?


—Voy a apagar la televisión y a poner un disco —dijo el hombre—. También vendo el tocadiscos. Barato. ¿Cuánto me dais por él?
Se sirvió más whisky y abrió una cerveza.
—Lo vendo todo —añadió.
La chica alargó el vaso y el hombre le sirvió whisky.
—Gracias —dijo la chica— Muy amable.
—Se te sube a la cabeza —advirtió el chico—. Se me está subiendo a la cabeza. —Alzó el vaso y lo agitó.
El hombre acabó su whisky y se sirvió otro. Luego encontró la caja de los discos.
—Elige algo —animó a la chica, y le tendió los discos.
El chico extendía el cheque.
—Ahí tiene —contestó la chica eligiendo uno, uno cualquiera, porque no conocía los nombres de las tapas. Se levantó de la mesa y se volvió a sentar. No quería estar sentada y quieta todo el tiempo.
—Estoy poniendo el importe —anunció el chico.
—Claro —dijo el hombre.
Bebieron. Escucharon el disco. Luego el hombre puso otro.
¿Por qué no bailáis?, decidió decir; y lo hizo:
—Eh, chicos, ¿por qué no bailáis?
—No, no —dijo el chico.
—Venga —insistió el hombre—. Es mi jardín. Podéis bailar si os apetece.


Abrazados, con los cuerpos muy juntos, el chico y la chica se deslizaban de un lado a otro por el firme de la entrada. Bailaban. Cuando se acabó el disco, bailaron con el siguiente, y cuando se acabó éste el chico de­claró:
—Estoy borracho.
Y la chica negó:
—No estás borracho.
—Sí, estoy borracho.
El hombre dio la vuelta al disco, y el chico repitió:
—Lo estoy.
—Baila conmigo —le pidió la chica al chico, y luego al hombre; y cuando el hombre se levantó, avanzó hacia él con los brazos abiertos.


—Esa gente de allí. Están mirándonos —observó la chica.
—No pasa nada —dijo el hombre—. Es mi casa.
—Que miren —dijo la chica.
—Eso es —la apoyó el hombre—. Creían haberlo visto todo en esta casa. Pero no habían visto esto, ¿eh?
Sintió el aliento de la chica en el cuello.
—Espero que te guste la cama.
La chica cerró los ojos; luego los abrió. Pegó la cara contra el hombro del hombre. Y atrajo su cuerpo hacia sí.
—Debes de estar desesperado o algo parecido —le dijo.


Semanas después, la chica explicó:
—El tipo era de edad mediana. Todas sus cosas estaban por allí, en el jardín. No miento. Estábamos trom­pas y nos pusimos a bailar. En la entrada de los coches. Oh, Dios. No os riais. Nos puso discos. Mirad este tocadiscos. El viejo nos lo regaló. Y todos esos discos de mierda. ¿Habéis visto esta mierda?
Siguió hablando. Se lo contó a todo el mundo. Tenía muchos más detalles que contar, e intentaba que se ha­blara de ello largo y tendido. Al cabo de un rato dejó de intentarlo.
Raymond Carver
¿Por qué no bailáis? (En De qué hablamos cuando hablamos de amor. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama)


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Martes, 22 de enero de 2013

(escrito entre el 31 de mayo y el 7 de junio en una habitación de hospital)

 

01. Subdivisiones
Estoy en una habitación de hospital. Mi padre duerme. Vigilo su sueño, hace treinta años era él quien lo hacía en este mismo hospital. Me fijo en el crucifijo de madera sobre la cama, la televisión colgada de la pared, las paredes de color crema, las revistas y los libros en la mesa. La luz mueve las cortinas. Miro a través de la ventana y veo un paisaje nuevo, un jardín de estilo japonés, un cenador de madera, los montes de la otra margen de la ría, la red que envuelve el campanario del hospital. El cielo está limpio. Es un lugar tranquilo.
Entran dos auxiliares a hacer la habitación. Nos saludamos con un susurro. Llevan guantes de plástico y ropa blanca. Salimos de la habitación, mi hermana pequeña me pregunta si quiero ver la tumba de Gora. Nos cruzamos con otros pacientes en sillas de ruedas, un hombre sin piernas que se seca el sudor de la cara con una toalla, una mujer que anda con dos muletas, un par de mujeres con pijamas y batas de seda en la sala de estar. Nos decimos hola en voz baja.
Tengo que agacharme y salvar las ramas de un árbol para entrar en la huerta donde está enterrado Gora. Es la primera vez que estoy ante su tumba después de cavar un hueco en la tierra y ver su cuerpo inmóvil dentro. Me quedo en silencio y agacho la cabeza. Hace calor. Anticipo la tormenta. Salen hormigas por un pequeño agujero. Mi hermana dice que rodeará la tierra con piedras de jardín. Asiento y miro alrededor.
No busco en Internet qué significa “páncreas inflamado”. Espero a que sea el médico quien me informe. Dice que baja la inflamación, que es buena señal que mi padre tenga hambre. Cada pocas horas aparece una enfermera y cambia el suero, le da un calmante o saca sangre a mi padre. Tiene los ojos vidriosos. Me siento nervioso, preocupado, frágil. Sólo pienso en el instante que tengo delante (y en el instante que tengo delante mi padre está sentado en el borde de la cama, mira por la ventana y habla de un desfile militar).
Suenan canciones pop en los pasillos del hospital. Doy pequeños paseos para desentumecer las piernas. Tomo café, paracetamol y caramelos solano. Me cruzo con otros pacientes y familiares, nos saludamos con un leve movimiento de cabeza. Llevo la piedra de Isabel en la mano, juego con ella por los pasillos, la acaricio, cuento las vueltas que da en el aire y la guardo en el bolsillo cuando ya no siento su frío.
Voy con mi hermana mayor a una cafetería frente al hospital. Hablamos de Jane Austen y las hermanas Brontë. Le digo que antes de comprar un libro mire en mi biblioteca, que pruebe con George Eliot y Jean Rhys, con Hawthorne y Melville.
Mi padre y yo vemos Infierno de cobardes en la habitación. Nos gustan las películas del oeste, de niño me hacían soñar con espacios sin límites y noches junto a una hoguera. Hablamos del gesto austero de Clint Eastwood, las palabras justas, los movimientos adecuados, y contamos los muertos que deja a su alrededor. La televisión cuelga de la pared, es pequeña. Frente a ella, un crucifijo de madera.
Tardo cincuenta minutos en llegar a casa andando, las nubes grises, sucias. Caen las primeras gotas pero no me refrescan. Siento un calor plomizo.
La tormenta en la noche. Suenan los relámpagos, se ilumina la habitación. Me duermo gracias ala tormenta y el viento, su sonido me cuenta una historia. No recuerdo qué sueño.




02. El chico analógico
Amanece. Espero el autobús. La lluvia rebota contra la acera. Llevo una mochila con mi portátil y un libro de cuentos de Alice Munro. Doy un beso a mi padre, le pregunto cómo está, cómo ha pasado la noche. Tiene los auriculares puestos, la radio se mueve sobre su vientre al ritmo de su respiración. Me dice que ha dormido toda la noche.
Abro la mochila y encuentro un mapa de Zaragoza. Recuerdo el paseo por una ciudad desconocida, el abrazo donde Isabel saltaba dentro de mis brazos, la voz de Juan Pardo Vidal al leer sus poemas, el refugio de la librería Pantera Rossa y un cabaret ibérico donde se mezclaban mujeres desnudas y jotas.
A través de la ventana: el jardín japonés, el cenador donde descansan algunos enfermos en sillas de ruedas, las visitas que entran y salen del hospital. Veo llover tras la ventana, el cielo tormentoso y la niebla que cubre los montes. Me siento y observo el goteo del suero, la vía en el brazo de mi padre, su pijama abierto por la espalda. Habla poco, escucha la radio, no quiere encender el televisor, los sábados no emiten películas del oeste.
Salgo de la cafetería del hospital, vagabundeo por los pasillos, hago tiempo mientras limpian el baño de la habitación. Empiezo a reconocer las caras de las enfermeras y las auxiliares. Nos saludamos, nos decimos buenos días, les doy las gracias. Encuentro un cubo en medio de un pasillo. Pienso en la quietud que me transmite ese cubo.
Escribo mientras mi padre descansa. Escribo para sobrevivir y cruzar un espacio. Cuando termino me siento frágil, vulnerable, podría romperme en mil pedazos, me estoy vaciando, es como andar en el aire.
Me dirijo a la parada de autobús. Veo un crucero atracado en el puerto, el rojo de los botes salvavidas. Una pinza cae al suelo, a su lado, un par de calcetines enrollados y unas braguitas blancas. Miro a los balcones, el viento mueve la ropa en los colgadores. Una estela de avión se disgrega en el cielo. Por eso me gustan las estelas, cambian de forma con el viento.




03. Química
Un avión aparece en el cielo. Acaba de despegar del aeropuerto, su estela aún no es visible. Escucho la sirena de un barco, el trino de los pájaros, las sillas de ruedas en el pasillo del hospital.
Mi padre toma café con leche, se levanta, anda un poco por la habitación, se cambia de pijama y se lava sin ayuda, lee el periódico o las revistas del corazón, nunca libros. Mi madre encargaba sus libros a círculo de lectores, cuando llegamos los tres hijos se acabó su tiempo de lectura pero dejó los armarios llenos de libros, un lugar donde investigar. Mis hermanas y yo escogíamos una obra de teatro, nos repartíamos los personajes y representábamos la obra en voz alta antes de dormir. Nuestras iniciales siguen en esos libros.
Mi padre se llama José, fue carpintero en Galicia y emigró al País Vasco, mi madre María Luz, se ordenó monja y guardo el recordatorio de su consagración entre las páginas de Fahrenheit 451. De niños vivían en dos aldeas a un par de kilómetros de distancia. Tardaron treinta años en estar juntos.
Hace años coloqué mi mano en un armario que construyeron mi abuelo y mi padre, tenía más de cincuenta años, recuerdo el barniz oscuro y la madera compacta. Mi mano en la puerta: tres tiempos en un espacio. En Galicia me quedaba en el taller de mi abuelo y veía cómo trabajaba. Me gustaba ver salir las chispas, el olor de las virutas, el caos de piezas y maderas. Cuando era niño mi padre me regalaba herramientas de juguete, yo prefería las películas del oeste.
Mis padres hablan, discuten, se acarician, se besan al despedirse, la voz quebrada de mi madre al llamarme de urgencias, la voz apagada de mi padre en estos días de hospital. Llevan cuarenta años juntos.




04. El hombre digital
Me siento al otro lado del espejo. Ayudo a mi padre a afeitarse, lo acompaño por los pasillos del hospital y vigilo su sueño. Mientras duerme escribo (me vacío), miro alrededor, paseo delante de una capilla, observo un campanario envuelto en una red. Mi padre está mejor, se levanta al sillón, hace crucigramas, vemos westerns de serie b.
Queda la espera por los resultados, siento que no hay tiempo, sólo el espacio de esta habitación, el crucifijo de madera, la televisión colgada de la pared. Ya reconozco las caras de las enfermeras, de los otros pacientes y familiares. Nos saludamos, nos sonreímos.
Paseamos por el pasillo. Nos fijamos en el goteo del suero, cuando se detiene. mi padre se queda quieto y espera a que se reanude. Me doy cuenta de que lleva su reloj de pulsera. Pero el tiempo lo marca el goteo en un tubito de cristal. Nos cruzamos con una paciente en pijama rosa y andador, pasamos por las puertas entreabiertas de las habitaciones, vemos familiares que leen aburridos, una mujer que mira por la ventana.
Dejamos atrás la sala de estar, el volumen alto de la televisión. Nos dirigimos hacia la ventana del final del pasillo, al otro lado la gente anda por las aceras, los coches buscan aparcamiento, el tiempo marcha de otra manera. Nos quedamos en silencio. Miro a mi padre, intento adivinar qué siente. Una vez escribí que somos iguales, que somos tortugas, por fuera la calma, por dentro un pequeño terremoto. Damos la vuelta y alcanzamos el otro extremo del pasillo. Se para ante un cuadro, trazos negros sobre un fondo crema, y se pregunta por su significado, lee un cartel que habla de fe y curación, no dice nada. Regresamos a la habitación.
Meto el portátil en la mochila, la cuelgo al hombro y regreso andando a casa. Siento su carga.




05. Eucalipto
Entra una enfermera. Le quita el suero a mi padre. Cierra la vía y le pone esparadrapo en el brazo. Hay un poco de sangre en el tubo. La doctora dice que no hay nada raro en la resonancia, que los análisis están bien, que le darán comida poco a poco, puré y natillas. Mi padre sonríe, tiene hambre. Salgo a tomar un café. Bajo las escaleras del hospital, me siento sin fuerzas.
Damos un pequeño paseo. Mi padre ha recuperado el humor, dice a las auxiliares que me acompaña para buscarme una novia. Salimos a la terraza de la sala de estar. Sonríe al notar el frío de la mañana. Miro las embarcaciones del puerto, la red que envuelve el campanario, la coronilla de los pacientes que llegan al hospital. Mi padre me habla de los mirlos en los árboles, de las maderas de la pasarela que cruza el jardín japonés, de las columnas de piedra del hospital, de los huecos en las estanterías que hace. Ahora soy yo quien sonríe, tardé meses en ver lo que para él es evidente, los huecos están fuera y no dentro de mí. Pienso en esas estanterías, la luz crea sombras, los límites huecos. Regresamos a la habitación. Me fijo en su altura, sigue siendo el hombre más alto que conozco.
Mis padres nacieron en el mismo año a un par de kilómetros de distancia el uno del otro. Mi madre aprendió a coser en casa de la costurera (frente a esa casa, en otro tiempo, un corazón tallado en madera), mi padre plantó un eucalipto con diez años. Crecieron a la par. Le pregunto por el eucalipto, la voz de mi padre se suaviza, habla de su padre (dice papá ), de los campos de mimosas, de las silvas en los caminos y de la vieja escuela. Mira al suelo y recuerda.




06. Señales
Entro en el hospital y saludo a la recepcionista. Subo las escaleras de dos en dos. Llevo una mochila con el portátil, me golpea en la espalda. Llego a la primera planta y tuerzo a la derecha. Al fondo del pasillo, la ventana que da a una calle, una carretera y una hilera de casas grises. Esta mañana mi padre llegó hasta la ventana, miró a la izquierda y me habló de su bisagras, me señaló el tirabuzón, las pequeñas piezas que hacían que la ventana se moviese. Aún cree que puedo ser carpintero. Siento la carga de la mochila, es real, está fuera de mí, me cansa y me hace andar más despacio. Llamo a la puerta de la habitación y abro con cuidado. Al otro lado, mi madre y mis hermanas. Me acerco a la cama y beso a mi padre.


A veces el hogar es una ciudad, una persona, una palabra, una canción o un atardecer.


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Lunes, 21 de enero de 2013

Salgo a correr, el frío en mi cara y mis manos, un trozo de azul entre las nubes grises y oscuras, los primeros pasos lentos, tranquilos, la respiración entrecortada. Me siento lento y pesado. Observo la nieve en las cumbres de los montes y el viento que mueve las copas de los árboles. El camino está mojado, en los charcos se reflejan las nubes y las ramas de los árboles (el cielo como suelo y yo entre paréntesis). Salto sobre los charcos (sobre el cielo) y el reflejo se difumina en ondas desordenadas. Tras una curva, la oscuridad de la tormenta. Siento las gotas de lluvia en mi cara y piernas desnudas, parecen pequeñas agujas metálicas.

Corro bajo la lluvia, me siento lento y pesado y el suelo tiene retazos de cielo.


Los lunes de Anay. La casa encendida...

"para cuando regreses
para cuando vuelvas
para que sepas
que jamás desesperé"

                                 CARMEN MORENO


ENCUENTRO

Que se fundían, te lo digo yo,
las luces a su paso, te lo juro
como si fuera el Sol. Que te quedabas
patidifuso cuando aparecía,
sin pronunciar palabra, boquiabierto,
y luego ella venía, con su porte
de diosa antigua, y te decía: "¡Hola!",
y el mundo se encendía de repente,
y se encendían todos tus sentidos,
y le decías:"¡Hola!", y tu saludo
te quemaba los labios, y os mirabais
como si Dios (que entonces existía)
os hubiese encargado a ti y a ella
cortar la cinta de inauguración
del planeta. Que aquello fue increíble,
pero fue todavía más tremendo
cuando dijiste: "Amor, ¿qué te apetece?",
y ella dijo: "Pues eso: amor; sin hielo",
y te quedaste mudo por un rato,
mirándola a los ojos, degustando
el panorama de lo que tenías
enfrente, de aquel cuerpo hecho de nube
y de carne a la vez, mezcla de hada
y de golden retriever, de aquel cuerpo
donde latía el corazón más puro
y aleteaba el alma más hermosa
que hubieras conocido nunca.
                                  
                                            LUIS ALBERTO DE CUENCA




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Carmen Moreno, Luis Alberto de Cuenca, Billy Joel

Publicado por elchicoanalogo @ 12:46  | Los lunes de Anay
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Domingo, 20 de enero de 2013

Éstas son las palabras
que no sobreviven al mundo. Y hablarlas
es desvanecerse

en el mundo. Inalcanzable
luz
presidiendo la tierra, alimentando
el breve milagro

del ojo abierto:

y el día que ha de extenderse
como un fuego de hojas
con el primer viento frío
de octubre

consumiendo al mundo

en la sencilla habla
del deseo
Paul Auster
Luces del Norte (en Pista de despegue. Poemas y ensayos 1970-1979. Traducción de Jordi Doce. Anagrama)


Tags: Luces del Norte, Paul Auster, Pista de despegue, Jordi Doce, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 16:13  | Poes?a
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S?bado, 19 de enero de 2013

Dice Vonnegut sobre Breece D´J Pancake que ser tan bueno debe de ser doloroso. Leo algunos fragmentos al azar, termino los dos primeros cuentos de Trilobites y siento que la mirada de Pancake es así, dolorosa, intensa, intimista y oscura. Cuando acabo el último de los cuentos retengo las imágenes de sierras, cañaverales, montes, quebradas y ríos de Virginia, de granjeros, mineros y camioneros en un mundo donde el tiempo parece solaparse en un punto, de quienes se quedan en pueblos desmantelados y quienes salen de esa tierra y se pierden. Pancake envuelve sus historias con una mirada directa al mundo alrededor, también hay una tensión y una violencia que parece a punto de explotar en cualquier momento. 

En los doce cuentos de Trilobites Pancake habla con desnudez e intensidad de la pérdida y de situarse en el mundo, de los deseos y amores truncados y las imágenes que tenemos de nosotros y que no son más que un reflejo de quienes deberíamos ser, de la naturaleza que vemos y las huellas de pasado que arrastra con ellas, de la sombra de trilobites entre nuestros pies y puentes que guardan recuerdos y secretos, de peleas, ferias y minas de carbón, de niebla, lluvia y granjas de las que huir o a las que se regresa para trastocarlo todo. Por momentos densa y reflexiva, la voz de Pancake desarma y noquea, es inteligente, dura y abarcadora, te deja sin respiración.

Los personajes de Pancake se mueven en una tierra que no ha borrado las huellas de su pasado, son mineros o mecánicos, viven en granjas o pequeñas casas rodeadas de quebradas y el sonido de una jauría de perros, pelean hasta caer de rodillas, beben, escriben postales de amor o desaparecen por un camino para volver tiempo después y recordar un accidente que lo cambió todo o un amor que no se concretó, escuchan emisoras de radio antiguas que señalan el camino fuera de esa tierra, sueñan con el mundo tras la niebla y los montes, cazan zorros, organizan peleas de gallos, pierden hijos, sienten la tensión ante algo que no acaba de ajustar del todo. Hay una expresión que Pancake repite en un par de cuentos, cuando todo el mundo sigue un mismo camino, es que ha llegado la hora de que te des la vuelta y te vayas por otro lado.

Pancake sitúa a estos personajes en una naturaleza dura, quebradas y sierras, el frío y el sonido de la nieve en el primer día de invierno, las huellas de un pasado remoto y de los antiguos pobladores, túmulos, cementerios, cenagales y viejas lindes. Los personajes miran alrededor y sienten la historia de la tierra que les rodea. Pancake detiene la acción y habla de niebla, árboles, hojas, adecua el sentimiento de los personajes al paisaje que tiene ante sí.

Trilobites es un libro excepcional, intenso y doloroso.



Abro la puerta de la camioneta, pongo los pies en el callejón adoquinado. Vuelvo a mirar Company Hill, su superficie redondeada y desgastada. Tiempo atrás fue una montaña escarpada, había emergido como una isla en las aguas del río Teays. Necesitó más de un millón de años para convertirse en esta colina lisa que he explorado de punta a cabo en busca de trilobites. Siempre ha estado allí, siempre estará allí, o eso creo. El aire huele a verano. Un puñado de estorninos se zambulle sobre mi cabeza. Nací en este país y nunca he querido irme a ningún lado. Recuerdo los ojos muertos de papá que me miraban. Estaban resecos, ahí se me perdió algo. Cierro la puerta. Enfilo hacia la cafetería.
Veo un pegote de hormigón en la calzada. Tiene la misma forma que Florida y recuerdo lo que le escribí a Ginny en el anuario del instituto: «Viviremos a base de mangos y amor». Y ella agarró y se fue sin mí, dos años lleva ahí abajo sin mí. Me manda postales de flamencos con luchadores al fondo que pelean con caimanes. Nunca me pregunta nada. Me siento como un imbécil por lo que le escribí, me meto en la cafetería.
No hay nadie, el aire acondicionado me refresca. La hermana pequeña de Reilly el Manitas me sirve un poco de café. Tiene unas buenas caderas. Se parecen un poco a las de Ginny, forman unas bonitas curvas donde se juntan con las piernas. caderas y piernas como éstas sólo las ves en las escalerillas de los aviones. Camina hasta el final de la barra y se zampa los restos de la copa de helado. Le sonrío, pero es fruta prohibida. Menores de edad y serpientes negras son dos cosas que no tocaría ni con un palo. Una vez utilicé una serpiente de látigo, le arranqué la cabeza al mal bicho, y luego Pa me dio una paliza con ella. Recuerdo que papá a veces me sacaba de quicio. Sonrío.
Recuerdo que anoche me llamó Ginny. Su viejo había ido a recogerla en coche al aeropuerto de Charleston. Ya estaba aburrida. ¿Puedes quedar? Claro. ¿Ir a tomar unas birras? Claro. Eres el mismo Colly de siempre. Eres la misma Ginny de siempre. Ella hablaba con la boca pequeña. Quise decirle que Pa había muerto y que Ma estaba emperrada en vender la granja, pero Ginny hablaba con la boca pequeña. Me dio repelús.
Breece D´J Pancake
Trilobites (traducción de Albert Fuentes. Alpha Decay)


Tags: Trilobites, Breece D´J Pancake, Albert Fuentes, Alpha Decay

Publicado por elchicoanalogo @ 18:34  | Libros...
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Viernes, 18 de enero de 2013

Me apoyo en la valla. Siento el frío en mi cara y manos. Unas pequeñas estelas salen de mi boca y se deshacen en el cielo. Observo el movimiento de la niebla, pasa entre las ramas de los árboles, los montes aparecen y desaparecen delante de mí. Parece un juego de adivinanzas, las formas tras la niebla podrían ser antenas, caparazones de tortugas o barcos naufragados. Distingo el vuelo negro de un pájaro, el tejado de un caserío o la llama de la refinería antes de que vuelvan a la niebla.

En los días de niebla me agarraba a la mano de mi padre. Dejaba que él me guiase. Sentía su apretón firme, las heridas y los callos en sus dedos, mi mano empequeñecida dentro de la suya. Mi padre tiraba de mí con suavidad, sabía andar entre la niebla. Luego fui yo quien lo guió por los pasillos de un hospital. Sujetaba el suero, adecuaba mi paso al suyo y nos deteníamos en un balcón frente a un jardín japonés y un campanario cubierto por una tela metálica. Entonces me hablaba de estorninos, huecos y recuerdos. Sus manos aún empequeñecían a las mías.

El sirimiri me empapa el pelo y la cara. Busco un pequeño hueco bajo un alero donde resguardarme. El viento mueve las gotas de lluvia como la niebla mueve a los árboles. Escucho el sonido del sirimiri, es tenue, sutil, me recuerda a las noches de luciérnagas. Acompaso el movimiento de la niebla a la cadencia del sirimiri. Meto las manos en los bolsillos y dejo escapar un par de estelas de mi boca. Por un segundo siento que la niebla que enreda el paisaje sale de mí.



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Lunes, 07 de enero de 2013

Me fijo en una hoja en el suelo. La luz rojiza del atardecer incide en su superficie (si apartase la hoja del rayo de sol la hoja volvería a su tono gris). Es pequeña y frágil, apenas cabe en la palma de mi mano, parece sostenerse sobre una esquina, siento que el más leve de los vientos se la llevaría lejos, muy lejos. No hay más hojas alrededor, sólo raíces, piedras, tréboles y bayas rojas.
Los último rayos de sol muestran pequeñas marcas en la hoja. Acerco mi mano al rayo de sol, observo las marcas en la palma de mi mano, su luz rojiza. Por un segundo siento que mis manos son hojas otoñales en el suelo.


Los lunes de Anay. Señuelos...

"tus ganas que alborotan
mi acidez de corazón"
                                  MARIANO MARTÍNEZ


NO TARDARÁ EL VERANO

No tardará el verano.
Señoras con sombrillas,
caballeros vagando con bastones,
y llevando muñecas las chiquillas,

darán color a ese paisaje pálido
como si fuese un claro ramillete,
aunque ahora la aldea acurrucada
en la luz gris se envuelve.

Las lilas, inclinadas tantos años,
han de mecer su cargazón de púrpura;
y aunque sea canción de los abuelos,
las abejas no van a desdeñar su música.


                                                      EMILY DICKINSON


...Feliz lunes.

Un beso,

Anay
 


Tags: Anay Sala Suberviola, Mariano Martínez, Emily Dickinson, UB40

Publicado por elchicoanalogo @ 13:02  | Los lunes de Anay
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Domingo, 06 de enero de 2013

(el paisaje tras la ventana de la habitación)
Me despierta el chillido de las gaviotas y el sonido de la ducha en otra habitación. Intento ubicarme en el nuevo espacio, las sombras sobre las paredes, la disposición de los muebles, la habitación alargada, las conversaciones apagadas en el pasillo. Me lleva unos segundos recordar dónde estoy y quién soy, por unos segundos podría estar en cualquier espacio, en cualquier tiempo.
Descorro las cortinas y entrecierro los ojos por la luz del sol reflejada en la curva del río. Observo la casa abandonada, es pequeña, de piedras grises, ventanas de madera y tejas viejas. Descubro una ventana rota. Me pregunto quién la olvidó.

(el paisaje tras la ventana de la cafetería)
Una mujer sube una pequeña cuesta, arrastra un carro verde y una bolsa con un paraguas. Lleva un gorro naranja, guantes y ropa de abrigo. Es todo lo que tiene. La he visto pedir en los soportales y en las iglesias de la parte vieja, la mirada baja, la espalda encorvada. Es un pequeño caracol.
Observo las flores rojas de los árboles y la plaza desnuda (por la tarde los niños se sacan fotos, juegan al corre que te pillo, inventan canciones, preguntan por los reyes magos o miran las luces navideñas con la boca abierta y el dedo índice alzado). Cruzan la plaza un par de personas, salen pequeñas estelas de vapor de sus bocas. A mi derecha, una calle con adornos navideños apagados y la luz sobre los últimos pisos de los edificios. Veo la cara de mis abuelos en los ancianos que entran al café.

(recuerdos)
Recuerdo una casa abandonada al lado del camino. Buscábamos un puñado de piedras y rompíamos los cristales de las ventanas. Escuchábamos el sonido del cristal roto, los trozos que caían al suelo y corríamos para que nadie nos descubriese. De noche, la casa cambiaba, la luz de la luna distorsionaba las sombras tras los cristales, le daba un tamaño extraño, fantasmagórico, como los grillos y el brillo de las luciérnagas. Nos creíamos invencibles, pero la casa, de noche, nos hacía sentir pequeños y llenos de miedos.
Recuerdo los pasos cortos de mi abuelo paterno, se apoyaba en su bastón, andaba con cuidado, parecía reflexionar sobre cada paso que daba. Era carpintero, quería que yo lo también lo fuese, me enseñaba el nombre de las herramientas del taller bajo el hórreo o el funcionamiento de un pequeño molino. Hablaba despacio, me preguntaba si le entendía. Yo asentía con la cabeza.
Recuerdo la espalda encorvada de mi abuelo materno, mascaba tabaco, llevaba un sombrero de paja y vendía periódicos (La voz de Galicia, Progreso). Cruzaba las piernas al sentarse en uno de los bancos bajo los árboles, tenía los ojos azules y llorosos, exclamaba boh ante las cosas que no comprendía.
Recuerdo una ermita octogonal, caminos de tierra, piedras y polvo y la cascada de un río, recuerdo estar sentado en el remolque de un tractor y ver cómo se acercaba el horizonte cuanto más nos alejábamos de él, recuerdo cruzar corriendo un pequeño puente y una gran roca en mitad de un río, recuerdo la luz del atardecer sobre los campos y el tañido de las campanas de la iglesia, recuerdo las calaveras en las paredes de una iglesia y las tardes tumbado en hierba, recuerdo las noches de luna y  las casas abandonas.
(ya no hay luciérnagas en el camino)


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S?bado, 05 de enero de 2013

El polvo cubre lo que relumbra. El vacío se agita 
en la mano. Quien llega adelanta su partida.

El césped cobija.

Pero hay heridas en la tierra. Árboles crucificados
en el horizonte.

Un cielo extraño bordado a mano.
Miedos como pájaros.
Y nidos entre las costillas.
Natalia Litvinova
Nidos


Tags: Nidos, Natalia Litvinova

Publicado por elchicoanalogo @ 23:59  | Poes?a
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Viernes, 04 de enero de 2013

Observo el paisaje tras la ventana de la habitación, la curva del río, la casa abandonada, el puente, las piedras de la ribera. Crece a cada nueva mirada, descubro una guardería y un árbol en la curva del río, una carretera de un carril, un camino de tierra bajo el puente, las tejas viejas de los tejados y los destellos del sol sobre el río. Me quedo en silencio mientras completo el nuevo paisaje.

Entro en una cafetería. Frente a la ventana, un árbol con flores rojas, casas de piedra y una plaza solitaria a primera hora. Una pareja desayuna a mi lado, tienen más de setenta años, se apoyan en la mesa y acercan sus caras para hablar. Dicen onte, eu, aínda. Escucho su voz y recuerdo subir al tejado de una ermita para ver atardecer, jugar al escondite alrededor de un hórreo, el tañido de las campanas a media tarde, tumbarme en un prado y mi ropa y mi piel que se empapaban del olor a hierba verde. Siento que mi voz adquiere otro tono, es menos dura y brusca.

Paseo sin rumbo, reconozco un café, el conservatorio de música, las ruinas del siglo XIV, la grúa amarilla que actúa como faro. Una guía conduce a un grupo de turistas por la parte antigua, se detiene en las iglesias, lleva un banderín levantado para que no la pierdan de vista. Paso junto a unos niños que cantan una canción, buscan un león y gritan que no tienen miedo, cuando termina la canción corren en desbandada.

Sigo el puente tras la ventana de la habitación. Me apoyo en una barandilla y veo mi sombra en la superficie del río (mi sombra inmóvil sobre el lento curso del río)


(coda)
Me detengo bajo un árbol, señalo una estela de avión o le enseño la piedra bumerán que guardo en el bolsillo. Ella me mira sorprendida. Le digo que he aprendido a disfrutar de estos momentos, que las mujeres no me ven por cosas así, que intento sonreír a pesar de todo, que aún hay días donde el simple hecho de levantarme de la cama es una pequeña victoria. La miro, escucho el sonido de la ciudad y me siento en tres tiempos.


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Porque siempre llegamos a la noche
desde días distintos.
Porque hemos encendido la luz.
Porque siempre hemos vivido
en la fría habitación del hijo único.
Porque si tu época se ha detenido
piensas que es por ti.
Porque nunca aprendimos a ir a dormir
sin que pareciera un fracaso.
Porque sabíamos la fuerza que teníamos
y nunca nos creímos que nadie
estuviese cansado.
Porque en el juego de nuestra juventud
el que antes se duerme
lo pierde todo.
Porque nunca supimos exactamente
de qué habitación venía el dolor.
Porque llegamos a las estrellas
desde cielos distintos.
Nunca más volverás a amar
como el día que yo te desnudé,
nunca olerás tan bien
como en el poema que te escribí.

Nos elegimos como la más frágil
entre todas las cosas frágiles.
Elegimos la forma más lenta de volver a casa
pero ya estamos cerca.
Pablo Fidalgo Lareo
Porque siempre llega la noche (en La educación física. Pre-textos)


Tags: siempre llega la noche, Pablo Fidalgo Lareo, la educación física, Pre-textos

Publicado por elchicoanalogo @ 9:23  | Poes?a
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Jueves, 03 de enero de 2013

a)
Dejo la mochila roja sobre el sofá, saco la ropa y los libros (Levrero, Hesse, Hrabal), observo la habitación y me sorprende su calidez, las paredes color crema, los cuadros con los pétalos de una flor (parecen un laberinto o una línea que se repite hasta desaparecer en un pequeño agujero). Me acerco a la ventana, descubro la curva de un pequeño río, las piedras en la ribera, un puente, el sonido de las gaviotas y una casa antigua abandonada.

b)
Miro alrededor y todo es nuevo, las ramas desnudas de los árboles (juego a transformarlas en manos, pulmones, mapas o alas de pájaro), la tierra bajo mis pies, el silencio de las primeras horas del día. Entro en la parte antigua de la ciudad, me dejo llevar por los árboles, las plazas, las ruinas y los nombres desconocidos. Paso por una calle estrecha, apenas se ve el cielo entre los tejados (de uno de ellos cuelgan unos helechos que parecen querer alcanzar el otro lado de la calle). Leo en un cartel santuario de las apariciones y sigo las flechas que me indican el camino.

c)
En una esquina descubro a un hombre con una iguana en su hombro, ambos inmóviles (la cola de la iguana cubre el pecho del hombre). Me detengo bajo las flores blancas de un árbol, entre las ramas, una estela blanca en el cielo y una grúa amarilla. Sonrío, tomo la grúa como referencia, un faro que me ubica cuando me siento perdido. Me preguntan por una administración de lotería. Les digo que no soy de la ciudad. Me doy la vuelta y pienso en lo que significa no ser de un lugar.

d)
Entro en una cafetería. Tomo unas rápidas notas sobre mi paseo (las marcas en mi mapa son piedras, ramas, estelas, silencio, faro)


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Mi?rcoles, 02 de enero de 2013

Un árbol anda de aquí para allá bajo la lluvia,
de prisa, ante nosotros, en lo gris derramándose.
Lleva un recado. Vida extrae de la lluvia
como el mirlo en un jardín frutal.

Cuando la lluvia cesa, el árbol se detiene.
Se vislumbra derecho, quieto en noches claras,
como nosotros, esperando el instante
en que florezca nieve en el espacio.
Tomas Tranströmer
El árbol y la nube (en El cielo a medio hacer. Traducción de Roberto Mascaró. Nórdica libros)


Tags: Tomas Tranströmer, el árbol y la nube, el cielo a medio hacer, Roberto Mascaró, Nórdica libros

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Martes, 01 de enero de 2013

1)
Siento el calor de la taza en mi mano. Miro a través de la ventana, las nubes sobre la ciudad, la lluvia fina, los restos de los fuegos artificiales en la acera y las serpentinas que se mueven entre las ramas de los árboles (combatidos). Bebo el café delante de la ventana y me dejo llevar por la lentitud de la mañana.

2)
Busco los libros de diciembre. Los coloco en una pequeña pirámide y escribo sobre ellos. Escucho la lluvia contra el cristal de la cocina (el parque de juegos solitario, los columpios inmóviles, las nubes reflejadas en los charcos). Releo párrafos y poemas y mezclo las voces de Isabel Bono, Jonatham Lethem, Paul Auster o Isabel Tejada (arrastro palabras e imágenes de un libro a otro, la cartera perdida en el cuento de navidad de Auster aparece entre los pájaros de Isabel Bono, el agujero de gusano de Lethem con los naufragios de Isabel Tejada). Sigo buscando historias que me hablen y acompañen.

3)
Pienso en el sidecar de Garden State. Está en un garaje bajo una lona. El protagonista retira la lona y lo conduce por las calles nocturnas. Es una imagen extraña, el sidecar parece a punto de volcar en las curvas. Al final de la película el sidecar llevará a tres muchachos que gritan encima de precipicios sin fondo, andan bajo la lluvia, hablan y mienten, desperdician los días y prefieren el dolor a no sentir.

(coda)
Preparo la mochila roja. Elijo libros y ropa para unos días. Pienso en estos cuatro años sin vernos.


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Escojo libros cortos y poemarios para los días rápidos de diciembre. Regresé a las historias sobre el azar y las calles de Nueva York de Auster en un cuento de navidad, fue un reencuentro que me hizo sonreír, un encargo para escribir un cuento de navidad, un hombre que fotografía el tiempo, una cartera perdida, las ilustraciones de Isol. También regresé a Baricco. Mr Gwyn habla de un escritor que decide dejar de escribir porque no llega a nuevos caminos, y cómo, pasado un tiempo, descubre que necesita sacar de alguna manera las palabras que guarda dentro. Mr Gwyn atrapa por una habitación desnuda, dieciocho bombillas en el techo que se apagan sin ruido a los treinta días, un modelo desnudo y un escritor que mira en silencio para escribir (no pintar) un retrato.

Cheever retrata la clase media americana en Bullet Park, un lugar que parece idílico, una comunidad cerrada, cócteles, trenes de cercanías y trabajos en la gran ciudad, la ceguera y la fragilidad de una vida acomodada, una vida de apariencia que puede derrumbarse con la irrupción de un extraño.Jonathan Lethem escribió un cruce entre comedia romántica y ciencia-ficción en Cuando Alice se subió a la mesa, un antropólogo que ve cómo su novia física se enamora de un experimento, un agujero de gusano al que llama Ausencia. Es una historia entrañable y, también, dolorosa, ver cómo se aleja alguien a quien amas. Lethem habla sobre el amor y la idea del amor, los extremos de una línea. Romeo escribe pequeñas fotografías de infancia y adolescencia en Dibujos animados, echa la vista atrás y recuerda los días de colegio, el paso de la infancia a la vida adulta, los paisajes y las personas que le rodeaban, la sensación de cambio y fractura, sentirse el coyote con un dispositivo marca acme.

Una de las sorpresas de diciembre fue Glaciares, de Alexis M. Smith, una historia delicada, con imágenes poderosas y una voz sutil que habla de la luz entre los árboles, las hojas y los ruidos de la ciudad, de icebergs, libros rotos, la distancia con nuestros recuerdos y una historia de amor sin final definido.

Pero diciembre fue, sobre todo, para los poemarios. La mirada alrededor de Iribarren desde una barra o una ventana de cafetería y la sensación de que la vida no era esto, los encuentros en las calles, las miradas de decepción, los centros comerciales y el paso del tiempo. Los poemas de Uribe se fijan en la tierra y los recuerdos, las habitaciones de hospital, mapas y amores de infancia. La intensidad e intimidad de la voz de Isabel Tejada en La sonrisa del camaleón me dejó del revés, sus poemas son fracturas, dudas, supervivencia tras un naufragio y emociones que se desbordan, son búsqueda, dudas, un paso adelante a pesar del miedo.

Terminé el año con Brazos, piernas, cielo de Isabel Bono (quinto poemario que leo en este año, en cierta forma Isabel Bono ha envuelto mi año, sus poemarios como marcas de un mapa). Brazos, piernas, cielos es una mirada que encuentra pájaros y grúas, deseo, dudas y luz reflejada en los charcos.

Me han regalado libros con notas dentro y he asistido a la presentación del poemario de Isabel Bono, me he perdido en librerías y he empezado lecturas en cafeterías, me han llamado desde una librería gallega para hablar de poesía y he extrañado tener un libro en las manos en los días rápidos de diciembre.

Mi lectura actual, Cuanto más deprisa voy, más pequeña me siento de Kjersti A. Skomsvold.


Cuando Alice subió a la mesa - Jonathan Lethem
La sonrisa del camaleón - Isabel Tejada Balsas
Dibujos animados - Félix Romeo
Bullet Park - John Cheever
Mientras tanto cógeme la mano - Kirmen Uribe
Glaciares - Alexis M. Smith
Mr. Gwyn - Alessandro Baricco
Siempre hay una historia - Karmelo C. Iribarren
El cuento de Navidad de Auggie Wren - Paul Auster
Brazos, piernas, cielo - Isabel Bono




(Y una lista de los libros de 2012)

01) Trenes hacia Tokio - Alberto Olmos
02) Verde agua - Marisa Madieri
03) Ventajas de viajar en tren - Antonio Orejudo
04) Pan comido - Isabel Bono
05) La senda del perdedor - Charles Bukowski
06) Principiantes - Raymond Carver
07) Kinshu. Tapiz de otoño - Teru Miyamoto
08) Johnny cogió su fusil - Dalton Trumbo
09) Yo maldigo el río del tiempo - Per Petterson
10) Diario de invierno - Paul Auster
11) El mapa del cielo - Felix J. Palma
12) El frío - Marta Sanz
13) La vida ante sí - Romain Gary
14) Ý (turno de réplica) - Anay Sala Suberviola
15) Intocable - Philippe Pozzo Di Borgo
16) El chico del periódico - Pete Dexter
17) Algo de invierno - Isabel Bono
18) El intendente Sansho - Ogai Mori
19) No voy a salir de aquí - Micah P. Hinson
20) Una mañana radiante - James Frey
21) Montedidio - Erri de Luca
22) Los sinsabores del verdadero policía - Roberto Bolaño
23) Nuestros amigos de Frolik 8 - Philip K. Dick
24) Cosmos - Witold Gombrowicz
25) Trenes rigurosamente vigilados - Bohumil Hrabal
26) El blues de los sueños rotos - Walter Mosley
27) Nieve - Maxence Fermine
28) Amos Mundi - Dusan Velickovic
29) Un campeón desparejo - Adolfo Bioy Casares
30) 35 maneras de sentirse solo - Juan Pardo Vidal
31) Autorretrato con radiador - Christian Bobin
32) Hubo una vez una guerra - John Steinbeck
33) Paris Trout - Pete Dexter
34) Seguir un buzón - Virginia Aguilar Bautista
35) Los diarios de Adán y Eva - Mark Twain
36) Mire al pajarito - Kurt Vonnegut
37) Morfina - Mijaíl Bulgákov
38) Una pena en observación - C.S. Lewis
39) Al este de occidente - Miroslav Penkov
40) Guía de Mongolia - Svetislav Basara
41) Apuntes para un futuro manifiesto - Fernando Luis Chivite
42) Viaje al pasado - Stefan Zweig
43) Mientras los mortales duermen - Kurt Vonnegut
44) Hacia la tormenta - Fernando Sanmartín
45) Atravesando la noche - Karmelo C. Iribarren
46) Kapitoil - Teddy Wayne
47) Otra ciudad, otra vida - Karmelo C. Iribarren
48) Crónicas marcianas - Ray Bradbury
49) Utz - Bruce Chatwin
50) Suicidio - Édouard Levé
51) Fluyen las lágrimas, dijo el policia - Philip K. Dick
52) La enfermedad de Sachs - Martin Winckler
53) Caminar - Henry David Thoreau
54) Ciego Montero, ¿dónde te metes? - Isabel Bono
55) El tren nocturno de la Vía Láctea - Kenji Miyazawa
56) Medidas cautelares - Anay Sala Suberviola
57) HHhH - Laurent Binet
58) Guardianes de la intimidad - Dave Eggers
59) Madre noche - Kurt Vonnegut
60) Cruzando el paraíso - Sam Shepard
61) Respiración artificial - Ricardo Piglia
62) Poemas de amor a una piedra - Juan Pardo Vidal
63) En jardines ajenos - Peter Stamm
64) Ciclo lectivo - Graciela Scarlatto
65) Freelander - Miljenko Jergovic
66) Baila, baila, baila - Haruki Murakami
67) La luna se escapa - Rax Rinnekangas
68) Me llamo Aram - William Saroyan
69) La luz de la mesita de noche - Juan Pardo Vidal
70) La gran casa - Nicole Krauss
71) Los días felices - Isabel Bono
72) Cuatro amigos - David Trueba
73) Tiempo de Marte - Philip K. Dick
74) Algún día este dolor te será útil - Peter Cameron
75) Hacia rutas salvajes - Jon Krakauer
76) Todo lo que tengo lo llevo conmigo - Herta Müller
77) El señor Nakano y las mujeres - Hiromi Kawakami
78) La bicicleta estática - Sergi Pàmies
79) Stone Junction - Jim Dodge
80) La ciudad - Mario Levrero
81) Tierra desacostumbrada - Jhumpa Lahiri
82) Pura pasión - Annie Ernaux
83) Cuando Alice subió a la mesa - Jonathan Lethem
84) La sonrisa del camaleón - Isabel Tejada Balsas
85) Dibujos animados - Félix Romeo
86) Bullet Park - John Cheever
87) Mientras tanto cógeme la mano - Kirmen Uribe
88) Glaciares - Alexis M. Smith
89) Mr. Gwyn - Alessandro Baricco
90) Siempre hay una historia - Karmelo Iribarren
91) El cuento de Navidad de Auggie Wren - Paul Auster
92) Brazos, piernas, cielo – Isabel Bono


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